Extraña entre los lobos 38 · Te reclamo
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38 · Te reclamo

Los clanes empezaron a llegar al cabo de dos semanas, de dos en dos, de tres en tres, con sus galeras y sus estandartes y sus viejas rencillas mal escondidas debajo del brazo, y por primera vez en la memoria de nadie el fiordo se llenó de velas que no venían a matarse entre ellas.

No eran muchos. No eran, ni de lejos, los que harían falta para echar a un rey.

Pero eran más de los que habían tenido nunca, y venían porque una mujer había ido de sala en sala diciéndoles a la cara lo que ninguno se atrevía a decirse: que solos caían de uno en uno, y que juntos, a lo mejor, no.

Los Mac Ruairidh primero, con Somhairle a la proa de su galera como un cuervo viejo.

Luego los de Cinaed, que dejaron de ser un refugio frágil para ser aliados.

Luego dos casas pequeñas de las islas. Y, lo que más le costó creer a Lachlan, una partida de Sorne —Sorne de a pie, de los menores, hartos de morir engordando a Reynold— que cruzaron de noche para ponerse bajo una bandera que no era la de su señor.

Lo había hecho ella. Lachlan lo sabía, y su clan lo sabía, y a esas alturas ya nadie hablaba de colgarla. Hablaban de la guerra.

Aquella última víspera, el campamento repartido entre la roca y las playas de enfrente no durmió.

Se afilaba el hierro, se contaban las flechas que quedaban, se rezaba en tres lenguas distintas a dioses que a lo mejor eran el mismo.

Lachlan pasó entre los suyos, y entre los de Somhairle, y entre los Sorne renegados, dejándose ver, que es media tarea de un laird la víspera de una batalla: que la gente lo vea a uno entero, para que se crea que va a salir entera ella también.

Y la vio a ella en todo aquello, sin buscarla y buscándola a la vez.

En un corro de capitanes, marcando rutas en la arena con un palo, explicándole a hombres que le triplicaban los años por dónde no debían meter las galeras si querían volver a verlas.

Ya no era la espía a la que se vigilaba.

Era la cabeza que los había juntado a todos, y todos lo sabían, y a Lachlan se le removió algo raro por dentro al verla así —libre, escuchada, mandando—, porque era justo lo contrario de la criatura quieta y encapuchada que había llegado a aquella roca a destruirla.

Y la víspera de embarcar todos hacia el sur, hacia donde el rey juntaba al fin su otra mano, Lachlan entendió que había una cuenta suya, personal, que no podía llevarse a una batalla sin saldar. Porque a una batalla se puede ir a morir. Y él no quería morirse con aquello sin decir.

* * *

La encontró en el muro de poniente, donde la encontraba siempre, mirando el agua como si en el agua estuviera la respuesta a algo.

—Mañana zarpamos —dijo él.

—Lo sé.

—Puede que no volvamos. Ni tú ni yo. Lo sabes también.

—Lo sé. —Isobel se volvió por fin a mirarlo, y a la luz de la última hoguera del muro tenía la cara de alguien que ha hecho las paces con eso hace tiempo—.

¿Habéis venido a decirme eso? Porque no hacía falta.

Llevo toda la vida sabiendo que me iba a morir por una causa que no era mía.

Por una vez voy a morirme por una que sí. Es casi un lujo.

—No he venido a decirte eso. —Lachlan se acercó, despacio, hasta quedar a un paso de ella—.

He venido a decirte lo que te dije una vez y dije mal.

¿Te acuerdas de aquella noche, después de la brecha, cuando te eché en cara tu nombre?

Cuando te dije que te lo quedaras, que yo ya no lo quería en la boca.

Algo se le movió a ella en la cara. Lo recordaba. Claro que lo recordaba.

—Me lo quedé —dijo ella, en voz baja—. Sola. Me hice a la idea de que iba a ser solo mío, porque vos no lo queríais.

—Me equivoqué. —Le costó decirlo, y por eso lo dijo entero—.

Lo dije roto, para hacerte daño, porque hacerte daño era más fácil que lo otro.

Y desde aquella noche no lo he vuelto a pronunciar, ni una vez, como un cobarde; te he llamado «esa», «la del halcón», «la mujer», cualquier cosa con tal de no decir lo que de verdad eres.

Pues se acabó. Quiero que me lo devuelvas. Quiero decirlo yo también.

Y lo dijo. Por primera vez desde que lo había escupido como un arma, lo dijo como lo que era:

—Sorcha.

A ella se le quebró algo por dentro; Lachlan lo vio. No lloró —no la había visto llorar nunca, y no fue entonces—, pero algo cedió, una correa más, de las muchas que aquella mujer llevaba apretadas desde la cuna.

—Sorcha —repitió él, como quien aprende otra vez una palabra que creía perdida—.

Te reclamo. ¿Me oyes? No como rehén. No como arma.

No como la cosa que nos mandó el rey para abrirnos la casa.

Te reclamo como mía, porque quiero, y porque tú quieres, que es la única manera que vale algo.

Llegaste como enemiga a esta roca. Y yo te reclamo como de los míos. Como mía.

—No te creas que esto borra algo. —Lo dijo más bajo, porque también hacía falta decirlo, y entre ellos ya no cabían las medias verdades—.

Mi padre sigue muerto. Tu hermano sigue muerto.

Nada de lo que hagamos esta noche levanta a ninguno de los dos, ni quita lo que nos hicimos el uno al otro antes de saber quiénes éramos.

No te reclamo porque lo haya olvidado, Sorcha.

No lo voy a olvidar nunca. Te reclamo porque me he cansado de fingir que puedo vivir acordándome de todo y sin ti a la vez.

Y resulta que no puedo. Esa es la única verdad que me queda: que con todo en contra, te elijo igual.

