El eco de las Valkirias CAPITULO XVI #3
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CAPITULO XVI #3

Recortándose con nitidez entre la bruma blanca que flotaba sobre el agua, creí distinguir por unos instantes la silueta etérea y salvaje de Gunnhild.

Se dibujaba la princesa con su arco a la espalda y el manto ondeando al viento de la costa, mirándome con unos ojos profundos que cruzaban los siglos para regalarme una sonrisa mansa de orgullo, como si me diera las gracias por haber rescatado sus nombres del fango del olvido.

En ese preciso momento, el hilo de la sangre se unió de golpe en la arena de Swandro, comprendiendo que mi vientre quebrado jamás volvería a dolerme, porque mis manos ya habían engendrado la inmortalidad de nuestra estirpe.

Erik me miraba a lo lejos, respetando mi silencio desde el borde del camino, y sin tener que decirle una sola palabra lo comprendió todo de inmediato.

Con solo mirarme supo que, de alguna manera, yo estaba por fin en casa; en una orilla en la que cuatro princesas y un pueblo errante habían decidido comenzar un nuevo futuro mil años atrás.

Y ese futuro también empezaba a latir con fuerza en las letras de este libro, corregido con esmero por el ojo experto de Erik, pero revestido de todos esos sentimientos puros que yo respiraba allí mismo frente al Atlántico.

Durante nuestra estancia en la costa tuvimos la inmensa suerte de encontrar a una persona maravillosa, una anciana escocesa llamada Isobel, con la que hablábamos todas las noches al abrigo de la lumbre mientras nos tenía alojados en su pequeño hostal frente al mar.

Le desgranamos la historia de mi familia y el verdadero motivo por el que yo me afanaba en escribir “El eco de las Valkirias”.

De repente, conmovida por nuestro viaje, Isobel nos propuso tener aquella pequeña habitación del piso superior, desde la que veíamos la inmensidad de la bahía de Swandro, como si fuera nuestra para siempre.

Yo me quedé sin habla, conmovida y sin saber qué decir ante tanta generosidad, pero a ella sólo le bastó pronunciar una breve frase en su inglés pausado para que yo lo comprendiera todo de un solo bofetón:

–         Yo también la he visto.

Un escalofrío atroz me recorrió la espina dorsal mientras la miraba a los ojos, comprendiendo que la silueta de la princesa guerrera no era un delirio de mi mente exhausta, sino una presencia eterna que custodiaba aquella orilla.

Busqué la mirada de Erik en el umbral y, sin necesidad de articular palabra, los dos supimos que nuestro viaje había alcanzado su verdadero puerto.

Subimos las escaleras de madera crujiente cargando con el equipaje y me instalé de inmediato frente al gran ventanal acristalado de la habitación, colocando el ordenador sobre la mesa de pino que miraba directamente hacia la inmensidad gris de la bahía de Swandro.

Al abrir la pantalla limpia, con el susurro del viento dándome la bienvenida a casa y el mar batiendo los guijarros allá abajo, la parálisis de la hoja en blanco se disolvió por completo en mi pecho.

Mis dedos, guiados por el pulso experto del filólogo que se sentó a mi lado y espoleados por el calor de la memoria de mi abuela Astrid, volvieron a golpear el teclado con una rapidez desatada.

Sin embargo, a pesar de tener ya todo escrito en el ordenador y de contar con cientos de páginas estructuradas que nos habían costado meses de desvelos, me detuve en seco.

Miré fijamente el cursor parpadeando en la pantalla blanca y comprendí que aquellas palabras antiguas, redactadas desde la distancia cómoda y aséptica de nuestro piso en Oslo, ya no me servían; carecían del alma áspera de esta orilla.

Tenía a buen recaudo en mi mente cada relato de mi abuela Astrid, cada entonación de su voz mansa y cada latido de la estirpe, así que, sin dudarlo un solo segundo y ante la mirada conmovida de Erik, seleccioné todo el archivo y borré por completo el trabajo de un año entero.

Lo empezaría de nuevo, desde la absoluta nada, pero con el corazón purificado por la bruma.

Ahora sabía que en cada palabra que tecleara, en cada párrafo que articulara con mis manos y en cada capítulo que terminase a altas horas de la madrugada, no habría ficción ni artificio; pues sentía que tenía la verdad allí mismo, a la vista, latiendo viva entre los guijarros de la playa.

Para reafirmarme en mitad de mis dudas y para encontrar el norte de mi propio linaje, ya nunca más tendría que rebuscar a ciegas en los libros de historia; ahora solo tenía que alzar la cabeza, suspirar y mirar a través de aquella ventana acristalada hacia la bahía, dejando que la silueta eterna de Gunnhild y el rumor del Atlántico me dictaran las costuras de nuestra inmortalidad.

Allí dejé que la cocina de los fiordos noruegos se fundiera con la bruma escocesa de la ventana, y con el corazón latiendo al compás de la estirpe, mis manos reanudaron el relato justo en el instante en que las setenta almas de Sifjarvík abrían los ojos bajo el primer amanecer de su nueva vida, tiritando de frío entre los maderos rotos del “Hrafn” …