Zaragoza: El último confidente Solo nos protegíamos
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Solo nos protegíamos

Veinticuatro horas después, Olmedo entró en comisaría por su propio pie. No llevaba esposas. Tampoco abogado.

Dejó el bastón junto a la silla y puso las dos manos sobre la mesa. Tenía tierra seca bajo las uñas y una herida reciente en la ceja.

Navarro cerró la puerta.

—Has golpeado a un policía.

Olmedo tocó el corte.

—Él empezó peor.

Ríos encendió la grabadora. El piloto rojo iluminó el borde de una bolsa de pruebas. Dentro estaba la fotografía de los cinco agentes.

Yo permanecí junto a la pared.

Olmedo no me miraba.

—¿Dónde está Valcárcel? —preguntó Navarro.

—No lo sé.

—Has mantenido a un muerto durante doce años.

—No estaba muerto cuando comía.

Navarro golpeó la mesa con los nudillos.

—Contesta.

Olmedo apoyó la espalda en la silla.

—Acabo de hacerlo.

Ríos colocó cuatro fotografías delante de él. Pardo. Aldana. Luna. Ferrer. La última mostraba el cuerpo cubierto con una sábana.

Olmedo movió una esquina para alinearla con las demás.

—Ferrer no era confidente.

—No —dije—. Solo ayudó a enterrarlos.

Su mano se detuvo.

Por fin me miró.

—Tú también.

La saliva se me volvió espesa.

Navarro arrastró una silla y se sentó frente a él.

—Vamos a dejar de repartir culpas. ¿Quién mató a esos hombres?

Olmedo observó la grabadora.

—Apágala.

—No.

—Entonces ya tenéis mi respuesta.

Ríos no tocó el aparato.

—La asociación pagó combustible, medicinas y alojamientos a Valcárcel. Eso está documentado.

—Ayudábamos a compañeros.

—Valcárcel estaba oficialmente muerto.

—También Barral dejó de ser policía y sigue entrando donde no debe.

Navarro se inclinó.

—¿Quién decidió protegerlo?

Olmedo soltó aire por la nariz.

—Nadie.

—Mala respuesta.

—Es la única.

Me acerqué a la mesa y apagué la grabadora.

Navarro se levantó de golpe.

—¿Qué haces?

—Escuchar.

—No tienes autoridad.

—Por eso quizá hable.

Olmedo miró el piloto apagado. Después recogió el bastón del suelo y lo apoyó entre las rodillas.

—Valcárcel llamó a Ferrer la noche en que murió.

—¿Murió quién? —preguntó Ríos.

—Valcárcel.

Navarro soltó una carcajada seca.

—El muerto llamó para decir que estaba vivo.

—Llamó antes.

—¿Y qué pidió?

Olmedo giró el mango del bastón.

—Tiempo.

—¿Para huir?

—Para cerrar cosas.

—Eso significa destruir pruebas —dijo Ríos.

—Significa que no quería dejar problemas detrás.

Levanté la fotografía de Pardo.

—Dejó personas.

Olmedo no apartó la vista.

—Las personas siempre eran el problema.

La frase me golpeó en los dientes.

Pardo sentado en el almacén. La puerta cerrada. Mi voz al otro lado.

Hasta que hable.

Apreté la fotografía hasta doblar una esquina.

—¿Quién certificó la muerte de Valcárcel?

—Un médico.

—Nombre.

—No lo recuerdo.

—Mientes.

Olmedo se encogió de hombros.

—Con los años, los nombres pesan menos.

Navarro le quitó el bastón y lo dejó al otro lado de la mesa.

—Vas a empezar a recordar.

Olmedo estiró la pierna para recuperarlo. No llegó.

Ríos acercó la grabadora apagada.

—No buscamos a todos. Buscamos a quien decidió matar.

Olmedo miró las cuatro fotografías.

—Eso es lo que nunca entendéis.

—Ilumínanos —dijo Navarro.

—No hubo una decisión.

La silla chirrió bajo su peso.

—Pardo amenazó con hablar. Uno llamó a otro. Ferrer dijo que podía calmarlo. Salcedo pidió que esperáramos. Barral lo retuvo. Sergio escribió lo que nadie quería firmar.

Sus ojos pasaron por mí.

—Y después cada uno protegió su parte.

Navarro golpeó la mesa.

—Pardo apareció muerto.

—Muchos años después.

—Y Aldana.

—No lo maté.

—Luna.

—Tampoco.

