CAPITULO XVII
SEMILLAS DE AGUA SALADA
E l duro recibimiento de la naturaleza escocesa golpea sin piedad a la estirpe de Sifjarvík en el instante mismo en que terminan de arrastrarse hacia la orilla rocosa.
El viento septentrional ruge con una fuerza gélida y hostil entre los riscos, azotando los cuerpos que acaban de salir del agua tiritando de frío, magulladas y con la adrenalina del impacto vibrando en sus carnes exhaustas.
No hay cantos de victoria ni celebraciones en la playa de piedra; el silencio humano solo se ve roto por el siseo del oleaje bajo que lame los restos del desastre y el crujido agónico del maderamen del “Hrafn”.
Aquel imponente navío de roble, con la quilla partida en dos y sus remos flotando a la deriva como astillas inertes, yace herido de muerte entre las piedras bajas.
Sin embargo, en mitad de la destrucción del casco, la imponente cabeza de dragón del mascarón de proa permanece elevada sobre los riscos, pareciendo sonreír con solemnidad y orgullo en mitad del oleaje, como si el propio monstruo de madera se regocijara por haber cumplido fielmente su sagrada misión de poner a salvo la sangre de sus reyes antes de quebrarse para siempre Sobre la larga línea de guijarros húmedos que forma la orilla, los náufragos se desperezan con una torpeza dolorosa.
Las remeras se abrazan las rodillas con los nudillos ensangrentados y los hombros descoyuntados por el esfuerzo titánico en el estrecho maldito, mientras las madres, bajo las pieles empapadas que gotean agua salada, revisan los cuerpos de los niños pequeños para comprobar que el milagro se ha consumado: están aterrorizados, pero todos respiran con vida en la nueva tierra.
Kark y Gunnhild caminan entre los heridos con los rostros contraídos por la seriedad del desembarco, ayudando a los ancianos del consejo a ponerse en pie en la arena firme y asegurando los pocos fardos de comida y las barricas de agua dulce que han logrado rescatar de la bodega inundada antes de que el mar se tragara los tablones inferiores.
En mitad del caos de la playa, Signy permanece inmóvil contemplando el horizonte interior.
Frente a ella, más allá de la orilla de piedra, se levantan los contornos imponentes, oscuros e impenetrables de los bosques escoceses, una masa de árboles extraños que vigila sus primeros pasos con una quietud amenazante.
La joven reina siente el peso real de la corona rota calándole en los hombros con fuerza; han vencido al Atlántico y han escapado de la ceniza de su tío, pero la verdadera batalla por la supervivencia de su pueblo acaba de comenzar en este suelo desconocido.
– ¡Kark, Halvar! –ordena Signy, rompiendo su inmovilidad con una firmeza que electriza el aire de la playa– ¡No os quedéis ahí pasmados mirando los remos!
El aire del norte nos está helando las carnes y el mar se ha tragado nuestras pieles secas.
Necesitamos fuego de inmediato si no queremos que los niños empiecen a morir antes de que el sol caiga tras las colinas.
– Corremos el riesgo de levantar una columna de humo que nos delate ante los nativos, mi reina –advierte el rastreador, oteando la linde espesa del bosque con la mirada fija en las sombras de las ramas– No sabemos qué clanes habitan estas tierras ni qué intenciones pueden traer ante unos desterrados que acaban de romper su quilla.
– Es un peligro que debemos asumir, Kark –concluye la joven soberana con una severidad que no admite réplica– Prefiero enfrentarme al acero de un enemigo que ver a mi pueblo congelarse en los guijarros.
¡Halvar, coge a los muchachos jóvenes y destensad la gran lona heráldica del drakkar!
Traedla a la orilla firme y buscad un abrigo entre los riscos para levantar una tienda improvisada.
Quiero a las madres, a los pequeños y a los ancianos a resguardo del relente bajo el paño de la vela ahora mismo.
Aquella orden de la reina moviliza todo el campamento.
El carpintero trepa entre las astillas del barco con agilidad y, con la ayuda de Einar y los jóvenes, desengancha el pesado lienzo que los arrastró por el Atlántico, arrastrándolo hacia una oquedad profunda de la pared de piedra negra.
Allí, tensan la vela fijándola con estacas improvisadas y piedras masivas, construyendo un cobertizo tosco pero impermeable que frena el azote del viento del norte.
En paralelo, Gunnhild lidera a un pequeño grupo de remeras que se interna con cautela en las raíces retorcidas del bosque caledonio; recogen los pinos caídos, las ramas secas de abedul y la turba desprendida, moviéndose con la presteza de la desesperación, pero manteniendo las hachas cortas listas en el cinto por si la espesura ruge.
