El eco de las Valkirias CAPITULO XVIII #2
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CAPITULO XVIII #2

Atrapado bajo el peso del cuerpo del anciano y maldiciendo en su lengua extraña, forcejea desesperadamente en el fango para intentar liberar el astil de su lanza, pero el tiempo de la escaramuza ya se le ha agotado.

Gunnhild aprovecha el segundo exacto de distracción y, espoleada por un fogonazo de rabia pura que le borra el dolor del vientre, da un paso al frente alzando el hierro con las dos manos nudas.

Baja el golpe con una trayectoria vertical, seca y despiadada; el filo de su hacha corta impacta de lleno en mitad de la frente del asaltante, desatando un crujido sordo de hueso roto que silencia sus maldiciones al instante.

El forajido cae hacia atrás entre los guijarros con el cráneo abierto por completo, dejando los ojos inertes fijos en las nubes grises mientras su sangre sucia se mezcla con la del viejo timonel en la tierra de Hrafnsvík.

La princesa se tambalea sobre las piernas temblorosas, soltando el mango ensangrentado del hacha mientras se lleva una mano al costado desprotegido, con la respiración rota por el esfuerzo titánico del impacto.

Kark logra finalmente zafarse de su oponente y corre hacia ella como una exhalación, rompiendo la línea de barro con el rostro bañado en un sudor gélido para sostener el cuerpo de su esposa antes de que las rodillas le fallen en mitad de la cala.

–        ¡¡Gunnhild, muévete!! ¡Ponte a salvo de una maldita vez en la playa baja!  –ordena Kark con desesperación salvaje en la voz, empujándola sutilmente hacia el abrigo de los riscos secos mientras limpia el hierro de su hacha en la túnica.

En ese mismo instante, al girar el rostro hacia la casa alargada principal, el rastreador siente que la sangre se le congela en las venas.

Uno de los tres ladrones restantes, un tipo masivo que blande un espadón mellado con saña ciega, está reduciendo a espadazos a la reina Signy en mitad del callejón, obligándola a retroceder con el escudo astillado y los nudillos ensangrentados en una defensa desesperada que está a punto de quebrar su acero.

No lo duda; lanza un rugido animal y corre con todas sus fuerzas en ayuda de su soberana, rompiendo la línea de barro para interponer su hacha antes de que el forajido parta en dos a la joven reina.

A sus espaldas, el mundo de la princesa cazadora se contrae en un fogonazo de agonía pura.

Al dar el primer paso para alejarse del fango, una contracción brutal, violenta y desgarradora le atenaza las entrañas, obligándola a doblar el espinazo por completo.

Gunnhild suelta un grito de dolor descarnado que rasga el estruendo del combate:

–         ¡¡¡Aaaahg!!! ... Kark... el niño... ¡¡¡Dioses, el niño ya viene!!!

El parto es inminente; el terror del asalto, el esfuerzo titánico de haber abierto el cráneo al agresor y la carrera entre los guijarros han adelantado las lunas de la naturaleza en sus entrañas.

Agarrándose el vientre con la mano libre y con el rostro desprovisto de cualquier rastro de color, la princesa intenta como puede salir de ese escenario de carnicería, arrastrando los pies hacia la penumbra de la lona de la vela improvisada mientras el sudor gélido le empapa la túnica de lana limpia, sola en mitad del caos.

Mientras tanto, en el callejón de tierra, Kark alcanza la posición de la reina justo en el instante en que el espadón mellado del ladrón masivo desciende para quebrar su defensa.

El rastreador arremete a golpe de riñón y choca con su propio escudo de roble contra el acero del forajido, desviando la trayectoria vertical por los pelos en mitad de un chispazo metálico ensordecedor.

Enfurecido por la interrupción, el asaltante reacciona con una rapidez endiablada empando a descargar una secuencia de golpes duros, salvajes y pesados que buscan partir la madera del rastreador.

Kark fija los pies en el fango, dobla las rodillas y se ve obligado a tirar de todo su instinto militar, esquivando cada una de las trayectorias mortales con giros precisos del torso, buscando el segundo exacto de descuido para hundir su hierro corto en las costillas del agresor mientras Signy recupera el aliento a su lado.

Gunnhild contempla toda la escena desde la linde de los riscos y, a pesar de la agonía salvaje que le atenaza las entrañas, se da media vuelta en redondo sobre los guijarros de la playa baje.

Está completamente rota por el dolor del vientre, con el sudor gélido pegándole los cabellos al rostro pálido, pero su espíritu indomable le dice que Kark y su hermana Signy se encuentran en un peligro de muerte inminente frente al acero del gigante forajido.

No hay espacio en su mente para el parto.

Apretando los dientes con una furia desatada que le muerde los labios, la princesa levanta el hacha ensangrentada con sus dedos trémulos obligando a sus piernas exhaustas a avanzar en mitad del barro, rompiendo su retirada para arrastrarse de nuevo hacia el centro del callejón, dispuesta a interponer su propio hierro antes de que el espadón del asaltante quiebre el porvenir de la estirpe.

