Zaragoza: El último confidente El hombre sacrificable
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El hombre sacrificable

Dos días después, el hombre que había redactado mi perfil intentó cerrar la puerta antes de verme.

Metí el zapato entre el marco y la madera.

—Doctor Molina.

El anciano empujó con ambas manos.

—Se equivoca de persona.

Navarro apareció detrás de mí y enseñó la placa.

—Entonces no le importará que hagamos unas preguntas.

Molina dejó de hacer fuerza.

El piso olía a comida recalentada. En el recibidor había dos maletas cerradas. Ríos tocó una de ellas con la punta del zapato.

—¿Se va de viaje?

—Mi hija vive en Lisboa.

—Qué oportuno —dijo Navarro.

Molina abrió la puerta lo suficiente para dejarnos pasar. No preguntó quién era yo. Tampoco necesitó mirar la acreditación caducada.

Me reconoció.

Eso decidió la conversación.

—¿Cuándo supo que vendríamos? —pregunté.

—Cuando Gálvez dejó de contestar.

—¿Habla con él?

—Hablaba.

Navarro cerró la puerta.

—¿Dónde está?

Molina se sentó junto a las maletas.

—Ustedes tienen más medios.

Ríos retiró una taza de la única silla libre. El café todavía formaba un círculo húmedo en el fondo.

—Redactó una evaluación sobre Julio Barral.

Molina ajustó las gafas.

—Redacté cientos.

—Esta empezó tres años antes de la muerte de David Mena.

—Las fechas no las ponía yo.

Me acerqué.

—Pero las conclusiones sí.

El anciano miró mis manos. Después los hombros. Finalmente los ojos.

Seguía evaluándome.

—Sigue haciéndolo —dije.

—¿El qué?

—Medir cuánto tardaré en perder el control.

Navarro se apoyó contra la pared.

—De momento va ganando usted.

Molina quitó las gafas y limpió un cristal con la camisa.

—No se trataba de control.

—¿Qué estudiaba?

—Respuesta operativa.

—No soy una máquina.

—Aquellos informes no distinguían demasiado.

Ríos dejó la fotografía del encabezado sobre la mesa. Molina no la tocó.

—¿Quién encargó el perfil?

—Llegó por conducto interno.

—Nombre.

—No había.

—Unidad.

—Tampoco.

Navarro agarró una de las maletas y la tumbó.

—Pruebe con una respuesta que no pueda llevarse a Lisboa.

Molina se levantó.

—Dentro hay ropa de mi mujer.

—Entonces siéntese antes de que se arrugue.

El anciano obedeció. Yo no miré la maleta.

—No quiero saber quién lo encargó.

Navarro giró la cabeza.

—¿Qué haces?

—Quiero saber por qué aceptó.

Molina volvió a ponerse las gafas.

—Era mi trabajo.

—No. Su trabajo era evaluar a policías después de una intervención, una baja o una denuncia. Mi perfil empezó sin incidente previo.

—Había antecedentes.

—¿Cuáles?

El silencio le endureció la boca.

Ríos acercó la silla.

—No encontró ninguno.

Molina frotó la montura.

—No suficientes.

—Entonces fabricó una conclusión —dije.

—La conclusión ya venía solicitada.

Navarro se separó de la pared.

—Explíquelo.

Molina tocó la fotografía con un dedo.

—No me pidieron que determinara si Barral era fiable.

—¿Qué le pidieron?

—Que describiera las condiciones en las que dejaría de serlo.

El aire se atascó detrás de mis dientes.

—¿Por qué?

—Todos los agentes tienen un punto de ruptura.

—No estudiaron a todos.

Molina bajó la mirada.

—No.

Ríos cruzó los brazos.

—¿Cuántos perfiles especiales redactó?

—Siete.

—¿Qué tenían en común?

El anciano tardó.

Navarro golpeó la maleta con los nudillos.

—No tenemos todo el día.

—Eran eficaces —dijo Molina—. Expedientes sólidos. Buena tasa de resolución. Pocas quejas formales.

—Eso no parece peligroso.

—No para el cuerpo.

Me incliné sobre él.

—¿Para quién?

