Epílogo · La nana
Mór era ya muy vieja la noche en que se cerró el círculo, tan vieja que medía el tiempo no en inviernos sino en las cosas que había visto morir y nacer. Y había visto morir muchas. Pero aquella noche, por una vez, le tocó ver nacer.
Estaba sentada al amor del fuego en el salón del dún —el salón nuevo, el que habían levantado sobre las cenizas del viejo—, envuelta en una manta, dejando que la juventud hiciera el ruido que le correspondía.
Y la juventud lo hacía. El salón estaba lleno como no lo había estado en su vida: lobos y gente de las islas y de Cinaed, y hasta algún Sorne de los que se habían quedado, todos revueltos, comiendo de la misma mesa, discutiendo las mismas tonterías de siempre.
Un norte entero bajo un techo, sin morderse.
Mór había vivido lo bastante para saber lo raro que era aquello, y lo caro que había salido, y lo poco que duraban las cosas raras. Pero esa paz duraba. Con eso bastaba.
Hacía veinte años, ella había estado en un sitio muy distinto.
Lo recordaba como se recuerdan las cosas que no se perdonan uno del todo: el vado, con la luna nueva, que es la luna de los tratos que no quieren testigos.
Las dos comitivas, la de los lobos y la de Sorne, llegando cada una con un bulto pequeño en brazos.
El intercambio, callado, rápido, dos cunas cruzándose en mitad del agua negra para sellar una paz que no era paz, solo una tregua escrita con la vida de dos crías que no habían pedido nacer en clanes que se odiaban.
Y ella, Mór, joven entonces, pronunciando con voz firme la cláusula que le tocaba pronunciar, la del precio: lo que se rompe por traición se paga con un hijo de la cuna.
Recordaba el bulto rubio que habían puesto en manos del enemigo.
Recordaba haber pensado, mientras se lo llevaban hacia el sur en la oscuridad: ¿qué será de esa niña?
Ahora lo sabía.
Esa niña estaba sentada al otro lado del fuego, ya mujer, con una cicatriz en la ceja y un crío de meses en el regazo.
* * *
Mór la miró un buen rato, a Sorcha, antes de que nadie reparara en la vieja del rincón.
La miraba a ella y al niño, y deshacía hacia atrás todo el camino imposible: la cuna rubia del vado, la cría criada por el enemigo para ser un cuchillo, la mujer que había vuelto a aquella roca a destruirla, la loba que había encontrado de regreso la manada que le robaron.
Veinte años de desgracia para llegar a esto: a una mujer cualquiera, en una velada cualquiera, con su hijo dormido encima.
No muy lejos, un mozo larguirucho de unos quince años se peleaba a carcajadas con Eilidh por el último muslo de cordero.
Tormod. El rehén de antaño, el crío Sorne que Sorcha había soltado de su jaula años atrás, crecido ya casi del todo, lobo por elección y no por sangre, que es la mejor manera de ser cualquier cosa.
Mór lo había visto llegar asustado y lo veía ahora discutir como un igual con la guerrera más temible del clan, y pensó que el mundo nuevo, ese que Lachlan andaba aún aprendiendo a gobernar, ya estaba aquí, sin pedir permiso, creciendo en los que no habían conocido el viejo.
Y entonces el niño del regazo de Sorcha empezó a quejarse, como se quejan los críos de meses cuando el ruido y el sueño les pelean dentro. Y Sorcha hizo lo que hacen las madres. Se lo acercó al hombro y, bajito, para él solo, empezó a cantarle.
Mór reconoció la nana antes que las palabras.
La habría reconocido en cualquier parte.
Era la lengua vieja, la de antes de que el sur partiera el norte en nombres distintos; y era la nana de los Faoláin, la que cantaban las madres lobas a sus cachorros desde mucho antes de que nadie se acordara de por qué.
Lachlan se la había tarareado a aquella misma niña hacía veinte años, en una sala de Sorne, dos crías solas y asustadas que no sabían que eran enemigas.
Y la niña, sin saberlo, la había guardado dentro todo este tiempo, debajo de los tres nombres falsos y la caperuza y el cuchillo, esperando un día como este para sacarla.
Duerme, lobito, decía la nana, más o menos, porque las cosas de la lengua vieja nunca se dejan decir del todo en la nueva. Duerme, que la noche es larga pero no estás solo. La manada vela. Aunque no la veas, la manada vela. Duerme, que los tuyos te encontrarán siempre.
A Mór, que no lloraba desde hacía décadas porque las brujas viejas tienen los ojos secos de tanto ver, le picaron los ojos.
Porque conocía esa canción de otros labios y otras noches.
La había oído cantar sobre cunas que iban camino del mar.
Una nana que prometía a los niños que no estaban solos, cantada sobre niños a los que se estaba entregando a la cosa más sola del mundo.
Esa había sido la perversión del viejo mundo: cantarles la verdad a los críos justo antes de convertirla en mentira.
Y ahora la oía aquí. Sin sombra. Cantada por una mujer que había sido una de aquellas cunas, sobre un niño que no iba a ir a ningún mar, que iba a crecer en aquella roca rodeado de los suyos, y que —Mór lo vio con sus propios ojos viejos— al oírla dejó de quejarse y se quedó quieto, atento, reconociéndola, como si en algún rincón de su sangre de meses ya supiera que aquella canción era verdad.
Que él sí tenía manada. Que a él la nana no le mentía.
La canción por fin decía lo que siempre había prometido. Eso era todo. Eso era el final entero.
* * *
Lachlan se acercó y se sentó en el suelo, contra las rodillas de su mujer y su hijo, como un hombre que ha encontrado el único sitio del mundo donde quiere estar. Y Mór, desde su rincón, los dejó. No era noche de viejas. Era noche de los que empezaban.
Pero antes de dormirse al calor del fuego, como hacen las viejas, Mór tuvo un último pensamiento, y no fue del todo tranquilo, porque las que ven nunca tienen los pensamientos del todo tranquilos.
Pensó en que el mundo era ancho. En que aquel norte era solo un trozo de costa entre muchos.
En que ella no había sido la única bruja que pronunció una cláusula sobre un vado de luna nueva, ni aquel el único mar al que se le debían cunas, ni los Faoláin los únicos lobos.
En algún sitio, lejos, en otra roca sobre otra agua, alguien estaría entregando esta misma noche un bulto pequeño para sellar una paz que no era paz.
En algún sitio, otra niña iba camino del enemigo preguntándose un día, sin saberlo aún, quién era.
Pero esa era otra historia, de otras gentes, para otra noche. Aquí, en esta roca, bajo este techo, una nana vieja había dejado de mentir, y un norte entero dormía junto sin miedo, y una extraña que ya no era extraña arrullaba a un hijo de la cuna que esta vez se quedaba en casa.
Mór cerró los ojos. Abajo, alguien seguía cantando.
Y por primera vez en veinte años, la vieja durmió sin soñar con el agua.