Zaragoza: El último confidente No era una conspiración
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No era una conspiración

La Asociación Provincial de Policías Retirados había perdido la mitad de sus socios.

No porque hubieran dimitido. Porque nadie contestaba al teléfono.

Ríos dejó una lista sobre el capó del coche. Diecisiete nombres. Ocho marcados en rojo. El viento levantó una esquina y ella la sujetó con la palma.

—Tres han salido de Zaragoza.

Navarro cerró la puerta del conductor.

—Dos dicen estar enfermos.

—Y los otros tres no saben qué enfermedad escoger —dije.

El local de la asociación permanecía precintado. Al otro lado del cristal, las fotografías seguían torcidas sobre la pared. Alguien había intentado entrar durante la noche. La cerradura tenía dos arañazos recientes.

Navarro tocó el metal con un guante.

—No buscaban dinero.

—Dentro no quedaba nada.

Ríos señaló la persiana lateral. Estaba levantada dos centímetros.

—Quedaba Olmedo.

El presidente de la asociación había desaparecido doce horas después de nuestra visita.

No había sangre. No había una nota. Solo una taza en el fregadero y el medicamento de la tensión sobre la mesa.

—No está huyendo de Valcárcel.

Navarro se volvió.

—¿Ahora también sabes de quién huye la gente?

—Si temiera a Valcárcel, habría desaparecido antes de enseñarnos la carpeta.

—Quizá pensó que lo protegeríamos.

Miré la cinta policial.

—Eso habría sido un error nuevo.

Ríos sacó el teléfono.

—Su hija vive en Huesca. Dice que no habla con él desde hace seis meses.

—Habla con alguien —respondí.

—¿Por qué?

Señalé la medicación. La caja estaba casi llena.

—La receta es de hace una semana.

Navarro cogió la bolsa de pruebas.

—Eso no demuestra nada.

—Demuestra que alguien se la recogió.

Ríos ya estaba buscando el código de la farmacia.

—Dispensada en Utebo.

Navarro guardó las llaves.

—Vamos.

La farmacéutica reconoció a Olmedo antes de que termináramos de enseñarle la fotografía.

—Venía poco.

—¿Solo? —preguntó Ríos.

La mujer pasó un paño por el mostrador. El olor a alcohol me raspó la nariz.

—Nunca solo.

Navarro apoyó ambas manos sobre el cristal.

—¿Con quién?

—Distintos.

—Nombres.

—No los sé.

—Entonces descríbalos.

La mujer miró hacia la puerta.

—Mayores. Como él. Uno cojeaba. Otro llevaba audífono.

Valcárcel.

Ferrer.

Navarro sacó el teléfono.

—Quiero las cámaras.

—No funcionan desde mayo.

No parecía mentir. Eso fue peor.

—Enséñenos las recetas.

La farmacéutica se tensó.

—Necesitan autorización.

—La tendremos cuando ya no sirva —dije.

Navarro me agarró del brazo.

—No empeores esto.

La mujer apartó el paño.

—Las recetas eran legales.

—No he preguntado eso.

Ríos deslizó la fotografía de Valcárcel sobre el mostrador.

—¿Lo vio aquí?

La farmacéutica no tocó la imagen.

—No.

—Mírelo mejor.

—He dicho que no.

Su voz cambió en la última palabra.

Navarro lo oyó.

—¿Quién le pidió que negara conocerlo?

La mujer cerró el cajón de la caja.

—Nadie.

—Entonces no debería tener miedo.

Levantó la barbilla.

—Los policías siempre creen que el miedo necesita una orden.

La frase dejó a Navarro quieto.

Yo miré sus manos. Tenía una marca de tinta azul en el dedo índice. La misma tinta de una anotación escrita en la esquina de la receta que asomaba bajo el teclado.

No era un nombre. Era una inicial.

O.

Olmedo.

Metí la mano detrás de la pantalla.

La farmacéutica intentó impedirlo. Ríos la sujetó por la muñeca.

Saqué el papel. En el reverso había cuatro direcciones. Ninguna estaba en Zaragoza.

Navarro me arrancó la receta.

—¿Qué es esto?

La mujer se soltó de Ríos.

—Lugares donde llevábamos medicinas.

—¿Quiénes?

Apretó el borde del mostrador.