Molina levantó la vista.

—Para quien necesitara que obedecieran fuera del procedimiento.

La garganta me raspó.

—¿Qué puso sobre mí?

—Que buscaba aprobación jerárquica.

—Mentira.

—Acaba de mirar a Navarro antes de contestarme.

No lo había notado.

Él sí.

Molina señaló mi pecho.

—Necesitaba creer que actuaba por decisión propia. Por eso aceptaba mejor las órdenes que no parecían órdenes.

Navarro no dijo nada.

Ríos tampoco.

—Siga —dije.

—Tolerancia alta a la presión. Tendencia a simplificar los conflictos. Identificación personal con el resultado.

—Tradúzcalo.

Molina guardó las gafas en el bolsillo.

—Si algo salía bien, se atribuía el mérito. Si salía mal, aceptaba la culpa antes de admitir que lo habían dirigido.

El suelo crujió bajo mi zapato.

—¿Quién leyó ese perfil?

—No lo sé.

Le agarré la muñeca.

No apreté. No hizo falta.

—La última mentira.

Molina miró mis dedos.

—Ferrer.

—Ya lo sabíamos.

—Valcárcel.

—También.

—Sergio corrigió dos apartados.

Mi mano se endureció.

—¿Qué apartados?

—Lealtad y respuesta ante el abandono.

Ríos dio un paso.

—¿Cómo se evalúa eso antes de que ocurra?

Molina me sostuvo la mirada.

—Provocándolo.

Solté su muñeca.

El anciano se la frotó.

—No lo eligieron porque fuera el peor.

—¿Entonces?

—Porque era el que más necesitaba seguir creyendo que era bueno.

Sergio no negó haber participado.

Estaba en una sala de reuniones de la comisaría. Sin esposas. Navarro había dejado la puerta abierta para recordarle que podía cerrarla cuando quisiera.

Ríos puso el informe de Molina sobre la mesa.

No era la evaluación completa. Solo una declaración firmada.

—¿Qué corregiste? —preguntó.

Sergio leyó el primer párrafo.

—La redacción.

Navarro empujó la silla con el pie.

—Molina dice que alteraste dos apartados.

—Molina cobraba por recordar lo que otros necesitaban.

—No te escondas detrás de él —dije.

Sergio dejó el papel.

—Tú te escondiste detrás de mí durante doce años.

Me senté frente a él.

—Lealtad y abandono.

Sus dedos golpearon la mesa dos veces.

—¿Qué pusiste?

—Que no abandonarías a un superior mientras creyeras que todavía te protegía.

—¿Y cuándo dejara de hacerlo?

—Que intentarías demostrar que no lo necesitabas.

Navarro se inclinó.

—Eso no responde.

Sergio lo miró.

—Entonces atacaría primero.

La mandíbula me ardió.

—¿A quién?

—A cualquiera que pareciera formar parte de la traición.

—¿Eso ocurrió con David?

Sergio apartó el papel.

—David no era tu superior.

—Pero sabía que me habían abandonado.

—Empezaba a saberlo.

Ríos apoyó las manos sobre la mesa.

—¿Qué significa “respuesta ante el abandono”?

Sergio no contestó.

Levanté la silla y la aparté de una patada. El golpe sonó demasiado fuerte.

Él ni pestañeó.

—Eso —dijo.

Navarro cerró la puerta.

—Ya has hecho la demostración. Ahora habla.

Sergio me miró.

—Cuando Ferrer empezó a apartarte, buscaste resultados más rápidos. Cuando Salcedo dejó de responder, presionaste a Pardo. Cuando Valcárcel cuestionó una operación, ocultaste información para que no pudiera detenerla.

—No lo recuerdas mejor que yo.

—Lo escribí mejor que tú.

Me acerqué a la mesa.

—¿Por qué aceptaste?

Sergio respiró por la nariz.

—Porque pensé que era una evaluación interna.

—No.

—Al principio.

—¿Cuándo supiste que no?

—Cuando pidieron una segunda versión.

Ríos levantó la cabeza.

—¿Qué cambiaba?

—La primera describía cómo trabajaba Julio.

