CAPITULO XVIII
EL ANDAR DE LA ESTIRPE
N ueve ciclos lunares han transcurrido con parsimonia limpia sobre los techos de turba de Hrafnsvík, tiñendo el invierno de Sifjarland con los colores de una primavera tardía y mansa.
La vida en el asentamiento se afianza con una rutina pacífica que borra de forma definitiva las cicatrices del naufragio; las empalizadas de madera de abedul resguardan ya casas sólidas, los huertos comunales empiezan a mostrar sus primeros brotes verdes junto al arroyo y los corrales de fortuna aseguran el porvenir de la estirpe.
Sin embargo, la verdadera energía que moviliza el orgullo del pueblo errante no nace de la carpintería ni de las redes de pesca en la playa, sino del vientre abultado de Gunnhild.
La princesa que tantas veces lideró las guardias con el arco a la espalda en los riscos, camina ahora con paso lento y pausado por las calles de tierra del poblado, acariciándose el regazo con unas manos nudosas que han sustituido la tensión del hierro.
La ilusión ante el inminente nacimiento inunda cada rincón de las bancadas desterradas.
Para las setenta almas de proscritos, ese bebé que late con fuerza en el interior de la princesa es el símbolo viviente de su victoria absoluta sobre la ceniza de Noruega y la tiranía de Svein; es la primera vida concebida que será amamantada en el suelo extranjero de Sifjarland, la prueba física de que sus semillas de agua salada han germinado con éxito.
Kark vigila los andares de su esposa desde la linde del bosque con una devoción inédita que apaga su habitual severidad de rastreador, abandonando las patrullas largas para tallar con paciencia una cuna de madera de sauce junto al fuego, mientras Astrid selecciona con mimo las pieles más suaves y limpias para confeccionar los primeros abrigos del recién nacido.
Signy contempla el revuelo de su familia desde el estrado con el corazón templado por una paz que creía perdida, convencida de que los Dioses finalmente han bendecido su boga desesperada y de que el linaje de sus padres florecerá con fuerza en esta orilla bajo la mirada mansa del dragón del Hrafn.
Aquel día, todo cambió de repente.
El oasis de paz y la ilusión de la cuna de sauce se volatilizan en mitad de la tarde con la brusquedad de un rayo cayendo sobre un árbol seco.
El silencio manso del arroyo se rompe al instante con el chasquido violento de la empalizada superior cediendo bajo el empuje de unos cuerpos extraños, desatando de inmediato el grito de alarma de la guardia en mitad de las calles de tierra de Hrafnsvík.
No se trata de un ejército organizado de pictos ni de una tribu local defendiendo su suelo; de la linde oscura del bosque emergen las silueta ágiles, sucias y andrajosas de una banda de seis ladrones locales, forajidos cubiertos de pieles raídas, barbas descuidadas y rostros tiznados de hollín que enseñan los dientes con la saña de los lobos hambrientos.
Armados con hachas cortas melladas, cuchillos de carnicero y lanzas de punta de hierro oxidado, los seis asaltantes se abalanzan en tropel hacia las casas, buscando aprovechar el descuido del poblado para saquear las barricas de comida y apoderarse del metal precioso del navío roto.
Aunque la reacción militar de la estirpe es instantánea, la violencia de la incursión no concede un solo latido de tregua.
Kark y algunas de las remeras de guardia, instruidas tiempo atrás por Gunnhild, se arrojan a la contra desenvainando el acero con una rapidez desatada, haciendo restallar el hierro en mitad del claro mientras los ancianos del consejo se apresuran a empujar a las madres y a los niños hacia el interior de la cabaña comunal.
Repentinamente, el combate se vuelve un revuelo de barro, sudor y sangre a quemarropa.
El rastreador derriba al primer asaltante de un hachazo seco en el pecho, pero los otros cinco ladrones se multiplican entre las sombras de las techumbres de turba, arrojando antorchas encendidas para sembrar el caos buscando con desespero la debilidad de los desterrados.
Signy salta desde el estrado empuñando su espada corta con los nudillos blancos de tensión, dispuesta a defender los cimientos de Sifjarland con su propia vida mientras el rugido de la pelea ahoga el siseo del oleaje en la playa baja, transformando el día más especial de la tribu en una carnicería descarnada por la supervivencia.
Versados y experimentados en asaltos rápidos como este, los forajidos ven caer a su compañero en mitad del barro, pero no abandonan la tarea ni se amedrentan ante el acero de la estirpe.
Utilizan su velocidad para esquivar a los sorprendidos defensores en mitad de las calles de tierra de Hrafnsvík, moviéndose con agilidad felina y usando todo lo que tienen a mano, desde piedras de la resaca hasta maderos encendidos, para sembrar el pánico entre las familias.
Gunnhild, a pesar de su avanzado estado y del peso evidente de su vientre, corre decidida a coger un hacha corta apoyada junto a las barricas, dispuesta a defender el poblado con sus propias manos.