Desatando una fuerza animal en mitad del fango el gigantesco asaltante propina un golpe brutal, seco y descendente con el pomo de su espadón que impacta de lleno en el escudo de Kark.

El bofetón es tan violento que desplaza al rastreador varios pies hacia atrás, haciéndole caer de espaldas con tal mala fortuna que su cabeza impacta de forma contra un tronco de abedul cortado, quedando inconsciente en el acto con las armas caídas entre los guijarros.

Sin defensores en el flanco y con una sonrisa sucia dibujándose en su rostro tiznado de hollín, el monstruo andrajoso se vuelve de inmediato hacia su objetivo; quiere terminar de una vez por todas con la labor de acabar con la princesa y con el linaje de sus reyes, teniendo ya la espada pesada levantada en el aire, lista para clavársela sin piedad en mitad del pecho desprotegido.

Cuando el acero del forajido inicia su trayectoria mortal, el milagro del coraje de la cazadora rompe la escaramuza.

De repente, el asaltante se frena en seco en mitad de la carga y suelta un alarido sordo al sentir cómo un hierro pesado y afilado se clava con una saña ciega profundamente en mitad de su monstruosa espalda.

Es el hacha corta de Gunnhild.

Sacando fuerzas de la mismísima nada y desafiando el desgarro de sus propias entrañas, la princesa ha descargado el golpe con el último aliento de sus brazos, hundiendo el metal en la carne del forajido para salvar el porvenir de Sifjarland.

Aprovechando el instante en que el gigante se tambalea por el impacto en su monstruosa espalda, Signy reacciona con un reflejo impecable.

Logra apartarse a golpe de riñón sobre los guijarros húmedos y estira el brazo para recuperar su arma del fango, cerrando los nudillos con fuerza sobre la empuñadura de su espada corta.

Sin embargo, Gunnhild no tiene tanta suerte.

Completamente indefensa tras haber soltado el hacha y con el cuerpo paralizado por el dolor agónico del parto prematuro, la princesa queda a merced de la última y agónica embestida del asaltante.

Soltando un rugido ensangrentado y cegado por la rabia de la herida, el forajido gira el torso con violencia y clava su espada pesada con una saña monstruosa directamente en mitad del vientre abultado de la princesa.

Aquel mandoble es seco, brutal y definitivo.

El acero atraviesa la túnica de lana limpia, atravesándole el vientre y deteniendo en un solo latido el milagro de la primera vida que latía en el asentamiento.

Gunnhild dobla las rodillas sobre la turba con una mueca de dolor descarnado que le congela los ojos claros, y la princesa cae al suelo malherida en mitad de las calles de tierra de Hrafnsvík, mientras su propia sangre tiñe el fango de la cala bajo el silbido del viento escocés

Pero la euforia de la victoria no va a durarle mucho al gigante que vuelve a gritar nuevamente de dolor al sentir el acero entrando sin piedad en su cuerpo.

Esta vez el alarido será el definitivo.

Signy, con la espada corta recuperada en los nudillos y el corazón encendido por una furia hercúlea, aprovecha la inercia del fango y para saltar con agilidad sobre un tronco grueso de abedul acumulado junto a las cabañas.

Desde lo alto de la madera, la soberana se arroja al vacío con todo el peso de su cuerpo, descargando una trayectoria vertical, seca y despiadada que hunde su acero limpio directamente en la espalda del gigante, atravesándole el corazón de un solo golpe.

De repente, el monstruo andrajoso se frena en seco, soltando el espadón mellado que va a parar a los guijarros húmedos mientras sus piernas ceden por completo, desplomándose de rodillas en mitad de las calles de tierra de Hrafnsvík.

La escena de su muerte es de una crudeza desoladora; el forajido permanece con los ojos abiertos de par en par, dilatados por el espanto y fijos en la nada, intentando balbucear inútilmente alguna palabra extraña en mitad de su agonía.

Cada vez que mueve los labios con la intención de hablar, una bocanada de sangre pastosa y densa le escapa de la boca a borbotones, ahogando sus últimos ruidos en la garganta antes de que su cuerpo termine por derrumbarse inerte sobre la turba húmeda, con el acero de la reina sobresaliendo de su pecho.

Al ver caer desplomado a su líder en mitad del callejón, el resto de forajidos pierde por completo el coraje y salen corriendo en tropel hacia la espesura del bosque, abandonando la escaramuza para salvar su propio pellejo.

Detrás de sí dejan un paisaje desolador y teñido de una crudeza insoportable en mitad del campamento de Hrafnsvík…

tres de las remeras yacen muertas sobre los guijarros hincados, el viejo timonel, Gorm, descansa inerte con la lanza enemiga encajada entre sus costillas rotas, y varios muchachos jóvenes y madres heridos gimen de dolor entre las techumbres quemadas.

Pero la verdadera tragedia se concentra en la silueta de la princesa que yace boca arriba sobre la turba húmeda, agonizante y con la túnica empapada por la carnicería del vientre.