CAPITULO XVI #2
Permanecí hundida en ese abismo negro durante semanas, hasta que una noche de quietud absoluta, Erik se sentó a mi lado en el borde de la cama, tomó mis manos entre las suyas y, con sus tiernas palabras y una inagotable paciencia, me salvó del naufragio.
Mirándome a los ojos me dijo con dulzura que no me preocupara, que si ese era el destino que Dios nos tenía reservado, lo asumiríamos juntos y saldríamos adelante a base de coraje, como siempre lo habían hecho las mujeres de mi sangre.
Fue en mitad de esa misma madrugada cuando, abrazándome con fuerza, me propuso la idea de adoptar a un niño; un tema que, a fecha de hoy, ya casi hemos decidido que sí.
Su propuesta cayó sobre mi pecho como el primer rayo de sol tras la tormenta del Atlántico, abriéndome los ojos ante una verdad luminosa: la saga de Sifjarvík no necesitaba de mi matriz para seguir viva, sino de mi voz para no caer en el olvido.
Y entonces, en mitad del silencio sagrado de aquella madrugada, fue cuando descubrí el verdadero motivo de escribir este libro que ahora tienes entre tus manos.
Comprendí con una nitidez sobrecogedora que, si mi vientre no podía engendrar una nueva vida para continuar la estirpe, mis manos, a través de la magia de las letras, plasmarían en negro sobre blanco esas historias inmortales que mi abuela Astrid me contaba durante las frías noches de invierno en los fiordos.
Mis dedos se convertirían en el nuevo drakkar que salvaría a nuestro pueblo del naufragio del tiempo.
De repente, fue como si una claridad mansa y curativa entrara por cada rincón de mi alma, barriendo las sombras del pozo hasta no dejar ni una sola esquina de mi corazón sin iluminar. El vacío del diagnóstico se llenó de golpe con el rumor de los remos batiendo el agua firme.
Ahora tenía un motivo por el que luchar, tenía un medio precioso para sembrar la memoria y, sobre todo, tengo a un hombre maravilloso a mi lado que sostuvo mi peso cuando las piernas me flaqueaban.
Por eso, porque su amor incondicional fue el faro que me sacó del abismo y la raíz que me devolvió la vida, he querido dedicarle este libro entero a él.
Recordé entonces todas aquellas noches al lado de mi abuela Astrid, rescatando de la bruma del tiempo cada palabra y cada relato que oí salir de su boca con una nitidez que me asombraba a mí misma.
Y aunque, en muchas ocasiones, yo creía haber perdido algún recuerdo o algún detalle de la travesía por culpa de los años, la nueva ilusión que me desbordaba el pecho me hizo recordarlos todos, o casi todos, como si el “Hrafn” volviera a encallar ante mis ojos.
Erik, como maestro de filología que es, estuvo en todo momento a mi lado en el despacho, leyendo con paciencia infinita cada línea que yo tecleaba en el ordenador y puliendo con esmero cada párrafo que yo componía con la torpeza lógica de no haber escrito nunca un libro.
Su mirada experta y su guía constante se convirtieron en las alas de mis palabras, transformando mis folios en bruto en esta saga que hoy respira con vida propia.
Fue él, precisamente él, Erik, quien tras leer con atención el primer borrador completo y cerrar las hojas con una emoción contenida en los ojos, me propuso algo increíble que me cambió la existencia.
Me rodeó con sus brazos y me susurró al oído que iríamos a Escocia, directos a la agreste costa septentrional de Caithness, para buscar “Wetness”, el punto exacto de la orilla rocosa al que llegaron mis antepasados tras el naufragio del Hrafn.
Cuando oí aquello, mi cara se iluminó de golpe como si hubiera tenido una epifanía del alma, sintiendo un fogonazo de claridad que me borró cualquier rastro de cansancio.
Íbamos a cruzar el océano nosotros también, pero no para huir de la ceniza, sino para conocer de primera mano la historia de mi familia, dispuestos a poner pie sobre las piedras que Signy holló y a respirar el mismo aire salino que salvó a las setenta almas de la muerte blanca.
Pisar por fin aquella tierra indómita, tras un viaje que se me antojó una boga a través del propio tiempo, desató en mi interior un torbellino de sensaciones imposibles de describir.
Cuando Erik y yo llegamos a los acantilados salvajes que custodian la mítica bahía de Swandro, el aire gélido del norte me golpeó el rostro con una violencia mansa, arrastrando el olor a salitre, algas y turba húmeda que tantas noches había imaginado en mis sueños.
Al cerrarse la niebla sobre los guijarros de la orilla, una paz sobrecogedora me inundó el pecho por completo.
El viento escocés, azotando las rocas bajas con un murmullo constante y rítmico, pareció modular sus silbidos hasta convertirse en una voz familiar, un susurro que me hablaba directamente al alma, dándome la bienvenida a casa.
Recuerdo soltar la mano de mi esposo para avanzar sola hasta el borde mismo donde las olas rompían con fuerza, allí donde los maderos embreados del “Hrafn” se habían quebrado mil años atrás para.
Clavé la mirada en el horizonte gris del Atlántico, con las lágrimas empañándome las pupilas, y fue en ese preciso instante de comunión mística cuando el milagro de la memoria cobró vida entre las sombras.