Kark, que la ve moverse entre el revuelo con el rostro desencajado por el pánico, vacía los pulmones en mitad de la carnicería.
– ¡¡Gunnhild, no!! -exclama el rastreador, bloqueando con su escudo la lanza de un asaltante– ¡A la cabaña! ¡Escóndete con las madres, por los Dioses!
– ¡No me voy a esconder como una cobarde en las sombras, Kark! –ruge la princesa, ignorando la advertencia mientras sus dedos se cierran con fuerza sobre el mango de madera– ¡Este es mi hogar y esta es mi gente!
– ¡Estás de nueve lunas, mujer, piensa en el niño! –grita él con un desespero salvaje, intentando romper la línea enemiga a golpe de riñón para llegar hasta ella– ¡¡Atrás!!
Sin embargo, la princesa no puede evitar que el espíritu guerrero del que siempre ha hecho gala aflore en esos momentos de peligro extremo.
Se planta con firmeza en mitad del claro, con la respiración entrecortada pero los ojos encendidos por la furia de su linaje, alzando el hierro corto frente a la silueta de los forajidos que ya cercan el corazón de su nuevo hogar, sorda a las súplicas de su esposo.
Hrafnsvík se transforma en pocos latidos en un caos absoluto de muerte y desolación.
El humo denso de las techumbres de turba quemada nubla la visual del arroyo, mezclándose los gritos de pánico de los niños con el restallar metálico de las hachas.
Las remeras y las madres intentan defender el pueblo con garras y dientes, plantando cara al peligro con el coraje de su sangre, pero los asaltantes son mucho más rápidos y experimentados en la escaramuza rústica a quemarropa.
Antes de que Kark o Signy logren reorganizar la cuña defensiva, el acero mellado de los ladrones ya ha logrado abatir a tres de las mujeres en mitad del callejón de tierra, dejando sus cuerpos inertes sobre los guijarros húmedos en un charco de sangre densa.
– ¡¡Mantened la línea, maldita sea!! –grita la reina Signy, hundiendo su espada corta en el muslo de un forajido y esquivando un madero encendido por los pelos– ¡Astrid, repliega a los civiles hacia la playa baje! ¡¡Halvar, saca las lanzas del drakkar ahora mismo!!
El revuelo es ensordecedor. Al ver caer a sus tres compañeras de boga, la furia y la desesperación se adueñan del campamento.
Un asaltante andrajoso, con el rostro tiznado de hollín y los ojos inyectados en sangre, aprovecha la brecha abierta por la muerte de las tres mujeres y clava su mirada salvaje directamente en la silueta desprotegida de Gunnhild, alzando una lanza de punta de piedra tallada mientras se abalanza hacia ella con una presteza felina.
Kark lo está viendo todo desde el flanco del callejón, pero es completamente incapaz de llegar a tiempo para interponer su escudo.
Se encuentra atrapado en un combate a muerte con otro de los forajidos, un tipo ágil y escurridizo que esquiva con una velocidad endiablada cada uno de los hachazos desesperados del rastreador, obligándole a fijar los pies en el fango para no perder la cabeza.
De repente, cuando la punta del arma enemiga ya se encuentra a escasos palmos de herir a la princesa, el viejo Gorm sale por sorpresa de detrás de una barricada, alzando una espada pesada y corriendo hacia donde está Gunnhild con el último aliento de sus pulmones cansados.
El atacante, sorprendido por la aparición del anciano navegante, da media vuelta sobre los guijarros en el último segundo y clava la lanza con saña en el pecho desprotegido del viejo timonel.
Es un impacto es seco y definitivo.
El rostro de Gorm se contrae de golpe en una mueca de dolor absoluto; su único ojo se dilata de una forma brutal ante el frío del metal desgarrándole las entrañas, y sus labios cubiertos de barba gris se tiñen de inmediato de un hilo espeso de sangre pastosa.
Sin embargo, la voluntad del viejo lobo de mar es de granito.
– ¡Por Odín! –clama con un rugido agónico que estalla en mitad del caos.
Lejos de echarse atrás o intentar sacarse el hierro, el anciano aferra el astil de madera de la lanza con sus propias manos nudosas y, con una fuerza animal e incomprensible, la hunde todavía más en su cuerpo para que la punta se quede completamente atrapada y encajada entre sus costillas rotas.
Sorprendido por la acción, el ladrón tira del arma con desespero, pero el cadáver viviente del timonel opera como un cepo de carne insuperable, inmovilizando al agresor para que la princesa pueda huir.
El viejo clava su ojo moribundo en Gunnhild y, con un hilo de voz roto que se ahoga en su propia sangre, pronuncia sus últimas palabras:
– Corred, princes...
La vocal se apaga en su garganta antes de que pueda terminar de decirla. El cuerpo de Gorm se desploma inerte sobre la turba húmeda, arrastrando al forajido en su caída, inmortalizado ya en las sagas de la estirpe tras haber entregado su último aliento para salvar el mañana de Sifjarland.