Zaragoza: El último confidente El hombre que obedecía
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El hombre que obedecía

Aldana seguía sin aparecer.

Navarro dejó su fotografía sobre el salpicadero y apagó el motor. Frente a nosotros, la casa del funcionario tenía las persianas bajadas. Ningún coche. Ningún movimiento.

—La mujer dice que salió ayer a comprar pan.

—Y no volvió —dijo Ríos.

—Eso también lo dice ella.

Navarro me miró por el retrovisor.

—Tú te quedas aquí.

Abrí la puerta.

—No.

—No era una pregunta.

—Entonces formula una.

Ríos se bajó antes que nosotros. El aire olía a tierra mojada y gasolina. Caminó hasta la verja y tocó el timbre.

Nadie respondió.

Navarro salió y me bloqueó el paso.

—El perfil dice que, cuando te excluyen, fuerzas la entrada.

—El perfil lleva dos días tomando decisiones por ti.

Su mano se tensó sobre mi pecho.

—Precisamente por eso no vas a entrar.

Me senté en el bordillo.

Navarro tardó un segundo en retirarse. No esperaba obediencia. Ríos tampoco.

—¿Ya está? —pregunté—. ¿Eso querías comprobar?

Navarro cerró la puerta del coche de un golpe.

—Quiero que dejes de convertir cada escena en una prueba sobre ti.

—Entonces deja de leerme como si fuera un informe.

Ríos volvió desde la verja.

—La puerta trasera está abierta.

Navarro se giró.

—¿Forzada?

—No.

Entraron sin mí.

Esperé treinta segundos. Después cuarenta. Al cincuenta, algo cayó dentro de la casa. Un golpe seco.

Me levanté.

La orden seguía donde la había dejado Navarro. Yo también.

Volví a sentarme. El silencio pesó más que la puerta abierta.

Entonces Ríos gritó mi nombre.

Corrí. Atravesé el jardín. La grava resbaló bajo los zapatos. Entré por la cocina y encontré a Navarro de rodillas junto al suelo.

Aldana no estaba. Su mujer sí. Tendida junto a una silla volcada. Respiraba. Mal.

Ríos le sujetaba el cuello mientras buscaba el pulso.

—Llama a emergencias.

Saqué el teléfono.

Navarro recogió un blister vacío bajo la mesa.

—Ansiolíticos.

La mujer abrió los ojos apenas.

—No... fue él.

Ríos acercó la cara.

—¿Quién?

Los labios se movieron. No salió sonido.

Le apreté la mano.

—Señora Aldana. ¿Dónde está Ernesto?

Sus dedos se cerraron sobre los míos.

—Obedeció.

Navarro levantó la vista.

—¿A quién?

La mujer tragó aire.

—A Julio.

La mano se aflojó.

La ambulancia llegó siete minutos después. Demasiados.

Los sanitarios ocuparon la cocina y nos empujaron hacia el pasillo. Uno abrió una ventana. Entró olor a lluvia.

Navarro me arrinconó contra la pared.

—¿Qué significa eso?

—No lo sé.

—Te ha nombrado.

—Estaba medio inconsciente.

—Y aun así te ha nombrado.

Ríos salió de la cocina.

—No es el momento.

—Siempre es el momento —dijo Navarro.

Me enseñó el blister.

—¿Has hablado con Aldana después del interrogatorio?

—No.

—¿Le diste alguna instrucción?

—No.

—¿Le pediste que fuera al bar Aragón?

—No.

Cada respuesta parecía empeorar la anterior.

Ríos le quitó el envase.

—Lo estás haciendo otra vez.

—¿Qué cosa?

—Forzar una reacción y llamarla prueba.

Navarro me sostuvo la mirada.

—Funcionó con Costa.

—Y casi le rompe la mandíbula.

No contestó.

El sanitario salió al pasillo.

—Nos la llevamos.

—¿Podemos hablar con ella? —preguntó Navarro.

—No.

—Un minuto.

—No.

La camilla pasó junto a nosotros. La mujer de Aldana tenía la piel gris y una mascarilla sobre la boca.

Al llegar a la puerta, abrió los ojos. Me vio. Levantó una mano. No hacia mí. Hacia el mueble del recibidor.

Seguí el gesto. Había un teléfono fijo. El auricular estaba mal colocado.

Me acerqué.

Navarro me agarró del hombro.

—¿Qué haces?

Señalé la base. La luz de llamadas grabadas parpadeaba.

Ríos pulsó el botón de reproducción. Primero sonó estática. Después la voz de Aldana.

—No pienso hacerlo.

Una voz masculina respondió desde el otro lado. Baja. Sin prisa.

—Ya lo hiciste una vez.

Aldana respiró cerca del micrófono.

—Aquello fue distinto.

—No para él.

Hubo un silencio.

—Barral no recuerda.

La voz respondió:

—Barral nunca necesitó recordar. Solo necesitaba creer que había decidido.

El aparato soltó un pitido. La llamada terminó.

Navarro rebobinó.

—Otra vez.

Ríos no lo dejó.

—Espera.

Señaló la pantalla del teléfono.

La llamada había entrado desde un número oculto. Pero debajo aparecía una extensión interna. Cuatro cifras.

Reconocí las dos primeras. Mi antiguo código de unidad.

Navarro lo vio en mi cara.

—¿De dónde es?

La garganta se me cerró.

—De Salamanca.

—¿Qué unidad?

No respondí.

Ríos pulsó una tecla y abrió el registro completo. La extensión tenía un nombre asociado. No era Salcedo. No era Ferrer.

Era el mío.

JULIO BARRAL — DESPACHO 14.

