Extraña entre los lobos 40 · Vísperas
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40 · Vísperas

La víspera de la batalla, los fuegos del rey cubrían la otra orilla de la llanura como un cielo caído.

Lachlan los contó hasta que dejó de tener sentido contarlos.

Cada punto de luz era un puñado de hombres; cada puñado, más de los que él podía oponerle.

Al otro lado de aquel río estrecho y negro había un ejército de verdad —el de un rey, con sus mesnadas, sus caballeros con cota entera, sus levas sin fin del sur—, y de este lado había lo que había: lobos diezmados, las galeras de Somhairle, un puñado de casas de las islas, los de Cinaed y una partida de Sorne renegados que peleaban con el miedo añadido de los que saben que, si pierden, los suyos los colgarán por traidores antes que el enemigo.

Eran pocos. Lachlan lo sabía, y peor todavía: lo sabían ellos.

Lo veía en cómo miraban los fuegos de enfrente, en cómo se les iba apagando, hoguera a hoguera, lo que Sorcha había encendido yendo de sala en sala.

El valor de juntarse es fácil de tener en una sala caliente, lejos del enemigo.

Es otra cosa tenerlo ahora, contando los fuegos del que viene a matarte.

Antes de hablarles, Lachlan dio una vuelta por el campamento, como hacía su padre, porque la mitad de mandar es dejarse ver.

Y lo que vio le encogió y le ensanchó el pecho a la vez.

Vio a un lobo y a un isleño pasándose la misma bota de vino, dos hombres cuyos abuelos se habían matado por una playa.

Vio a una mujer de Cinaed remendándole la cota a un Sorne renegado sin preguntarle de dónde venía.

Vio fuegos de clanes que llevaban tres generaciones sin dormir a menos de una jornada unos de otros, esa noche pegados, calentándose en la misma lumbre porque al amanecer iban a morir en la misma orilla.

Era poca cosa al lado del ejército de enfrente.

Y era, a la vez, lo más grande que había visto nunca: el norte, por una noche, sin morderse.

Su padre habría sabido qué decirles. Domhnall había recorrido campamentos como aquel media docena de veces, antes de media docena de peleas, y siempre había dado con las palabras; Lachlan lo había visto de crío, sin entender entonces que aquello también era un arte, y más difícil que el de la espada.

Ahora le tocaba a él, sin el viejo al lado para corregirle, con el broche del viejo en el hombro pesándole más que nunca.

Pensó un instante en lo solo que se está al frente de algo que uno no ha pedido.

Y luego dejó de pensarlo, porque la gente esperaba, y la gente no aguarda a que un laird termine de echar de menos a su padre.

Y entendió que un laird, la víspera de una batalla así, tiene una última tarea que no es repartir flechas ni cerrar el plan. Tiene que darles a los suyos una razón más grande que el miedo. Porque el miedo lo tenían todos. Lo que no todos tenían era con qué taparlo.

Así que subió a una roca, a la vista de los fuegos de las dos orillas, y los llamó. Y cuando los tuvo a todos delante —lobos, montañeses, isleños, Sorne vueltos, todos los que una mujer había cosido con palabras—, habló. No bonito. No sabía hablar bonito. Habló como sabía: de frente.

* * *

—No os voy a mentir, que no es noche para eso —dijo, y la voz le salió clara sobre el crepitar de los fuegos—. Mirad esa orilla. Son más. Mucho más. Cualquiera que os diga otra cosa esta noche o es un necio o os toma por necios, y yo no os tomo por necios, que os he visto pelear.

Dejó que calara. No huyó de ello. Era media batalla, mirar el miedo a la cara y no apartar la vista.

—Pero os voy a decir una cosa que ellos, los de enfrente, no tienen.

Esos hombres están ahí porque se lo han mandado.

Cobran, o los han levado, o le deben algo a un señor que le debe algo al rey.

Ninguno de ellos ha elegido cruzar ese río mañana.

Vosotros sí. Cada uno de los que estáis aquí podríais haberos quedado en vuestra roca, en vuestra isla, en vuestro valle, agachando la cabeza un año más, esperando a que le tocara el turno al de al lado y no a vosotros.

Y en vez de eso habéis venido. Por vuestra voluntad.

Un hombre que pelea porque ha elegido pelear vale por diez que pelean porque les mandan. Y mañana lo vais a demostrar.

Un murmullo recorrió la host. Lachlan alzó la voz por encima de él, y por una vez no le costó, porque lo que iba a decir lo creía con los huesos.

—¿Sabéis por qué somos pocos esta noche?

Porque llevamos cien años siendo muchos y comportándonos como pocos.

Porque el norte se ha pasado generaciones mordiéndose entre sí: lobo contra Sorne, isla contra costa, clan contra clan, gastando en el de al lado el hierro que le hacía falta para el de abajo.

Y mientras nosotros nos degollábamos por una afrenta vieja, ¿sabéis qué hacían en el sur?

Engordar. Llevarse lo nuestro. Y, lo peor de todo, lo que más vergüenza me da decir en voz alta: llevarse a nuestros hijos.

Metimos a nuestras crías en una cuna y se las dimos al mar, año tras año, para sellar paces que no sellaban nada, mientras un rey en el sur aprendía que al norte no hay ni que conquistarlo, que se entrega solo si le pones la cuna delante.

Buscó, sin querer, una cara entre la multitud.

La de ella. La mujer que había llegado a su roca a destruirla y que había sido, ella misma, una de esas crías de la cuna.

Sorcha le sostuvo la mirada desde abajo, muy quieta, y Lachlan supo que aquello —lo que iba a decir ahora— se lo debía a ella tanto como a nadie.

