Antes de la caída
Marcos Vidal seguía negando haber cerrado la puerta.
Navarro dejó sobre la mesa el registro de accesos. La hoja indicaba que Vidal había utilizado su tarjeta a las seis y cuarenta y tres, cuando nosotros estábamos dentro del archivo.
—No era yo.
Ríos giró el documento.
—Tu tarjeta.
—La perdió alguien.
—¿Cuándo?
Vidal se frotó los nudillos. El polvo negro había desaparecido. La piel seguía abierta.
—No lo sé.
Yo permanecía detrás de él. Sergio esperaba en otra sala. La carpeta negra había quedado bajo custodia y la copia de mi evaluación ya no aparecía en su chaqueta.
Alguien se la había quitado durante el apagón.
—No cerraste la puerta —dije.
Navarro levantó la vista.
—Tenemos su acceso.
—Y él necesitaba que creyéramos que seguía dentro.
Vidal dejó de frotarse las manos.
Levanté la silla vacía frente a él y la aparté.
—Ponte de pie.
—¿Para qué?
—Para verte los zapatos.
Navarro soltó aire por la nariz.
—Barral.
—La persona que corrió por el pasillo llevaba suela de goma. Vidal tiene polvo de archivo en las uñas y barro seco en los pantalones. Ha movido cajas. No ha corrido.
Vidal miró sus zapatos. Cuero gastado. Tacón duro.
Ríos rodeó la mesa.
—Entonces ayudó a quien lo hizo.
—Eso sí.
Vidal se levantó de golpe.
—Yo guardé una carpeta. Nada más.
—Y abriste el archivo para Sergio —dijo Navarro.
—Porque me lo pidió.
—¿Quién te pidió cerrar después?
No respondió.
Ríos puso delante de él la fotografía de Valcárcel.
—¿Fue él?
Vidal ni siquiera la miró.
—No.
—¿Ferrer?
—Está muerto.
—No es una respuesta.
Vidal apoyó las palmas sobre la mesa.
—Ferrer me llamó hace seis días.
El aire se quedó pegado al techo.
Navarro se inclinó.
—Ferrer murió antes.
—Por eso no contesté.
—¿Qué dejó?
—Un mensaje de voz.
Ríos sacó el teléfono.
—Reprodúcelo.
Vidal negó.
—Lo borré.
—Claro.
—No decía nombres.
—¿Qué decía?
Vidal cerró los dedos.
—Que, si Sergio regresaba, le diera acceso. Y que después olvidara haberlo visto.
Navarro golpeó la mesa.
—¿Por qué obedeciste a un muerto?
—Porque todavía no estaba muerto cuando llamó.
La respuesta no lo hacía inocente. Lo hacía pequeño.
—Sácalo de aquí.
Navarro se volvió.
—No hemos terminado.
—Con él sí.
—Ha ocultado pruebas.
—Ha obedecido una instrucción vieja porque era más fácil que decidir.
Vidal me miró con desprecio.
—Tú lo entenderás.
No le respondí.
Ríos llamó a un agente. Cuando la puerta se cerró tras Vidal, Navarro golpeó el respaldo de la silla.
—Cada vez que alguien se parece a ti, decides que no sabe nada.
—Vidal sabía cómo abrir una puerta.
—Y quién debía entrar.
—No quién se llevó la evaluación.
Ríos recogió el registro.
—La tarjeta se usó dos veces.
Señaló una segunda línea.
Seis y cuarenta y ocho.
—Una para cerrar. Otra para abrir desde fuera.
Navarro acercó la hoja.
—Cinco minutos.
—Tiempo suficiente para entrar, coger el papel y salir —dije.
—¿Quién estaba fuera?
Ríos consultó las cámaras.
—Durante el apagón, solo había dos personas en el pasillo.
Giró la pantalla.
Una funcionaria de limpieza. Y un hombre con uniforme de mantenimiento.
La imagen no mostraba su rostro. No hacía falta.
La pierna izquierda apenas se doblaba.
—Valcárcel —dijo Navarro.
Negué.
—Demasiado alto.
Ríos amplió el uniforme.
En el bolsillo aparecía un logotipo municipal.
—No trabaja en Topas.
—Ni necesita hacerlo —respondí—. Solo necesitaba que Vidal dejara abierta la primera puerta.
