39 · Contra el halcón
El sur la conocía. Esa era la parte rara.
Sorcha había crecido en aquellas tierras bajas, entre setos y campanarios y la librea verde de los Sorne, y ahora las cruzaba al revés: no como la pupila de don Reynold, callada en su palafrén con la mirada baja, sino a caballo entre lobos y montañeses, con un ejército creciéndole a la espalda como crece la marea en una calzada.
Cada legua hacia el sur era una legua hacia el hombre que la había fabricado.
Y, para sorpresa de todos menos de ella, cuanto más se acercaban a él, más sola se le iba quedando a Reynold la tierra.
Porque la gente de Reynold lo estaba dejando.
No de golpe, no en un día. Empezó con un molinero que no quiso moler para las levas de su señor.
Siguió con una aldea que dejó las puertas abiertas a la columna en vez de cerrarlas, y con un cura que tocó las campanas no para avisar del enemigo, sino para llamar a los hombres a unirse a él.
Y luego, una mañana, fue un señor menor entero, de los que rendían vasallaje a los Sorne, que se presentó a caballo con sus doce lanzas y se puso bajo el estandarte de los lobos sin que nadie se lo pidiera.
—Llevamos cuarenta años pagándole a don Reynold para que nos proteja del norte —dijo aquel hombre, escupiendo a un lado—. Y ahora resulta que el que nos vende a la Corona es él, y que del norte solo vienen a echarle una mano a quien quiera levantarse. Pues a mí me sobra el señor que tengo.
Sorcha lo había sembrado, eso lo sabía. Había mandado palabra por los caminos viejos que solo ella conocía, había puesto nombre en voz alta a lo que la gente de los Sorne sospechaba en voz baja desde hacía una generación: que su señor no los protegía, los administraba; que los engordaba para vendérselos a la Corona por un puesto en la corte.
Pero una cosa era sembrarlo y otra verlo crecer. Y crecía deprisa.
En lo alto de cada torre Sorne ondeaba el mismo blasón: un halcón de plata sobre campo verde, el halcón de Reynold, el que él mismo había mandado bordar en mil sitios para que nadie olvidara de quién era cada palmo de aquella tierra.
Sorcha había crecido debajo de ese halcón.
Y ahora lo veía arriarse, torre tras torre, pueblo tras pueblo, conforme la columna avanzaba: la gente descolgándolo, pisándolo, cosiendo en su lugar trapos sin escudo o, a veces, una cabeza de lobo mal hilada con lo que tenían a mano.
Toda una tierra volviéndose contra el halcón. Y, sin que la mayoría lo supiera, encabezándolos iba el halcón de verdad, el que Reynold había criado con sus propias manos para que no mordiera nunca a quien no debía.
* * *
La escaramuza les llegó al cuarto día, cerca de un vado, cuando una partida de leales a Reynold —de los que aún quedaban, de los que cobraban demasiado bien como para creer en nada— les salió al paso para frenar la columna.
Fue breve y fue sucia. Sorcha se encontró de pronto en lo que no había estado nunca: no matando en lo oscuro, a traición, en una puerta, sino a campo abierto, en mitad de un revoltijo de caballos y gritos y barro, donde su cuchillo de monte y su quietud de cortesana servían de bien poco. Lo que la salvó fue Eilidh.
La guerrera apareció a su izquierda, con sus dos hachas, como un muro que se mueve, y se puso a pelear a su lado sin decir palabra, cubriéndole el flanco que Sorcha ni sabía que tenía descubierto.
Cuando un jinete de la librea verde se le echó encima a Sorcha por el lado ciego, fue el hacha de Eilidh la que lo bajó del caballo.
Y cuando a Eilidh se le trabó la otra hacha en una cota, fue el cuchillo de Sorcha el que le quitó de encima al que iba a aprovecharlo.
Lo entendieron las dos a la vez, sin hablarlo: que se estaban guardando la espalda.
Cuando acabó —rápido, como acaban estas cosas—, se quedaron las dos resollando en el barro, salpicadas, contándose los miembros.
Y Eilidh, que en todo el libro de aquella guerra no le había dirigido a Sorcha más que recelos y verdades duras, se limpió la cara con el dorso de la mano y la miró de otra manera.
—Peleas como una señora —dijo—. Mal. De cerca, traidor, listo para rajar a un hombre dormido, pero en campo abierto no sabes ni dónde tienes los pies.
—Recuperó su hacha del barro—. Como sigas así, te matan en la primera carga de verdad.
Y has hecho demasiado por esta gente como para que te maten por una tontería.
—¿Eso es una oferta de enseñarme? —preguntó Sorcha.
—Es una orden. —Eilidh casi sonrió; casi—.
No pienso dejar que la única cabeza que nos ha juntado a todos se deje partir el cráneo por no saber cerrar una guardia.
Esta noche, cuando paremos. Te enseño a no morirte.
Y tú me enseñas a mí esa cosa que has hecho con el del vado, lo de saber dónde meter el filo sin mirar. Que no está mal.
Sorcha se quedó un momento sin saber qué decir. Llevaba toda la vida rodeada de gente que la usaba; le costaba reconocer cuándo alguien, simplemente, la aceptaba.
—No me fío de ti del todo todavía —añadió Eilidh, porque era honrada hasta para eso—.
A lo mejor no me fío nunca del todo. Lo que hiciste no se borra; el laird llora aún a su padre.
Pero hace falta valor para volverse contra lo que te hizo, y más para hacerlo sabiendo que igual te cuelgan los que salvas.
Eso lo respeto. Y a quien respeto lo quiero a mi flanco, no en mi contra.
—Le tendió una mano embarrada—. Así que, de aquí a que esto acabe: hermanas.
