David ya lo sabía
Doce horas después, la cinta seguía sin reproducirse.
El técnico giró una de las bobinas con un destornillador. La banda magnética se levantó unos milímetros y volvió a pegarse.
—Está húmeda.
Navarro golpeó el cristal de la cabina.
—Estaba dentro de un coche, no en un río.
—Puede explicárselo a la cinta.
El laboratorio olía a plástico caliente. Ríos permanecía junto a la puerta. Olmedo seguía encerrado y Valcárcel no había cometido el error de volver a existir.
Yo miraba la etiqueta.
BARRAL HABLA.
La letra no era de David. Tampoco mía.
—¿Quién la encontró exactamente? —pregunté.
Ríos sacó el teléfono.
—Un agente revisó el coche de la hija de Olmedo.
—¿Quién sabía dónde estaba?
—La patrulla, la grúa y nosotros.
—Demasiada gente.
Navarro se volvió.
—No empieces.
—No he empezado nada.
El técnico cerró la carcasa y pulsó una tecla. Los altavoces soltaron estática. Después, una silla arrastrándose.
Mi respiración apareció primero.
La reconocí por el silencio entre cada bocanada.
—No vuelvas a decir ese nombre.
La voz salió más joven. No menos mía.
David respondió desde lejos.
—Entonces deja de obedecer cuando lo dicen.
Navarro se acercó al altavoz.
—Sube el volumen.
El técnico obedeció.
La cinta siseó.
—No sabes de qué hablas —dije.
—Sé que Salcedo te da un nombre y tú aprietas. Ferrer te da un informe y tú lo corriges. Valcárcel te recuerda una deuda y tú haces el resto.
Sonó un golpe.
Después mi voz.
—Cállate.
David respiró cerca del micrófono.
—No eres el primero.
La cinta se detuvo.
El técnico abrió la pletina.
—Se ha atascado.
Navarro me miró.
—¿Dónde estabais?
—No lo recuerdo.
—Curioso. La cinta sí.
Ríos cogió el casete antes de que el técnico sacara la banda.
—¿Es anterior a la muerte?
El hombre señaló una esquina raspada de la etiqueta.
—Había una fecha. La quitaron hace años.
Tomé una decisión.
—Reprodúcela delante de Olmedo.
Navarro bloqueó la salida.
—Primero recuperamos todo.
—Olmedo reconocerá lo que falta.
—O inventará lo que le convenga.
—Eso ya lo hace sin cinta.
Ríos dejó el casete en una bolsa.
—Entramos los tres.
Olmedo estaba sentado con el bastón entre las piernas. No preguntó por su hija. Miró la bolsa y pasó el pulgar por el mango.
—Así que apareció.
Navarro cerró la puerta.
—¿La conocías?
—Conocía su existencia.
—¿Quién grabó la conversación?
—David.
—Su voz suena lejos —dije.
Olmedo levantó la barbilla.
—Porque llevaba el aparato en la chaqueta.
Ríos dejó la bolsa sobre la mesa.
—¿Por qué grababa a Barral?
Olmedo observó la etiqueta.
—No lo grababa a él.
—Mi nombre está escrito.
—Después.
Navarro apoyó ambas manos sobre la mesa.
—¿Quién lo escribió?
—Alguien que necesitaba convertir una conversación en una confesión.
Me acerqué.
—¿Qué sabía David?
—Cosas sueltas.
—No te he preguntado cuánto sabía.
—Y yo no pienso regalarte una historia completa para que vuelvas a ponerte en el centro.
Agarré el respaldo de la silla.
—David habló de Valcárcel, Ferrer y Salcedo.
—Porque pasó meses buscando al hombre que mandaba.
—¿Y lo encontró?
Olmedo negó.
—Encontró algo peor.
Ríos no abrió la libreta.
—¿Qué?
—Que ninguno mandaba.
El bastón golpeó una vez el suelo.
—Salcedo movía personas. Ferrer arreglaba informes. Valcárcel recordaba favores. Tú presionabas. Sergio escribía lo que los demás necesitaban olvidar.
—¿Y tú? —preguntó Navarro.
Olmedo se encogió de hombros.
—Lo que faltara.
La respuesta no ocupó espacio. Lo ensució.
—¿Por qué se acercó a mí?
Olmedo me miró por primera vez sin apartarse.
—Porque eras el único que podía romperlo.
—Yo formaba parte.
—Precisamente.
—No intentó salvarme.
—No.
La palabra salió sin compasión.
—Quería comprobar si todavía podías elegir.
Sentí la costura del pantalón clavarse contra la rodilla.
—¿Elegir qué?
Olmedo señaló la cinta.
—A quién obedecer cuando dos personas te pedían cosas distintas.
Navarro acercó la bolsa.
—¿Y qué eligió?
Olmedo no respondió.
—¿Qué eligió Barral? —repitió Ríos.
El anciano miró mis manos.
—Lo de siempre.
El técnico recuperó once segundos.
No una conversación. Restos.
El sonido de una puerta. David respirando. Otra voz enterrada bajo la grabación.
—Otra vez —dijo Navarro.
El técnico retrocedió.
David habló primero.
—Barral no pregunta cuando cree que tiene razón.
La segunda voz llegó rota.
—...déjale elegir...
Un chasquido cubrió el resto.
Después:
—...si obedece otra vez...
La banda se deformó.
Ríos levantó una mano.
—Basta.
—Aún hay más —dijo el técnico.
—Y si continúas, quizá no quede nada.
Navarro señaló el equipo.
