La carpeta negra
Nueve horas después, Sergio seguía dentro de Topas. No figuraba como detenido. Tampoco como visitante.
La funcionaria de la garita repasó la pantalla por tercera vez y negó con la cabeza.
—Aquí no consta.
Navarro apoyó la placa sobre el mostrador.
—Entró esta madrugada.
—Entonces saldría.
—No.
La mujer miró hacia las cámaras. Una luz roja parpadeaba sobre el monitor principal. Las demás pantallas mostraban pasillos vacíos.
Ríos dejó el teléfono junto al teclado.
—Tenemos su matrícula entrando a las cinco y doce.
—Eso demuestra que llegó el coche.
—No condujo solo.
La funcionaria tocó el ratón. No abrió ningún archivo.
—Necesito autorización del director.
—Ya la hemos pedido —dijo Navarro.
—Entonces esperen.
El desinfectante se pegaba detrás de la lengua. Al otro lado del cristal, una puerta automática golpeó dos veces antes de cerrar.
—Enséñanos la salida del aparcamiento.
Navarro giró la cabeza.
—No empieces.
—Si Sergio salió, el coche tendría que seguir allí o aparecer fuera.
La funcionaria se cruzó de brazos.
—No tengo acceso.
—Lo acabas de consultar.
—He consultado entradas.
Le quité el ratón.
Ella intentó agarrarme la muñeca. Ríos se interpuso.
—Déjale.
—No puede tocar el sistema.
—Entonces úsalo tú.
La funcionaria recuperó el control y abrió las cámaras exteriores. El coche de Sergio entraba por la barrera. Aparcaba junto al muro. Sergio bajaba solo.
Llevaba una bolsa de deporte.
No una carpeta.
—Sigue —dije.
Avanzó la grabación.
Sergio cruzó el patio. Un funcionario lo esperaba bajo una marquesina. No se dieron la mano.
Desaparecieron por una puerta lateral.
—¿Quién es? —preguntó Navarro.
La mujer apagó la imagen.
—No lo sé.
Ríos volvió a encenderla.
—Sí.
La funcionaria apretó la mandíbula.
—Seguridad interior.
—Nombre.
—No puedo facilitarlo.
Navarro acercó la placa.
—Hazlo antes de que lo busque yo.
—Marcos Vidal.
El apellido no me dijo nada. Eso me molestó más que si lo hubiera reconocido.
—Quiero hablar con él.
—Está fuera de turno.
—¿Desde cuándo?
La mujer abrió la ficha.
—Desde las seis.
—Sergio entró a las cinco y doce.
—Ya lo veo.
—¿Y Vidal salió?
No respondió.
Ríos buscó el registro. La salida no estaba.
Navarro golpeó el mostrador.
—Abre esa puerta.
El pasillo de seguridad interior seguía igual que doce años atrás. Luz blanca. Puertas grises. Nada suficiente para recordar una noche entera.
Un funcionario nos guio hasta un despacho pequeño. Vidal estaba sentado dentro, aunque oficialmente ya no trabajaba.
Tenía la chaqueta puesta. No parecía prepararse para irse. Parecía llevar horas esperando.
—Sergio Muriel —dijo Navarro—. ¿Dónde está?
Vidal juntó las manos.
—No conozco a nadie con ese nombre.
Me acerqué a su mesa.
La piel de sus nudillos estaba enrojecida. Había polvo negro en las uñas.
—Has movido cajas.
—Aquí se mueven cajas.
—Esta mañana.
—También.
Ríos cerró la puerta.
—Entró contigo.
Vidal no la miró.
—Entré solo.
Navarro dejó una fotografía de la cámara.
—Eso no es lo que vemos.
Vidal observó la imagen y levantó un hombro.
—Podría ser cualquiera.
—No —dije—. Cualquiera no te espera a las cinco de la mañana.
Sus dedos se separaron. No mucho. Suficiente.
—¿Qué vino a buscar Sergio?
—No sé de quién habla.
Levanté la bolsa de deporte que aparecía en la imagen.
—No llevaba la carpeta al entrar.
Vidal bajó los ojos.
—Entonces tampoco vino a devolverla.
Navarro sonrió sin humor.
—Gracias.
Vidal comprendió tarde.
Se levantó.
Ríos le apoyó una mano en el hombro.
—Sentado.
—No tienen derecho.
—Tampoco tienes salida registrada.
Vidal apartó la silla de una patada.
—Yo no he hecho nada.
—Eso lleváis diciendo doce años —respondí.
Levantó la vista hacia mí.
—Tú dijiste cosas peores.
La frase me alcanzó antes que la memoria.
Una garita.
Una carpeta negra sobre el mostrador.
Yo diciendo:
No la abras.
Vidal era más joven. Pelo oscuro. Sin gafas. Pero era él.
—Tú estabas aquí aquella noche.
Su respiración se cortó.
Navarro se acercó.
—¿La noche de David?
Vidal miró la puerta.
—Yo no vi ningún cadáver.
—No te he preguntado eso —dijo Ríos.
El sudor le apareció sobre el labio.
—Solo guardé una carpeta.
—¿Quién te la dio? —pregunté.
No respondió.
Le agarré la chaqueta.
—¿Quién?
Vidal señaló mi mano.
—Tú.
La tela se aflojó entre mis dedos.
Navarro dio un paso.
—¿Barral te entregó la carpeta?
—Sí.
—¿Qué había dentro?
Vidal negó.
—No la abrí.
—Mientes.
—No la abrí entonces.
