Zaragoza: El último confidente La noche del bar Aragón
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La noche del bar Aragón

Dos días después, Navarro dejó de contarme dónde iba. Lo descubrí cuando vi su coche aparcado frente al bar Aragón.

Eran las seis y veinte de la tarde. El sol seguía pegado a las fachadas y el asfalto olía a caucho blando. Navarro estaba dentro, sentado junto a la ventana, con una taza vacía delante.

Ríos no aparecía.

Me quedé al otro lado de la calle.

El bar Aragón no era el mismo. La fachada había cambiado. También el toldo. Pero la puerta seguía abriendo hacia dentro con un golpe seco contra el rodapié.

Navarro levantó la vista. Me había visto. No hizo ningún gesto.

Crucé.

La campanilla sonó al entrar. Navarro apartó la silla de enfrente con el pie.

—Te pedí que no me siguieras.

—No me pediste nada.

—Eso suele significar lo mismo.

Me senté. Sobre la mesa había tres fotografías. Ferrer. Salcedo. El policía señalado por Clara.

La tercera seguía sin nombre.

—¿Quién es? —pregunté.

Navarro tapó la imagen con la mano.

—Hoy no trabajas.

—Entonces no pongas mis muertos sobre la mesa.

El camarero dejó un vaso de agua. No había pedido nada. Tenía las uñas negras de café seco.

—¿Lo de siempre? —me preguntó.

Navarro alzó la vista.

Yo no.

—Se equivoca.

El hombre recogió el vaso.

—Claro.

Se alejó.

Navarro esperó hasta que entró en la cocina.

—No te ha confundido.

—Han pasado doce años.

—Por eso.

El borde de la mesa estaba quemado junto a mi muñeca. Toqué la marca. La madera se hundía en el centro.

Una copa. Una moneda girando. Una voz diciendo que alguien había hablado de más.

Retiré la mano.

—¿Por qué estás aquí?

Navarro guardó las fotografías.

—El policía de la imagen se llamaba Andrés Valcárcel.

El nombre no abrió nada.

—Baja voluntaria dos meses después de la muerte de David —continuó—. Sin expediente disciplinario. Sin destino posterior. Sin pensión.

—Eso no existe.

—Últimamente dices mucho esa frase.

Sacó una hoja doblada.

—La última llamada de su teléfono de servicio salió de este bar.

La hora aparecía impresa arriba.

22:41.

Tres de noviembre.

El mismo día de la evaluación. El mismo día del almacén.

—¿A quién llamó?

Navarro señaló el número. Era el mío.

El pulso golpeó una vez en la garganta.

—No recuerdo hablar con él.

—Tu memoria tiene horarios curiosos.

Me levanté.

La silla raspó el suelo.

—Voy a hablar con el camarero.

Navarro me agarró por la muñeca.

—Siéntate.

—Suéltame.

—El informe decía que harías esto.

La mano dejó de doler.

Lo miré.

—¿Qué cosa?

—Convertir una pregunta en movimiento para no responderla.

Tiré del brazo. No me soltó.

—Ya estás usando el informe.

—Estoy comprobándolo.

—No es lo mismo.

—Para ti nunca lo es.

Ríos apareció junto a la barra.

No la había visto entrar. Llevaba una carpeta bajo el brazo y una expresión que no ofrecía aliados.

—Los dos estáis haciendo exactamente lo que alguien esperaba.

Navarro soltó mi muñeca.

—¿Qué has encontrado?

Ríos dejó la carpeta sobre la mesa.

—Nada.

Navarro miró hacia el suelo.

—¿Nada?

—Valcárcel no vive en Zaragoza. No hay pagos recientes. No hay movimientos bancarios. No hay llamadas vinculadas a Ferrer ni a Salcedo.

Se sentó junto a mí.

—La vigilancia ha sido una pérdida de tiempo.

Navarro tocó la carpeta.

—Entonces, ¿por qué has venido?

Ríos miró hacia la cocina.

—Porque el camarero no trabaja aquí.

La campanilla sonó.

El hombre de las uñas manchadas salió por la puerta trasera.

Navarro se levantó primero. Yo ya corría.

Atravesamos la cocina. Una olla golpeó el suelo al pasar. El hombre empujó una caja contra nosotros y salió al callejón.

