El archivo de Topas
La autorización seguía llevando mi firma.
Navarro dejó la copia sobre el capó. El viento levantó una esquina y él la sujetó con dos dedos.
—No han falsificado solo el nombre.
La entrada de Topas quedaba al otro lado de la carretera. Muros bajos. Concertinas. Una luz blanca sobre la garita, demasiado limpia para aquella hora.
Ríos amplió el documento en su teléfono.
—Han usado tu número profesional.
—Ese número fue cancelado cuando me suspendieron.
—No —dijo Navarro—. Fue reasignado.
Lo miré.
—¿A quién?
Guardó la hoja dentro de una carpeta.
—Eso es lo que no quieren decirnos.
La barrera se levantó para dejar salir una furgoneta. El motor rugió al pasar. Durante un segundo vimos el patio interior. Vacío. Después el metal volvió a caer.
—Entramos.
Ríos se interpuso.
—Tú no.
—Mi nombre acaba de abrir esa puerta.
—Precisamente.
—Ferrer y Sergio llevan una carpeta relacionada con David.
—O quieren que pienses eso.
Pasé junto a ella. Navarro me agarró por la chaqueta.
—No des otro paso.
Bajé la vista hacia su mano.
—Llevas días pidiéndome que recuerde. Ahora que sé dónde mirar, me dejas fuera.
—No sabes dónde mirar. Sabes dónde te están empujando.
Ríos llamó al telefonillo de la garita. Una voz metálica respondió.
—Inspectora Marta Ríos. Homicidios de Zaragoza. Necesito hablar con el responsable de seguridad.
Hubo un silencio breve.
—No consta ninguna visita policial.
—Entonces empiece a constar.
La voz desapareció. Un pitido ocupó su lugar.
Navarro soltó mi chaqueta.
—Sergio te dijo que no fueras a buscarlo.
—También ha mentido durante doce años.
—Y sigue vivo.
—Por ahora.
La puerta peatonal se abrió con un golpe seco. Salió un funcionario ancho, con las mangas remangadas. No llevaba placa visible.
—¿Quién es la inspectora?
Ríos mostró su acreditación.
—Necesitamos confirmar la entrada de dos visitantes.
—Ya se ha confirmado.
—No por nosotros.
El hombre miró hacia mí.
—Barral no puede acceder.
No había dicho mi nombre.
Di un paso.
—¿Nos conocemos?
—Todo el mundo lo conoce aquí.
—Eso no responde.
El funcionario tocó el transmisor de su cinturón.
—Debe esperar fuera.
Navarro abrió la carpeta y enseñó la autorización.
—¿Quién validó esto?
El hombre no la cogió.
—El sistema.
—Los sistemas no firman —dijo Ríos.
—Este sí.
Una cámara giró sobre nosotros. El pequeño motor chirrió antes de detenerse frente a mi cara.
—Pregunta por el archivo cuarenta y siete.
El funcionario parpadeó. Solo una vez.
Navarro me miró.
—¿Qué archivo?
—No lo sé.
—Acabas de nombrarlo.
—Lo he recordado al ver la cámara.
Ríos no apartó los ojos del hombre.
—¿Existe?
—No puedo facilitar información interna.
—No le he preguntado qué contiene.
El transmisor crepitó. Una voz dijo algo demasiado bajo para entenderlo.
El funcionario respondió cubriéndose la boca.
—Los visitantes ya han salido del área de administración.
—¿Adónde han ido? —preguntó Navarro.
—La visita ha terminado.
—La barrera no se ha abierto —dije.
El hombre se volvió hacia mí.
—Hay otra salida.
—No.
—Usted lleva doce años sin pisar este centro.
—Y tú llevas cinco minutos evitando mirar la garita.
Lo hizo. Muy rápido.
Ríos siguió el movimiento. Después sacó el teléfono.
—Voy a solicitar la inmovilización de las grabaciones, el registro de accesos y la identificación de todos los funcionarios de servicio.
—Necesita autorización judicial.
—No para pedir que no destruyan nada.
El hombre endureció la mandíbula.
—Aquí no se destruye nada.
Navarro soltó una risa.
—Ha elegido mal la frase.
La puerta automática empezó a cerrarse. Metí el pie antes de que encajara.
El funcionario me empujó contra el marco.
—Retírese.
El metal apretó mi zapato. El olor del motor caliente me llenó la nariz.
