Los hombres útiles
Dos días después, encontraron a Tomás Salcedo en una residencia privada a las afueras de Zaragoza. No intentó escapar.
Estaba sentado junto a una ventana, con una manta sobre las piernas y un vaso de agua intacto entre las manos. La cicatriz de la mejilla seguía ahí. El resto parecía haberse encogido alrededor.
Navarro dejó la fotografía de Pardo sobre la mesa.
—Cinco muertos.
Salcedo miró el canal reflejado en el cristal.
—Cinco que conocíais.
Ríos permanecía junto a la puerta. Sergio esperaba en el pasillo, vigilado por dos agentes. Yo me senté frente a Salcedo sin pedir permiso.
—¿Los mataste tú?
El vaso tembló apenas.
—No todos.
Navarro apoyó los nudillos sobre la mesa.
—Empieza por el primero.
—Pardo empezó mucho antes que yo.
—No te he preguntado cuándo empezó.
Salcedo levantó la vista.
—Eso es lo único que importa.
La habitación olía a sopa fría. Desde el pasillo llegaba el chirrido de un carro metálico.
Cogí la fotografía.
—Pardo pidió salir.
—Muchos lo pedían.
—Yo se lo negué.
—Sí.
No había reproche en su voz. Eso dolió más.
Navarro sacó otra imagen. Gabriel muerto. Después Aldana. Luna. Los dejó en fila.
—¿Cuáles?
Salcedo tocó el borde del vaso.
—Pardo.
—¿Cómo?
—Lo sedé. Lo llevé al canal.
Ríos no se movió.
—¿Solo?
—Un hombre me prestó una furgoneta.
—Nombre.
—No sabía para qué la quería.
Navarro golpeó la mesa.
—Siempre aparece alguien que no sabía.
Salcedo sonrió sin dientes.
—Así funcionaba.
Aparté las fotografías.
—No quiero la lista.
Navarro se volvió.
—Yo sí.
—Ya sabemos quién ejecutó parte de los asesinatos. Quiero saber por qué dejó vivos a algunos y mató a otros.
Salcedo me miró por primera vez de frente.
—Porque algunos todavía servían.
La costura de la silla se clavó bajo mis dedos.
—¿Ferrer?
—Sabía guardar silencio.
—Gabriel.
—Empezó a hablar.
—Olmedo.
—Nunca supo suficiente.
Ríos dio un paso.
—¿Y los demás?
Salcedo se encogió bajo la manta.
—Cada uno murió por una razón distinta.
—Eso no responde —dijo Navarro.
—Responde demasiado.
Cogió el vaso, pero no bebió.
—Uno quiso vender lo que sabía. Otro confundió culpa con arrepentimiento. Otro creyó que una declaración lo limpiaría.
—¿Y Pardo? —pregunté.
Salcedo dejó el vaso.
—Pardo dejó de tener miedo.
La frase entró despacio.
—¿Por eso lo mataste?
—Por eso dejó de ser útil.
Navarro sacó las esposas.
—Se acabó.
Salcedo miró el metal.
—No.
—Has confesado un asesinato.
—He confesado una parte.
—La suficiente.
Se levantó y la manta cayó al suelo. Sus piernas eran demasiado finas para sostenerlo. Aun así, permaneció de pie.
—Si me detienes ahora, cerrarás el caso equivocado.
Navarro abrió una de las esposas.
—Eso lo decide un juez.
—Los jueces también decidían después de saber quién iba a firmar.
Ríos se acercó.
—¿Quién mató a Gabriel?
Salcedo negó.
—No lo sé.
—¿Ferrer?
—No.
—¿Valcárcel?
—Puede.
—¿Sergio?
La mirada de Salcedo pasó hacia la puerta.
—Sergio siempre movía papeles. No cuerpos.
Yo me levanté.
—¿Y David?
El anciano agarró el respaldo.
—David cometió el mismo error que Pardo.
—¿Dejar de tener miedo?
—Creer que saber algo te convierte en dueño de la verdad.
Me acerqué hasta notar su aliento seco.
—¿Quién disparó?
—No lo vi.
—Estabas allí.
—Llegué cuando todos habían decidido no decidir.
Navarro cerró la esposa alrededor de su muñeca.
Salcedo no se resistió.
—Ferrer dijo que moverlo era peor. Sergio corrigió la hora. Valcárcel apagó una cámara. Irene cerró una puerta.
Me miró.