Ríos gritó algo detrás. No lo entendí.

El falso camarero saltó una verja baja. Navarro rodeó un contenedor. Yo fui detrás del hombre.

El informe volvió sin palabras. Impulsivo. Agresivo. Manipulable.

Aceleré. Lo alcancé junto a una persiana cerrada. Le agarré la camisa. La tela se rasgó.

El hombre giró y me golpeó en la boca. Sabía pegar.

Le devolví el golpe. Cayó contra la pared.

Navarro llegó un segundo después y me apartó.

—¡Basta!

El hombre escupió sangre.

—Ha venido solo.

Navarro lo levantó por el cuello.

—¿Quién?

No respondió.

Ríos apareció con el arma baja.

—Registradlo.

Navarro le sacó una cartera, dos teléfonos y una llave de coche.

Nada más.

—Identificación —ordenó.

El hombre sonrió.

—No la vais a encontrar.

Yo le agarré la mandíbula.

—¿Quién te envió?

Ríos me apartó la mano.

—Julio.

—Está ganando tiempo.

—Tú se lo estás dando.

El hombre volvió a sonreír.

—Sigues igual.

La frase me detuvo. No por el tono. Por la voz.

Una mesa al fondo del bar. Humo. Valcárcel inclinándose sobre mí.

No preguntes quién lo pide. Pregunta qué te quitan si dices que no.

El callejón desapareció durante un segundo. Volvió con el olor a aceite rancio pegado a las paredes.

Miré al detenido.

—Estuviste aquí aquella noche.

Su sonrisa se apagó.

Navarro giró hacia mí.

—¿Lo conoces?

El hombre bajó la cabeza.

Yo decidí mentir.

—No.

Ríos no dijo nada. Solo me miró la boca ensangrentada.

Después miró al detenido.

—Entonces será casualidad que lleve tu antiguo número profesional tatuado en la muñeca.

Bajé la vista. El tatuaje apenas ocupaba dos centímetros. Cuatro cifras. Una letra. Mi antiguo identificador.

El hombre intentó esconder la muñeca. Demasiado tarde.

Ríos sacó el teléfono y tomó una fotografía.

—Eso no se hace por casualidad.

Navarro le inmovilizó el brazo.

—¿Quién te lo tatuó?

El detenido soltó una risa seca.

—¿Eso es lo que os preocupa?

—Respóndeme.

—No.

El callejón empezaba a llenarse de curiosos. Una ventana se abrió sobre nuestras cabezas. Alguien preguntó qué ocurría.

Navarro ni levantó la vista.

—Esposadlo.

Mientras Ríos le colocaba los grilletes, yo seguía mirando aquel tatuaje.

No recordaba el número. Recordaba otra cosa. La aguja. El olor a alcohol. Una mano sujetando la mía.

El recuerdo se rompió antes de mostrar un rostro.

—Quiero interrogarlo yo.

Navarro negó.

—Ni hablar.

—Ha reaccionado cuando he mencionado aquella noche.

—Y tú has mentido.

No respondí. Tenía razón.

Ríos terminó de registrar los bolsillos del detenido. Sacó un paquete de tabaco. Un mechero. Y un ticket arrugado.

Lo abrió.

Era del bar Aragón. Fecha de esa misma mañana. Pero la hora era extraña. Las siete y doce. El bar abría a las nueve.

Ríos levantó la vista.

—¿Quién estaba dentro?

El hombre sonrió otra vez.

—Buen café.

Navarro le dio un pequeño empujón.

—Contesta.

—No había nadie.

—Entonces el ticket es falso.

—Puede.

Lo metieron en el coche patrulla.

Yo seguía mirando el recibo. Algo no encajaba. No era la hora. Era el importe. Dos cafés. Una tortilla. Tres consumiciones. Solo había una persona.

Volví sobre mis pasos. Entré otra vez en el bar. El camarero verdadero estaba colocando vasos.

Al verme dejó de hacerlo.

—Hoy ya han roto bastante.

Saqué el ticket.

—¿Quién desayunó con él?

Lo miró apenas un segundo.

—No lo sé.

—Míralo mejor.

Negó con la cabeza.

—Trabajo desde hace un mes.

No insistí.

El dueño apareció desde la cocina. Secándose las manos.

—¿Algún problema?