Navarro cogió las llaves.
—Buscamos la furgoneta.
—No.
Me cerró el paso.
—Esta vez no vas a detenerme.
—No huyó con la evaluación.
—¿Qué dices?
Señalé la carpeta negra.
—Quien entró sabía exactamente qué hoja coger. No buscó. No revolvió. Fue directo.
Ríos cerró la pantalla.
—Ya la había leído.
—O la escribió.
Nadie habló.
La mandíbula me empezó a doler.
—Quiero hablar con Sergio.
Sergio estaba sentado con los brazos apoyados sobre la mesa. No parecía cansado. Solo gastado.
Dejé delante de él el registro de accesos.
—¿Quién sabía qué página faltaba?
—Los mismos de siempre.
Navarro cerró la puerta.
—Esa respuesta ya no sirve.
—Nunca sirvió. Por eso os gusta tanto.
Ríos permaneció de pie.
—¿Habías visto la evaluación completa?
Sergio rozó con un dedo la fecha de apertura.
—Una vez.
—¿Cuándo?
—Antes de David.
—Eso ya lo sabemos.
—No. Sabéis que estaba abierta.
Me incliné.
—¿Cuándo la leíste?
Sergio levantó la vista.
—Tres años antes.
La costura de la camisa me apretó el cuello.
—¿Quién te la enseñó?
—Ferrer.
Navarro se acercó.
—¿Por qué?
—Quería saber si estaba bien redactada.
—¿Qué decía?
Sergio retiró el dedo.
—Que Julio era eficaz bajo presión. Que aceptaba órdenes informales. Que podía asumir riesgos sin preguntar por el origen.
Ríos no escribió.
—Eso parece una evaluación profesional.
—Lo era.
—Entonces ¿qué la convierte en algo distinto?
Sergio me miró.
—La última línea.
Mis manos se cerraron sobre la mesa.
—Dila.
—“Útil mientras conserve respaldo superior”.
Navarro esperó.
—¿Y después?
Sergio bajó los ojos.
—No había después.
Cuatro horas después, encontramos al hombre del uniforme en una cafetería de carretera.
No huyó. Estaba terminando una tortilla cuando Ríos dejó la placa junto al plato.
—Manos sobre la mesa.
El hombre soltó el tenedor.
No era Valcárcel.
Tampoco un policía.
Tendría sesenta años. La pierna izquierda llevaba una ortesis bajo el pantalón.
Navarro le quitó el teléfono.
—Nombre.
—Luis Aranda.
—¿Trabajas en mantenimiento?
—A veces.
—Hoy has trabajado en Topas.
Aranda se limpió la boca con la servilleta.
—He recogido una cosa.
—¿Para quién?
—No lo sé.
Navarro agarró la silla y la giró.
—Prueba otra vez.
Aranda miró a los clientes. Ríos colocó una mano sobre su hombro.
—No hagas una escena.
—No la estoy haciendo yo.
Me senté frente a él.
—Te pagaron poco.
Parpadeó.
—¿Qué?
—No eres parte de esto. Si lo fueras, no estarías comiendo a doce kilómetros de la prisión.
Aranda bajó la vista hacia el plato.
—Navarro, suéltalo.
—Ni hablar.
—No va a correr.
—Acaba de robar una prueba.
Aranda levantó la cabeza.
—No robé nada.
—Entonces ¿qué recogiste? —preguntó Ríos.
—Un papel doblado.
—¿Dónde está?
—Lo dejé.
—¿A quién?
—A una mujer.
Navarro apretó el respaldo.
—Nombre.
—No me lo dio.
—Descripción.
Aranda se encogió.
—Cincuenta años. Pelo oscuro. Gafas.
Nada útil.
Me fijé en la servilleta. Había dibujado un cuadrado con el dedo sobre una mancha de aceite.
—¿Dónde la viste?
—En el aparcamiento.
—Eso no te ha preguntado —dijo Navarro.
—¿Dónde exactamente?
Aranda señaló hacia la ventana.
—Dentro de un coche.
—Modelo.
—No sé.
—Color.
—Gris.
Ríos sacó varias imágenes de las cámaras del aparcamiento.
Aranda señaló una.