—Y tú tenías el teléfono.
El plástico regresó a mi palma.
La pantalla encendida. Dos nombres. Emergencias. Ferrer.
—¿A quién llamé?
Salcedo bajó la vista hacia la esposa.
—A quien siempre llamabas cuando querías que una decisión pareciera una orden.
La garganta se me cerró.
—Ferrer.
—Sí.
Navarro ajustó la segunda esposa.
—Eso no convierte a Barral en asesino.
Salcedo se dejó conducir hacia la puerta.
—Nunca fue necesario.
Se detuvo a mi lado.
—Solo necesitábamos que estuviera allí.
Intervine.
—Espera.
Navarro tiró de él.
—Ya ha terminado.
—No.
Me puse delante de Salcedo.
—¿Quién decidió utilizar mi expediente?
La cicatriz se tensó cuando sonrió.
—Otra vez buscas a un hombre.
—Dame el nombre.
—No había uno.
—Alguien firmó.
—Sí.
—Alguien me eligió.
Salcedo negó despacio.
—No te eligieron una vez, Julio.
El carro del pasillo volvió a chirriar.
—Te eligió cada persona que dejó que hicieras su parte.
Seis horas después, la declaración de Salcedo ocupaba nueve páginas. No cerraba cinco homicidios. Solo uno.
Navarro dejó el documento junto a la carpeta negra. Ríos tenía abiertas las diligencias de Gabriel y Luna. Ninguna coincidía del todo con la versión de Salcedo.
—Miente —dijo Navarro.
—No en todo —respondí.
—Eso es peor.
Sergio seguía frente a nosotros. Tenía las manos libres y una patrulla esperando para trasladarlo a Salamanca.
Ríos señaló la declaración.
—Salcedo admite Pardo. Niega Gabriel. No sabe quién mató a Luna y dice que Aldana murió sin que nadie lo ordenara.
—Una discusión que terminó mal —añadió Sergio.
Navarro lo miró.
—Te has vuelto muy hablador.
—Ya no queda mucho que proteger.
Me acerqué a él.
—Eso dijiste después de David.
—Y me equivoqué.
—¿También ahora?
Sergio guardó silencio.
Navarro cerró la carpeta del caso.
—Necesito un autor para cada muerte.
—Tienes acciones —dije—. No un autor único.
—Eso no se presenta ante un juez.
—Entonces presenta la verdad aunque quede mal ordenada.
Me miró como si acabara de insultarlo.
—La verdad no es una excusa para hacer mal una investigación.
—Tampoco una investigación perfecta convierte una mentira en verdad.
Ríos apartó las fotografías de los cadáveres.
—Pardo fue Salcedo.
—Sí.
—Gabriel probablemente Valcárcel.
—Probablemente no basta —dijo Navarro.
—Luna murió después de citarse con Olmedo —continuó ella—. Aldana discutió con Ferrer días antes. Cada muerte nace de una relación distinta.
Sergio tocó la mesa.
—Porque no había una orden común.
Navarro se levantó.
—Pero todos protegían lo mismo.
—No —respondí—. Cada uno protegía algo distinto.
—¿Qué diferencia hay?
Miré las fotografías.
—La suficiente para que ninguno se sintiera responsable de todo.
Navarro cerró los puños.
—Y al final cinco hombres están muertos.
—Sí.
—Entonces alguien debe cargar con eso.
La frase quedó entre nosotros.
No la dijo mirándome. No hacía falta.
Cogí mi antigua declaración sobre David y la dejé junto a las fotografías.
—Empieza conmigo.
Sergio levantó la cabeza.
—Julio.
—Retuve a Pardo. Negué su retirada. Oculté que había estado con él. Llamé a Ferrer cuando David necesitaba una ambulancia.
Navarro no tocó el documento.
—Eso no te hace autor de los asesinatos de Zaragoza.
—No.
—Entonces no mezcles.
—Llevamos doce años mezclándolo todo para que cupiera en una sola persona.
Ríos se apoyó en la mesa.
—¿Qué quieres que conste?
—Lo que hice.
—Ya cumpliste condena.
—Por una historia incompleta.
Sergio dio un paso.
El agente del pasillo abrió la puerta, pero Ríos levantó una mano.
—No lo protejas —dije.
—No lo hago.
—Entonces habla.
Sergio miró la carpeta negra.
—Julio no disparó a David.
Navarro esperó.
—¿Quién?
