Extraña entre los lobos 37 · Unir a los libres
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37 · Unir a los libres

La tregua duró lo que tardaron en darse cuenta de que sobrevivir a una noche no es ganar una guerra.

El cerco de la roca estaba roto; eso era verdad, y se notaba en cómo respiraba la gente, en que las mujeres habían vuelto a encender fuegos a la vista en lugar de cocinar a oscuras.

Pero Isobel, que se había criado pegada a las cuentas de Reynold, sabía leer lo que había detrás de un respiro, y lo que había detrás de aquel era una cosa muy simple y muy fea: que al rey le habían roto una mano, no las dos.

Que en el sur seguía teniendo ejército de sobra, y a Reynold con él, y que en cuanto el deshielo abriera bien los caminos, esa otra mano subiría al norte a cerrar lo que la primera había dejado a medias.

Lo dijo en el consejo, sin adornarlo, porque ya no le quedaba a nadie estómago para adornos.

—No habéis ganado. Habéis sobrevivido a la primera oleada. La de verdad ni ha salido todavía del sur.

—Ya lo sabemos, espía. —Eilidh no levantó la voz; estaba demasiado cansada—. Por eso la mitad de esta sala quiere cargar las barcas y llevarse a la sangre a Cinaed antes de que llegue. Una roca medio vacía no se defiende.

—Y la otra mitad —dijo Eachann— quiere morir aquí, que es lo que toca. No hay tercera cosa.

—Sí la hay —dijo Isobel.

Y notó cómo la sala entera se volvía a mirarla: con recelo los más, con esa atención afilada que se le pone a alguien de quien no te fías pero que la última vez tuvo razón.

* * *

—La Corona no es fuerte —dijo—. Esa es la mentira con la que vivís todos, la que os ha tenido siglos agachados.

La Corona es una. Vosotros, los del norte, sois muchos.

Lobos, Mac Ruairidh, los de Cinaed, los de las islas, una docena de clanes que podrían echarlo al mar en una sola temporada si se pusieran de acuerdo una sola vez en su vida.

Y no se ponen. ¿Sabéis por qué no se ponen?

Nadie contestó. Lachlan, desde su sitio, con el broche de su padre al hombro, no le quitaba los ojos de encima, y por una vez no había en ellos sospecha, sino algo más incómodo para ella: que la escuchaba.

—Porque alguien se ha encargado, generación tras generación, de que os mordáis entre vosotros.

—Isobel respiró—. El juramento de la cuna.

Vuestra preciosa costumbre vieja. Lobos y Sorne entregándose criaturas para sellar paces que nunca duraban, odiándose por encima de los siglos, gastando en mirar al de al lado las fuerzas que os hacían falta para mirar al sur.

Eso no salió solo. Eso lo cuidó gente como Reynold, porque a un norte que se desangra solo no hay que conquistarlo: se conquista él.

La Corona se os va comiendo uno a uno mientras vosotros estáis ocupados degollándoos por una afrenta de hace cuarenta años.

Yo lo sé porque me criaron para ser una pieza de ese tablero.

Sé exactamente cómo se juega. Y os digo que el tablero se puede dar la vuelta.

—¿Cómo? —La pregunta la hizo Lachlan, en voz baja.

—Uniéndoos. Lo que no habéis hecho nunca.

—Lo dijo simple, porque las cosas grandes se dicen simples—.

Lobos y todos los clanes libres que queden, juntos, de una vez, contra el único que de verdad os quiere a todos muertos o de rodillas.

Y, a la vez, partiéndole a Reynold su propia casa.

Porque Reynold no os ha traicionado solo a vosotros, lobos.

Ha traicionado también a su gente. Los Sorne de a pie, los señores menores que le rinden vasallaje, llevan años viendo cómo vende el norte entero a la Corona para engordar él.

Esos lo aborrecen tanto como vosotros, solo que en voz baja.

Dadles una bandera que no sea ni la del trono ni la de Reynold, y veréis a cuántos se les suelta la lengua.

Eilidh soltó una risa seca.

—¿Y eso nos lo propone la que abrió la roca? ¿Por qué íbamos a montar una guerra entera sobre un plan que sale de la cabeza de la mejor espía que ha tenido el enemigo?

—Por eso justamente. —Isobel no se defendió; atacó, que era distinto—.

Porque conozco al enemigo por dentro. Sé cómo piensa Reynold, sé qué teme, sé dónde le duele, porque me hizo a su imagen para que doliera donde él quisiera.

Llevo toda la vida siendo su mejor arma.

—Miró a Eilidh sin pestañear—. Ya la volví una vez.

Hay un cerco entero deshecho en el mar de ahí abajo que lo dice mejor que yo.

Lo que os ofrezco es seguir volviéndola.

Contra él. Hasta que no quede de él más que el nombre.

Se hizo un silencio raro. Y en aquel silencio fue Lachlan quien habló, y lo que dijo no se lo dijo a ella, se lo dijo a su clan, que era más difícil y valía más.

—La escucháis a ella igual que la escucharíais a un explorador que ha estado en el campamento enemigo y ha vuelto a contarlo —dijo—.

Porque eso es lo que es. No tenéis que quererla.

No tenéis ni que fiaros de ella del todo.

Pero ha estado donde nosotros no hemos estado nunca, y ha vuelto, y lo que trae tiene sentido.

Lo demás, lo de si me fío yo o no, es asunto mío y lo arreglo yo. Hoy hablamos de la guerra.

Y nadie le discutió al laird. Que era, Isobel lo sabía, lo más cerca de un sí que iba a oír en aquella sala.