—Ferrer.

Olmedo bajó la vista hacia el bastón, fuera de su alcance.

—Ferrer sabía que se le había acabado el tiempo.

Ríos volvió a encender la grabadora.

Olmedo levantó la cabeza.

—La apagas o me callo.

—Ya has hablado suficiente.

—Aún no.

Navarro miró a Ríos.

Ella mantuvo el dedo sobre el botón. No lo apagó.

Olmedo cerró los labios.

El aire acondicionado empezó a vibrar sobre nosotros.

Cogí la grabadora y la lancé contra la pared.

El plástico se abrió. Las pilas rodaron bajo la mesa.

Navarro me empujó.

—Fuera.

Me agarré al borde para no caer.

—Ahora que termine.

Olmedo observó los restos del aparato.

—Sigues rompiendo cosas para que otros hablen.

No respondí.

Él recogió una de las pilas con la punta del zapato y la detuvo.

—Valcárcel no dirigía nada.

Navarro dejó de empujarme.

—Entonces ¿qué hacía?

—Recordaba quién debía qué.

Ríos recogió la bolsa con la fotografía.

—Eso es una lista.

—No. Una lista se escribe.

Olmedo señaló su propia cabeza.

—Él no necesitaba hacerlo.

—¿Y todos obedecían? —pregunté.

—Nadie obedecía.

La herida de su ceja volvió a sangrar. Una gota descendió junto al ojo.

—A Ferrer le consiguió una jubilación limpia. Al médico le evitó un expediente. A una viuda le pagó las deudas. A mí me sacó de una investigación que me habría llevado a prisión.

Navarro recuperó el bastón y lo dejó sobre la mesa.

—Favores.

Olmedo lo agarró.

—Deudas.

—¿Qué diferencia hay?

—Los favores se devuelven una vez.

Se levantó con esfuerzo.

—Las deudas te esperan.

Ríos bloqueó la puerta.

—No te vas.

Olmedo apoyó el bastón contra su zapato.

—Entonces detenedme.

—Lo haremos.

—¿Por proteger a Valcárcel?

—Por encubrir asesinatos.

Olmedo sonrió por primera vez.

—Tendréis que demostrar que sabíamos que mataba.

Se volvió hacia mí.

—Y para eso necesitaréis al único hombre que lo vio empezar.

El cuello de la camisa me raspó la piel.

—¿Quién?

Olmedo levantó el bastón y señaló la fotografía de los cinco policías.

No apuntó a Valcárcel.

Apuntó al rostro que yo llevaba doce años evitando mirar.

—David Mena.

Tres horas después, Olmedo seguía en la sala.

Navarro había dejado de preguntar.

Ríos no.

—David murió doce años atrás —dijo—. No puede ayudarnos.

Olmedo deslizó el pulgar por el mango del bastón.

—Eso dijimos todos.

Yo seguía de pie. La pared se clavaba entre mis omóplatos.

—¿Qué vio?

Olmedo levantó la vista.

—Demasiado.

Navarro golpeó la mesa con la carpeta.

—Deja las frases de viejo sabio.

—Y tú deja de creer que gritar convierte una pregunta en una prueba.

Ríos abrió la puerta.

Un agente esperaba fuera.

—Llévalo al calabozo.

Olmedo no se movió.

—Si me encerráis ahora, Valcárcel sabrá que he hablado.

—Ya lo sabe —dije.

La punta del bastón se detuvo sobre el suelo. Eso bastó.

—Déjanos solos.

Navarro me miró.

—Ni hablar.

—Entonces seguirá mintiendo.

—También contigo.

—Pero me conoce.

Olmedo soltó una risa baja.

—Eso no te favorece.

Ríos hizo salir al agente, pero permaneció junto a la puerta.

Navarro se sentó.

—Cinco minutos.

Me acerqué a Olmedo.

—David vio empezar qué.

—El sistema.

—No había sistema.

—Eso os repetíais para dormir.

El aire acondicionado lanzó un golpe seco. Olmedo se secó la sangre de la ceja con el dorso de la mano.

—David trabajaba en Topas. Movía papeles. Escuchaba nombres. Sabía quién entraba sin quedar registrado y quién salía con un expediente distinto.

—Eso ya lo sabíamos.

—No sabíais lo que hizo con esa información.

Navarro abrió la carpeta.

—¿La vendió?

—La guardó.

—¿Dónde?

Olmedo señaló los restos de la grabadora.