—Haz una copia digital.
—No puedo copiar lo que todavía está pegado.
Me acerqué a la pletina.
—Sigue.
El técnico negó.
—No voy a romperla para darte una respuesta rápida.
Navarro sonrió sin humor.
—Por una vez alguien te ha dicho que no.
Aparté la mano del aparato.
—Entonces volvemos con Olmedo.
Cuando oyó la frase, Olmedo no cambió de postura. Solo dejó de girar el bastón.
—La reconoces —dije.
—Reconozco a David.
—La otra voz.
—No.
Navarro golpeó la mesa.
—No juegues.
—No estoy jugando. Vosotros necesitáis un nombre. Yo no lo tengo.
—¿Quién quería que me pusiera a prueba?
Olmedo miró la puerta.
—Alguien que todavía creía que podías parar.
—Nadie creyó eso.
—Eso te conviene.
Me incliné hacia él.
—¿Cuántas veces?
—¿Qué?
—¿Cuántas veces intentó hacerme elegir?
Olmedo apoyó el bastón sobre la mesa.
—Tres.
Ríos arrastró una silla.
—Empieza.
—Una vez te dio información incompleta.
—Eso lo hacían todos.
—Tú la utilizaste igual.
Los dedos me ardieron contra el respaldo.
—La segunda.
—Se negó a señalar a un confidente.
—¿Cuál?
—El nombre no importa.
—Para el muerto, quizá sí.
Olmedo me sostuvo la mirada.
—Ahí estabas mejorando.
Navarro dio un paso.
—La tercera.
Olmedo tocó la bolsa de la cinta.
—Te entregó una orden.
No apareció ningún recuerdo completo. Solo papel doblado. Tinta húmeda en el pulgar.
—¿Qué orden?
—El traslado de un preso que no debía constar.
Ríos intervino.
—¿Qué pidió David?
—Que la rompiera.
Miré mis dedos.
La textura seguía allí. Un papel grueso. Una esquina clavada bajo la uña.
—¿Y qué hice?
Olmedo apartó el bastón.
—La devolviste.
—¿A quién?
—A Ferrer.
Navarro abrió la boca, pero no habló.
La escena llegó rota.
David frente a mí.
La hoja entre los dos.
—Rómpela.
Yo doblándola otra vez.
—No me des órdenes.
Nada más.
Golpeé la mesa.
—No sabía qué contenía.
Olmedo ni pestañeó.
—Sabías que no debía existir.
—No es lo mismo.
—Para el preso sí.
Ríos apoyó los codos.
—¿Qué ocurrió con él?
—Apareció muerto.
—¿Suicidio?
Olmedo sonrió sin alegría.
—Oficialmente.
Navarro sacó el teléfono.
—Nombre.
Olmedo negó.
—No conviertas otro muerto en una puerta hacia un archivo.
—Es una investigación.
—No. Es vuestra costumbre.
Le bajé el teléfono a Navarro.
—Déjalo.
Me miró como si no hubiera entendido.
—Todavía no ha terminado.
—Sí.
—No ha dado el nombre.
—Porque el nombre no cambia lo que hice.
Olmedo recogió el bastón.
—David entendió eso antes que tú.
Ríos se levantó.
—¿Por eso lo mataron?
—No sabía suficiente para que lo matara una organización.
—No había organización —dije.
—Exacto.
Olmedo se puso en pie con esfuerzo.
—Murió porque empezó a preguntar delante de personas que no podían contestar sin destruirse.
Navarro bloqueó la puerta.
—¿Quién disparó?
—No lo sé.
—Estabas allí.
—Llegué después.
—¿Cuánto después?
Olmedo miró el suelo.
—David respiraba.
La mesa quedó demasiado lejos.
Ríos agarró el respaldo de mi silla antes de que yo la empujara.
—¿Quién estaba con él?
—Ferrer. Sergio. Valcárcel.
—¿Y Julio?
Olmedo levantó la vista.
—Saliendo.
Negué.
—Eso no ocurrió.
—Pregúntale a tu cuerpo.
La garganta se me cerró.
—¿Por qué nadie llamó a emergencias?
—Uno dijo que era tarde. Otro apagó una cámara. Alguien cerró la puerta. Yo llamé a un médico que decidió no llegar.
—¿Y yo?
Olmedo apretó el mango del bastón.
—Tú tuviste el teléfono en la mano.
La habitación se encogió. Plástico contra la palma. Una pantalla iluminada. El pulgar suspendido sobre dos nombres.
Ríos se acercó.
—¿A quién llamó?
Olmedo no respondió.
Le agarré la chaqueta.
—¿A quién?
Navarro intentó separarme. Esta vez lo solté antes de que pudiera hacerlo.
Olmedo arregló el cuello.
—Esa fue la última prueba de David.
—¿Qué tenía que elegir?
El anciano recogió la cinta de la mesa y la dejó delante de mí.
—Si llamar a emergencias...
Esperó.
—...o llamar a Ferrer.
El teléfono de Ríos vibró.
Contestó sin apartar los ojos de mí.
—Ríos.
Escuchó.
Su mano se cerró sobre el aparato.
—¿Dónde?
Navarro se volvió.
—¿Qué pasa?
Ella colgó.
—Han localizado a Sergio.
El latido me golpeó detrás del oído.
—¿Vivo?
Ríos guardó el teléfono.
—Ha entrado por su propio pie en Topas.
—¿Para qué?
Abrió la puerta.
—Para recuperar la carpeta que David intentó darte antes de morir.