Zaragoza: El último confidente El expediente Barral
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El expediente Barral

La tarjeta seguía dentro de una bolsa transparente.

RESERVA OPERATIVA.

Navarro la dejó sobre la mesa y empujó hacia mí una copia ampliada. Mi antiguo número profesional ocupaba el centro. La fecha estaba escrita cinco años antes de la muerte de David.

—No aparece en ningún registro oficial.

Ríos cerró el portátil.

—Ni en personal, ni en asuntos internos, ni en operaciones especiales.

Sergio permanecía al otro lado de la mesa. No había dormido. Tenía la barba oscura y una mancha de café junto al puño de la camisa.

—Porque no era una categoría oficial —dijo.

Navarro apoyó las manos sobre la mesa.

—Entonces deja de nombrarla como si lo fuera.

—Así la llamaban.

—¿Quiénes?

Sergio miró la tarjeta.

—Los que necesitaban tener a alguien disponible.

El fluorescente zumbaba sobre nuestras cabezas. Cada pocos segundos, la bolsa vibraba con el aire acondicionado.

Cogí la copia.

—¿Disponible para qué?

—Para entrar donde no convenía enviar a nadie.

—Eso ya lo hacía.

—Sí.

—Entonces no necesitaban marcarme.

Sergio levantó la vista.

—No te marcaban para entrar.

Mis dedos se detuvieron sobre la fecha.

—¿Para qué?

—Para salir solo si algo fallaba.

Navarro apartó la silla de una patada.

—Se acabaron las frases.

Ríos no lo frenó.

—¿Quién creó el expediente?

—No lo sé.

Navarro agarró a Sergio por la camisa.

—Llevas cuatro libros sin saber nada.

Sergio le sujetó la muñeca.

—Y tú llevas dos semanas creyendo que todo tiene una firma.

—Suéltalo —dije.

Navarro no lo hizo.

Agarré la bolsa con la tarjeta y la lancé contra la pared. El plástico golpeó el yeso y cayó al suelo.

Los dos se separaron.

—Eso es una prueba —dijo Ríos.

—No.

Me agaché y la recogí.

—Es un señuelo.

Navarro respiró por la boca.

—Explícate.

Señalé la fecha.

—Cinco años antes de David. Tres años antes del perfil psicológico. Dos fechas distintas para el mismo propósito.

Sergio bajó la mirada.

—No eran el mismo expediente.

—No.

Dejé la tarjeta sobre la mesa.

—Primero me reservaron. Después estudiaron cómo romperme.

Ríos abrió otra carpeta.

—¿Y quién convirtió ambas cosas en el expediente Barral?

Nadie respondió.

La puerta se abrió.

Un agente entró con un sobre marrón.

—Ha llegado de Salamanca.

Navarro extendió la mano.

—¿Remitente?

—Archivo Central.

El agente dejó el sobre sobre la mesa.

No había mensajes. No había frases escritas. Solo un sello administrativo y una firma de recepción.

Ríos cortó el borde con una tijera.

Dentro había una copia certificada del historial de accesos a mi expediente. No era el expediente. Era la lista de quienes lo habían consultado.

Navarro pasó las hojas.

—Ferrer.

Otra.

—Sergio.

Otra.

—Asuntos Internos.

Siguió.

Las fechas abarcaban diez años. La mayoría posteriores a la muerte de David.

Una no.

Ríos puso un dedo sobre ella.

—Tres años antes.

El nombre del usuario aparecía oculto por un código alfanumérico.

—¿Se puede identificar? —preguntó Navarro.

El agente señaló una anotación.

—El código pertenece a autorizaciones delegadas.

—¿Delegadas por quién?

—Eso no viene aquí.

Sergio acercó la hoja.

—Falta la página de validación.

Navarro le arrebató el documento.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque yo preparaba estos accesos.

El silencio se hizo más estrecho.

Me acerqué a Sergio.

—¿Tú autorizaste que entraran en mi expediente?

—No.

—Pero sabías cómo hacerlo.

—Sí.

—¿Quién podía usar una autorización delegada?

—Un jefe de unidad. Un director de centro. Un responsable de seguridad.

—Demasiados —dijo Ríos.

—Ese era el objetivo —respondió Sergio.

Navarro golpeó el código con el dedo.

—Alguien tuvo que pedirlo.

—Y alguien tuvo que permitir que no apareciera su nombre.

Tomé otra decisión.

—No buscamos al usuario.

Navarro se volvió.

—Es exactamente lo que buscamos.

—No. Buscamos quién creó la autorización delegada.

Ríos volvió al portátil.

—Eso obliga a rastrear el código de origen.

Sergio negó.

—No estará en el sistema actual.

—¿Dónde?

Tocó la fecha con la uña.

