36 · Lo que hiciste
La trampa funcionó como ella había dicho que funcionaría. Esa fue la primera cosa que le costó digerir.
A la bajamar siguiente, los del rey entraron por la cara de levante, por el espolón que un pájaro fiel les había vendido, confiados, en formación, justo por donde les habían jurado que la roca estaba desnuda.
Y la roca no estaba desnuda por levante.
Por levante estaba el sumidero: la única boca del dùn que se cerraba sola, donde el agua volvía antes y más brava que en ningún otro sitio.
Lachlan tenía a los suyos esperando arriba, en lo seco, donde ella le había dicho que los pusiera.
No tuvieron casi ni que pelear. Lo hizo el mar.
Vieron entrar a los del rey por el hueco, los vieron meterse hasta el fondo creyendo que cazaban, y luego vieron volver el agua, deprisa, cerrándose, y oyeron lo que se oye cuando el mar cobra: a una columna entera de hombres con cota descubriendo, demasiado tarde, que el camino que pisaban no era un camino.
El asedio de la roca se rompió aquella mañana. No del todo —al rey le quedaba ejército de sobra en el sur, y Reynold con él—, pero los que cercaban el dún quedaron deshechos en una sola marea. Y los quedaron porque una mujer había cruzado dos veces el frío para vendérselos.
Lachlan lo vio entero, desde el muro. Y supo, mirando el agua llevarse lo que quedaba del cerco, que ya no podía seguir tratando aquello como una cuenta pendiente que decidiría más adelante. La cuenta estaba delante de él, escrita en el mar. Solo faltaba mirarla a la cara.
* * *
La buscó esa misma noche.
No durmió. No por el duelo, aunque el duelo seguía debajo de todo, esperando su turno como espera la marea.
Fue por ella. Por la mujer que había vuelto del campamento del rey con la sangre de su hermano en el manto y le había puesto en las manos, sin pedir nada, la victoria que él no sabía arrancarle a la bajamar.
Un laird que no sabe qué hacer con algo así, a la larga, no es laird de nada.
De modo que se levantó, y fue al cuarto pequeño donde la tenían, y le dijo a Dùghall que se apartara de la puerta, y entró.
Ella estaba despierta. Sentada en el jergón, con el brazo del tajo bien vendado al fin, mirando la pared como quien lleva horas mirándola.
—Levántate —dijo Lachlan—. Quiero mirarte a la cara para esto.
Isobel se levantó. No preguntó para qué. Se puso de pie delante de él, quieta, esperando, como esperaba siempre.
—Funcionó tu trampa —dijo él—. Los has roto. El cerco está deshecho.
—Lo sé. Lo he oído.
—Y mi padre sigue muerto. —Lo dijo sin levantar la voz, y fue peor que un grito—.
Y la brecha por la que entraron a matarlo se la abriste tú al rey, palmo a palmo, en mi propia cama, mientras yo te enseñaba a leer la marea.
Esas dos cosas son verdad a la vez. Y necesito que las digas tú.
En voz alta. Las dos. Porque llevo todo el día oyendo a mi gente decir que eres una heroína, y tengo a mi padre sin enterrar, y no me caben las dos cosas en la cabeza si no te oigo decirlas a ti.
Isobel no bajó los ojos. A él le habría sido más fácil que los bajara.
—Os abrí la roca —dijo, despacio, sin temblarle—.
Os dibujé el paso, las salidas, las horas.
Sabiendo lo que hacía. Lo bastante bien como para que entrara un ejército.
Vuestro padre está muerto por eso, entre otras cosas, y nada de lo que yo haga ahora lo levanta.
Eso es una. —Cogió aire—. Y la otra es que esta noche he matado a mi hermano para volver a venderles la misma roca a ellos, esta vez para vosotros, y volvería a hacerlo.
Las dos son verdad. No os voy a quitar ni una para que os quepan mejor.
—¿Por qué? —La pregunta le salió más áspera de lo que quería—. La primera vez. ¿Por qué nos la abriste?
—Porque no sabía que erais los míos.
Y ahí estaba. Lachlan se quedó callado, porque aquello, dicho así, plano, sin pedir nada con ello, le desmontaba la mitad de la rabia que había traído.
—No lo sabía —repitió ella, y por primera vez algo se le movió en la voz, no para ablandarlo, sino porque le costaba—.
Me criaron para esto desde antes de andar.
Me criaron creyendo que era de ellos, que vosotros erais las bestias del norte, que abriros la roca era cumplir, ser buena hija.
Cuando me enteré de quién era yo de verdad, de lo que me habían hecho, de a quién había estado traicionando sin saberlo, ya estaba hecho.
Ya os la había abierto. No descubrí que era una loba hasta que ya había ayudado a degollar a mi propia manada.
—Apartó la vista un momento—. Así que no, no fue una traición valiente, ni con causa, ni decidida.
Fue una niña haciendo lo que le habían enseñado, demasiado bien.
Eso es peor, no mejor. No os lo cuento para que me perdonéis.
Os lo cuento porque me lo habéis preguntado y estoy cansada de mentir.
Lachlan se pasó una mano por la cara. Tenía delante a la mujer que le había costado el dún y el padre, y resultaba que no era una traidora con un plan: era otra criatura fabricada por el mismo hombre que lo había sitiado a él, otro animal criado en una jaula para morder a quien le dijeran.
Igual que Crisdean. Igual que, según Mór, estaba metido él mismo en algo más viejo que el rey sin saberlo.
Habría sido más fácil que fuera una víbora.
Las víboras se matan y se duerme uno tranquilo.