Ella tardó en contestar. Cuando lo hizo, le costaba cada palabra, como si las sacara de un sitio que no había abierto nunca.

—¿Sabéis lo que es que a una la elijan? —Le buscó los ojos en lo oscuro—.

De verdad. No para algo. A mí no me ha pasado nunca.

Toda mi vida me han escogido para cosas, como se escoge una herramienta de la pared: por afilada, por callada, por servir.

Pero a mí, a la que hay debajo de la herramienta, no me ha querido nadie, porque nadie se molestó nunca en comprobar si la había.

—Tomó aire—. Vos sí. Sois el primero que ha mirado debajo y se ha quedado con lo que ha encontrado, que no era gran cosa.

Así que reclamadme, lobo. Pero sabed lo que reclamáis: a alguien que no sabe dejarse querer, y que va a aprender tarde, y mal, y a trompicones.

—Tenemos tiempo —dijo Lachlan. Y luego, porque no era seguro que lo tuvieran—: O no lo tenemos. Pero lo que haya, lo aprendes conmigo.

—Vos no podéis reclamar lo que ya os pertenece.

—Y le tembló la voz, por primera vez en todo el libro de su vida—.

Hace mucho. Desde mucho antes de que ninguno de los dos lo supiera.

—Levantó una mano y se la puso en el pecho, sobre el broche viejo de su padre muerto—.

Pero está bien oírlo. Y dejad que os reclame yo a vos, que también sois mío, lobo, desde aquella nana que me cantasteis de pequeña sin saber a quién se la cantabais.

* * *

Lachlan le tomó la cara entre las manos —aquellas manos suyas, grandes, hechas para la lanza y el remo, que no sabían ser suaves y aquella madrugada aprendieron a marchas forzadas— y la besó como llevaba queriendo besarla desde mucho antes de tener derecho a ello.

La besó despacio al principio, como se pregunta algo que da miedo preguntar; y cuando ella le contestó —porque le contestó, tirando de él con las dos manos en vez de apartarlo, como no había tirado de nadie en su vida—, dejó de preguntar.

Y ella, que se había pasado la vida quieta, dejándose mover por la mano de turno, por una vez no estuvo quieta.

Por una vez fue ella la que decidió, la que tiró, la que eligió con el cuerpo lo mismo que había elegido ya con todo lo demás.

No había en aquello nada de la presa y el cazador, nada de la jaula, nada de halcón ni de guante; había dos personas que habían cruzado el infierno en bandos contrarios y habían salido, contra todo pronóstico, en el mismo, y que tenían una sola noche por delante antes de jugarse el cuello, y no pensaban gastarla en dormir.

Hubo manos aprendiendo despacio lo que llevaban demasiado tiempo queriendo aprender.

Hubo el calor de una piel contra otra en una noche fría de mar, y el frío de fondo haciéndolo todo más urgente, más cierto.

Hubo nombres dichos muy bajo contra la garganta —el de él, el de ella, el verdadero, el que aquella misma madrugada había dejado por fin de pesar—.

Y hubo, por encima de la sangre y del miedo a lo que vendría con el alba, una cosa que ninguno de los dos había tenido jamás y que se parecía peligrosamente a la felicidad: la de pertenecer a alguien por haberlo elegido, y no por haber sido entregado.

Lo demás fue de ellos, y de la oscuridad, y de nadie más, y no necesita que nadie lo cuente.

* * *

Mucho después, con la última brasa del muro casi muerta y el mar negro respirando abajo, se quedaron quietos, ella con la cabeza en el hueco de su hombro, él con la mano en el pelo claro de ella, los dos mirando hacia el sur, hacia donde, en cuanto saliera el sol, los esperaba un rey con un ejército.

—Mañana puede salir mal —dijo Lachlan, en voz baja, porque era verdad y porque entre ellos ya no cabían las mentiras piadosas—. Somos pocos. Él es muchos. Y Reynold está con él, y Reynold no deja cabos.

—Lo sé. —Sorcha le buscó la mano en lo oscuro y se la sostuvo—.

Por eso quiero que me juréis una cosa. Y os la juro yo a vos primero, para que sepáis cómo se hace.

—Cogió aire—. Pase lo que pase mañana en ese campo, no me soltáis la mano antes de tiempo por salvarme.

No me apartáis «por mi bien». No volvéis a decidir vos solo lo que es bueno para mí, como hicieron todos antes que vos.

Caigo de pie, a tu lado, eligiendo, o no caigo. Juradlo.

—Lo juro. —Lachlan se lo dijo a la coronilla, contra el pelo—. Y tú me juras lo mismo: que no haces ninguna de tus locuras de mártir, que no te vendes una última vez a nadie creyendo que me salvas. Que mañana, por una vez, peleas para volver. Para volver aquí. Conmigo.

—Lo juro.

Y allí, en un muro de piedra sobre un mar que se había llevado a medio ejército, la víspera de jugárselo todo, un lobo y la mujer que había llegado a aquella roca para destruirla se hicieron el único juramento que ninguno de los dos había hecho jamás de verdad y por su propia voluntad: el de pertenecerse, vivos o muertos, pero juntos, y elegidos, y sin sombra.

No se durmieron. Se quedaron así, mirando cómo el negro del cielo iba destiñendo hacia el este, sin hablar ya, porque lo que había que decir estaba dicho y lo que venía no se podía decir todavía.

Lachlan pensó que en toda su vida no había tenido nunca una cosa que perder tanto como la que tenía pegada al costado aquella madrugada, y que un hombre con algo así que perder pelea distinto: peor y mejor a la vez. Más miedo. Más motivo.

Por la mañana, las velas salieron del fiordo hacia el sur.