La jubilación
Dieciocho horas después, Emilio Ferrer seguía sin estar detenido.
Navarro dejó la orden denegada sobre la mesa. El papel se deslizó hasta tocar la fotografía de Gabriel muerto.
—El juez quiere algo más que una cojera.
Ríos cerró el portátil.
—Tenemos al agente. Tenemos la entrada. Tenemos la imagen.
—Tenemos a Ferrer visitando a un hombre que después apareció asfixiado. No lo tenemos matándolo.
Me incliné sobre la resolución. El juez había subrayado una frase: relación causal no acreditada.
El café frío me raspó la garganta.
—Entonces no busquemos una causa.
Navarro levantó la vista.
—¿Qué propones buscar?
Cogí la fotografía del teléfono del agente. Ferrer estaba de espaldas frente a Gabriel. La ventana devolvía su cara a medias. No había tensión en los hombros. No llevaba guantes.
—Una salida.
Ríos apartó la imagen.
—El agente afirma que Ferrer abandonó el piso solo.
—El agente también juró que nadie había entrado.
Navarro golpeó la orden con dos dedos.
—Está suspendido. Su versión ya no compra ni diez minutos.
Tomé una decisión.
—Quiero ver otra vez la grabación del ascensor.
Ríos giró el portátil. Reprodujo el vídeo desde las cuatro y doce. Ferrer entraba apoyándose en el bastón. La puerta se cerraba. Catorce minutos después, volvía a aparecer.
Misma chaqueta. Misma cojera. Mismo bastón.
—Detenlo ahí.
Ríos congeló la imagen.
Me acerqué tanto que los píxeles se abrieron sobre su cara.
—La mano.
Navarro señaló la pantalla.
—Lleva el bastón en la derecha al entrar y en la izquierda al salir.
—Podía haberse cansado.
—Ferrer no cambiaba de mano.
Navarro soltó una risa breve.
—Lo conociste hace veinte años.
—Lo vi hace tres días.
Retrocedimos el vídeo. Entrada. Derecha. Salida. Izquierda.
Ríos amplió la pernera.
—La cojera tampoco coincide.
Navarro se inclinó.
—Al entrar arrastra la izquierda.
—Al salir protege la derecha —dije.
El aire acondicionado se apagó. El silencio dejó oír el zumbido del ordenador.
Ríos puso ambos fotogramas juntos.
—No salió Ferrer.
Navarro cogió el teléfono.
—Cierro estaciones y carreteras.
Le agarré la muñeca.
—No.
Sus ojos bajaron hacia mi mano.
—Suéltame.
—El que salió disfrazado no necesitaba huir.
—Acaba de matar a un testigo.
—Y ha dejado que busquemos a Ferrer.
Navarro apartó mi mano.
—Eso no convierte a Ferrer en inocente.
—Tampoco lo convierte en el asesino.
Ríos volvió a la imagen de entrada.
El auténtico Ferrer llevaba la chaqueta abierta. Bajo ella asomaba una camisa blanca. El hombre que salió la llevaba cerrada hasta el cuello.
—Alguien se quedó dentro —dijo.
Navarro marcó un número.
—Que revisen el piso otra vez.
—No encontrarán nada —respondí.
—¿Ahora también limpias escenas desde aquí?
Señalé el bastón.
—Quien salió sabía cómo caminaba Ferrer. Sabía qué ropa llevaba. Sabía que las cámaras no tenían suficiente resolución.
Ríos tocó el borde del portátil.
—Alguien que lo conocía desde antes de jubilarse.
La palabra se quedó entre los tres.
Jubilación. No retirada. No desaparición. Jubilación.
—Busca policías retirados que trabajaran con Ferrer y Gabriel.
Navarro no colgó.
—Ya revisamos compañeros.
—Revisasteis expedientes.
—Es lo mismo.
—Por eso llevamos cinco muertos.
Su mandíbula se movió antes que la voz.
—Dame un nombre.
Miré de nuevo la mano izquierda. El pulgar estaba pegado al bastón. Rígido. Sin flexión.
Había visto aquella forma de sujetar objetos en la fotografía de la mesa. El cuarto hombre cortado. La manga. El reloj azul.
No era una lesión. Era una prótesis parcial escondida bajo el guante.
—Andrés Valcárcel.
Ríos se quedó inmóvil.
—Valcárcel murió hace doce años.
—Eso dice su expediente.
—Hay certificado, autopsia y entierro.
—También había una grabación con su voz posterior.
Navarro cerró la llamada.
—La coincidencia no era concluyente.
—Noventa y ocho por ciento.
—No basta para resucitar a nadie.
Cogí la fotografía antigua. Cuatro hombres alrededor de una mesa. Mi cara. Pardo. Ferrer. Y la mano del reloj azul.
Amplié los dedos. El meñique no tocaba el vaso. Nunca lo había hecho.
Ríos abrió el archivo de Valcárcel. Una fotografía apareció en pantalla. Uniforme de gala. Sonrisa estrecha. La mano derecha escondida detrás de la espalda.
Debajo figuraba la fecha de jubilación.
Tres meses después de su muerte oficial.
Navarro dejó de respirar un instante.
—Eso es un error administrativo.
Negué.
—No.
Toqué la fecha.