—Eso se acaba esta noche. —Lo dijo despacio, para que no se perdiera ni una palabra—.

No os pido que ganéis mañana. Ganar o no ganar lo dirá el campo, y el campo no atiende a discursos.

Os pido otra cosa, una que está en nuestra mano, ganemos o muramos: os pido que esta sea la última vez en la historia del norte en que un rey del sur se cree con derecho a meter a nuestros hijos en una cuna y llevárselos.

Que se queden el sur, si pueden. Pero no se llevan a una cría más de esta tierra.

Ni una. Aunque tengamos que cerrarles el paso con nuestros propios cuerpos en ese río.

El norte no se entrega. No se vende. No cabe en ninguna cuna.

El norte se queda libre —y aquí sí gritó, y la host gritó con él—, ¡o no queda!

El rugido que le contestó cruzó el río. Lachlan pensó que en la otra orilla, junto a los fuegos del rey, alguien lo estaría oyendo, y que por una noche, al menos, los que tenían menos hombres habían hecho más ruido.

Bajó de la roca con el clamor todavía detrás, y se la encontró esperándolo al pie, a Sorcha, con una cara que no le había visto nunca.

—No sabíais hacer eso —dijo ella, en voz baja.

—No sabía. —Lachlan se encogió de hombros—. Me has enseñado tú, sin querer. A poner en voz alta lo que la gente sabe en voz baja. Es lo que haces tú. Te lo he robado.

Y ella casi sonrió, y por un momento, con el clamor de fondo y la lumbre de las dos orillas, pareció que la velada solo iba a traer cosas buenas.

Hasta que apareció Mór.

* * *

La vieja salió de entre las sombras del campamento como salía siempre, sin que se la oyera llegar, y a Lachlan se le enfrió algo por dentro nada más verle la cara. Porque Mór no traía cara de quien ha oído un buen discurso. Traía cara de funeral.

—Bonitas palabras —dijo, y no sonó a halago—. Las de la cuna. ¿Sabes lo cerca que has estado, ahí arriba, de una verdad que ni te imaginas?

—Esta noche no, Mór. —Lachlan estaba cansado, y feliz, y no quería que le aguaran esa parte—. Mañana hay una batalla. Lo que tengas que profetizar, profetízalo después.

—No hay después limpio. —Lo dijo con una dureza que lo paró en seco—.

Eso es lo que he venido a decirte, y vas a oírlo te guste o no, porque te lo juré a ti y se lo juré a tu padre antes de morir.

Escúchame bien, lobo. Mañana podéis ganar esa batalla.

Es posible; tu mujer ha hecho posible lo imposible y a lo mejor lo hace una vez más.

Pero ganar la batalla no salda la cuenta.

La cuenta vieja. La de la cuna, esa de la que tan bien has hablado sin saber lo que decías.

—La cuna es una costumbre bárbara que pienso enterrar mañana —dijo Lachlan—. No una cuenta.

—Es las dos cosas. —Mór dio un paso hacia él, y bajó la voz, y en aquella voz baja había siglos—.

El mar ha cobrado su precio de esta tierra durante generaciones, niño.

Una cría por cuna, puntual, sin fallar. Y hace veinte años se le quedó a deber dos.

Dos que tenían que haberse hundido y no se hundieron.

Dos crías que el mar reclamó y que alguien le escamoteó.

El mar no olvida una deuda así. Y un mar al que se le debe sangre la cobra cuando menos te lo esperas, y la cobra con intereses, y la cobra de una cuna. Siempre.

—Eso son cuentos de vieja. —Lachlan lo dijo, pero sin fuerza, porque a aquella vieja en concreto le habían salido demasiados cuentos ciertos—. El mar no cobra nada. El mar sube y baja. Lo que ahogó a esas crías fue la maldad de unos hombres, no una deuda.

—Llámalo como quieras. —Mór no se inmutó—.

Maldad de hombres, deuda del mar, costumbre bárbara; los nombres me dan igual a mi edad.

El nombre no cambia lo que hace. Y lo que hace lo he visto con estos ojos más veces de las que tú has cumplido años: que cuando a esta tierra se le queda a deber una cuna, la tierra se cobra otra.

Dejé de preguntar por qué hace cuarenta años y me puse solo a aprender a evitarlo.

Y esta vez —y ahí, por primera vez en su larga vida, a la vieja le tembló la voz— no sé cómo.

Llevo veinte años viendo venir esto y rezando por equivocarme. Y yo no me equivoco nunca.

A Lachlan se le secó la boca, porque empezaba, muy despacio, a no querer entender lo que entendía.

—¿Qué dos cunas? —preguntó, aunque ya no quería la respuesta.

Mór lo miró un largo rato. Y por una vez, la vieja que siempre tenía una respuesta cabrona para todo no se la dio.

—Reza por no tener que averiguarlo —dijo solamente—.

Tú reza. Pero ve a esa batalla mañana sabiendo una cosa, para que no te pille por la espalda como me pilló a mí: que el mar, cuando os creáis que habéis ganado, todavía va a querer su cuna.

Y que de las dos que se le deben, una respira ahora mismo en esta roca contigo.

—Le sostuvo los ojos un instante más—. Y la otra estabas hace nada gritándole a un ejército sobre lo libre que es el norte.

Y se fue, como había venido, dejando a Lachlan solo al pie de una roca, con el clamor de su victoria todavía sonando en la noche y, por dentro, de pronto, un frío que ningún fuego de los que cubrían las dos orillas alcanzaba a tocar.