Año 866. El salón real de Sifjarvík ha sido reducido a un nido de traición.

Con el rey muerto y los guerreros masacrados, el tuerto Svein afila el acero al otro lado del fiordo, fantaseando con clavar las cabezas de sus sobrinas en las picas de su empalizada.

Solo quedan setenta almas en el poblado: madres viudas, ancianos gastados y niños hambrientos.

Es entonces cuando Signy, la primogénita, asume el peso insufrible de una corona rota.

Lejos de rendirse al terror, las cuatro hermanas trazan un plan desesperado: reparar contrarreloj un drakar malherido y lanzarse a un océano proscrito en mitad de una tormenta monstruosa.

Bajo el granizo de la playa, mientras Astrid calcula las miserables raciones de grano y Freydis aplica ungüentos en las llagas, la guerrera Gunnhild adiestra a las mujeres para formar un muro de escudos inquebrantable.

No huyen por miedo; se marchan porque eligen salvar su linaje sin rebajarse al nivel salvaje de las alimañas de Blóðfjörðr.

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