—¿Y la segunda?

Sergio rozó el borde del papel.

—Cómo reaccionaría si una operación ilegal terminaba con un muerto.

Navarro dejó de moverse.

—Eso fue tres años antes de David.

—Sí.

—¿Ya planeaban matarlo?

—No.

La respuesta salió rápida.

Demasiado.

Le agarré la camisa.

—No vuelvas a protegerlos.

—No los protejo.

—Prepararon mi culpa.

—Prepararon una salida.

—¿Para quién?

Sergio bajó los ojos hacia mi puño.

—Para cualquiera que estuviera por encima.

Lo solté.

Ríos se colocó entre nosotros.

—Explícalo sin convertirte en víctima.

Sergio arregló el cuello.

—Había operaciones que no podían firmarse. Confidentes retenidos. Traslados sin registro. Informes corregidos. Si una de esas decisiones producía una muerte, alguien tendría que aparecer como responsable completo.

Navarro señaló hacia mí.

—Barral.

—No necesariamente.

—Su nombre estaba en el perfil.

—También había otros.

El pecho dejó de apretarme un instante. No alivio. Rabia.

—¿Dónde están?

Sergio negó.

—Dos murieron. Uno pidió el traslado. Otro dejó el cuerpo.

—¿Y los demás?

—Aprendieron a firmar menos.

Tomé una decisión.

—No quiero los nombres.

Navarro abrió las manos.

—¿Otra vez?

—Quiero saber qué me hizo distinto.

Sergio permaneció callado.

Ríos golpeó el informe con un dedo.

—Contesta.

—Julio no protegía su carrera.

—Eso parece bueno —dijo Navarro.

—Protegía la idea que tenía de sí mismo.

Sergio me miró de frente.

—Podían quitarle la placa. El puesto. El sueldo. Seguiría luchando. Pero si lo obligaban a elegir entre admitir que había obedecido o aceptar que había cometido un error solo...

No terminó.

No hacía falta.

—Elegiría cargar con el error —dije.

—Sí.

El aire acondicionado se encendió. El papel de Molina vibró bajo la mano de Ríos.

Navarro abrió la puerta.

—Eso no lo convierte en culpable.

Sergio se levantó.

—No.

—Entonces ¿qué lo convierte?

—Que hizo casi todo lo que después necesitaron atribuirle.

La frase no me defendía. Tampoco me condenaba. Me dejaba en medio.

El lugar exacto donde habían querido colocarme.

Ríos bloqueó la salida a Sergio.

—¿Quién decidió usar el perfil después de la muerte de David?

—No lo sé.

Navarro soltó una risa seca.

—La respuesta favorita.

—Yo alteré horarios. Ferrer retiró una declaración. Valcárcel hizo desaparecer una autorización. Cada uno creyó que protegía su parte.

—¿Y quién reunió esas partes contra Julio?

Sergio miró hacia mí.

—Nadie tuvo que hacerlo.

—Doce años de prisión no se construyen solos.

—No. Pero cuando todos borran algo distinto, lo único que queda es la persona que estaba en todos los sitios.

Me acerqué.

—Yo.

—Tú.

Ríos bajó la voz.

—Eso sigue sin explicar quién consultó el expediente tres años antes.

Sergio se dirigió a la puerta.

—Porque seguís creyendo que quien lo consultó quería destruirlo.

Navarro le cortó el paso.

—¿Qué quería?

—Utilizarlo.

—¿Para qué operación?

Sergio negó.

—El expediente no buscaba un culpable para David.

La piel de la nuca se me tensó.

—Entonces ¿para quién?

Sergio metió la mano en el bolsillo. Navarro lo agarró antes de que sacara nada.

Era una tarjeta antigua.

Mi número de identificación profesional.

En el reverso, alguien había escrito una fecha.

Cinco años antes de la muerte de David.

Debajo había dos palabras.

RESERVA OPERATIVA.

Navarro le quitó la tarjeta.

—¿Qué significa?

Sergio no apartó los ojos de mí.

—Que antes de convertirme en el culpable perfecto...

Señaló mi número.

—...ya me habían reservado para una operación que nunca llegó a constar.