La puerta automática golpeó al fondo del pasillo. Una vez. Después otra.
—¿Y cuándo? —preguntó Ríos.
Vidal se sentó.
—Esta mañana.
El estómago se me cerró.
—Sergio vino por ella.
—Vino a llevársela.
—¿Dónde está?
Vidal miró hacia el suelo.
—Cuando la abrió, dejó de querer salir.
Media hora después encontramos a Sergio en el archivo cuarenta y siete. No estaba escondido. Estaba sentado frente a una mesa, con la carpeta negra abierta delante de él.
La bolsa de deporte descansaba junto a la puerta.
Navarro entró primero.
—Levanta las manos.
Sergio no se movió.
—Has tardado.
Su voz sonaba seca. No herida.
Yo cerré la puerta detrás de nosotros.
—Te gusta hacer entradas.
—A ti te gustan las salidas.
Ríos rodeó la mesa. La carpeta contenía documentos, pero Sergio había colocado las manos encima.
—Apártalas.
—No.
Navarro desenfundó el arma.
—No vuelvo a pedirlo.
Sergio levantó una página y la dobló.
El papel crujió.
—Dispara y seguiréis sin entenderlo.
—Suelta eso —dije.
Me miró.
—Doce años y sigues dando órdenes antes de preguntar.
Le quité la hoja. No opuso resistencia.
Era una autorización de traslado. Sin sello. Sin número de expediente. El nombre del preso estaba tachado.
No revelaba nada nuevo. Confirmaba demasiado.
Ríos cogió la carpeta.
—¿Por qué has venido solo?
—Porque vosotros habríais pedido permiso.
Navarro bajó el arma, pero no la guardó.
—¿Para robar pruebas?
Sergio señaló la puerta.
—Esa carpeta no era una prueba cuando la escondimos.
—¿Quiénes?
—Julio y yo.
La frase quedó clavada entre las estanterías.
Negué.
—No recuerdo esconderla.
—Recuerdas lo que te conviene cuando deja de convenirte.
Le agarré el brazo.
—¿Qué hicimos?
Sergio no intentó soltarse.
—David te la dio. Tú me la entregaste. Yo la traje aquí.
—¿Por qué?
—Porque Ferrer iba a registrar tu casa.
Navarro se acercó.
—¿Lo protegías?
Sergio rio sin fuerza.
—Lo protegía de una carpeta que él mismo había decidido conservar.
—David me pidió que la destruyera —dije.
—Sí.
—Y no lo hice.
—No.
Mis dedos se cerraron más.
—¿Por qué?
Sergio bajó la vista hacia mi mano.
—Porque querías una copia antes de romperla.
Lo solté.
Ríos pasó las páginas.
Había notas internas. Traslados irregulares. Pagos. Informes incompletos. Nada firmado por una organización. Firmas distintas. Fechas separadas.
Personas protegiendo su parte.
—¿David reunió todo esto? —preguntó.
Sergio negó.
—David reunió algunas piezas. Pardo otras. Ferrer añadió lo que necesitaba guardar. Yo corregí fechas.
—¿Y Valcárcel?
—Sabía dónde estaba.
Navarro golpeó la carpeta.
—Eso es coordinación.
Sergio lo miró por primera vez.
—No. Coordinación habría sido confiar unos en otros.
Cogió otra hoja.
—Aquí todos escondían algo de los demás.
Ríos le quitó el papel.
—¿Qué buscabas esta mañana?
Sergio señaló una separación vacía dentro de la carpeta.
—Una evaluación.
—¿De Julio?
—Sí.
—¿Quién la escribió?
—No lo sé.
Navarro resopló.
—Conveniente.
—No tanto.
Sergio se levantó. Ríos le bloqueó el paso.
—La evaluación desapareció antes de que yo llegara.
—¿Quién sabía que estaba aquí? —pregunté.
—Vidal. Ferrer. Valcárcel.
—Ferrer está muerto.
—Eso reduce la lista.
Tomé una decisión.
—No.
Todos me miraron.
—No vamos a buscar primero a Valcárcel.
Navarro guardó el arma.
—Por una vez, sorpréndeme.
Señalé a Sergio.
—Quiero saber por qué ha vuelto ahora.
Sergio apretó los labios.
—Porque David no guardó esta carpeta para condenarte.
—Entonces ¿para qué?
—Para demostrarte que ya te estaban estudiando.
Ríos cerró la carpeta.
—Eso pertenece al capítulo siguiente.
—No es una historia —dijo Sergio—. Es una fecha.
Sacó un papel doblado del bolsillo interior de la chaqueta.
Navarro se lo quitó. Era una copia incompleta de la evaluación desaparecida. Solo quedaba el encabezado.
Nombre: Julio Barral.
Estado: activo.
Fecha de apertura.
Tres años antes de la muerte de David.
La nuca se me enfrió.
—¿Quién la abrió?
Sergio negó.
—Eso es lo que vine a averiguar.
Navarro levantó la hoja.
—¿Y qué encontraste?
Sergio miró las estanterías vacías detrás de mí.
—Que alguien llegó antes.
Un ruido metálico sonó al otro lado de la puerta.
Ríos se giró.
La cerradura bajó.
Navarro tiró del pomo. No cedió.
Las luces se apagaron. En la oscuridad, Sergio habló cerca de mí.
—La carpeta nunca estuvo escondida para que la encontráramos.
Algo rozó una estantería.
Después un golpe.
—Estuvo aquí para saber quién vendría a buscarla.