—En papel.

—¿Dónde se archivaban?

—En la unidad que pidió la apertura.

Navarro sonrió sin humor.

—La unidad que no conocemos.

Sergio recogió la tarjeta de reserva.

—El reverso.

La giró dentro de la bolsa.

Debajo de la fecha aparecía una marca casi borrada. Tres letras.

U.C.E.

Ríos las escribió.

—¿Unidad Central Especial?

—No existía con ese nombre —dijo Sergio.

—¿Entonces?

Sus labios se apretaron.

—Unidad de Cobertura Externa.

El nombre no me dijo nada.

Eso volvió a molestarme.

—¿Qué cubría?

Sergio sostuvo la tarjeta.

—Operaciones que oficialmente pertenecían a otros.

Navarro cogió las llaves.

—¿Dónde estaba esa unidad?

Sergio tardó demasiado.

—En ningún sitio fijo.

—Nombre del responsable.

—Había varios.

—Dame uno.

Sergio miró la lista de accesos.

—Tomás Salcedo.

La nuca se me endureció.

—Salcedo desapareció antes.

—Oficialmente.

Ríos cerró el portátil.

—Entonces lo localizamos.

Negué.

—No.

Navarro golpeó la mesa.

—Otra vez no.

—Salcedo no consultó mi expediente tres años antes de David.

—¿Cómo lo sabes?

Señalé el código.

—Porque cuando él hacía algo, dejaba que otro cargara con la firma.

Sergio levantó la cabeza.

—Eso también lo aprendiste de él.

La frase no necesitó más.

Cogí la lista.

—Quiero el archivo en papel.

Navarro abrió la puerta.

—Vamos a Salamanca.

Ríos no se movió.

—No está allí.

Los dos la miramos.

Había ampliado la marca U.C.E. en la pantalla. Debajo aparecía una referencia de depósito. No Salamanca. Zaragoza.

Archivo histórico de la antigua Jefatura Superior.

A seis calles de nosotros.

El archivo cerraba a las ocho. Llegamos a las ocho y siete.

Navarro golpeó la persiana metálica hasta que un hombre apareció detrás del cristal. Camisa gris. Corbata aflojada. Las llaves sonaban en su mano.

—Está cerrado.

Ríos enseñó la orden.

—Ya no.

El archivero leyó la primera línea y negó.

—Los depósitos antiguos requieren solicitud previa.

Navarro levantó la persiana con ambas manos.

—Considérela solicitada.

El hombre intentó detenerlo.

Yo pasé por debajo.

El sótano olía a cartón húmedo. Las estanterías formaban pasillos estrechos. El archivero encendió una fila de luces.

—Referencia.

Ríos se la dio.

El hombre introdujo el código en un terminal antiguo. La pantalla tardó en responder.

—Depósito diecinueve. Caja ciento cuatro.

—¿Contenido? —pregunté.

—Autorizaciones delegadas y coberturas operativas.

Navarro miró a Sergio.

—Así que sí existían.

—Los papeles siempre existen —respondió—. Lo que cambia es cómo los llamas.

El archivero nos condujo hasta una puerta con reja. Introdujo una llave y se detuvo.

—La caja ya fue consultada.

Ríos se acercó.

—¿Cuándo?

—Esta mañana.

La mandíbula de Navarro se tensó.

—¿Quién?

El hombre comprobó una hoja colgada junto a la puerta.

—No dejó nombre.

—Eso no ocurre —dijo Ríos.

—Dejó autorización.

—¿Qué código?

El archivero señaló la línea. El mismo que aparecía en mi historial.

Alguien seguía utilizándolo.

—Abre.

—La caja puede estar incompleta.

—Por eso.

La cerradura giró.

La caja ciento cuatro seguía en su sitio.

No había sido vaciada. Dentro quedaban decenas de formularios. Papeles grises. Sellos apagados. Firmas de personas jubiladas o muertas.

Ríos se puso guantes.

—Buscamos la fecha exacta.

Sergio extendió la mano.

Navarro lo apartó.

—Tú miras desde ahí.

Pasamos hojas.

Una. Otra. Otra. Solicitudes de vigilancia. Cobertura para confidentes. Accesos a expedientes. Nada sobre mí.

El archivero consultó el índice.

—Debería estar entre la cuarenta y dos y la cuarenta y tres.

No estaba. Solo quedaban dos marcas de óxido donde había descansado una grapa.

Navarro golpeó la caja.

—Se la llevaron.

—No —dijo Sergio.

Se inclinó sin tocarla.

—La arrancaron.

—¿Diferencia?

—Quien se la llevó esta mañana no quería toda la autorización. Solo la firma.

Ríos levantó la hoja cuarenta y tres.

