41 · La batalla
El alba. La llanura. El río en medio, estrecho y negro, como una raya tirada por una mano que no temblaba.
A un lado, ellos. Al otro, el mar de hierro del rey.
Sorcha lo miró todo desde su sitio en la línea, con el cuchillo de monte en una mano y, en la otra, una lanza corta que le había dado Eilidh la noche antes diciéndole que para empezar le serviría más que su filo de cortesana.
Tenía la boca seca. Tenía a Eilidh a la izquierda.
Tenía, en alguna parte del frente, donde no debía mirar y miraba igual, a Lachlan.
Luego el rey movió su mar. Y ya no hubo alba, ni llanura, ni río.
Hubo ruido.
Lo primero fue la caballería del rey.
Vinieron al galope por el vado, cientos, con la cota entera y las lanzas bajas, y Sorcha entendió en las tripas, antes que en la cabeza, por qué un hombre se mea de miedo ante una carga de caballería: porque es la tierra misma viniéndosele encima.
El erizo de lanzas de los lobos se cerró.
«¡Aguantad! —gritó alguien por toda la línea—.
¡Clavad el cuento en el suelo y aguantad!
¡Que un caballo no carga contra las puntas! ».
Aguantaron.
Y era verdad: los caballos no se tiran contra una pared de hierro, lo saben aunque el jinete no quiera saberlo.
Se encabritaron. Se abrieron. Reventaron contra los flancos.
Hubo un estruendo de carne grande contra madera afilada que Sorcha no se quitaría del todo de los oídos en lo que le quedara de vida.
Y después la primera fila del rey y la primera del norte se metieron una en otra, y ya no hubo filas.
Hubo una sola cosa, revuelta, sin nombre, hecha de hierro y de barro y de gritos.
* * *
No se parecía a nada que le hubieran enseñado.
A ella la habían adiestrado para lo callado.
Para el filo en lo oscuro, la quietud, el hueco entre las costillas de un hombre que no se lo espera.
Esto era lo contrario de todo eso. Esto era luz, y fango, y un griterío que no cabía en la cabeza, y caballos enormes reventando contra el erizo de lanzas, y el suelo temblando, y hombres cayendo de maneras que la cabeza tardaba en entender.
Frases sueltas. Eso era una batalla por dentro. No un relato. Fogonazos.
Un caballo sin jinete, loco, abriéndose paso entre los suyos.
Una lanza que entra en algo y no quiere salir.
Un hombre de rodillas en el barro, mirándose las manos como si no fueran suyas.
El estandarte de Cinaed cayendo. Subiendo. Cayendo otra vez.
Un grito largo y agudo, que no se sabía si era de hombre o de caballo, cortado de pronto por la mitad.
La voz de Eilidh, a su izquierda, ronca: «¡No mires! ¡El de delante! ¡Solo el de delante!».
Sorcha miró solo al de delante. Era lo único que podía hacer.
Lo que le había enseñado Eilidh en el prado le salvó la vida tres veces antes de que entendiera que se la estaba salvando.
No levantar el brazo más de lo justo. No avanzar sola.
Caer hacia la izquierda, que allí estaba ella.
Usar el cuerpo del de delante de escudo contra el de detrás.
Una mujer sola, con su cuchillo, habría durado un padrenuestro.
Pero no estaba sola. Esa era toda la diferencia, como le habían dicho.
A su izquierda, Eilidh. A su derecha, un montañés que no conocía.
Detrás, los de Cinaed. Un muro de gente que había decidido no morir cada uno por su lado.
Mató. No supo a cuántos ni cómo. Después no se acordaría de las caras, solo de los huecos: el hueco bajo un brazo levantado, el hueco de una garganta sin cubrir, los sitios donde la cota no llega que Reynold le había enseñado a encontrar sin mirar, vueltos ahora contra los hombres de Reynold.
Lo decente y lo indecente se le mezclaron en las manos hasta no distinguirse.
El barro dejó de ser barro. No quiso pensar de qué era.
Hubo un momento en que casi se acabó todo.
Un hombre grande se le coló por la derecha, por el hueco que dejó el montañés al caer, y se le echó encima antes de que ella pudiera armar nada.
La tiró al suelo. Le buscó la garganta con un puñal corto.
Sorcha le vio la cara muy cerca, sin odio, solo con el trabajo de matarla, y pensó, absurda, que iba a morirse en un barrizal del sur sin que Lachlan llegara a saberlo, rompiéndole el juramento sin querer.
No se murió.
El hacha de Eilidh le abrió la cabeza al hombre desde arriba, sin una palabra, y luego la mano de Eilidh la sacó del fango de un tirón, como quien levanta un saco.
—Te dije que no avanzaras sola —gruñó la guerrera.
—No avancé. Se coló él.
—Pues que no se cuele. —Y la empujó otra vez a su sitio, hombro con hombro, y siguieron las dos en la línea: dos mujeres a las que el mundo había puesto siempre solas, negándose, esa mañana, a morir cada una por su lado.
* * *
Y entonces lo perdió de vista.
