Extraña entre los lobos 44 · Lo que quedó
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44 · Lo que quedó

La mañana después de una victoria se parece más a una derrota de lo que a nadie le cuentan de niño.

Lachlan llevaba desde el alba recorriendo el campo, y el campo no tenía aspecto de mañana ganada.

Tenía aspecto de matadero después de la matanza: humo de las piras, cuervos a los que ya nadie espantaba, hombres callados recogiendo a otros hombres del barro para llevarlos a quemar, mujeres que habían venido desde las aldeas buscando entre los muertos una cara conocida y encontrándola demasiadas veces.

Nadie cantaba. En las historias, después de ganar, se canta.

En la vida no canta nadie. En la vida se cuenta.

—Dame los números —le dijo a Eachann, que lo seguía con el brazo todavía en el cabestrillo y una lista en la cabeza, porque Eachann era de los que contaban siempre.

—No te van a gustar.

—No he pedido que me gusten. He pedido que me los des.

Eachann se los dio. Caídos: más de los que Lachlan quería oír, casi un tercio de los que habían cruzado a aquella llanura.

De los lobos, familias enteras que se quedaban sin hombres.

De las islas de Somhairle, tres barcos que no tenían ya remeros suficientes para volver llenos.

De los de Cinaed, la mitad. Heridos que vivirían y heridos que no; de los segundos era mejor no hablar, que el norte no tenía cirujanos para tanto, solo viejas con hierbas y mucha paciencia.

—¿Y los nuestros? —preguntó Lachlan, y se odió un poco por preguntarlo, por querer saber primero de los suyos cuando todos los muertos eran suyos ya—. Los que conozco.

—Eilidh, entera. Con un tajo en el muslo que la tiene de un humor de mil demonios, pero entera.

El crío, Dùghall, vivo; no se le ha caído esa sonrisa de bobo ni en la batalla.

Coll, demasiado viejo para que lo mate nada, sigue por ahí.

Somhairle ha perdido a un sobrino y no ha dicho una palabra desde anoche, que es como dicen las cosas los de su clan.

—Eachann hizo una pausa—. Hemos tenido suerte, Lachlan.

Mucha. Los que más quieres siguen respirando.

No todos pueden decir lo mismo esta mañana.

—No. —Lachlan miró las piras—. No todos.

Pasó por donde tenían a los heridos antes de subir a lo alto. Encontró a Eilidh sentada contra una rueda de carro, con el muslo vendado y una jarra en la mano, supervisando a las viejas que cosían a otros con la misma cara con la que supervisaría una matanza de cerdos.

—No me mires así —le dijo, antes de que él abriera la boca—. No me voy a morir. Soy demasiado mala para morirme de un tajo en la pierna.

—Eso ya lo sabía.

—Lo que no sé es cuántas de las mías no van a volver a su isla.

—Y por un momento se le cayó la guasa de la cara, y debajo había una mujer muy cansada—.

Cuídamela bien, a la del halcón. Peleó como una de las nuestras.

Se ganó el sitio en el barro, que es el único sitio donde un sitio se gana de verdad.

—Bebió—. No se lo digas que te lo he dicho. Todavía no me cae bien del todo.

Lachlan estuvo a punto de reírse, por primera vez en aquella mañana de piras. Y no se rio, por respeto a las piras, pero le quedó dentro, que ya era algo.

Suerte. Esa era la palabra sucia que nadie decía en voz alta después de una batalla: que vivir o morir había sido, para la mayoría, cuestión de suerte.

De estar en el flanco que aguantó y no en el que cedió.

De que el hombre de delante fuera torpe y no rápido.

Lachlan había mandado a aquella gente a morir con un discurso bonito sobre la libertad, y la libertad estaba allí, sí, pero también estaban las piras, y a él le tocaba cargar con las dos cosas a la vez el resto de su vida.

* * *

Subió a lo alto, donde el día anterior habían ondeado los pendones del rey, para mirar hacia el sur. Por allí se habían retirado los restos del ejército de la Corona, los que pudieron correr. No volverían pronto. Pero volverían.

Eso era lo que no se podía decir a la tropa, lo que un laird se guardaba para masticarlo solo: que no habían ganado la guerra.

Habían ganado una batalla. Habían roto a un ejército y matado a un justicia, y el rey del sur, allá en su trono caliente, apuntaría aquello en una lista de afrentas y, dentro de un año, o de tres, o de cinco, mandaría otro ejército, y otro justicia, y otra lista.

Hugo se lo había escupido a la cara antes de morir y Hugo, maldita fuera su alma, no se había equivocado en eso.

—Le das demasiadas vueltas. —Mór había subido detrás de él, despacio, apoyada en el bastón—. Se te nota en la espalda.

—Volverán —dijo Lachlan, sin volverse—. Lo sabes tú igual que yo. Toda esta sangre, ¿para qué? ¿Para que dentro de tres años estemos otra vez aquí?

—Para que dentro de tres años estéis aquí de otra manera.

—Mór se puso a su lado—. Escúchame, que de estas cosas sé yo más que tú.

La otra vez que vino el sur, ¿qué se encontró?

Un norte partido en doce pedazos que se odiaban entre sí.

No tuvo ni que pelear: nos compró, nos enfrentó, nos usó a unos contra otros y se quedó con todo sin despeinarse.

Esa era su arma, lobo. No los caballeros.