* * *

Esa noche, por primera vez desde que la habían sacado del mar medio ahogada, Isobel no durmió pensando en cómo salir de una jaula, sino en cómo cerrar una trampa.

La diferencia le pareció enorme. Toda su vida le habían ido dando piezas sueltas que mover —un mensaje que entregar, una guardia que distraer, una puerta que dejar abierta de noche— sin enseñarle jamás el tablero entero, porque un arma no necesita ver el plan, solo el blanco.

Reynold se había encargado de eso con esmero.

Y ahora, en una sala de piedra llena de gente que no la quería, acababa de desplegar el tablero completo delante de todos, y el tablero era suyo, lo había pensado ella.

Daba un poco de miedo, ese poder nuevo. Daba más esperanza que miedo, y eso la asustaba todavía más, porque la esperanza era lo único que no había aprendido a manejar.

Lachlan la encontró antes de embarcar, en el muro, mirando el agua negra hacia poniente.

—Lo de hoy en la sala —dijo, sin preámbulos—. Lo de respaldarte delante de todos. No lo he hecho por ti. Lo he hecho porque tenías razón, y un laird que no respalda la razón solo por no respaldar a quien no le cae del todo bien es un mal laird. Que quede claro entre nosotros.

—Queda claro. —Isobel no se volvió—. No esperaba otra cosa.

—Ya. —Lachlan se quedó un momento a su lado, callado, mirando la misma agua oscura—. Ese es el problema contigo. Que nunca esperas nada de nadie. Hace muy difícil saber qué darte.

Y se fue hacia la birlinn antes de que ella encontrara qué contestar a eso, que era, sospechó, justo lo que él pretendía.

* * *

Al primero al que fueron fue a los Mac Ruairidh, los del fiordo de poniente, porque tenían galeras y porque su jefe, el viejo Somhairle, era lo bastante zorro como para haber sobrevivido a tres reyes sin doblar la rodilla ante ninguno.

Fueron por mar, en la única birlinn que les quedaba entera, y a Isobel se le hizo extraño volver a cruzar agua abierta no huyendo de nadie ni vendiendo a nadie, sino para algo limpio.

El mundo, visto desde una galera, era más grande de lo que cabía en una roca sitiada.

Por primera vez en mucho tiempo pensó que a lo mejor había un después.

Somhairle los recibió en su sala, larga y baja, con la desconfianza educada del que ha aprendido que toda visita trae una cuenta. Escuchó a Lachlan exponer lo de la unión sin moverse. Y cuando Lachlan acabó, no le contestó a Lachlan. La señaló a ella con el mentón.

—A vos os conozco de oídas —dijo, y a Isobel se le tensó algo viejo en la espalda—.

Sois la rehén de Reynold. La que le abrió a la roca de los lobos y luego le rompió el cerco al rey.

Media costa habla de vos. —La midió un momento, calculando—.

Y ahora venís a mi sala a pedirme que ponga a mis hijos a morir en una guerra que ha pensado la criatura del hombre que nos vendería a todos.

Decidme una sola razón, mujer, por la que un viejo zorro deba fiar el pellejo de su clan en la cabeza de la mejor mentirosa que ha criado el enemigo.

Lachlan se removió, dispuesto a salir en su defensa. Isobel le puso una mano en el brazo, despacio, y se adelantó ella.

—No os voy a dar una razón para fiaros de mí —dijo—.

No la hay. Yo, en vuestro sitio, no me fiaría.

Os voy a dar otra cosa, que vale más: la única verdad que nadie en esta costa se atreve a deciros a la cara.

—Sostuvo la mirada del viejo—. Que si os quedáis quieto, esperando, jugando a no mojaros como habéis hecho con tres reyes, vais a perder igual.

Solo que más tarde y más solo. Reynold no necesita que le digáis que sí.

Le basta con que los lobos caigan, y luego Cinaed, y luego las islas, y un día, sin aliados ya, le tocará el turno a vuestras galeras, y para entonces no quedará nadie a quien pedirle ayuda, porque a todos los habréis visto caer de uno en uno sin mover un dedo.

Yo le he llevado las cuentas a ese hombre.

Sé en qué orden piensa comeros. Y vos estáis en la lista, Somhairle, lo sepáis o no.

El viejo no contestó enseguida. Fuera, las galeras crujían en el agua.

—Lo sé —dijo al fin, en voz baja, y por primera vez sonó viejo de verdad y no astuto—.

Claro que lo sé. Llevo veinte años viéndolo venir y rezando por morirme antes.

—Miró a Lachlan, y luego otra vez a ella—.

Hay sangre vieja entre tu clan y el mío, lobo.

De antes de que tú nacieras. Que quede dicho: esto no es perdón ni es amistad.

Es un viejo eligiendo de qué quiere morir.

—¿Eso es un sí? —preguntó Lachlan.

Somhairle se levantó, despacio, con todos los años encima, y a Isobel le pareció que la sala entera contenía el aliento.

—Es un sí —dijo—. Os doy galeras y os doy hombres.

Pero os doy también un aviso, mujer, que sois la que entiende de estas cosas: el día que mande galeras contra el rey, me convierto en el siguiente que ese hombre del sur quiere muerto, justo detrás de vosotros.

Así que más os vale que esa cabeza vuestra siga teniendo razón.

Porque ya no vamos a caer de uno en uno.

—Sonrió, y fue una sonrisa sin gracia y con dientes—.

A partir de hoy caemos juntos, o no cae ninguno.

Y mientras salían de aquella sala con el primer clan ganado y el primer aviso clavado, Isobel sintió una cosa que no había sentido jamás en toda su vida de pieza ajena: que aquel tablero, por una vez, lo estaba moviendo ella. Y que de momento, contra todo pronóstico, iba ganando.