El eco de las Valkirias CAPITULO XVIII #3
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CAPITULO XVIII #3

Kark despierta de su inconsciencia sacudiendo la cabeza con torpeza, y al fijar la vista en el fango y ver el paisaje desolador, la realidad le golpea el pecho como un hacha de hierro. Vacía los pulmones en un grito salvaje, desgarrado y sordo que resuena en toda la cala:

–         ¡¡¡GUNNHILD!!! ¡¡¡GUNNHILD!!!

Tropezando con las piedras del callejón, el rastreador corre hacia su esposa arrastrando las piernas hasta que se desploma su vera en mitad del fango.

Con un sudor gélido corriéndole por el rostro comprueba que todavía parpadea sutilmente, reteniendo un último y trémulo hálito de vida en su pecho herido.

Kark la coge entre sus brazos con un desespero ciego, pegando el cuerpo de ella contra su armadura de cuero húmeda.

–        ¡Mírame! ¡Mírame, por los Dioses, no cierres los ojos! –brama con la voz quebrada por una rabia impotente, mientras intenta inútilmente taponar la carnicería del vientre con sus manos ensangrentadas– ¡Quédate conmigo, Gunnhild! ¡Resiste!

–        Kark... –alza la princesa la vista hacia él, entornando los ojos claros con una mueca de dolor atroz que le contrae las facciones– El... el niño... no lo siento, Kark... me duele... me quema por dentro...

–        ¡Cállate! ¡No hables! –le suplica el guerrero, sintiendo las lágrimas calientes mezclarse con el barro de sus mejillas—. ¡Vas a vivir! ¡Vais a vivir los dos, te lo juro por mi sangre!

Cargando con ella con una fuerza animal que ignora por completo sus propias magulladuras, Kark se pone en pie de un salto y corre hacia el gran salón comunal de la casa alargada.

Sostiene el cuerpo malherido de la cazadora mientras invoca a pleno pulmón el nombre de la princesa mística, quebrando el silencio de muerte del poblado:

–        ¡¡¡FREYDIS!!! ¡¡¡FREYDIS, SAL DE UNA MALDITA VEZ!!! ¡¡¡PON TUS MANOS SObrE ELLA Y SÁLVALA, POR TODOS LOS DIOSES!!! ¡¡¡SÁLVALA!!!

Su clamor agónico se pierde bajo el silbido del viento escocés, arrastrando el misticismo del linaje hacia el umbral de la cabaña, mientras el porvenir de Sifjarland queda suspendido en el filo de un latido.

Aquella tarde marcó un antes y un después en la historia del pueblo.

El silencio sepulcral que inunda la gran casa comunal se transforma de inmediato en un escenario de urgencia, misticismo y dolor descarnado tras el grito desesperado de Kark.

Freydis acude al instante al reclamo, rompiendo la penumbra del estrado junto a las tres mujeres más ancianas del consejo, cuyas manos nudosas y sabias se han curtido durante décadas entre los ungüentos de la salud y los partos difíciles de la vieja Noruega.

No hay espacio para los lamentos ni para las oraciones estériles en el lecho de pieles; el sudor gélido de la princesa cazadora, la palidez de sus facciones y la carnicería biológica del vientre desvelan una carrera implacable contra la muerte que las cuatro mujeres asumen con una fijeza implacable, multiplicándose entre paños de lino húmedos, agua hirviendo del arroyo y hierbas machacadas para intentar contener la hemorragia antes de que el hálito de vida se extinga por completo.

Freydis presiona la herida del costado con los nudillos rígidos, transmitiendo un calor atávico a través de sus dedos trémulos, mientras las ancianas sostienen las piernas entumecidas de la cazadora y la guían en una boga biológica que desafía la propia lógica de la naturaleza.

Gunnhild, sacando fuerzas de la mismísima nada y con el rostro desprovisto de cualquier rastro de color, obliga a sus músculos desgarrados a contraerse por última vez en mitad de una agonía sorda y terrible, vaciando el resto de su energía para cumplir con el dictado de su sangre.

Es en ese preciso instante de tensión absoluta cuando el milagro de la carne se consuma con una tristeza infinita; la princesa da a luz en mitad del fango a ese hijo que, debido a la crueldad del acero del forajido masivo, nunca llegó a ver la luz del sol escocés, naciendo el pequeño cuerpo completamente inerte y sin que un solo llanto logre romper la quietud de la estancia.

Agotada por completo, con la matriz rota y el pecho latiendo apenas como un siseo bajo, Gunnhild contempla el rostro pálido de su recién nacido con una mirada mansa, cargada de una ternura y una melancolía que desarman el desespero de Kark, que permanece arrodillado a su vera sosteniéndole la mano con una rabia impotente.