—Los que podían.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que había.

Señaló la primera dirección.

—Un antiguo agente prestaba su coche.

La segunda.

—Otro pagaba el combustible.

La tercera.

—Una viuda dejaba comida en una portería.

Navarro levantó la receta.

—¿Y usted?

La mujer miró los estantes.

—Yo no hacía preguntas.

—Eso también es hacer algo —dije.

No respondió.

Ríos fotografió las direcciones.

—¿Dónde está Olmedo?

La farmacéutica tardó demasiado.

Navarro rodeó el mostrador.

—No volveré a preguntarlo.

—No lo sé.

—Miente.

—No. Esta vez no.

Sacó una llave pequeña del bolsillo de la bata y la dejó sobre el cristal.

—Anoche vino a buscar esto.

La placa llevaba grabado un número de taquilla. Estación de autobuses.

Navarro cogió la llave.

—¿Quién iba con él?

—Nadie.

—Antes ha dicho que nunca venía solo.

La mujer sostuvo mi mirada.

—Anoche tampoco estaba solo.

—¿A quién vio?

—A nadie.

Navarro golpeó el mostrador.

—Decídase.

La farmacéutica apartó la fotografía de Valcárcel con dos dedos.

—No lo acompañaba una persona.

El aire quedó atrapado entre los estantes.

—¿Entonces qué? —preguntó Ríos.

La mujer tocó la receta.

—Lo acompañaban todos los favores que debía.

Miré las cuatro direcciones.

Cuatro personas. Cuatro gestos pequeños. Ninguno suficiente para ocultar a un muerto durante doce años.

Juntos, sí.

Navarro guardó la llave.

—Vamos a la estación.

Me puse delante.

—No.

—Apártate.

—Si Olmedo dejó algo allí, no lo hizo para nosotros.

—¿Para quién?

Señalé la inicial escrita en la receta.

—Para el siguiente que tuviera que mantener a Valcárcel con vida.

Ríos dejó de fotografiar.

—¿Estás diciendo que se turnaban?

Negué.

—No había turnos.

Miré las direcciones otra vez.

—Ni órdenes.

Navarro apretó la llave dentro del puño.

—Entonces explícame cómo funcionaba.

Abrí la puerta de la farmacia. El calor de la calle entró de golpe.

—Nadie sabía suficiente para llamarlo organización.

La farmacéutica habló a mi espalda.

—Pero todos sabían cuándo les tocaba callar.

Una hora después, la taquilla seguía cerrada.

Navarro sostuvo la llave frente a la cerradura.

—No entra.

Ríos comparó el número grabado con la fila metálica.

—La placa dice ciento dieciocho.

—Aquí termina en ciento doce.

Pasé los dedos por el borde de la llave. Tenía restos de pintura amarilla.

No pertenecía a la estación.

—Nos han hecho perder el tiempo —dijo Navarro.

—No.

Señalé las taquillas.

—Olmedo no vino a dejar nada. Vino a comprobar si alguien seguía buscando aquí.

Navarro apretó la llave.

—¿Y para qué entrega una llave falsa?

—La farmacéutica no dijo que fuera falsa.

Ríos levantó la vista hacia el panel de salidas. Un autobús anunció retraso por megafonía. La voz metálica se quebró sobre el vestíbulo.

—Pintura amarilla —dijo—. ¿Dónde la has visto?

No contesté. La recordaba.

El almacén donde retuvimos a Pardo. Paredes amarillas. Una cerradura antigua.

—Volvemos a la nave.

Navarro bloqueó mi paso.

—La registramos.

—Registrasteis una escena.

—¿Cuál es la diferencia?

—Que ahora buscamos una puerta.

La nave seguía precintada.

El policía de guardia levantó la cinta sin preguntar. Navarro abrió la entrada lateral y el olor a polvo húmedo regresó de golpe.

La silla continuaba atornillada al suelo. Las cadenas, dentro de una bolsa.

Ríos encendió la linterna.

—No hay taquillas.

—Aquí no.

Golpeé la pared amarilla con los nudillos. Sólida.

Un metro más allá, el sonido cambió. Hueco.

Navarro se acercó.

—Aparta.

Golpeó con la culata de la linterna. La pintura se desprendió en una placa. Debajo apareció una junta vertical.