Se quedó un momento sin saber qué más preguntar. Y luego preguntó lo único que llevaba dentro desde que había entrado en aquella alcoba y se había encontrado al viejo ya ido.
—Tú estabas allí. Cuando murió. —No era reproche; era otra cosa—. Yo llegué tarde. Llegué cuando Mór ya le estaba cerrando los ojos. Tú estabas en la puerta. Lo viste.
—Lo vi.
—¿Cómo fue? —Le costó preguntarlo, y le costó más esperar—. Dímelo. Como fuera. No me lo ablandes, que me daré cuenta.
Ella tardó en contestar, escogiendo, y cuando lo hizo no le ablandó nada, y por eso él se lo creyó.
—No se enteró —dijo—. De la batalla, digo.
Del que entró, del hierro, de nada. Se fue antes de que llegara nada de eso a la alcoba.
Mór estaba con él, con una mano en su frente, cantándole bajo una cosa vieja.
Respiraba mal, como toda la noche, y en un momento dado dejó de respirar mal y dejó de respirar, sin más, como quien suelta por fin algo que pesaba mucho.
No hubo dolor. No hubo miedo. Hubo una canción y se acabó.
—Calló, y luego añadió—: Os lo digo por si os sirve: se fue en su roca, en su jergón, con la suya al lado.
No todos los que cayeron anoche tuvieron tanto.
Lachlan no dijo nada durante un rato largo. Le habían quitado, sin pretenderlo, un peso que no sabía que cargaba: el de imaginarse a su padre yéndose solo y con miedo mientras él peleaba en otro corredor.
—Quería decirme una cosa —dijo al fin, casi para sí—. Días antes. Algo de Mór, de una cuenta vieja, de no sé qué. No lo acabó. Se quedó a la mitad y ya no volvió a estar entero para terminarlo. —Miró a Isobel—. ¿Le oíste decir algo al final?
—Le oí a Mór cantar. —Lo dijo con cuidado, y por un instante pareció a punto de añadir algo y no lo añadió—. No le oí a él decir nada que yo entendiera.
Lachlan lo dejó ahí. No era el momento, y los dos lo sabían.
—Lo peor —dijo él al fin, en voz muy baja, mirando la pared en vez de mirarla a ella— es que llevo desde que murió mi padre buscando una razón para odiarte.
La tengo. La tengo entera, escrita en una tumba sin cerrar.
Y no me sirve. —Resopló, despacio—. Tendría que odiarte.
Sería lo limpio. Lo justo, hasta. Y en cambio me paso la noche sin dormir pensando en cómo cruzaste tú sola un mar helado para traerme una victoria que no te he pedido, y en la cara que se te ha quedado de haber matado a alguien de tu sangre, y no me sale el odio por ningún lado.
Eso es lo que me has hecho, además de todo lo otro.
Me has quitado hasta el derecho a odiarte limpio.
—No pretendía—
—Ya sé que no pretendías. —Y por primera vez en toda la noche, en toda la guerra, en todo, sonó cansado más que furioso—.
Tú nunca pretendes. Esa es la cosa. Te pasas la vida haciendo daño y bien sin pretender ninguno de los dos, porque alguien te quitó de pequeña el derecho a pretender nada.
Y yo me he quedado sin saber a quién culpar, porque al único que de verdad habría que colgar por todo esto lo tiene el rey al sur, a salvo, dándole de comer.
Se quedaron los dos callados un rato. Fuera, el mar seguía con lo suyo, indiferente, llevándose el cerco.
—No te perdono —dijo Lachlan—. Que quede claro entre nosotros, porque no quiero deberte una mentira a ti también. No perdono lo de mi padre. A lo mejor no lo perdono nunca. No me pidas eso.
—No os lo pido. —La voz de ella era firme otra vez—. Nunca os lo he pedido. Os ofrecí morir por vosotros, no que me quisierais por ello.
—Lo sé. —Lachlan la miró por fin, de frente—.
Pero te voy a decir lo que sí puedo. Que empiezo a entenderte.
Y que un laird con la roca medio muerta y al rey entero por encima no se puede permitir tirar a la única persona que conoce al enemigo por dentro, por mucho que esa persona le haya costado lo que más quería.
Así que esto es lo que hay. No hay perdón.
Hay tregua. Peleas con nosotros, no contra.
Yo te trato como a alguien de los míos mientras te lo merezcas, y no como a una presa.
Y de lo demás —de lo que me has hecho y de lo que no me sale odiarte— no hablamos esta noche, que bastante tengo con enterrar a mi padre mañana.
Isobel asintió, despacio. Y Lachlan vio que aquella tregua, tan poca cosa, tan llena de cosas sin decir, le había costado a ella tanto como a él: porque a una mujer que no espera nada, lo único que de verdad puede hacerle daño es que empiecen a darle algo.
—Tregua —dijo ella.
No se dieron la mano. No hacía falta. Era demasiado frágil para tocarla; una palabra puesta encima de una tumba abierta y un mar lleno de muertos, sosteniéndose sola, sin saber hasta cuándo.
Pero era más de lo que había habido entre los dos en mucho tiempo. Y Lachlan salió de aquel cuarto sin haberla perdonado, sin haber dejado de quererla, y por primera vez desde la brecha, capaz de pensar en lo que venía sin que se le fuera la cabeza a lo que ella le había hecho.
Mañana enterraba a su padre. Y pasado tendría que pensar en lo imposible: en cómo un puñado de lobos medio muertos y una espía vuelta del revés iban a hacerle frente a un rey.
Para eso, al menos, ya no estaba solo.