No amigas, que no nos conocemos. Hermanas de las de pelear. Que es más.
Sorcha le cogió la mano. Y pensó que en toda su vida de halcón, con jaula de oro y guante y caperuza, nadie le había ofrecido nunca algo tan poco adornado y tan limpio como aquel «hermanas» dicho en un vado, con las dos llenas de barro y de sangre ajena.
—Hermanas —dijo.
Y lo dijo en serio, que para ella era nuevo.
* * *
Esa noche, Eilidh cumplió su palabra.
Apartó a Sorcha de las hogueras, a un trozo de prado pisado, y le puso un palo en la mano en lugar del cuchillo.
—Olvídate de lo tuyo —dijo—. Lo tuyo vale para una alcoba a oscuras y un hombre que no se lo espera. En un campo no hay sorpresa. Hay uno el doble de grande que tú viniéndose de frente con ganas, y otro detrás, y otro. ¿Qué haces?
—¿Matar deprisa al primero?
—Te mueres. —Eilidh le dio un golpe seco en las costillas con su propio palo, sin maldad, para que lo sintiera en la carne—.
Mientras matas al primero, el de detrás te abre en canal.
En un campo no se trata de matar. Se trata de no morirte el rato justo para que el de al lado mate por ti.
Y de matar tú por el de al lado cuando le toque a él.
¿Lo entiendes? No estás sola. Esa es toda la diferencia entre tu pelea y la mía. Tú has peleado siempre sola. Aquí no.
Y le enseñó. A usar el cuerpo del de delante de escudo contra el de detrás; a no levantar nunca el brazo más de lo justo; a fiarse de que, si caía hacia su izquierda, allí estaría ella para sostenerla.
Sorcha aprendía deprisa —siempre había aprendido deprisa, era lo único bueno que le había quedado de Reynold—, y en algún momento, entre golpe y golpe y resoplido, las dos se rieron.
No supo Sorcha de qué. De nada. De estar vivas, quizá, y juntas, en mitad de una guerra; dos mujeres a las que el mundo había puesto siempre solas y que habían decidido, por una vez, no estarlo.
—No está mal —concedió Eilidh, sin aliento, apoyándose en el palo—. Para ser una señora.
—Para ser una señora —repitió Sorcha. Y le devolvió, por primera vez en toda aquella guerra, una sonrisa entera.
El aviso las encontró allí, en el prado, cuando todavía les duraba la risa en la boca.
Vino de los exploradores de Somhairle, los que iban por delante oliendo el camino. Y lo traían con la cara con la que se trae lo malo.
Sir Hugo de Bréos, el justicia del rey, había dejado de esperar.
Hasta entonces, el sur se había estado replegando, cediendo terreno, dejando que la columna se internara mientras el sur juntaba sus fuerzas más abajo, sin prisa, como quien deja que una marea suba para luego mirarla romper.
Pero las deserciones de los Sorne habían cambiado la cuenta.
A Hugo se le estaba deshaciendo entre los dedos la tierra firme, palmo a palmo, halcón arriado tras halcón arriado, y un justicia del rey no podía permitirse que cundiera el ejemplo de que a la Corona se la deja y no pasa nada.
Así que había dejado de replegarse. Había mandado quemar las dos primeras aldeas que se habían pasado —con la gente dentro, decían los exploradores, para que se viera lo que costaba arriar el halcón de la Corona— y estaba reuniendo el grueso entero del ejército real, con Reynold a su lado, en la llanura que había antes del río, para zanjarlo de una vez del único modo que un hombre como él entendía: en una batalla campal, en campo abierto, donde los números mandan y un puñado de clanes mal cosidos no tienen nada que hacer contra el ejército de un rey.
Iban a tener su batalla. Pronto.
Eilidh bajó el palo con el que un momento antes jugaban a no morirse. Ya no hacía falta jugar.
—Pues se acabó lo de aprender despacio —dijo, y se le había ido la risa de golpe—. Mañana aprendes del todo, hermana, o no aprendes ya.
Sorcha no contestó enseguida. Y, por primera vez desde que había empezado todo aquello, sintió, debajo de la esperanza nueva, el viejo frío conocido: el de saber que Reynold estaría allí. Esperándola. Y que Reynold, como bien decía Eilidh sin saber cuánta razón tenía, nunca dejaba cabos.
* * *
Esa noche, antes de dormir, buscó a Lachlan en el filo del campamento. No le dijo lo del miedo; se lo guardó, que era suyo. Solo se quedó un rato a su lado, mirando hacia el sur, hacia los fuegos lejanos del ejército enemigo, que se contaban por cientos y eran muchos más que los suyos.
—Mañana o pasado —dijo él—. En cuanto crucemos la llanura.
—Lo sé. —Sorcha le buscó la mano, como había aprendido a hacer hacía poco—. Acordaos de lo que juramos en el muro.
—Me acuerdo. —Lachlan le apretó los dedos—. Vuelves. Eliges, y vuelves. Las dos cosas.
Ella asintió. Y no le dijo lo otro, lo que llevaba metido entre las costillas desde el aviso de los exploradores y no se le iba: que había una cuenta vieja en todo aquello, más vieja que el rey, de la que Mór había hablado en voz baja y nadie había acabado de contar, y que tenía el presentimiento, frío y exacto como una marea, de que esa cuenta pensaba cobrarse justo cuando creyeran que habían ganado.
No lo dijo. Para qué. Mañana cruzaban la llanura.
Y al otro lado los esperaba el halcón de plata sobre campo verde, y el hombre que lo había bordado en mil torres, y una deuda que ninguno de los dos sabía aún a nombre de quién estaba escrita.