—Es el único dato verdadero que dejaron.
Horas después, la resolución del juez seguía abierta sobre la mesa.
Navarro la cerró de un golpe.
—No hay orden de detención.
Nadie respondió.
Ríos desplazó el portátil hasta colocar frente a nosotros la ficha administrativa de Andrés Valcárcel. Una línea amarilla marcaba la fecha de jubilación. Debajo, otra distinta, la de su fallecimiento.
—Explícamelo —dijo Navarro.
Toqué la pantalla con un dedo.
—No puedo.
—Claro que puedes.
Negué despacio.
—No puedo porque no tiene explicación lógica.
Ríos abrió un segundo documento.
—La pensión empezó a pagarse tres meses después de la supuesta muerte.
Navarro soltó una risa seca.
—Un error administrativo.
—Uno, quizá —respondí—. Tres departamentos distintos, no.
El silencio volvió a caer sobre la sala.
Tomé una decisión.
—Quiero saber quién cobró ese dinero.
Media hora después entrábamos en la Asociación Provincial de Policías Retirados.
El local olía a madera encerada y tabaco viejo. Fotografías de promociones colgaban de las paredes. En ninguna aparecía Valcárcel.
Un hombre de pelo completamente blanco levantó la vista desde un despacho.
—Está cerrado.
Navarro enseñó la placa.
—Ya no.
El anciano dejó las gafas sobre la mesa.
—¿Qué buscan?
Ríos colocó delante de él el extracto bancario.
—Esta cuenta.
Los dedos del hombre se quedaron inmóviles.
—No sé qué es eso.
—Empiece otra vez.
El anciano respiró despacio.
—Esa cuenta pagaba ayudas.
—¿A quién?
—Compañeros.
—¿Qué compañeros?
No respondió.
Me acerqué a una fotografía enmarcada. Una comida de jubilación. Quince personas alrededor de una mesa.
En un extremo, casi fuera de la imagen, un hombre levantaba un vaso.
No se veía su cara. Sí un reloj azul. El mismo.
—Navarro.
Se acercó sin decir nada.
Señalé el reloj. No era una prueba. Era una confirmación.
El anciano comprendió demasiado tarde hacia dónde mirábamos.
—Esa fotografía no demuestra nada.
—No la necesito para demostrarlo —dije.
Volvió a sentarse. Más despacio. Como si de repente pesara diez años más.
—¿Quién autorizaba los pagos? —preguntó Ríos.
El hombre abrió un cajón y sacó una carpeta de cartón.
No intentó esconderla. La dejó sobre la mesa.
—Cada uno ponía un poco.
Navarro la abrió.
Recibos. Gasolina. Medicamentos. Alquileres. Pequeñas cantidades. Ninguna superaba los cien euros.
—¿Quién recibía esto?
El anciano apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Los que no podían aparecer.
Nadie habló.
Yo seguía pasando hojas. No había grandes movimientos de dinero. Solo favores. Pequeños. Constantes. Uno detrás de otro.
Hasta que apareció un recibo reciente. Gasolinera. Seis días antes. A veinte kilómetros de Zaragoza.
Lo arranqué de la carpeta.
—Este.
Ríos ya estaba marcando un número.
Las cámaras de la gasolinera conservaban solo una parte de la grabación. La imagen era mala. Un coche oscuro. El conductor pagaba.
Otro hombre bajaba unos segundos. Llevaba gorra. Y bastón.
Navarro congeló el fotograma.
—Ferrer.
Asentí.
—Sí.
—Entonces seguían juntos.
—O uno seguía al otro.
Ríos acercó la imagen.
—El coche no está a nombre de ninguno.
Introdujo la matrícula. Tardó apenas unos segundos.
—Pertenece al parque móvil de Interior.
Navarro levantó la cabeza.
—Ese coche debería estar dado de baja hace once años.
—Debería —respondí.
Nadie añadió nada. Ya no hacía falta.
Tomé la última decisión del día.
—No busquemos a Valcárcel.
Navarro me miró.
—¿Qué propones?
—Busca lo que necesita.
Ríos entendió la idea antes que él.
Revisó los recibos otra vez. Medicamentos. Pilas. Material sanitario. Una ortopedia.
Marcó el teléfono.
Escuchó menos de un minuto. Después colgó.
—Las entregas se hacían siempre en la misma dirección.
Navarro cogió las llaves del coche.
—Vamos.
La vivienda estaba vacía.
Una taza seguía caliente sobre la mesa. Una silla caída. El olor a alcohol sanitario aún flotaba en el pasillo.
Llegábamos tarde. Otra vez.
Ríos abrió un cajón. Dentro solo encontró un cuaderno con pequeñas anotaciones. No había nombres de víctimas. Ni planes. Solo cantidades.
Cincuenta euros.
Treinta.
Ochenta.
Firmas distintas. Favores pequeños.
Navarro hojeó las páginas.
—Esto era una organización.
Negué mientras cerraba el cuaderno.
—No.
—¿Entonces qué era?
Miré la casa. Los medicamentos. La comida. Las cuentas. Los recibos.
Nadie había mantenido vivo a Valcárcel.
Lo habían hecho entre todos.
—Era gente protegiéndose para no tener que llamarlo conspiración.