A Lachlan. Lo tenía entrevisto al frente, donde tiene que estar un laird, donde más duele y más se muere; lo veía a ratos, una cabeza oscura, el broche viejo lanzando un destello cuando le daba la luz, repartiendo y recibiendo. Y de pronto, entre dos oleadas, dejó de verlo.
El mundo se le paró en mitad del ruido.
Buscó. No estaba. Donde había estado su cabeza oscura solo había hierro y otros.
Y Sorcha sintió subir, fría y total, la única cosa que de verdad la podía romper a esas alturas: que él se hubiera caído.
Que se le hubiera ido sin que ella lo viera.
Que el juramento del muro —vuelves, eliges, los dos— se hubiera roto del lado de él.
Dio un paso fuera de la línea. Hacia donde no estaba.
—¡Quieta! —El hacha de Eilidh le cruzó el pecho como una barra, parándola—. ¡Si rompes la línea por él, os matan a los dos y a mí de paso! ¡Confía! ¡Sabe lo que hace!
No confiaba. Pero volvió a su sitio, porque era eso o condenar a la mujer que le guardaba el flanco.
Y peleó con el corazón fuera del cuerpo, buscándolo entre fogonazo y fogonazo, hasta que —un siglo después, o un instante— la cabeza oscura volvió a asomar, más adelante aún, viva, terca, de pie.
Se había abierto paso. No había caído. Se había metido más hondo.
Sorcha respiró por primera vez en mucho rato. Y odió, por un instante, lo mucho que aquel hombre había pasado a importarle, porque importarle tanto a alguien, en mitad de una batalla, era otra herida más por la que desangrarse.
* * *
La balanza no se movió de golpe. Estas cosas no se mueven de golpe.
Se movió por una grieta. Una grieta en el flanco del rey, allá a la derecha, donde estaban las levas del sur, las de los señores que rendían vasallaje a los Sorne.
No cargaron.
Lo vio sin entenderlo del todo, y luego lo entendió entero: las levas de Reynold, los hombres a los que la gente había dejado de obedecer aldea por aldea, recibieron la orden de cerrar el flanco y la recibieron mal.
Unos se quedaron quietos. Otros, los más, hicieron algo peor para el rey que huir: se dieron la vuelta.
Bajaron las lanzas. Y empezaron a pelear hacia dentro, contra los suyos, contra el halcón de plata sobre campo verde que llevaban cosido al pecho y que ya no querían encima.
Uno de ellos, un Sorne joven, se arrancó el halcón del pecho y lo tiró al suelo antes de cargar contra los que hasta esa mañana habían sido los suyos. Lo gritaba mientras lo hacía. Una sola palabra, repetida, que prendió por el flanco como prende el fuego en rastrojo seco:
—¡Libres! ¡Libres! ¡Libres!
La palabra de Lachlan. La del muro. Devuelta ahora por la boca de los que habían sido del enemigo.
«Hasta su propia gente», pensó Sorcha, con un frío que esta vez no era de miedo. Lo había sembrado ella. Y ahora lo veía romperle al rey un costado entero.
Por esa grieta se metió la coalición como se mete el mar por una calzada que cede.
Somhairle, el viejo zorro, soltó por fin a sus isleños, que llevaban toda la mañana mordiéndose las ganas, y entraron por el hueco como lobos en redil.
Eachann, con el brazo aún medio inútil en el cabestrillo, empujaba el erizo de lanzas gritando el nombre de Domhnall como si el viejo laird pudiera oírlo desde donde estuviera.
Los clanes libres olieron la sangre y empujaron, y el erizo avanzó por primera vez en toda la mañana en vez de aguantar.
Y en el frente, siempre en el frente, la cabeza oscura de Lachlan tiraba hacia delante, abriéndoles paso a todos, hacia donde, al fondo, sobre una pequeña loma, ondeaban dos estandartes muy juntos: el del justicia del rey y, a su lado, el halcón.
Allí estaban. Hugo. Y Reynold.
El hombre que la había fabricado, mirando desde su loma cómo se le deshacía el mundo, todavía sin saber —Sorcha lo supo con una certeza salvaje— que la mano que se lo deshacía era la suya, la que él había criado para que no mordiera nunca a quien no debía.
Y por primera vez en toda la mañana —por primera vez, quizá, en toda su vida—, Sorcha se dejó pensar en el después.
En que aquello tenía un final, y que el final podía ser bueno.
En una roca del norte que dejaría de ser una jaula.
En un hombre de cabeza oscura que le había hecho prometer que peleara para volver, y al que ella le había arrancado la misma promesa.
Se permitió, durante un latido, quererlo todo.
Por un momento, uno solo, con el flanco del rey roto y los clanes empujando y el estandarte enemigo a tiro de una última carga, Sorcha pensó lo que pensó toda la línea a la vez, lo que cruzó la llanura como una chispa de hombre en hombre:
Que podían ganar.
Que de verdad, contra todo, contra los números y la sangre y los siglos, aquella mañana podían ganar.
No sabía aún —no podía saberlo— que era justo el instante que esperaba la cuenta vieja para presentar su factura. Que las deudas más antiguas no se cobran cuando pierdes.
Se cobran cuando crees que has ganado.