Los favores
Nueve horas después, el funcionario que había cerrado la garita negó haber visto a Salcedo.
Lo hizo sentado frente a nosotros, con un vaso de agua intacto entre las manos. Se llamaba Ernesto Aldana. Había trabajado en Topas durante veintisiete años y conservaba la espalda recta de quien todavía esperaba una orden.
Ríos dejó la fotografía sobre la mesa.
—Mírelo otra vez.
—Ya lo he hecho.
—Hágalo mejor.
Aldana empujó la imagen con un dedo. La mano de Salcedo, el reloj azul y media manga gris quedaron orientados hacia mí.
—No se le ve la cara.
—No le he preguntado eso —dijo Navarro.
La sala de entrevistas olía a plástico caliente. Al otro lado del cristal, un agente retiraba las cajas falsas del archivo cuarenta y siete. Cada golpe contra el carro llegaba amortiguado.
Aldana bebió por fin.
—Había mucha gente.
—A medianoche no —dije.
El vaso se detuvo antes de tocar la mesa.
Navarro me miró. No esperaba que interviniera. Ríos tampoco.
—Enséñale el registro antiguo.
Ríos abrió una carpeta. No era una prueba nueva. Era el libro de accesos que habían encontrado en administración, cubierto de correcciones y páginas arrancadas.
Buscó la fecha de la muerte de David.
Mi nombre aparecía a las 23:18.
La salida no estaba anotada.
Aldana tocó la esquina de la página.
—No recuerdo esa noche.
—Pero recuerda la carpeta —dije.
Sus ojos bajaron hacia mis manos.
—¿Qué carpeta?
—La negra.
—Aquí entraban cientos.
—Aquella pesaba demasiado.
Navarro se inclinó.
—¿Demasiado para qué?
No respondí. El cuero áspero volvió contra mi palma. Yo sujetando el asa. Algo golpeando dentro al caminar.
No papeles.
Aldana apartó el registro.
—Está intentando hacerme recordar lo que usted necesita.
—Eso hacía yo con los testigos.
—Lo sé.
Ríos levantó la cabeza.
Aldana comprendió tarde que había hablado de más.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó ella.
—Todo el mundo sabía cómo trabajaba Barral.
—No en Topas —dijo Navarro—. Él no estaba destinado aquí.
El funcionario se secó la boca con el dorso de la mano.
—Los policías hablaban.
—Los funcionarios también —respondí.
Golpeé el registro con un nudillo.
—¿Quién borró mi salida?
—No está borrada.
—No existe.
—Entonces no salió.
Navarro cerró la carpeta de golpe.
—Se acabó el juego.
Aldana no parpadeó.
—¿Cuál de ellos?
La pregunta dejó una grieta.
Ríos se sentó frente a él.
—Explíquese.
—Han venido preguntando por un policía, un funcionario y un hombre con abrigo. Mañana preguntarán por un juez. Siempre acababan preguntando por un juez.
Navarro acercó la silla.
—¿Qué juez?
Aldana giró el vaso entre los dedos. Una gota resbaló hasta la mesa.
—No recuerdo nombres.
—Recuerda categorías —dije—. Qué cómodo.
Me observó durante unos segundos.
—Así funcionaban los favores.
Nadie dijo nada.
Aldana señaló el registro.
—Un policía necesitaba entrar sin dejar una orden. Un funcionario necesitaba que trasladaran a un preso. Un juez necesitaba un informe que justificara lo que ya había decidido. Nadie daba dinero. Nadie firmaba el acuerdo completo.
—¿Qué recibía usted? —preguntó Ríos.
—Yo no recibía nada.
—Eso no es creíble.
La mandíbula de Aldana se tensó.
—Mi hijo tenía un juicio.
Navarro miró hacia el cristal.
—¿Y?
—La acusación retiró un cargo.
Ríos dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—¿A cambio de dejar entrar a Barral?
—A cambio de hacer mi trabajo sin mirar demasiado.
El calor me subió por el cuello.