El coche aparecía de perfil. La matrícula quedaba tapada por una columna.
La mujer no. No era Irene. No era nadie que yo conociera.
Eso importaba.
—¿Qué te dijo? —pregunté.
—Que sacara la página antes de que llegara Barral.
Navarro me miró.
—Conocía tu presencia.
—Todos sabían que estaba allí.
Aranda negó.
—Dijo que usted volvería a elegir la carpeta antes que al hombre.
El tenedor cayó del plato.
—¿Qué hombre?
Aranda tragó saliva.
—Sergio.
Ríos se inclinó.
—¿Te ordenó hacerle algo?
—No.
—¿Entonces?
—Dijo que no importaba si salía.
Navarro soltó la silla.
—¿Dónde entregaste el papel?
—En una gasolinera. A otro hombre.
—¿Descripción?
—Mayor. Delgado. Sin bastón.
—Valcárcel —dijo Navarro.
—No —respondí.
Los dos me miraron.
Aranda seguía dibujando cuadrados sobre la servilleta.
—¿Cómo te contactaron?
—Por un antiguo compañero.
—Nombre.
—Pedro Gálvez.
Ríos buscó en el teléfono.
—Funcionario de Interior. Jubilado hace ocho años.
—¿Qué le debía? —pregunté.
Aranda apretó la servilleta.
—Me consiguió trabajo cuando salí de prisión.
Otro favor. Otra deuda. Nada parecido a un ejército.
—Llama a Gálvez delante de nosotros.
Navarro negó.
—Lo alertará.
—Ya está alertado.
Aranda marcó. Puso el teléfono en altavoz.
Sonaron cuatro tonos.
Una voz masculina respondió.
—¿Ya está hecho?
Aranda miró a Ríos.
—Sí.
—Entonces olvida mi número.
Intervine.
—Gálvez.
Silencio.
—Barral —dijo la voz.
No preguntó quién era.
La silla dejó de pesar bajo mis brazos.
—Tienes la evaluación.
—No.
—Sabes quién la tiene.
—Tampoco.
—Entonces ¿por qué sabes mi nombre?
Gálvez respiró cerca del micrófono.
—Porque estaba en el primer informe.
Navarro acercó su teléfono para rastrear la llamada.
—¿Qué informe?
—El que pidió que te observaran.
—¿Quién lo pidió?
—No lo sé.
—Mientes.
—No. Yo recibí una orden. La pasé. Eso fue todo.
—Tres años antes de David.
—Sí.
—¿Qué había hecho?
Gálvez tardó.
—Nada.
La palabra me golpeó detrás del esternón.
Ríos se acercó al altavoz.
—Entonces ¿por qué investigarlo?
—No investigábamos lo que había hecho.
—¿Qué investigaban?
La voz se quebró un instante.
—Lo que haría si alguna vez necesitábamos que alguien cargara con una decisión ajena.
Navarro dejó de mover los dedos.
—¿Quiénes son “necesitábamos”?
—No había un nosotros.
—Siempre decís lo mismo.
—Porque era verdad.
Se oyó una puerta al otro lado.
Gálvez bajó la voz.
—Un superior pidió un perfil. Un psicólogo lo redactó. Ferrer añadió observaciones. Sergio corrigió fechas. Yo lo archivé.
—¿Y Valcárcel?
—Lo leyó.
—¿David?
—Lo encontró.
La llamada empezó a cortarse.
—¿Quién se llevó la página de Topas? —pregunté.
Gálvez soltó aire.
—La persona que no quería que vieras la última línea.
—Ya la sé.
—No.
Sergio había dicho: útil mientras conserve respaldo superior.
—¿Qué faltaba?
Un ruido de motor cubrió la respuesta.
—Gálvez.
—Cuando pierda el respaldo...
La comunicación se quebró.
—¿Qué?
La voz regresó durante un segundo.
—...atribuirle la operación completa.
La llamada murió. Nadie se movió.
Aranda dejó la servilleta sobre la mesa.
Cuatro cuadrados. Uno de ellos tachado.
Navarro miró el teléfono.
—Eso no demuestra que estuviera decidido.
Cogí la servilleta.
—No.
La tinta aceitosa se pegó a mis dedos.
—Demuestra que ya habían decidido qué hacer conmigo cuando dejara de servir.