El quinto cadáver
Treinta y seis horas después, Gabriel Luna apareció muerto en una habitación que la policía llevaba dos días vigilando.
Navarro no me dejó entrar.
Se plantó frente a la puerta del piso con una mano apoyada en el marco. Detrás de él, Ríos permanecía arrodillada junto al cuerpo. El destello de su cámara iluminaba a intervalos el pasillo.
—Te quedas fuera.
—Eso ya lo probaste en casa de Aldana.
—Y obedeciste durante cincuenta segundos.
Intenté pasar. Navarro me golpeó el pecho con el antebrazo.
No fue fuerte. Fue suficiente.
—Gabriel estaba bajo vuestra protección.
—Precisamente por eso no vas a tocar nada.
El agente que había vigilado la puerta permanecía junto al ascensor. Tenía la camisa abierta en el cuello y una mancha de sudor bajándole por el pecho.
No miraba el cadáver. Me miraba a mí.
Retrocedí.
Navarro aflojó el brazo. Esperaba que volviera a empujar. Yo me acerqué al agente.
—¿A qué hora dejaste de oírlo?
—No oí nada.
—Eso no te he preguntado.
El hombre tocó la funda de su pistola.
—A las seis pidió agua.
—¿Entraste?
—Se la dejé en la puerta.
—¿La recogió?
Miró hacia el interior.
—Sí.
Navarro salió al pasillo.
—Cállate.
—Tu agente acaba de empezar a hablar.
—No contigo.
El olor llegaba desde el piso. No era sangre. Era lejía. Demasiada. Se pegaba detrás de la lengua.
Ríos apareció con los guantes puestos.
—La cerradura no está forzada.
—Entonces abrió —dije.
—O tenía llave.
Navarro se volvió hacia el agente.
—¿Quién más disponía de copia?
—Nosotros. La propietaria. El coordinador.
—Nombres.
El agente sacó el teléfono. Casi se le cayó.
Ríos me sostuvo la mirada.
—Gabriel murió entre las cuatro y las cinco.
—¿Cómo?
—Eso lo dirá el forense.
—Tú ya lo sabes.
Se quitó uno de los guantes tirando de los dedos.
—Tiene una bolsa en la cabeza.
Navarro apretó la mandíbula.
—Ríos.
—No estaba atada —continuó ella—. La sujetó alguien desde atrás.
El agente dejó de buscar en el teléfono.
—Yo no oí forcejeo.
Me acerqué un paso.
—Porque lo conocía.
—He dicho que no entró nadie.
—Has dicho que no viste entrar a nadie.
El hombre abrió la boca. Navarro se interpuso.
—Basta.
Dentro del piso, un técnico movió una lámpara. La luz cruzó el cuerpo de Gabriel y alcanzó el suelo del pasillo.
Vi sus zapatos. No llevaba calcetines.
—¿Dónde estaba cuando lo encontrasteis?
Ríos miró hacia atrás.
—Junto a la cama.
—No.
Navarro me agarró del brazo.
—No has entrado.
—En el hospital dormía con calcetines. Incluso con fiebre.
—¿Y?
Señalé sus pies.
—No se los quitaría para recibir agua.
Ríos regresó junto al cuerpo. Escuché cómo abría un cajón. Después otro.
Navarro no me soltó.
—Estaba durmiendo —dijo.
—La cama está hecha.
Su mano se aflojó.
Desde el pasillo se veía una esquina de la colcha. Tensa. Sin una arruga.
Ríos salió con una pequeña bolsa transparente. Dentro había un calcetín oscuro.
—Solo uno —dijo.
Navarro lo observó.
—¿Dónde estaba?
—En la cocina. Debajo del fregadero.
El agente negó.
—Yo revisé la vivienda antes de traerlo.
—¿También debajo del fregadero? —pregunté.
No respondió.
Ríos dejó la bolsa sobre una bandeja y volvió al dormitorio.
Me aparté de Navarro y fui hacia el ascensor.
—¿Adónde vas?
Pulsé el botón.
—A buscar el otro calcetín.