—¿Quién retiró el cargo?
Aldana negó.
—Nunca lo conocí.
—Nombre.
—No.
Me levanté. Navarro extendió el brazo antes de que llegara hasta él.
—Siéntate.
No lo hice.
—Aldana me dejó entrar. Otro hizo desaparecer mi salida. Alguien alivió la condena de su hijo. Eso no son coincidencias.
El funcionario me sostuvo la mirada.
—Tampoco era una conspiración.
La frase cayó sin ruido.
—Entonces, ¿qué era? —preguntó Ríos.
Aldana tocó la fotografía del reloj azul.
—Gente devolviendo cosas.
El teléfono de Navarro vibró. Escuchó sin apartar el brazo de mi pecho.
—Repítelo.
Su mano bajó despacio.
Ríos se puso en pie.
—¿Qué han encontrado?
Navarro colgó.
—Nada en el archivo cuarenta y siete. Ni huellas de Ferrer. Ni de Sergio. Ni de Salcedo.
Aldana sonrió apenas.
—Se lo dije.
—También han revisado el proceso de su hijo —continuó Navarro—. El fiscal que retiró el cargo está jubilado.
El vaso dejó de girar.
—No sé quién es.
Navarro escribió un nombre y deslizó el papel por la mesa.
Aldana no quiso mirarlo.
Yo sí.
Había aparecido en la libreta verde junto a dos confidentes muertos. Y doce años después había firmado el levantamiento del cadáver de Francisco Pardo.
El fiscal seguía trabajando. No estaba jubilado.
Navarro apoyó un dedo sobre el nombre.
—Alguien acaba de mentir por usted otra vez.
Aldana no volvió a tocar el papel.
El fluorescente zumbó una vez. Después otra.
Navarro guardó el nombre en la carpeta.
—¿Quién te llamó esta mañana?
—Nadie.
—Inténtalo otra vez.
—He venido a trabajar.
Ríos abrió la puerta de la sala.
—Necesito un minuto con Navarro.
Salieron. Me quedé frente a Aldana.
El cristal reflejaba mi cara peor que la suya.
Él sonrió apenas.
—Siempre acabas solo.
No respondí. Apoyé dos dedos sobre la fotografía de Salcedo.
—¿Lo viste?
—Vi a un hombre.
—¿Con reloj azul?
Aldana bajó la vista.
—Los relojes no me interesan.
—Pero los favores sí.
El vaso crujió entre sus manos.
—Los favores nunca eran para hoy.
Esperé.
—Eran para dentro de años.
La puerta volvió a abrirse.
Navarro lanzó una carpeta sobre la mesa.
—Tenemos un problema.
Ríos permaneció de pie.
—El fiscal niega conocer a Aldana.
—Normal.
—Pero reconoce otro nombre.
Navarro abrió la carpeta por la última página.
No había declaración. Solo un listado de llamadas. Tres números. Uno pertenecía al fiscal. Otro a Topas.
El tercero aparecía registrado durante años con una descripción absurda.
Servicio de mantenimiento.
Me incliné.
—Ese teléfono nunca fue mantenimiento.
Ríos miró hacia un lado.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque no existía ningún mantenimiento nocturno.
Navarro pasó otra hoja.
Todas las llamadas se repetían el mismo día de cada mes. Sin excepción. Durante quince años.
Aldana dejó escapar el aire. Muy despacio.
—No hablaban.
Los tres lo miramos.
—¿Qué hacían?
—Confirmaban.
Ríos tomó el bolígrafo.
—¿El qué?
—Que el favor seguía pendiente.
Nadie escribió. Aquello era peor. No había pagos. No había amenazas. Solo deudas. Pequeñas. Persistentes.
—Quiero escuchar una de esas llamadas.
Navarro negó.
—No existen grabaciones.
—Entonces busca quién atendía.
—Muchos ya han muerto.
—Alguno seguirá vivo.
Aldana levantó un dedo.
—No buscaban personas.