Pocos latidos después, la princesa cierra los ojos de forma definitiva, exhalando su último suspiro bajo el techado de turba de Hrafnsvík para marchar con orgullo hacia las bancadas eternas del Valhalla, dejando a la estirpe sumida en un luto de piedra y sellando con su propia muerte el nacimiento de la leyenda de Sifjarland.

Hoy es un día gris y no es por el tiempo que se cierne sobre sus páramos.

Hoy el suelo de la isla está empapado de lluvia y sal, pero nadie en el nuevo asentamiento se queja por el azote del frío.

Solo el batir salvaje de las olas contra los acantilados negros y el rítmico cavar de las palas de madera en la tierra arcillosa rompe el silencio del momento.

Gunnhild ya no sentirá más el viento de Escocia.

La hermana menor, la que había cambiado los telares por el peso del hacha, la que había mantenido a raya el miedo de los niños en mitad de las tormentas del Mar del Norte y había adiestrado a las mujeres en el arte del escudo, descansaba sobre un lecho de pieles de lobo en el fondo de la fosa.

Su cuerpo, surcado por las cicatrices de la batalla que libró para defender este nuevo hogar de los clanes hostiles, está por fin en paz.

A su lado, envuelto en un paño de lino blanco inmaculado, reposa el hijo que no llegó a ver la luz del sol, apagado junto a ella en su último esfuerzo.

No habrá drakkar de fuego, ni ríos de hidromiel; solo la cruda y húmeda tierra de las Orcadas.

Kark permanece estático al borde de la fosa como una estatua de piedra negra esculpida por el propio dolor de la cala.

El rastreador, desprovisto del hacha de guerra y con el rostro surcado por costras de barro seco y las lágrimas calientes que le han limpiado el hollín de las mejillas, contempla el paño de lino inmaculado con una fijeza inerte que asusta a las remeras descansadas.

No hay furia mirada, ni rugidos de desespero, ni juramentos de sangre; la carnicería de la tarde le ha vaciado las entrañas por completo, dejándole los músculos rígidos y la respiración contenida en un pecho que late con la pesadez de un yunque frío.

Tiene las manos nudosas a lo largo del cuerpo, trémulas y manchadas todavía con la sangre de su esposa que ninguna lluvia logra borrar de sus uñas, incapaz de apartar la vista del lecho de pieles de lobo que resguarda el porvenir truncado de su hogar.

Al escuchar el sordo bofetón de la primera palada de tierra arcillosa sobre el inerte cadáver de aquella a la que amará por siempre con todas sus fuerzas, el guerrero dobla sutilmente las rodillas en un espasmo agónico, pero no retrocede un solo palmo, hincando los pies en los guijarros húmedos de la bahía, asumiendo con una dolorosa parsimonia que la mitad de su propia vida se queda enterrada en ese agujero ciego bajo el silbido del viento escocés.

Signy se arrodilla junto al borde de la tumba. Sus manos de reina, ahora curtidas por el trabajo de la tierra y los cabos de las velas, tiemblan levemente.

–        Nos diste un mañana, hermana –susurra Signy, colocándole con infinita delicadeza un brote de brezo escocés sobre el pecho inmóvil de Gunnhild– Que las Valkirias vayan a tu encuentro, las puertas del Valhalla se abran de par en par y el mismísimo Odín reconozca tu lugar en el banco de honor, no por el botín que dejamos atrás, sino por la riqueza de tu sangre y el valor de tu acero.

Aquel pueblo errante, exiliado por decisión propia, acaba de pagar una cuota más de dolor, pero esta vez el pago es demasiado elevado para las fuerzas de las setenta almas.

El precio de la libertad en el suelo extranjero de Sifjarland ya no se mide en maderos rotos ni en raciones de pescado humedecido en salitre; se mide en el silencio atroz de la cuna de sauce vacía y en la turba húmeda que sepulta los ojos claros de la princesa junto al brote de brezo escocés y los caídos aquel negro día.

Una parálisis de granito se apodera del asentamiento de Hrafnsvík a la mañana siguiente del luto, apagando las risas de los niños pequeños y deteniendo las herramientas de Halvar en el callejón de barro.

Los desterrados contemplan las empalizadas defensivas con una fijeza inerte, asumiendo con amargura que la orilla que debía salvarlos del naufragio se ha cobrado la sangre de su guerrera más fuerte, dejando al linaje herido en su raíz misma antes de haber logrado dar su primer fruto en la comarca.