Zaragoza: El último confidente Perfil operativo
70%

Perfil operativo

Once horas después, la grabadora de la fotografía apareció en un almacén municipal. No contenía ninguna cinta.

Navarro la dejó sobre una mesa de acero y empujó hacia mí el inventario. El aparato llevaba catorce años guardado bajo una referencia equivocada: material informático obsoleto.

—No fue un error —dijo Ríos.

Se puso unos guantes y abrió la tapa. El compartimento estaba limpio. Ni polvo. Ni óxido. Solo dos marcas semicirculares donde había descansado una cinta.

—Alguien la retiró antes de archivarla.

—O nunca estuvo dentro —respondió Navarro.

Toqué el borde del inventario.

La firma de entrega pertenecía al psicólogo desaparecido. La de recepción, no.

—Conozco esa letra.

Navarro inclinó la hoja hacia él.

—Ayer no conocías la entrevista.

—La entrevista no. La firma sí.

Ríos colocó una ampliación junto al documento. La escritura aparecía también en la libreta verde, al pie de varias anotaciones donde mi nombre había sido rodeado con tinta roja.

No era de Sergio. Tampoco de Ferrer.

—Quiero el expediente laboral del funcionario que recibió la grabadora.

Navarro cerró el inventario.

—Primero terminas de leer tu informe.

—El capítulo siguiente no va a desaparecer.

—El funcionario puede hacerlo.

Ríos me miró por encima de la pantalla.

—El funcionario murió hace seis años.

La frase me dejó la lengua pegada al paladar.

—¿Cómo?

—Infarto.

—Edad.

—Cincuenta y dos.

Navarro abrió el archivo digital.

—Así que volvemos a ti.

La primera página ya estaba leída. La segunda también. Deslizó el cursor hasta un apartado marcado como conducta bajo supervisión.

—"Rechazo inicial de la autoridad directa" —leyó—. "Alta adhesión posterior si el superior valida su criterio en público."

Ríos no escribió.

Me observaba.

—Eso no te describe —dijo.

Navarro soltó una risa breve.

—Lo está haciendo ahora mismo.

Aparté la silla y me puse en pie.

—No necesito vuestro permiso para buscar una firma.

—Exactamente —respondió él.

El respaldo chocó contra la pared. El sonido quedó vibrando en la sala.

Navarro señaló el informe.

—Te levantan la voz y avanzas. Te bloquean una puerta y la cruzas. Te dicen que esperes y corres.

—Eso no es un perfil. Es una colección de obviedades.

—Entonces siéntate y demuestra que está mal.

No lo hice.

Ríos cerró el portátil.

—Basta.

La miramos los dos.

—El informe no sirve para entender a Julio —dijo—. Sirve para provocar la reacción que describe.

Navarro apretó la mandíbula.

—¿Y qué propones?

—Dejar de obedecerlo.

La sala quedó en silencio.

Ríos retiró la grabadora de la mesa y la introdujo en una bolsa.

—Vamos a comprobar la firma.

Navarro no se movió.

—El hombre está muerto.

—Pero su viuda no.

Veinte minutos después estábamos frente a un bloque de viviendas en Las Fuentes.

La viuda se llamaba Clara Lafuente. Abrió la puerta con la cadena puesta y miró primero la acreditación de Ríos. Después mi cara.

—Usted no entra.

No preguntó quién era.

Apoyé dos dedos en el marco.

—¿Me conoce?

—De la televisión.

—No salí tanto.

La cadena se tensó.

—Fue suficiente.

Ríos le enseñó la copia del inventario.

—Solo queremos confirmar una firma de su marido.

Clara no miró el papel.

—Mi marido no firmaba con bolígrafo negro.

Navarro se acercó.

—Aún no le hemos dicho el color.

La mujer soltó la puerta. La cadena quedó colgando.

El piso olía a cera de muebles. Sobre una cómoda había una fotografía del funcionario con uniforme penitenciario y una niña sentada sobre sus hombros.

Clara la giró boca abajo.

—Cinco minutos.

Ríos dejó el inventario sobre la mesa.

—¿Es su firma?

La mujer se sentó sin tocarlo.

—Se parece.

—No es una respuesta.

—Porque ustedes no vienen a buscar respuestas.

Navarro acercó la hoja.

—¿Qué cree que buscamos?

—A alguien que ya no pueda defenderse.

El reloj del salón dio dos golpes. Clara abrió un cajón y sacó una caja de madera.