—Archivo cuarenta y siete —repetí—. ¿Quién lo ha abierto?
Su mano dejó de empujar.
Ríos aprovechó el segundo. Pasó su acreditación por el lector y se coló dentro.
—¡Inspectora!
Navarro sujetó la puerta. Entré detrás.
Una alarma corta sonó en la garita. No la general. Solo tres pitidos.
El funcionario corrió hacia Ríos.
—Está accediendo a una zona restringida.
Ella señaló el monitor de control.
—Enséñeme las cámaras.
—No.
—Entonces apártese.
Navarro cerró la puerta tras nosotros. Dos funcionarios aparecieron al fondo del pasillo.
Yo miré la pantalla. Había doce recuadros. Patios. Pasillos. Salas vacías. En uno, Ferrer caminaba junto a Sergio.
No iban hacia la salida. Bajaban una escalera.
La carpeta negra ya no estaba con ellos.
—Detén la imagen —dije.
El funcionario se interpuso frente al monitor.
—No toque nada.
Le aparté el brazo.
La grabación saltó hacia atrás. Ferrer y Sergio aparecieron entrando en un pasillo estrecho. Una puerta gris se cerraba detrás.
Sobre el marco había un número.
Ríos congeló la imagen.
—¿Qué hay ahí?
El funcionario respiró por la nariz.
—Archivo histórico.
Navarro señaló la hora.
—Han entrado hace tres minutos.
—La cámara está desincronizada.
—¿Cuánto?
—No lo sé.
Volví a reproducir.
Ferrer se detuvo antes de bajar. Miró directamente a la cámara. Después levantó dos dedos.
Sergio no se giró.
—¿Qué significa? —preguntó Ríos.
—Que no está allí por la fuerza —dijo Navarro.
Negué.
—No.
Toqué la pantalla. Ferrer mantenía los dos dedos separados. Índice y corazón.
No era una señal de calma. Era un número.
—Nos está diciendo que falta alguien.
La puerta del archivo se abrió en el vídeo.
Una mano salió desde dentro. Manga gris. Reloj de esfera azul.
Agarró a Sergio del hombro y lo hizo entrar. Ferrer permaneció fuera.
Después miró otra vez a la cámara y movió los labios.
Ríos amplió la imagen.
—¿Qué dice?
Lo leí antes que ella.
—Julio ya estuvo aquí.
La grabación se cortó. La pantalla se volvió negra.
A nuestra espalda, el funcionario cerró la puerta de la garita con llave.
—Ahora —dijo— van a explicarme cómo sabían el número del archivo.
El cerrojo sonó antes de que respondiera nadie. No era un golpe fuerte. Solo un clic metálico. Bastó para cambiar la habitación.
Navarro dio un paso hacia el funcionario.
—Acabas de cometer un error.
—No. He evitado otro.
Los dos hombres que habían aparecido al fondo del pasillo ya estaban frente a la puerta. Ninguno llevaba arma visible. Ninguno parecía sorprendido de vernos allí.
Ríos mantuvo la vista fija en el monitor apagado.
—Vuelve a poner la grabación.
—Ha habido un fallo técnico.
—Claro.
El funcionario tragó saliva.
—No puedo acceder.
Me acerqué tanto que pude ver el sudor en su cuello.
—No has desconectado la cámara. Alguien lo ha hecho desde dentro.
No respondió.
Navarro apoyó las dos manos sobre el mostrador.
—¿Quién está en el archivo cuarenta y siete?
—No tengo autorización para responder.
—Eso no te lo he preguntado.
El silencio duró demasiado.
Empujé al funcionario hacia un lado y abrí la puerta interior de la garita. Uno de los vigilantes intentó sujetarme. Le golpeé el antebrazo y seguí avanzando.
—¡Barral!
Navarro me siguió un segundo después.
Ríos no perdió el tiempo. Se sentó frente al ordenador y empezó a pulsar teclas.
—Necesito un minuto.
—No lo tienes —contestó el funcionario.
Ella ni siquiera levantó la cabeza.
El pasillo olía a lejía reciente. Las luces fluorescentes parpadeaban cada pocos metros. Al fondo había un ascensor cerrado y una escalera descendía hacia el sótano. La misma del vídeo.
Corrí.
Navarro me alcanzó en el primer rellano.