—No sales de aquí.
—El asesino sí salió.
Las puertas se abrieron. Dentro había una cámara en la esquina y un espejo manchado.
Navarro puso la mano entre las hojas metálicas.
—Las grabaciones ya están pedidas.
—No miréis quién entró.
—¿Qué propones?
—Mirad quién salió andando distinto.
Ríos levantó la cabeza desde el interior del piso.
—¿Por qué?
Señalé el calcetín.
—Gabriel se lo arrancó.
Navarro soltó la puerta.
—¿A quién?
—A quien lo estaba inmovilizando.
El agente de vigilancia retrocedió hacia la pared.
Esta vez todos lo vimos.
Navarro se volvió despacio.
—Levanta el pantalón.
—¿Qué?
—La pernera izquierda.
—Inspector…
Navarro lo agarró del cinturón y tiró hacia arriba.
El agente intentó apartarse. Ríos salió del piso. Yo bloqueé el ascensor con el pie.
—Quieto —dijo ella.
La tela subió hasta media pantorrilla. Llevaba un calcetín negro. En el otro pie, uno azul.
Navarro lo soltó.
Nadie habló.
El agente miró sus propios zapatos como si acabaran de aparecer allí.
—No es mío.
Ríos abrió la bolsa de pruebas y acercó el calcetín encontrado bajo el fregadero. Era azul. El mismo tejido. La misma costura gris sobre los dedos.
Navarro sacó las esposas.
—Date la vuelta.
—Yo no he matado a nadie.
—Eso no te lo he preguntado.
El agente levantó las manos, pero no obedeció.
Sus ojos buscaron la escalera.
Cerré la puerta cortafuegos con el hombro. El golpe retumbó en el rellano.
—No corras —dije—. Te convertirías en la respuesta fácil.
El hombre respiró por la boca. Después se volvió y dejó que Navarro le cerrara una esposa alrededor de la muñeca.
Ríos recogió su teléfono del suelo.
La pantalla seguía encendida. No había llamadas recientes. Solo una fotografía abierta.
Gabriel Luna, vivo, sentado en la cama de aquella habitación.
Frente a él aparecía un hombre de espaldas. Cabello blanco. Chaqueta oscura. Una pierna rígida.
Navarro amplió la imagen.
—Salcedo.
—No —dije.
Me quitó el teléfono de la cara.
—Has reconocido la cojera.
—He reconocido al hombre.
Ríos acercó la fotografía a la luz del pasillo.
En el reflejo del cristal de la ventana se veía parte de su rostro. No era Salcedo. Era Emilio Ferrer. Y llevaba seis días oficialmente desaparecido.
Cuando Ferrer apareció en la pantalla, nadie habló durante varios segundos.
Navarro fue el primero en moverse.
—Quiero todas las patrullas buscando a ese hombre.
Ríos negó con la cabeza.
—Llegamos tarde.
El teléfono del agente detenido vibró sobre la mesa del recibidor.
Navarro contestó sin apartar la vista de la fotografía.
—Inspector.
Escuchó apenas unos segundos.
Su mandíbula se endureció.
—¿Dónde?
Colgó sin despedirse.
Me miró.
—Han encontrado a Ferrer.
Sentí el estómago encogerse.
—¿Vivo?
Navarro cogió las llaves del coche.
—Eso ya da igual.
Llegamos veinte minutos después.
El edificio llevaba años cerrado. Un antiguo almacén ferroviario junto a unas vías muertas. Las sirenas rebotaban contra las chapas oxidadas.
Había cuatro coches patrulla. Y demasiados policías mirando hacia el interior. Ninguno trabajaba. Eso nunca era buena señal.
Crucé la cinta antes de que Navarro pudiera detenerme. El aire olía a hierro caliente.
Ríos me alcanzó.
—No toques nada.
Dentro reinaba un silencio incómodo.
Ferrer estaba sentado contra un pilar de hormigón. No parecía un hombre que hubiera intentado huir. Parecía alguien que había esperado.
Tenía un disparo limpio en el pecho. Solo uno.