Ríos pasó los dedos por ella.

—Está sellada.

—No del todo —dije.

Introduje la llave. Entró.

Navarro soltó una maldición baja.

Giré.

La pared cedió apenas cinco centímetros. El aire que salió olía a metal cerrado.

Empujamos entre los tres.

Detrás había un cuarto estrecho. Sin ventanas. Tres estanterías vacías y una mesa plegable.

Nada preparado. Nada esperando por nosotros. Solo marcas rectangulares en el polvo. Carpetas retiradas.

Navarro recorrió el espacio.

—Han limpiado.

—No —respondí—. Han recogido.

Ríos señaló el suelo. Había huellas distintas. Zapatos grandes. Un tacón bajo. Una suela gastada en el lateral.

—No fue una persona —dijo.

Navarro se agachó.

—Entraron después de nuestra visita a la asociación.

—Porque Olmedo avisó —añadí.

—¿A Valcárcel?

Negué.

—A todos.

Ríos encontró una colilla aplastada junto a la pared. Después otra. Marcas distintas.

—Se reunieron aquí.

Navarro se levantó.

—Entonces sí había una organización.

Abrí uno de los armarios empotrados. Vacío.

En la balda inferior quedaba una caja de cartón mal cerrada. La saqué. Dentro había recibos rotos, fotografías familiares y sobres de nóminas antiguos. Nada incriminatorio.

Ríos cogió una fotografía.

Cinco policías delante de una comisaría.

Ferrer.

Olmedo.

Valcárcel.

Dos hombres que no reconocí.

Ninguno miraba a cámara.

—¿Quiénes son? —preguntó Navarro.

—Gente que trabajó junta.

—Eso ya lo veo.

Le quité la fotografía.

En el reverso había fechas de cumpleaños. Turnos. Una lista para comprar un regalo de jubilación. No códigos. No víctimas. Vida normal.

—No busques una jerarquía.

Navarro señaló las huellas.

—Se reunieron, vaciaron el cuarto y desaparecieron.

—Porque uno llamó a otro.

—Eso es coordinación.

—También lo es organizar una comida.

Ríos dejó la fotografía sobre la mesa.

—La diferencia es lo que protegían.

Un golpe sonó detrás de nosotros.

La puerta se cerró.

Navarro corrió y tiró del pomo. Bloqueado desde fuera.

Ríos apagó la linterna durante un segundo. En la oscuridad, alguien arrastró algo al otro lado de la pared.

—¡Policía! —gritó Navarro.

Nadie respondió.

Golpeó la puerta con el hombro. No cedió.

Me acerqué a la junta.

—No quieren matarnos.

—Qué alivio.

—Quieren tiempo.

Ríos alumbró la estantería vacía.

—¿Para qué?

El ruido volvió. Esta vez más lejos.

Un motor arrancó fuera.

Navarro golpeó otra vez.

—Nos han encerrado para sacar algo.

Negué.

—Para sacar a alguien.

La cerradura cedió al tercer impacto. Salimos al pasillo.

La nave estaba vacía. La puerta exterior seguía abierta.

Junto a la entrada, el agente de guardia yacía en el suelo. Respiraba. Tenía una herida en la frente.

Ríos se arrodilló junto a él.

—¿Cuántos eran?

El hombre abrió los ojos.

—Uno.

Navarro miró las marcas de neumáticos.

—¿Quién?

El agente tragó saliva.

—El viejo de la asociación.

—¿Olmedo?

Asintió.

—No estaba solo.

Navarro perdió la paciencia.

—Acabas de decir que era uno.

El agente levantó una mano temblorosa.

—Solo bajó uno.

Señaló hacia la carretera.

—Pero dentro del coche había cuatro.

Ríos pidió apoyo. Yo miré la fotografía que aún llevaba en la mano.

Cinco policías.

Uno muerto oficialmente. Otro desaparecido. Los demás protegiéndose por turnos.

Navarro se acercó.

—Dime que eso no es una conspiración.

Doblé la fotografía y se la devolví.

—Una conspiración necesita un plan.

—¿Y esto qué necesita?

Las sirenas empezaron a acercarse.

Miré las huellas, la nave vacía y al agente herido.

—Que nadie sea el primero en dejar de protegerse.