—¿Qué buscaban?
—Puestos.
La palabra quedó suspendida.
Navarro se apoyó en la mesa.
—Explícate.
—Da igual quién ocupara la silla. El favor pasaba al siguiente.
El silencio pesó más que cualquier confesión.
Ríos cerró lentamente la libreta.
—Eso significa que nadie era imprescindible.
—Exacto.
—Ni Salcedo.
Aldana negó.
—Tampoco Barral.
Sentí la mandíbula rígida. No por la frase. Porque sonaba cierta.
Navarro me observó un segundo antes de volver al funcionario.
—¿Quién coordinaba eso?
Aldana sonrió con cansancio.
—Nadie.
—Siempre hay alguien.
—Ese fue vuestro error.
Golpeó una vez el registro.
—Pensabais que había un jefe.
—¿Y no lo había?
—Había costumbre.
Nadie respondió.
Era la explicación más sencilla. Y quizá la más peligrosa.
Ríos rompió el silencio.
—Entonces Pardo murió por una deuda.
—No.
—¿Por qué?
Aldana la miró por primera vez desde que había entrado.
—Porque quiso romper la cadena.
El teléfono de Navarro volvió a sonar.
Contestó. Escuchó menos de diez segundos. Su expresión cambió.
—¿Estás seguro?
Colgó sin despedirse.
Se volvió hacia nosotros.
—Han encontrado a Ferrer.
Di un paso.
—¿Dónde?
—En la estación de Delicias.
—¿Vivo?
Navarro tardó en responder.
—Sí.
—¿Y Sergio?
Negó.
—Iba solo.
Ya estaba caminando hacia la puerta cuando Ríos me sujetó del brazo.
—Espera.
—No.
—Escúchame.
—No hay tiempo.
—Precisamente.
Aflojó la mano.
—Ferrer ha pedido hablar únicamente contigo.
Navarro añadió otra frase.
—Y ha puesto una condición.
El pasillo olía a desinfectante reciente.
Aldana permanecía sentado. Ni siquiera nos siguió con la mirada.
—¿Cuál? —pregunté.
Navarro abrió la puerta del edificio. El aire caliente golpeó la cara.
—Que Ríos no esté presente.
La inspectora soltó una risa seca.
—Qué casualidad.
Bajamos las escaleras sin hablar.
El coche arrancó antes de que cerrara la puerta.
La estación apareció quince minutos después. Las sirenas ya estaban allí. Dos patrullas. Una ambulancia. Un pequeño corro de viajeros retenidos tras las cintas.
Salté del coche. Un agente intentó detenerme.
Navarro enseñó la placa.
—¿Dónde?
El agente señaló el extremo del andén.
Ferrer estaba sentado en un banco. Solo. El bastón apoyado entre las piernas. Las manos limpias. Demasiado limpias.
Me acerqué.
No levantó la cabeza.
—Has tardado.
—¿Dónde está Sergio?
Movió el bastón apenas unos centímetros.
—Ya no importa.
—Sí importa.
—Llegas tarde otra vez.
Me senté frente a él.
—¿Qué quieres?
Sacó del bolsillo una ficha de consigna. La dejó sobre el banco.
Número 1742.
El mismo código de la gorra.
No la cogí.
—¿Qué hay dentro?
Ferrer negó.
—La pregunta correcta no es esa.
Navarro se acercó por detrás.
—Entonces hazla tú.
Ferrer levantó la vista. Después me miró solo a mí.
—¿Quién recogió la consigna hace doce años?
Noté el pulso golpeando en la garganta.
No respondí.
Ferrer sonrió con tristeza.
—Porque no fui yo.
La megafonía anunció la llegada de un tren.
El ruido llenó el andén. Cuando volvió el silencio, Ferrer ya no estaba mirándome. Miraba al otro lado de las vías.
Seguí su vista.
Un hombre con gorra gris cerró una taquilla de consigna y echó a andar entre los viajeros.
Llevaba en la mano una carpeta negra.