Navarro apartó la mano del aparato.

—Tu antiguo despacho sigue llamando a la gente.

Miré la pantalla. La última llamada había entrado aquella mañana. Y alguien había contestado desde dentro.

Nadie dijo una palabra durante varios segundos.

La pantalla del teléfono seguía encendida.

JULIO BARRAL — DESPACHO 14.

Navarro rompió el silencio.

—Eso no puede seguir activo.

Ríos ya estaba marcando otro número.

—Central de la Jefatura de Salamanca.

Esperó. No apartó la vista de la pantalla.

—Necesito comprobar una extensión histórica.

Escuchó unos segundos. Su expresión cambió.

—Repítamelo.

Colgó despacio.

—La extensión sigue existiendo.

Sentí un golpe seco en el estómago.

—¿Cómo?

—No pertenece a tu despacho.

—Entonces...

—La reutilizaron hace años.

Navarro respiró por la nariz.

—¿Quién la tiene ahora?

Ríos negó.

—No me lo han querido decir por teléfono.

Asentí.

—Vamos.

—No.

Navarro guardó el teléfono fijo en una bolsa de pruebas.

—Primero verificamos la grabación.

—Cada hora que esperamos desaparece otro testigo.

—Y cada vez que corres, rompemos algo.

No respondió nadie. Porque los dos sabíamos que era verdad.

Salimos de la casa.

La ambulancia ya había desaparecido. Solo quedaban las marcas húmedas de las ruedas sobre el asfalto.

El móvil de Navarro vibró. Escuchó apenas medio minuto. Después colgó.

—Han encontrado el coche de Aldana.

—¿Dónde?

—A tres calles.

Corrimos.

El utilitario estaba mal aparcado frente a un pequeño parque. La puerta del conductor seguía abierta. No había señales de violencia.

Ríos se agachó.

—Las llaves siguen puestas.

Navarro alumbró el interior con una linterna. Todo parecía normal. Hasta que abrió la guantera. Dentro solo había un sobre. Sin sello. Sin dirección.

Mi nombre escrito a mano. Ninguno hizo ademán de cogerlo.

Navarro me tendió unos guantes.

—Es para ti.

Abrí el sobre con cuidado. No había carta. Solo una hoja arrancada de un cuaderno escolar. Tres líneas.

No busques al hombre que llama.

Busca al hombre que contesta.

Debajo, un plano dibujado a bolígrafo. Muy simple.

Una planta de oficinas. Un pasillo. Varias puertas. Una marcada con un círculo.

Ríos observó el dibujo.

—Eso no parece la Jefatura de Salamanca.

Negué despacio.

—No.

—¿Lo reconoces?

No contesté enseguida.

Los pasillos eran demasiado estrechos. Las puertas demasiado bajas. Hasta que vi un detalle. Un pequeño rectángulo junto a la entrada.

—La máquina de café.

Navarro levantó la vista.

—¿Qué?

—Ese edificio no era una comisaría.

Le señalé el plano.

—Era el edificio de apoyo.

Ríos miró extrañado.

—¿Qué apoyo?

—Nunca lo llamábamos por su nombre.

—¿Y cuál era?

Tardé un instante.

—Archivo.

Navarro negó.

—Ya hemos tenido suficientes archivos.

—No era un archivo de documentos.

Guardé silencio. La palabra seguía costándome.

—Era donde entrevistábamos a los confidentes.

El aire pareció detenerse.

Ríos cogió el plano.

—¿Y el despacho catorce?

—Nunca entré.

Navarro soltó una risa incrédula.

—Hace cinco minutos sabías dónde estaba la máquina de café.

—Porque esperaba fuera.

—¿Esperando a quién?

No respondí.

La imagen apareció sola. Un pasillo gris. Un vaso de plástico caliente entre las manos. Una puerta cerrada. La placa.

Alguien salía siempre antes que yo entrara. Nunca coincidíamos.

Ríos observó mi cara.

—Lo has recordado.

—No entero.

—Suficiente.

El teléfono de Navarro volvió a sonar. Esta vez activó el altavoz. Era el laboratorio.

—Inspector, tenemos el resultado de la grabación.

—Dígame.

—No hay cortes.

Ninguno habló.

—¿Seguro?

—Completamente.

La voz pertenece a una conversación real.

Navarro miró el aparato que llevaba en la bolsa.

—¿Han podido identificar al interlocutor?

Hubo un breve silencio.

—Sí.

Sentí el pulso golpeando en las sienes.

—¿Quién?

El técnico respiró antes de responder.

—La primera voz es Ernesto Aldana.

—¿Y la segunda?

—La segunda coincide en un noventa y ocho por ciento con una muestra antigua de voz.

Navarro cerró los ojos un instante.

—¿De quién?

El técnico pronunció un nombre. No era Salcedo. No era Ferrer. No era Sergio. Era Andrés Valcárcel. El policía oficialmente muerto. Ninguno reaccionó.

Hasta que el técnico añadió una última frase.

—Hay otra cosa.

Navarro volvió a acercarse el teléfono.

—¿Qué?

—La muestra de comparación no procede de un expediente policial.

—¿Entonces?

—Procede de una cinta de evaluación psicológica.

Sentí un frío seco recorrerme la espalda.

Ríos fue la primera en comprenderlo.

—La entrevista...

El técnico confirmó.

—Sí.

La voz de Valcárcel estaba grabada dentro de la entrevista psicológica de Julio Barral.

No como entrevistador. No como testigo. Sino haciendo las preguntas.

Y, si aquella cinta era auténtica...

...el hombre que todos creíamos muerto llevaba doce años hablando desde un lugar donde nadie había buscado jamás.