A los pocos minutos, los primeros chispazos del eslabón de hierro de Kark prenden sobre el nido de hojas secas en mitad de la playa, y una pequeña y titubeante llama empieza a lamer la madera escocesa, levantando un hilo sutil de humo gris hacia el firmamento nublado mientras el pueblo errante se apretuja alrededor del calor, vigilando las sombras de los árboles con los nudillos blancos de tensión.
Garantizado el primer aliento de fuego en la orilla rocosa, la necesidad del estómago reclama su propio tributo.
Están exhaustos y con las fuerzas al límite tras haber desafiado a las corrientes del estrecho maldito.
Es Astrid quien toma el mando de la intendencia con su habitual fijeza contable, arrodillándose entre las piedras húmedas junto a las pocas barricas de madera y los fardos que han logrado rescatar de las cuadernas rotas antes de que el pecio se inundara por completo.
Tras una rápida pero concienzuda revista a los suministros empieza a distribuir las raciones entre las bancadas descansadas y los civiles que se cobijan bajo la lona de la vela.
La comida, salvada a duras penas de la resaca, arrastra la huella del Atlántico; las tiras de pescado seco de roca y los pedazos de pan basto de cebada están completamente empapados de agua salada por culpa del naufragio, obligando a las remeras y a los niños pequeños a masticar el alimento con un rictus de amargura mientras la sal les quema las gargantas secas.
No hay quejas en la playa de piedra; los ancianos del consejo devoran el sustento con la seriedad de quien sabe que cada bocado es puro combustible para mantenerse con vida, mientras los muchachos jóvenes apuran los últimos tragos de agua dulce de los odres para limpiarse la boca.
Signy recibe su porción de manos de su hermana y muerde el pescado con la mirada fija en las llamas titubeantes de la hoguera, consciente de que ese festín amargo y mojado en el océano es el primer cimiento de la nueva Sifjarvík que deben levantar con sus propios brazos.
Mientras el pueblo apura las raciones humedecidas por el Atlántico, Gunnhild se limpia el salitre del rostro y se planta al lado de Kark en la linde donde los guijarros mueren bajo las primeras raíces del bosque.
Ajustándose la cuerda de su arco con manos firmes y entornando su mirada hacia la espesura oscura de los árboles extraños, se dirige al rastreador.
– Montaremos guardia por turnos, Kark.
No me fío de la quietud de estos pinos. El humo de nuestra hoguera ya debe de haber alertado a cualquiera que habite cerca.
Tú y yo cubriremos la primera guardia desde lo alto de los riscos; luego nos relevarán los muchachos más rápidos.
Necesitamos vigilar cada rincón y estar preparados ante una posible incursión antes de que la luz empiece a escasear.
Acariciando el pomo de su hacha de mano con su fijeza habitual, Kark asiente.
– Bien pensado, princesa. Los nativos de estas tierras conocen cada paso oculto entre la maleza.
Si deciden atacarnos para saquear los restos del drakkar, intentarán rodearnos aprovechando la sombra de los abedules.
Yo vigilaré el flanco oeste del acantilado; tú quédate en la loma del este, donde tienes mejor línea de tiro para tus flechas.
Nadie se moverá de la playa firme sin que demos la señal de alarma.
Ambos se despliegan de inmediato con pasos ágiles y silenciosos, mimetizándose entre las piedras negras y la vegetación achaparrada de la costa, mientras las remeras descansadas clavan las hachas cortas en los maderos rotos del drakkar para tener el hierro a mano.
La cala de la bahía de Swandro se transforma en un bastión defensivo de fortuna, un fortín improvisado donde el miedo a lo desconocido aguarda agazapado detrás de cada ráfaga de viento escocés.
Han huido de las cenizas de Sifjarvík, han batallado contra el frío negro del Atlántico, han devorado los conejos de Fair Isle, han desafiado a los remolinos del “Petlandsfjörðr” a pleno pulmón y acaban de salir chorreando agua salada de un drakkar destrozado contra las rocas escocesas.
Que la tarde transcurra en una tregua de silencio, quietud y descanso bajo la gran lona de la vela, mientras la hoguera crepita y Gunnhild vigila desde el risco, es el broche de oro perfecto para que el pueblo respire y recupere las fuerzas de cara al mañana.
La primera noche en tierra extranjera transcurre bajo un silencio gélido y espeso, custodiado por el parpadeo de las estrellas atlánticas y las guardias invisibles de los rastreadores en lo alto de los riscos.
Cuando el nuevo amanecer desgarra por fin la línea del horizonte, Escocia recibe a la estirpe con una luz de nácar, limpia pero cortante como el filo de un cuchillo.
Abajo, en la playa, la gran fogata es ahora un redondel de cenizas templadas que los muchachos jóvenes se apresuran a avivar, hincando las rodillas en los guijarros para soplar sobre los rescoldos ocultos hasta que las primeras lenguas de fuego vuelven a lamer los troncos secos de abedul.