La división. Y esa arma se la has roto tú.

Cuando vuelvan, y volverán, no se van a encontrar doce pedazos.

Se van a encontrar un norte que ya sabe que junto se le puede plantar cara.

Eso no se desune fácil, una vez que la gente lo ha visto con sus ojos.

Has cambiado el tablero. Ganar la próxima ya no depende de ganar la próxima batalla. Depende de esto. Y esto ya está hecho.

Lachlan se quedó callado un buen rato, mirando el sur.

—Mi padre no lo habría entendido —dijo al fin.

—Tu padre lo entendía mejor que nadie. Por eso te avisó.

—Mór casi sonrió—. Lo que tu padre no podía era hacerlo.

Él era de un tiempo en el que un Faoláin no ponía a nadie por delante de la manada, en el que las cosas se hacían como se habían hecho siempre porque siempre se habían hecho así.

Ese mundo se ha muerto este invierno, lobo.

Se murió con él en aquella sala, y se ha terminado de morir en esta llanura.

Lo que viene ahora no tiene nombre todavía. Te toca a ti ponérselo.

* * *

Y esa era la verdad más grande de todas, la que llevaba sobre los hombros desde que le habían puesto la fíbula: que el mundo en el que se había criado ya no existía.

El mundo de Domhnall. El de las afrentas que se heredaban como las tierras.

El de los lobos contra los Sorne porque los lobos siempre habían sido contra los Sorne.

El de la cuna y la marea y las cuentas viejas pagadas con crías de pecho, como si el espanto, repetido el tiempo suficiente, dejara de ser espanto y se volviera costumbre.

Todo aquello se había acabado. No quedaba el juramento, ni quedaban los Sorne como enemigos, ni quedaba el viejo que sabía cómo gobernar todo eso.

Quedaba Lachlan, laird de algo que aún no sabía gobernar, con la mitad de sus hombres bajo tierra y la otra mitad mirándolo a él para que les dijera qué venía ahora.

Y no muy lejos, sentada sola sobre una piedra, con la vista perdida en el sur por el que se había ido un ejército y en el suelo por el que se habían llevado un cuerpo, quedaba ella.

Lachlan la observó un momento antes de acercarse.

Sorcha cargaba lo suyo, y lo suyo no era como lo de él.

Él había perdido un mundo; ella había perdido algo más difícil de enterrar: un padre que no sabía si llorar, una respuesta que no iba a tener nunca, la última crueldad de un hombre que se había ido dejándole la duda metida en el cuerpo como una esquirla.

Y Lachlan, que habría sabido qué hacer con un enemigo, o con una batalla, o con un mundo entero por reconstruir, no sabía qué hacer con aquello.

Porque aquello no se arreglaba. Solo se acompañaba.

Así que se sentó a su lado en la piedra, sin decir nada, y le pasó un brazo por encima, y la dejó cargar su esquirla con la cabeza apoyada en él, que era lo único que de verdad podía ofrecerle: no quitarle el peso, que no se podía, sino ponerse debajo a aguantarlo con ella.

—No sé qué siento —dijo ella al rato, sin levantar la cabeza de su hombro—. Por él. No sé si lo odio más por lo que me hizo o por cómo se fue. Me pasé media vida queriendo ser libre de él. Y va y se muere de la única manera que me ata para siempre. Hasta en eso me ganó.

—A lo mejor no era ganar. —Lachlan eligió las palabras con cuidado, que no era lo suyo—. A lo mejor, por una vez en su vida, no estaba jugando.

—Eso no lo voy a saber nunca. —Y no lo dijo con pena; lo dijo como quien constata el tiempo que hace—. Él se encargó de eso. Era lo único que le importaba de verdad: que yo nunca pudiera estar segura de nada que viniera de él. Ni del daño. Ni de lo otro.

Lachlan no insistió. Había aprendido, con ella, que hay heridas que no quieren consuelo: quieren compañía, y callar, y que alguien se quede.

—Volverá el rey —dijo ella al cabo, en voz baja, porque también lo había entendido—. ¿Verdad?

—Volverá.

—Entonces esto no se acaba.

—Esto no. —Lachlan miró el campo, las piras, el sur, el norte—.

Pero hoy no toca pelear. Hoy toca enterrar a los nuestros y curar a los que se puedan curar.

Mañana, levantar lo que se cayó. Y un día, no sé cuándo, lo que venga del sur se va a encontrar una cosa que no se esperaba: que ya no hay doce puertas que forzar de una en una.

Que solo hay una, y que detrás estamos todos.

* * *

Bajaron juntos cuando el sol estaba ya alto.

No fue un final. Lachlan sabía que no lo era; los finales limpios eran cosa de las historias, y aquello era la vida, donde una guerra ganada solo significa que tienes tiempo, antes de la siguiente, para enterrar a tus muertos y tener a tus hijos.

Pero, por primera vez desde que el mundo de su padre había empezado a derrumbarse, Lachlan miró hacia el norte —hacia la roca, hacia el dún, hacia el sitio que volvía a ser un hogar y no una trampa— y no vio una posición que defender. Vio una casa a la que volver.

Le tendió la mano a la mujer que había llegado a aquella roca para destruirla y que se quedaba ahora para reconstruirla con él.

—Vámonos a casa —dijo.

Y ella le cogió la mano, y se fueron.