Dentro había tarjetas de cumpleaños, recibos y notas escritas a mano.

Las extendió junto al inventario. La diferencia era pequeña. Pero estaba ahí.

Su marido cerraba las letras con un trazo ascendente. La firma del almacén terminaba hacia abajo.

—No la escribió él —dije.

Clara recogió las notas.

—Ya lo sabía.

Ríos apoyó la mano sobre la caja.

—¿Por qué no lo denunció?

—Porque vino un hombre a explicármelo.

Navarro se inclinó.

—¿Qué hombre?

La mujer guardó las tarjetas una a una.

—No dio su nombre.

—Descríbalo.

—No.

Tomé una decisión.

Saqué la fotografía de la consulta y la puse frente a ella.

—¿Era alguno de estos?

Clara miró al psicólogo de espaldas. Después a mi figura sentada al otro lado del escritorio.

Sus dedos se detuvieron sobre la caja.

—Era usted.

El cuello de la camisa empezó a apretarme.

—No.

—Más joven. La misma forma de mirar la puerta antes de hablar.

Navarro me agarró del brazo antes de que tocara la fotografía.

—¿Viniste aquí?

—No lo recuerdo.

Clara cerró la caja.

—Eso también lo dijo entonces.

Ríos se sentó frente a ella.

—¿Qué le explicó?

La mujer miró hacia la fotografía boca abajo.

—Que mi marido había firmado algo sin entenderlo. Que podían acusarlo de sacar material reservado. Y que usted podía arreglarlo.

—¿Qué pidió a cambio? —preguntó Navarro.

Clara levantó la vista hacia mí.

—Que le entregáramos una copia del informe psicológico de Julio Barral.

El aire se quedó detenido en la habitación.

—¿A quién debía dársela? —pregunté.

La mujer señaló mi pecho con un dedo.

—A usted.

Navarro aflojó la mano.

Ríos no.

—¿La recogió?

Clara negó despacio.

—Cambió de opinión al verla.

—¿Por qué?

La mujer volvió a girar la fotografía de su marido. Esta vez la dejó mirando hacia nosotros.

—Porque leyó la última página.

Sentí un latido seco detrás de los ojos.

—¿Qué decía?

Clara abrió de nuevo la caja y retiró el fondo de terciopelo.

Debajo había una hoja doblada. No era el informe. Era una fotocopia incompleta. Solo se veía la última línea del perfil.

Ríos la desplegó.

La frase estaba subrayada dos veces.

Ante una amenaza de abandono, el evaluado sacrifica al colaborador antes que perder el control de la operación.

Debajo aparecía un nombre escrito a mano.

Francisco Pardo.

Nadie apartó la vista del nombre.

Francisco Pardo.

La hoja tembló apenas entre los dedos de Ríos.

Navarro fue el primero en hablar.

—¿Lo sacrificaste?

No respondí. No porque no quisiera. Porque la pregunta llegaba doce años tarde.

Ríos dobló despacio la fotocopia.

—No contestar tampoco ayuda.

Me acerqué para cogerla.

Ella retiró la mano.

—Todavía no.

—Es mi informe.

—Es una prueba.

Navarro dio un paso hasta quedar frente a mí.

—Quiero una respuesta.

—Yo también.

Su mandíbula se endureció.

—No juegues conmigo.

—No estoy jugando.

—Pues alguien utilizó tu nombre para decidir sobre Pardo.

Apoyé las manos en la mesa.

La madera estaba fría.

—O alguien quiere que lo creamos ahora.

Nadie respondió.

Ríos rompió el silencio.

—Hay algo que no encaja.

Navarro resopló.

—Claro que no encaja.

—No. Esto.

Señaló la última línea.

—No dice que Barral sacrificó a Pardo.

Los dos la miramos.

—Dice que lo haría.

El matiz cambió la habitación.

Navarro volvió a leer despacio.

—Es una predicción.

—Exacto.

—O una recomendación.

Negué.

—No.

Los dos se giraron hacia mí.

—Es un perfil.

Si el informe era auténtico...

...alguien había escrito cómo esperaba que actuara.

No lo que había hecho.

Ríos dejó la hoja sobre la mesa.

—Entonces todavía necesitamos saber qué ocurrió realmente.

Navarro no parecía convencido.

—O alguien comprobó que el perfil era correcto.

La puerta sonó dos veces.

Un agente asomó la cabeza.

—Perdón.

Navarro levantó una mano.

—¿Qué pasa?

