Zaragoza: El último confidente El informe psicológico
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El informe psicológico

Seis horas después, la carpeta negra estaba vacía.

Navarro la dejó caer sobre la mesa. El cartón golpeó el metal y se abrió por la mitad.

—Una persecución por toda la estación. Dos agentes heridos. Un detenido que no sabe nada. Y esto.

Ríos permanecía junto a la puerta. Tenía una rozadura en la mejilla y la chaqueta doblada sobre un brazo.

Yo toqué el lomo de la carpeta.

—No es la misma.

Navarro apoyó ambas manos en la mesa.

—La viste durante tres segundos, desde otro andén.

—La que llevaba el hombre tenía una grapa rota.

—Qué suerte que siempre recuerdes el detalle que nos falta.

El hombre de la gorra había caído en el aparcamiento. No era Salcedo. Tampoco un antiguo policía. Se llamaba Raúl Costa y repartía paquetes para una empresa de mensajería.

Alguien le había pagado cincuenta euros por recoger la carpeta. Nada más.

Ríos deslizó una fotografía hacia mí.

Costa salía esposado. Tenía sangre en la nariz y la camisa abierta por el cuello.

—Dice que fuiste tú quien lo golpeó primero.

—Intentó escapar.

—Eso no responde.

—Nunca responde —dijo Navarro.

Cerró la carpeta vacía y la apartó.

—Quiero hablar con Ferrer.

—Ferrer ya no está aquí.

—Lo teníais vigilado.

—Lo teníamos sentado en un banco —respondió Ríos—. Hasta que tú saliste corriendo.

La mandíbula me crujió al cerrarse.

—¿Se ha ido?

Navarro sacó su teléfono y mostró una imagen de las cámaras. Ferrer caminaba hacia la salida apoyado en el bastón. Nadie lo seguía.

—Nos diste a elegir —dijo—. El hombre de la carpeta o el viejo.

—Elegisteis mal.

—Tú elegiste por todos.

Ríos dejó su chaqueta sobre una silla.

—Costa recibió la instrucción desde un teléfono público. La carpeta estaba dentro de una taquilla. No vio a quien la dejó.

—Entonces no sabe nada.

—Sabe que debía entregártela a ti.

La miré.

—¿A mí?

Sacó una copia de su declaración.

—Le dijeron que buscara al hombre que correría primero.

Navarro sonrió sin humor.

—No tuvieron que darle tu nombre.

El fluorescente parpadeó. La carpeta negra quedó iluminada a golpes sobre la mesa.

La abrí otra vez. Vacía. No había marcas, ni polvo, ni restos de papel. Demasiado limpia.

Pasé el dedo por el interior. Cerca del pliegue, el cartón estaba levantado.

—Dame una cuchilla.

Navarro cerró la tapa de un golpe.

—No.

—Hay algo debajo.

—Hay cartón.

Ríos cogió unos guantes y acercó la carpeta hacia ella.

—Déjale mirar.

—Ya ha causado bastante.

—Entonces mira tú.

Navarro se puso los guantes. Introdujo la punta de unas tijeras bajo el forro y levantó una tira estrecha.

No apareció ningún documento. Solo una etiqueta antigua.

SERVICIO DE PREVENCIÓN Y SALUD LABORAL.

Debajo había un número escrito a máquina. Mi número profesional.

Navarro levantó la vista.

—¿Te evaluaron?

—A todos nos evaluaban.

—No te he preguntado eso.

Ríos fotografió la etiqueta.

—¿Cuándo fue la última vez?

—Antes de prisión.

—Fecha.

—No la recuerdo.

Navarro retiró el forro completo. En una esquina apareció un sello casi borrado.

USO INTERNO. NO INCORPORAR AL EXPEDIENTE PERSONAL.

Ríos dejó de hacer fotografías.

—Eso no era una evaluación ordinaria.

No contesté.