—No lo vi.
—Estabas allí.
—Entré después.
La misma frase.
Los mismos hombres llegando después. Siempre después.
Me acerqué.
—¿Qué viste?
Sergio bajó la voz.
—A David en el suelo. A Ferrer junto a la puerta. A Valcárcel limpiando la mesa.
—¿Y yo?
—En el pasillo.
—¿Con el teléfono?
—Sí.
—¿Ya había llamado?
Sergio tragó saliva.
—A Ferrer.
La habitación perdió un poco de aire.
—¿Qué me dijo?
—Que esperaras.
—¿Y esperé?
Sergio sostuvo mi mirada.
—Sí.
Navarro no escribió.
Ríos tampoco.
—¿Cuánto? —pregunté.
—Nueve minutos.
Los dedos se me quedaron fríos.
Nueve minutos. Suficientes para una ambulancia. Suficientes para una vida.
—Después llamé a emergencias —dije.
—No.
Sergio acercó la carpeta.
—Después llamé yo.
La mesa me golpeó en las caderas cuando retrocedí.
—Mentiste en el juicio.
—Sí.
—Dijiste que fui yo.
—Dije que el teléfono era tuyo.
—No es lo mismo.
—Para el tribunal sí.
Navarro agarró a Sergio del brazo.
—Eso cambia la condena.
—No cambia lo que Julio hizo antes.
—No te corresponde decidirlo.
Sergio no intentó soltarse.
—Eso fue lo que hicimos todos.
Ríos abrió la puerta.
—Llévenselo.
Los agentes se acercaron. Sergio se volvió hacia mí antes de salir.
—David no dijo “eras tú” porque lo hubieras matado.
El pulso me golpeó en la muñeca.
—¿Entonces?
—Porque te estaba dando la última oportunidad de entender que no hablaba de él.
La puerta se cerró.
Navarro se quedó de pie.
—Podemos reabrir el caso.
Miré mi declaración.
—No hoy.
—Después de doce años, ¿ahora tienes paciencia?
—Ahora sé qué pregunta hacer.
Ríos reunió las fotografías.
—¿Cuál?
Cogí la copia del historial de accesos.
—Quién necesitaba una reserva operativa cinco años antes de David.
Navarro señaló a Salcedo en una fotografía.
—Él.
—No.
—Acaba de admitir que te utilizó.
—También Ferrer. También Sergio. También yo.
Guardé la hoja.
—Salcedo no creó el sistema. Aprendió a vivir dentro.
Ríos cerró la carpeta negra.
—¿Y el funcionario autorizante?
—Firmó una parte.
—¿No quieres encontrarlo?
Miré el nombre que había aparecido en el teléfono del archivo. No lo conocía. No me debía nada.
Eso era lo inquietante.
—Sí.
Navarro se acercó a la ventana. Afuera empezaba a amanecer sobre Zaragoza.
—¿Entonces qué hacemos con el caso?
Señalé las cinco fotografías.
—No lo cerréis con un culpable que no cabe en todos los muertos.
—Los informes necesitan conclusiones.
—Escribe cinco.
Ríos sostuvo mi mirada.
—¿Y tú?
Metí mi antigua acreditación en la carpeta.
Esta vez no intenté recuperarla.
—Yo dejo de buscar quién puede declararme inocente.
Navarro recogió la placa caducada.
—No encontrarás a nadie.
—Ya lo sé.
Salí al pasillo.
El suelo olía a lejía. Un agente empujaba a Salcedo hacia el ascensor. No parecía un cerebro criminal. Solo un anciano esposado que había pasado demasiado tiempo convencido de que proteger su parte bastaba.
Las puertas se cerraron.
Ríos apareció detrás de mí con una hoja.
—Falta esto.
Era la copia certificada del acceso a mi historial.
Al pie del expediente aparecía una fecha. La persona que había accedido a mi historial lo había hecho tres años antes de que David muriera.
Y el nombre del funcionario autorizante era uno que yo jamás había visto.
Próximamente…
El caso ha terminado. La verdad, no. Mientras Salamanca investiga el asesinato de un profesor que estaba a punto de destapar una red de corrupción académica, Julio descubre que su historia nunca empezó con David Mena.
Alguien abrió su expediente, siguió sus pasos y preparó su caída mucho antes de que él sospechara que estaba siendo observado.
La pregunta ya no es quién mató a David.
La pregunta es quién eligió a Julio Barral.