CAPITULO XVII #2
Bajo el cobertizo improvisado de la vela del drakkar, los desterrados empiezan a desperezarse con la rigidez propia de quien ha dormido sobre la piedra firme, pero con los rostros desprovistos del pánico del naufragio.
Las remeras estiran los músculos entumecidos, las madres abrigan a los niños pequeños con los restos de las pieles ya secas y los viejos del consejo se ponen en pie con una dignidad renovada, entornando las cejas hacia la inmensidad del paisaje.
Signy sale la primera de la tienda caminando con paso firme hasta el borde del agua, deteniéndose a contemplar cómo la marea baja ha dejado al descubierto las costillas rotas del “Hrafn”, cuyo mascarón de proa sigue desafiando al océano con su sonrisa de madera.
A su lado se sitúa Gorm, apoyando sus manos nudosas en un bastón de madera de pino flotante.
– El suelo está firme bajo nuestros pies, mi reina –comenta el viejo timonel— Hemos sobrevivido a la primera noche del éxodo en este suelo extraño, pero el pescado salado de Astrid se terminará antes de que el sol alcance el cénit.
Hoy nos toca abandonar la seguridad de la orilla de piedra y adentrarnos de lleno en el vientre de esos bosques extraños si queremos encontrar agua dulce corriente, caza limpia y un lugar definitivo donde levantar los primeros portones de nuestro nuevo hogar.
La reina asiente con una fijeza implacable en la mirada, asimilando las palabras del viejo mientras el viento de la mañana le azota las mejillas.
Sabe perfectamente que hoy es el primer día del resto de sus vidas y que no queda espacio para el lamento; si quieren que el linaje de Sifjarvík eche raíces en este suelo extranjero.
Hay que ponerse manos a la obra de inmediato antes de que el frío o el hambre les ganen la partida.
Volviéndose hacia el campamento que se despereza bajo la lona de la vela, alza el brazo, convocando al consejo y a las remeras descansadas con una voz firme que apaga el siseo del oleaje bajo.
– ¡Escuchadme, estirpe de Eirik! El Atlántico ha quedado atrás y esta tierra es nuestra realidad.
Hoy nos dividiremos para multiplicarnos en el esfuerzo.
Halvar, quédate en la playa con los ancianos y los muchachos jóvenes.
Vuestra misión principal es asegurar el drakkar en esta orilla firme; buscad troncos gruesos y piedras masivas para calzar el casco y empezad a levantar una estructura protectora, un techado que lo resguarde de las tormentas del invierno.
Ese navío nos ha salvado la vida y se quedará aquí para repararlo.
La soberana clava entonces su mirada en la linde oscura de los pinos extraños, donde Kark y Gunnhild ya ajustan las correas de sus armas cortas con manos impacientes.
– Astrid, quédate al mando en la cala y asegura las raciones humedecidas que nos quedan.
El resto de las remeras, Kark, Gunnhild y yo nos internaremos en el vientre de este bosque.
Vamos a buscar un arroyo de agua dulce corriente, tierra fértil que trabajar con las manos y un claro resguardado donde levantar empalizadas que nos protejan de los clanes autóctonos.
No sabemos qué nos aguarda tras estos árboles, pero hoy empezaremos a escribir nuestro mañana con nuestro propio sudor. ¡Armas arriba y pies a la espesura!
La expedición de exploración rompe la linde del bosque con una presteza, moviéndose en una cuña defensiva compacta que no se aleja de la visual de la playa.
Kark y Gunnhild lideran el avance entre árboles retorcidos y los helechos gigantes, pisando con cautela el suelo blando de turba húmeda y hojas caídas mientras mantienen las hachas cortas listas en el cinto.
Allí dentro, en el interior de la arboleda, el aire es denso, frío y arrastra el siseo constante del viento atlántico que se filtra entre las copas de los pinos silvestres.
Su modo de vida y la lógica náutica exige mantener el asentamiento a la vista de la cala para poder defender el drakkar y vigilar el horizonte marino ante cualquier peligro.
A menos de medio tiro de piedra de los guijarros de la orilla, remontando una pequeña elevación del terreno que resguarda la zona del azote directo del relente del norte, el instinto del rastreador encuentra el lugar idóneo.
Un arroyo de agua dulce y cristalina desciende con fuerza desde las colinas superiores, serpenteando entre las raíces retorcidas para terminar desembocando directamente en las aguas de la bahía.
Signy se planta en mitad del claro, hunde la espada corta en el suelo de tierra fértil y contempla la panorámica con una fijeza que borra las penurias del éxodo.
Desde esa ladera protegida, el pueblo proscrito puede levantar sus casas teniendo el cobertizo del “Hrafn” justo abajo, bajo su amparo directo.
Aquel es el punto exacto donde su historia se iniciará en el suelo escocés, el espacio sagrado donde los cimientos de las viviendas empezarán a alzarse hoy mismo para convertirse, con el paso de los siglos, en el asentamiento arqueológico que custodiará la memoria de su sangre frente al Atlántico.
Varias son las lunas que han transcurrido sobre la bahía devoradas por el esfuerzo unánime de la estirpe y el ritmo constante del invierno escocés.
El paisaje hostil del desembarco se ha transformado en un hogar ordenado en el que las primeras casas alargadas de madera y techumbres de turba verde se afianzan con solidez en la ladera resguardada del arroyo, deteniendo el azote directo del viento del norte.
La vida empieza a recuperar una normalidad mansa entre las setenta almas.
Los ancianos del consejo vigilan el corral de fortuna donde se resguardan las pocas herramientas, las remeras descansadas reparan las redes de pesca en la playa firme y el humo de los hogares comunitarios asciende con una parsimonia limpia hacia el firmamento gris de las tierras altas.