En la esquina superior había quedado un pequeño fragmento del documento anterior. Una curva de tinta azul. Parte de una letra.

—No basta —dijo Navarro.

El archivero acercó una lámpara.

—Hay papel autocopiativo debajo.

La hoja siguiente conservaba una presión apenas visible.

Ríos la inclinó. No se podía leer.

Sergio señaló una bandeja junto al terminal.

—Grafito.

El archivero negó.

—Eso puede dañar el documento.

Navarro cogió un lápiz.

—El documento ya está dañado.

Pasó el lateral de la mina con cuidado.

Las marcas aparecieron poco a poco.

Primero una fecha. Tres años antes de David. Después mi nombre. Julio Barral. Debajo, el motivo. Evaluación preventiva para cobertura de responsabilidad.

El pecho me golpeó contra la camisa.

—Sigue —dije.

Ríos terminó de sombrear.

Apareció una frase incompleta:

Autorizar consulta integral y elaboración de perfil de respuesta.

Más abajo estaba la firma.

Solo el trazo.

El nombre había quedado fuera de la zona de presión.

Navarro soltó el lápiz.

—No tenemos firmante.

—Tenemos el cargo —dijo Ríos.

Debajo de la firma aparecía un sello.

DIRECTOR AUTORIZANTE.

Sergio retrocedió. Fue un gesto mínimo.

Lo vi.

—Lo reconoces.

—No.

Me puse delante.

—Has dejado de respirar.

—Estoy cansado.

—Nombre.

Navarro cerró el pasillo por detrás.

Sergio miró el sello.

—No pertenece a policía.

—¿A quién?

—Instituciones Penitenciarias.

La saliva me raspó al tragar.

—Topas.

—No necesariamente.

Le agarré el brazo.

—No vuelvas a proteger una palabra.

Sergio cerró los ojos un segundo.

—El director que autorizó esto no estaba destinado en Topas.

—¿Dónde?

—Servicios Centrales.

Ríos acercó el índice.

—Podemos buscar quién ocupaba el cargo.

El archivero negó.

—El sello no indica dirección general. Solo nivel de autorización.

Navarro apoyó la mano en la caja.

—Entonces seguimos sin nombre.

Miré el documento sombreado.

La autorización existía. Mi perfil no había nacido después de un error. Había sido pedido antes.

No para investigar algo que hubiera hecho. Para preparar quién respondería por algo que todavía no había ocurrido.

—Quiero la hoja original.

—Ha desaparecido —dijo Ríos.

—No esta.

Señalé el papel autocopiativo.

—La anterior a la autorización.

Sergio se tensó.

Navarro empezó a revisar la caja.

—¿Qué debería contener?

Sergio no respondió.

Levanté la hoja cuarenta y uno. En la parte inferior había una referencia cruzada.

OPERACIÓN 1742.

El número de la gorra.

El código de Gijón.

El mismo que llevaba años apareciendo cada vez que alguien quería abrir una puerta.

Ríos pasó a la siguiente línea.

—Responsable operativo previsto.

Debajo aparecía mi nombre.

Navarro continuó leyendo.

—Responsable de cobertura.

El nombre había sido tachado con tinta negra. No del todo. Quedaban dos letras al final.

DO.

Sergio se apartó de la estantería.

—Nos vamos.

Navarro le bloqueó el paso.

—¿Quién termina en “do”?

—Muchos nombres.

—Solo uno te ha hecho querer salir.

Sergio miró la puerta.

Me coloqué delante.

—Salcedo.

No negó.

Ríos levantó la hoja.

—¿Tomás Salcedo era el responsable de cobertura?

Sergio apretó la mandíbula.

—No era su nombre.

—¿Qué quieres decir?

Tocó las dos letras visibles.

—Salcedo era el nombre que utilizaba cuando trabajaba con nosotros.

El sótano pareció estrecharse.

—¿Cuál era el verdadero?

Sergio me miró.

—Eso estaba en la firma que se llevaron esta mañana.

Un teléfono empezó a sonar. No era el de ninguno de nosotros.

El sonido salía de la caja ciento cuatro.

Navarro apartó los papeles.

Debajo había un móvil encendido. No mostraba mensaje. Solo una llamada entrante.

Número oculto.

Ríos activó el altavoz.

Nadie habló al otro lado. Esperamos. Una respiración.

Después una voz de hombre.

—Dejad de buscar a Salcedo.

Me acerqué al teléfono.

—¿Quién eres?

La voz respondió sin prisa.

—El funcionario que autorizó que Julio Barral siguiera siendo útil.

La llamada se cortó.

En la pantalla apareció durante un segundo el registro interno de conexión. No un número. Un nombre.

El mismo que faltaba en la firma.

Y yo no lo había visto nunca.