—Si bajas solo, te detengo.
—Haz cola.
Bajamos dos pisos.
El aire era más frío. Las paredes cambiaban de color. El blanco desaparecía. El hormigón quedaba al descubierto. Al final del corredor apareció una puerta gris.
La misma. No se oía nada.
Apoyé la mano sobre el pomo. Frío.
—Está abierta —susurré.
Entramos.
El archivo era más pequeño de lo que esperaba. Estanterías metálicas. Decenas de cajas numeradas. Un ventilador girando despacio sobre nuestras cabezas.
No había nadie. Solo una carpeta negra abierta sobre una mesa.
Navarro levantó una mano.
—No toques nada.
No le hice caso. La carpeta estaba vacía. Solo quedaba una funda transparente. Dentro había una hoja. No era un informe. Era un registro de préstamos.
Ríos llegó jadeando detrás de nosotros.
—Han borrado las grabaciones del servidor.
Navarro no apartó la vista del documento.
—¿Qué pone?
Leí la primera línea.
—Archivo cuarenta y siete. Expediente operativo.
Pasé la hoja. Había decenas de firmas. La mayoría ilegibles. Hasta que encontré la mía.
Sentí cómo el estómago se cerraba. No era una falsificación. Era mi firma. Original. Con fecha. Doce años atrás.
Ríos dejó escapar el aire.
—Eso es imposible.
—No.
Mi voz salió más baja de lo que esperaba.
—Eso significa que estuve aquí.
Navarro cogió la hoja con guantes.
—Y que retiraste algo.
Bajo mi firma aparecía una casilla.
Material retirado: una carpeta.
Sin descripción. Sin referencia. Solo una anotación manuscrita.
Entrega autorizada por T. Salcedo.
Nadie habló.
El ventilador siguió girando. Muy despacio.
Ríos rompió el silencio.
—Salcedo no había desaparecido.
Negué.
—No.
—Seguía teniendo acceso.
—Sí.
Navarro pasó la página. No había más registros. Al cerrar la carpeta cayó una fotografía escondida entre las fundas.
La recogí antes que él. Era antigua. Granulada. En ella aparecíamos cinco personas. Ferrer. Pardo. Yo.
Un hombre cuya cara había sido tachada con tinta negra. Y Sergio. Mucho más joven. Ninguno miraba a la cámara. Todos mirábamos la misma carpeta negra apoyada sobre la mesa.
Por detrás alguien había escrito una sola frase.
Elija quién carga con todo.
El aire dejó de moverse.
Navarro cogió la fotografía.
—¿Quién la escribió?
Negué.
—No lo sé.
—Mientes.
—Esta vez no.
Ríos se acercó a las estanterías. Todas las cajas tenían etiquetas.
Ninguna llevaba el 47.
Volvió lentamente.
—No existe un archivo cuarenta y siete.
Navarro levantó la vista.
—Estamos dentro.
—No.
Golpeó una de las estanterías. Sonó hueca. Después otra. Igual.
Miró alrededor.
—Esto no es un archivo.
Se hizo un silencio incómodo.
Entonces comprendí por qué no había polvo. Por qué las cajas pesaban tan poco. Por qué las etiquetas parecían nuevas.
Aquello era una reconstrucción. Un decorado. Alguien había preparado aquella habitación para que encontráramos exactamente aquello.
—Salid —dije.
Navarro me miró extrañado.
—¿Por qué?
No llegué a responder.
Las luces se apagaron. Solo un segundo. Cuando volvieron, la carpeta negra había desaparecido de la mesa. Nadie la había tocado.
Ríos retrocedió.
—¿Qué...?
Un golpe seco sonó detrás de la pared. Después otro. Como si alguien caminara al otro lado.
Navarro desenfundó el arma.
—¿Quién está ahí?
No hubo respuesta. Solo tres golpes. Secos.
El mismo código que Sergio había utilizado por teléfono.
Miré la pared.
—Hay otra habitación.
Los golpes cesaron. Después una voz. Muy baja. Casi un susurro.
—Llegas doce años tarde, Barral.
Navarro apuntó hacia el muro.
—¡Salga con las manos en alto!
La risa llegó amortiguada. Vieja. Conocida. La había oído antes. Muchos años antes.
Cerré los ojos apenas un instante. No podía ser. Abrí la boca antes de pensar.
—Salcedo...