—Han terminado de revisar la casa de la viuda.

Ríos asintió con la cabeza.

—¿Y?

—Falta una caja.

Clara levantó la vista.

—¿Qué caja?

—La de madera.

La mujer tardó un segundo en mirar hacia el cajón abierto. Vacío.

Se levantó de golpe.

—Estaba ahí.

Nadie la había visto moverse.

El agente negó.

—Cuando hemos vuelto a entrar ya no estaba.

Navarro se volvió hacia la puerta.

—¿Quién ha entrado en la vivienda?

—Nadie.

—Eso no es una respuesta.

—La cerramos hace diez minutos.

Ríos salió la primera. Corrimos hacia el salón.

El cajón seguía abierto. La caja había desaparecido. Solo quedaba una fina capa de polvo con la silueta rectangular marcada.

Me agaché. Había una astilla. Muy pequeña.

La recogí.

No era de la caja. Era pintura. Gris. La misma que había visto desprenderse de la puerta del falso archivo cuarenta y siete.

—No ha sido un robo.

Navarro me miró.

—¿Entonces?

—Han cambiado una prueba por otra.

Ríos inspeccionó el suelo.

—No hay marcas.

—Porque sabían exactamente lo que buscaban.

Clara permanecía inmóvil. Tenía las manos cerradas con tanta fuerza que los nudillos habían perdido el color.

—Yo no he llamado a nadie.

Nadie la acusó. No hacía falta.

Navarro pidió que desalojaran el piso.

Cinco minutos después solo quedábamos nosotros cuatro.

La lluvia empezó a golpear los cristales. Muy fina. Muy constante.

Ríos abrió la carpeta de actuaciones.

—La caja contenía documentos personales.

—Y una copia del informe —dije.

—Solo una parte.

—La única que nos interesaba.

Navarro negó lentamente.

—No.

Se acercó al cajón vacío. Pasó un dedo por el polvo. Después me enseñó la yema.

—Aquí había dos cajas.

Miré la marca.

Tenía razón. Había un segundo rectángulo, más pequeño, casi oculto junto al fondo.

Clara dio un paso atrás.

—No...

—¿Qué guardaba ahí? —preguntó Ríos.

La mujer tardó en responder.

—Nada importante.

Navarro sonrió por primera vez en toda la tarde. No era una sonrisa agradable.

—Entonces será fácil enseñárnoslo.

Clara bajó la cabeza.

—Mi marido me pidió que nunca la abriera.

—¿Dónde está?

No respondió.

Ríos dio un paso hacia ella.

—Clara.

La mujer levantó los ojos. Estaban húmedos. Pero la voz seguía firme.

—Se la llevó él.

—¿Quién?

—El policía.

El silencio cayó de golpe.

Navarro habló muy despacio.

—¿Qué policía?

—El que vino hace doce años.

Sentí un latido seco en el cuello.

—¿Cómo era?

Clara cerró los ojos un instante.

—Alto. Moreno. Muy serio.

No sonaba a nadie. Hasta que añadió una frase.

—Llevaba una alianza de plata.

Navarro y Ríos se miraron.

Los dos sabían lo mismo. Yo nunca llevé alianza. Jamás.

Ríos sacó discretamente una fotografía de archivo y la dejó sobre la mesa sin que Clara la viera.

Era Tomás Salcedo.

La deslizó unos centímetros.

—¿Se parece?

Clara apenas necesitó mirar.

Negó.

—No.

Ríos retiró la fotografía. Sacó otra. Francisco Pardo. También negó.

La tercera fotografía era antigua. Apenas recordaba que existiera. Un equipo de la Brigada. Cinco policías.

Entre ellos yo.

Y un inspector que había abandonado el cuerpo pocos meses después de la muerte de David.

Clara apoyó un dedo sobre la imagen.

—Ese.

Ninguno habló.

Navarro cogió la fotografía.

—Está muerto.

—Eso dijeron entonces.

Clara mantuvo el dedo sobre el rostro.

—Pero fue él quien se llevó la otra caja.

Miré la fotografía. Recordaba su nombre. Muy vagamente. Lo suficiente para que un detalle me golpeara antes que el resto.

No llevaba alianza en aquella imagen. Pero sí una marca blanca alrededor del dedo anular. Como si acabara de quitársela.

Y debajo de la fotografía, escrita a mano años atrás por alguien del equipo, había una nota que nunca había llamado mi atención.

Bajas voluntarias: dos.

Yo solo recordaba una.