—Siempre rompéis algo antes de llegar a la pregunta correcta.

Ríos cerró la puerta con más fuerza.

—¿Qué pregunta?

Olmedo me miró.

—Por qué David te eligió a ti.

La lengua se me pegó al paladar.

—No me eligió.

—Te provocó.

—Me utilizó.

—Eso también.

Navarro se inclinó hacia delante.

—¿Para qué?

Olmedo apoyó ambas manos sobre el bastón.

—Para ver cuánto tardabas en obedecer.

La silla rozó el suelo cuando me aparté de la mesa.

Una habitación. David de pie. Una carpeta negra. Mi mano cerrándose sobre su brazo. No llegó el resto.

Golpeé la mesa.

—No estaba investigándome.

—No al principio.

—¿Y después?

—Después descubrió que todos confiaban en ti para hacer lo que ellos no querían firmar.

Ríos sacó una libreta nueva.

—Nombres.

Olmedo negó.

—No había una lista de jefes.

—Entonces dame personas.

—Ferrer arreglaba expedientes. Salcedo movía confidentes. Valcárcel recordaba las deudas. Sergio corregía informes.

Sus ojos volvieron a mí.

—Y Barral presionaba.

Navarro escribió cada nombre.

—¿Tú qué hacías?

Olmedo bajó la cabeza.

—Lo que faltara.

La respuesta no sonó grande. Sonó peor.

—¿Quién mató a David?

Olmedo me sostuvo la mirada.

—No lo sé.

Le agarré la camisa.

Navarro se levantó, pero Ríos le cortó el paso con un brazo.

—Mientes.

—No.

Apreté más.

—Estabas allí.

—Llegué después.

—¿Cuánto después?

—Lo suficiente.

—¿Para qué?

—Para entender que nadie iba a llamar a emergencias.

Los dedos se me abrieron solos.

Olmedo arregló el cuello de la camisa.

—David respiraba.

El suelo desapareció bajo mis zapatos durante un segundo.

Navarro habló desde lejos.

—¿Quién estaba con él?

Olmedo miró la puerta.

—Ferrer.

—Está muerto.

—Sergio.

—Desaparecido.

—Valcárcel.

Ríos dejó de escribir.

—¿Y Barral?

Olmedo no respondió.

Me incliné hasta quedar frente a él.

—Dilo.

—Tú salías cuando yo llegué.

El aire me arañó por dentro.

—Eso no es verdad.

—Pregúntale a tu memoria.

Golpeé el bastón con el pie. Cayó.

Olmedo no lo recogió.

—¿Por qué nadie llamó?

—Porque David había dicho nombres.

—¿Qué nombres?

—Los nuestros.

Navarro rodeó la mesa.

—Eso no basta para dejar morir a un hombre.

Olmedo lo miró con cansancio.

—No lo dejamos morir juntos.

Nadie habló.

—Uno dijo que ya era tarde. Otro que moverlo empeoraría todo. Alguien apagó una cámara. Otro cerró una puerta. Yo llamé a un médico que nunca llegó.

Se inclinó para recoger el bastón.

—Cada uno hizo muy poco.

Ríos lo sujetó antes de que se levantara.

—Y murió.

—Sí.

—Eso es una conspiración.

Olmedo negó.

—Una conspiración necesita que todos quieran lo mismo.

Miró las fotografías de los muertos.

—Nosotros solo queríamos salvarnos por separado.

El teléfono de Navarro vibró.

Atendió.

No dijo nada durante varios segundos.

Después dejó la llamada abierta sobre la mesa.

—Han encontrado a la hija de Olmedo.

El anciano se quedó inmóvil.

—¿Dónde?

Navarro no apartó la mirada.

—En una carretera secundaria.

Olmedo apretó el bastón.

—¿Viva?

La voz del agente sonó desde el altavoz.

—Sí. Pero llevaba esto en el coche.

Escuchamos un roce. Después una frase.

—Una carpeta negra con el nombre de David Mena.

Olmedo cerró los ojos.

Yo no.

—Valcárcel no quería castigarte —dije.

Olmedo abrió los ojos despacio.

—No.

—Quería que hablaras.

—Y ya lo he hecho.

Navarro colgó.

La puerta se abrió detrás de Ríos.

El agente del pasillo llevaba una bolsa de pruebas. Dentro había una cinta de casete. En la etiqueta, escrita a mano, se leía una fecha.

La noche en que murió David.

Debajo, dos palabras.

BARRAL HABLA.