Le enseñé el ticket. Tardó más en leerlo. Después sonrió.

—Eso no es de hoy.

—Lo pone ahí.

—La máquina lleva dos semanas con la fecha mal.

Navarro acababa de entrar.

—¿Cuánto de mal?

—Catorce días.

Ríos anotó el dato.

Yo cogí el ticket. Catorce días. El mismo día en que murió el segundo confidente.

—¿Quién estaba sentado con él?

El dueño apoyó los codos en la barra.

—No recuerdo caras.

—Pero sí costumbres.

El hombre me observó.

—Siempre pedía la tortilla poco hecha.

No hablaba del detenido. Hablaba de otra persona.

—¿Quién?

El dueño limpió la barra con un paño húmedo.

—El policía.

Sentí el estómago cerrarse.

—¿Qué policía?

—El que venía antes.

Navarro intervino.

—¿Valcárcel?

El dueño dudó.

—No.

—Entonces, ¿quién?

Miró directamente hacia mí.

—Usted.

Nadie habló.

El paño siguió deslizándose sobre la madera. Lento. Constante.

—Yo no he estado aquí en doce años.

—Eso dice usted.

Se agachó bajo la barra. Sacó un viejo cuaderno de tapas negras. Nada oficial. Solo pedidos fiados. Pasó varias páginas.

Detuvo el dedo.

—Aquí.

Leí mi nombre.

No el de ahora. Mi antiguo apodo dentro de la brigada.

Jota.

Debajo había varias anotaciones. Cafés. Bocadillos. Fechas. Las tres últimas pertenecían a las dos semanas anteriores.

Navarro arrancó el cuaderno de mis manos.

—Esto es imposible.

El dueño se encogió de hombros.

—Yo apunto lo que me dicen.

Ríos examinó la tinta. Las últimas líneas tenían otro color. Otro bolígrafo.

—Estas tres entradas son recientes.

—Sí.

—¿Quién las escribió?

—Mi hija.

—¿Por qué puso "Jota"?

—Porque así se presentó.

Noté la garganta seca.

—¿Quién?

El dueño señaló la puerta.

—El hombre que venía preguntando por usted.

Un silencio espeso ocupó el bar.

Navarro cerró despacio el cuaderno.

—Descríbelo.

El dueño dudó.

—Alto.

—¿Más?

—Canoso.

—¿Más?

—Cojeaba un poco.

No era suficiente. Había cientos.

Entonces añadió un detalle sin importancia aparente.

—Nunca se quitaba los guantes.

Ríos levantó la cabeza. Yo también. No por los guantes. Por otra cosa.

—¿Con qué mano pagaba?

El hombre sonrió.

—Con la izquierda.

La pregunta sorprendió incluso a Navarro.

—¿Y?

No respondí. Solo miré el cuaderno. En la última página había una mancha de café.

Y, debajo de ella, una huella dactilar perfectamente marcada.

No pertenecía al dueño. Ni al detenido. El hombre había apoyado el pulgar sobre la hoja húmeda.

Tomé el cuaderno con cuidado.

—Esto sí nos sirve.

Ríos llamó al laboratorio.

—Prioridad máxima.

Navarro permanecía inmóvil. Mirándome.

—¿Por qué has preguntado por la mano izquierda?

Tardé unos segundos. Demasiados.

—Porque Valcárcel era diestro.

—Nunca hemos dicho que fuera él.

—Lo sé.

—Entonces, ¿en quién estabas pensando?

No contesté.

El laboratorio tardó menos de una hora. Demasiado poco. La llamada llegó cuando todavía seguíamos en el bar.

Ríos escuchó. No tomó notas. Solo dijo una vez:

—Repítelo.

Colgó despacio.

Ninguno preguntó. Esperamos. Ella dejó el teléfono sobre la barra.

—La huella no pertenece a ningún policía.

Respiré. Demasiado pronto.

—Pertenece a un funcionario de prisiones.

Navarro arqueó sus cejas.

—¿Topas?

Ríos negó.

—No.

Miró directamente hacia mí.

—Pertenece a Ernesto Aldana.

El mismo hombre que había jurado no haber vuelto a salir de Topas desde el día en que declaramos.

Y, sin embargo, alguien acababa de demostrar que llevaba dos semanas esperándonos en el bar Aragón.