La textura del cartón se quedó pegada a mis dedos aunque ya no lo tocaba. Una consulta estrecha. Una mujer colocando una grabadora sobre una mesa. Yo negándome a sentar.

La imagen desapareció antes de encontrar una fecha.

Navarro me observaba.

—Has recordado algo.

—Una sala.

—¿Dónde?

—No lo sé.

—Claro.

Ríos abrió el portátil.

—El número de la etiqueta puede corresponder a un archivo de prevención.

—Esos archivos se destruyen —dije.

—Algunos.

—Después de cinco años.

—Los oficiales.

Tecleó durante unos segundos. Navarro caminó hasta la puerta y habló con un agente.

Yo miré la carpeta. No había sido preparada para contener información. Había sido preparada para señalar dónde buscarla.

Ríos dejó de escribir.

—Aquí aparece una solicitud de consulta.

Navarro regresó.

—¿De cuándo?

Ella giró la pantalla.

La petición tenía dieciséis años. Tres años antes de la muerte de David. Solicitaba acceso a una evaluación psicológica reservada sobre mí.

—¿Quién la pidió? —pregunté.

Ríos bajó por el documento.

—No hay nombre. Solo un código de unidad.

Navarro apoyó un dedo sobre la pantalla.

—Localízalo.

Ríos introdujo el código en el buscador interno. El sistema tardó unos segundos.

Después mostró una descripción.

Unidad de Gestión de Informadores.

Navarro se volvió hacia mí.

—Dijiste que esa unidad no existía.

—No existía oficialmente.

—Pero te evaluaba.

El sabor a metal volvió a mi boca.

Ríos abrió el único archivo adjunto.

La primera página apareció en pantalla. Mi fotografía. Mi nombre. Y un título que nunca había visto.

INFORME DE IDONEIDAD OPERATIVA: JULIO BARRAL.

Debajo, alguien había escrito a mano:

No informar al evaluado.

Nadie habló durante varios segundos.

El ventilador del ordenador arrancó con un zumbido constante. La pantalla iluminaba mi fotografía como si perteneciera a otra persona.

Navarro rompió el silencio.

—Ábrelo.

Ríos dudó.

—Puede haber datos protegidos.

—Ahora mismo me importa bastante poco.

Pulsó sobre el documento.

La primera página apareció completa. No era un informe clínico. Era una evaluación operativa. Había casillas. Porcentajes. Observaciones breves. Sin firmas visibles.

Navarro leyó en voz alta.

—"Capacidad analítica: muy alta."

Pasó el dedo hacia abajo.

—"Tolerancia a la presión: superior a la media."

Continuó.

—"Necesidad de control..."

Se detuvo.

—"...elevada."

No me sorprendió. Lo siguiente sí.

Ríos acercó la pantalla.

—Espera.

Señaló una línea escrita con otra máquina.

—Esto no pertenece al mismo documento.

Navarro leyó despacio.

—"Recomendado para operaciones con recursos humanos no estructurados."

—¿Qué demonios significa eso?

No respondí. Sabía exactamente cómo se llamaban entonces. Solo que nunca se escribía. Confidentes.

La palabra seguía prohibida.

Navarro pasó otra página.

No había diagnósticos. Había instrucciones.

—"Evitar asignaciones prolongadas con un mismo colaborador."

Ríos levantó la vista.

—¿Por qué?

Seguían leyendo.

—"Tiende a establecer relaciones funcionales difíciles de romper."

El aire acondicionado soltó un golpe seco.

Navarro pasó otra hoja.

—"Acepta decisiones discutibles si considera que el objetivo las justifica."

La sala quedó en silencio. No era un informe sobre mi salud. Era un manual de uso.

—Sigue.

Navarro me observó un instante antes de obedecer.

La siguiente página estaba parcialmente tachada. Alguien había intentado borrar varios párrafos con rotulador negro.

Ríos aumentó el contraste.

Debajo todavía podían leerse algunas frases.

—"No informar..."

—"...mantener sensación..."