Las manos descansaban abiertas sobre las piernas. Sin defensa. Sin pelea. Me agaché.
La sangre ya empezaba a secarse alrededor del cinturón.
Ríos iluminó el suelo.
—No hay casquillo.
—Lo recogieron.
Navarro recorrió la nave con la mirada.
—O utilizaron un revólver.
No miré el cadáver. Miré las columnas. Los huecos. Las ventanas.
El asesino había elegido aquel lugar porque permitía observar todas las entradas. No había improvisado. Un subinspector levantó una bolsa transparente.
—Inspector.
Dentro había un teléfono.
Navarro lo recibió.
—¿Es suyo?
—Lo llevaba encima.
Intentó desbloquearlo. Nada. Pantalla negra. Huella. Código.
Lo guardó otra vez.
Me acerqué al cadáver. Había barro reciente en la suela derecha. Solo en una. No coincidía con el polvo seco de la nave.
Ríos siguió mi mirada.
—¿Lo trajeron andando?
Negué.
—Entró caminando.
—¿Seguro?
Señalé la otra suela. Seguía limpia.
—Pisó barro justo antes de entrar.
Navarro dejó de observar el teléfono.
—¿Y eso qué cambia?
—Que venía de otro sitio.
No lo secuestraron.
Quedó pensando unos segundos. Después señaló al exterior.
—Registrad toda la zona.
Dos agentes salieron corriendo. Otro apareció desde el fondo de la nave.
—Inspector.
Traía una cartera vieja.
Vacía.
—Estaba detrás del pilar.
Navarro la abrió.
No quedaba ni un papel. Solo una fotografía rota. La mitad.
Ríos la sostuvo contra la luz. Solo aparecía un hombro. Y parte de una mano. No había caras.
Navarro resopló.
—Otra vez.
Negué despacio.
—No.
Los dos me miraron.
—Esta vez no la han dejado.
—¿Entonces?
Toqué el borde desgarrado. Era antiguo. El papel estaba amarillento.
—La llevaba encima desde hace años.
Ríos pasó el dedo por la esquina.
—Falta media imagen.
—Y quien lo mató se la llevó.
Navarro guardó silencio.
Registré los bolsillos de Ferrer con la mirada. Camisa. Chaqueta. Pantalón. Nada sobresalía. Demasiado limpio.
—Lo registraron.
Ríos asintió.
—A conciencia.
Un agente apareció jadeando.
—Inspector.
Todos nos giramos.
—Hemos encontrado un coche.
Navarro salió primero.
Seguimos el camino de grava hasta un turismo gris aparcado detrás de unos árboles.
Las puertas estaban abiertas. No había llaves. Solo una botella de agua en el asiento del copiloto. Todavía fría.
Navarro tocó el cristal.
—Hace poco.
Ríos abrió el maletero.
Vacío. Demasiado vacío. Ni una manta. Ni herramientas. Ni rueda de repuesto. Como si alguien hubiera querido borrar cualquier rastro de identidad.
Me acerqué al asiento del conductor. Había una pequeña marca circular junto al freno de mano.
Pasé el dedo. Polvo más claro. Faltaba algo.
—¿Qué ves? —preguntó Navarro.
—Una emisora.
Ríos se inclinó.
—La arrancaron.
Asentí.
—No querían que supiéramos con quién hablaba.
Navarro cerró la puerta de golpe.
—O ya lo sabemos.
Me volvió hacia él.
—¿Quién?
Sacó el teléfono de Ferrer.
Lo sostuvo unos segundos.
—El hombre que organizó la visita a Gabriel.
No respondió nadie.
Entonces sonó otro móvil. No era el mío. No era el de Navarro. Era el de Ferrer.
La pantalla se iluminó sola.
Ninguno lo había desbloqueado. Solo apareció una notificación. No había texto. Solo una fotografía. La imagen mostraba una mesa de madera.
Encima descansaban cinco carpetas negras.
Cuatro tenían una cruz roja. La quinta seguía cerrada.
Debajo, escrito con un rotulador grueso, había una única palabra.
BARRAL.