Se detuvo.

—"...de autonomía."

Navarro volvió a leer. Más despacio.

—"El evaluado obtiene mejores resultados cuando cree que las decisiones parten de él."

Noté el borde de la mesa clavándose en la palma.

No era una descripción. Era una instrucción para quien me dirigiera.

Ríos dejó escapar el aire.

—Eso es una barbaridad.

—No.

Negué despacio.

—Es peor.

Navarro cerró el portátil a medias.

—¿Peor?

—Alguien escribió cómo manejarme.

El teléfono de Ríos vibró.

Contestó sin apartar la vista de mí.

—Sí.

Escuchó unos segundos.

Su expresión cambió.

—¿Estás seguro?

Colgó.

—Han localizado al psicólogo.

Navarro levantó la cabeza.

—¿Sigue vivo?

—Sí.

—¿Dónde?

—En una residencia.

Miré el reloj. Casi las nueve de la noche.

—Vamos.

Navarro negó.

—Primero terminamos esto.

—No.

—El informe no se mueve.

—Las personas sí.

Ríos intervino.

—Puede esperar una hora.

—No si alguien más sabe que hemos encontrado el expediente.

Los tres permanecimos inmóviles. Nadie necesitó decirlo. Ya había ocurrido demasiadas veces.

Cada persona a la que llegábamos...

...desaparecía.

Navarro cogió la chaqueta.

—De acuerdo.

Mientras cerraba el portátil cayó una hoja doblada entre el teclado y la tapa.

No pertenecía al archivo digital. Era papel. Viejo. Amarillento.

Ríos la recogió con guantes.

—Esto no estaba ahí.

La desplegó. Solo había una anotación manuscrita. Sin membrete. Sin firma. Tres líneas.

No asignar a Barral junto a Tomás Salcedo.

Se potencian mutuamente.

Riesgo operativo alto.

Sentí un frío seco recorriéndome la espalda.

Navarro levantó la hoja.

—¿Qué significa "se potencian"?

No contesté. Porque la pregunta correcta era otra. ¿Quién había escrito aquello antes de que yo conociera a Salcedo?

Ríos guardó la nota en una funda.

—El psicólogo puede responder.

Salimos de la sala.

El pasillo estaba casi vacío. Un agente caminó hacia nosotros con prisa.

—Inspector.

Navarro se volvió.

—¿Qué ocurre?

—Ha llamado la residencia.

—¿Y?

—El doctor ha desaparecido.

Nadie dijo nada.

El agente tragó saliva.

—Pero ha dejado un sobre.

—¿Para quién?

El agente me miró directamente.

—Para Julio Barral.

Veinte minutos después, el sobre esperaba sobre la mesa del despacho del director de la residencia.

Era pequeño. Color crema. Mi nombre estaba escrito con tinta azul. No había sello. Ni remitente. Solo una frase en el reverso.

No vuelva a dejar que otros lean los informes antes que usted.

Navarro me tendió unos guantes.

—Ábrelo.

Lo hice despacio.

Dentro no había documentos. Solo una fotografía. La consulta de un psicólogo. Un escritorio. Dos sillas. En una estaba sentado yo. Mucho más joven.

Frente a mí había un hombre al que la cámara solo mostraba de espaldas. Sobre la mesa descansaba una grabadora.

Y, detrás del psicólogo, colgado en la pared, un calendario.

Ríos acercó la fotografía a la luz.

—Espera...

Señaló la fecha. Tres de noviembre. Doce años atrás. El mismo día en que Pardo permanecía encerrado en el almacén. La misma mañana.

Navarro dejó la fotografía sobre la mesa.

—Eso es imposible.

Negué muy despacio.

—No.

Toqué la imagen con un dedo.

Por primera vez reconocí la corbata que llevaba puesta. Yo había estado allí. Solo que nunca había recordado aquella entrevista.

Y alguien llevaba doce años asegurándose de que siguiera olvidándola.