La amenaza
Once horas después, habíamos registrado el aparcamiento de Zuera, interrogado a tres funcionarios y perdido el coche de Ferrer.
Las cámaras no mostraban su salida. Solo la entrada.
El vehículo cruzaba la barrera a las seis y catorce. Ferrer delante. Sergio a su lado. Joaquín detrás. El conductor quedaba oculto por el reflejo.
A las seis y veintidós, la cámara se congelaba. Volvía a funcionar diecisiete minutos después. El coche ya no estaba.
Navarro golpeó el monitor con el nudillo.
—Diecisiete minutos.
El vigilante bajó la mirada.
—El sistema falla.
—Justo hoy.
—Falla desde marzo.
Ríos tocó el registro de mantenimiento.
—Hay seis incidencias anteriores.
Navarro cerró la carpeta.
—Entonces alguien conocía el fallo.
Gabriel permanecía junto a la puerta, esposado a un agente. Tenía la piel gris y la camisa pegada al pecho.
—No necesitaban conocerlo —dijo—. Lo provocaban.
—¿Cómo? —preguntó Ríos.
—Con el mando de la barrera.
El vigilante levantó la cabeza.
—Eso no afecta a las cámaras.
—Ahora no.
Gabriel señaló el cuadro eléctrico.
—Antes compartían línea.
El hombre negó.
—Eso fue hace años.
—Por eso lo saben ellos.
Tomé una decisión.
—Quiero ver el módulo cerrado.
Navarro se interpuso.
—No tienes autorización.
—Tú sí.
—Y tú sigues sin ser policía.
—El coche ha desaparecido dentro de una prisión.
Ríos guardó el registro.
—Entraremos nosotros. Julio espera fuera.
—No.
—No era una propuesta.
Gabriel soltó una risa breve.
—Dejadlo entrar.
Navarro se volvió hacia él.
—¿Por qué?
—Porque alguien dentro todavía lo recuerda.
El módulo llevaba nueve años sin internos.
El aire olía a humedad y lejía vieja. Cada pisada volvía desde el final del pasillo con medio segundo de retraso.
Ríos abrió una celda. Cama de hormigón. Lavabo. Nada más.
—¿Aquí practicabais? —preguntó.
Gabriel rozó la pared con dos dedos.
—No aquí.
—Has dicho módulo cerrado.
—Debajo.
Navarro miró al funcionario que nos acompañaba.
—¿Hay un sótano?
El hombre tardó demasiado.
—Cuartos técnicos.
—Ábralos.
—Necesito permiso.
Navarro mostró la placa.
—Acaba de encontrarlo.
La escalera descendía tras una puerta sin señalizar. Abajo había tuberías, motores de ventilación y tres habitaciones estrechas.
La primera estaba vacía. En la segunda quedaban marcas rectangulares en el suelo. La tercera tenía un cristal oscuro en una pared.
Me acerqué.
—Sala de observación.
Gabriel negó.
—Sala de ensayo.
Ríos encendió la luz del otro lado. Apareció una habitación con una mesa atornillada y dos sillas. Nada nuevo. Nada que pudiera hablar.
Navarro abrió la puerta.
—¿Qué ensayabais?
Gabriel no entró.
—Versiones.
—Eso ya lo dijiste.
—Aquí comprobaban cuánto aguantaban.
—¿Quiénes?
—Los testigos.
El ventilador arrancó sobre nuestras cabezas. El metal vibró dentro de la pared.
Me metí en la habitación. La mesa me llegaba a la cintura. Había pequeños golpes junto al borde, como si alguien hubiera apoyado allí unas esposas muchas veces.
—Yo estuve aquí.
Gabriel bajó los ojos.
—Sí.
—¿Con quién?
—No lo sé.
—Mientes.
—Pasaron muchos.
Navarro cerró la puerta detrás de nosotros.
—Prueba con uno.
Gabriel observó el cristal.
—Vicente Orduña.
El nombre no produjo nada.
—¿Quién era? —preguntó Ríos.
—Conductor.
—¿De prisión?
—De una empresa externa.
—¿Qué vio?
Gabriel se frotó la cicatriz.
—Algo que no debía.
—Muy concreto —dijo Navarro.
—Un traslado que nunca existió.
La mesa se endureció bajo mis manos.
—¿A quién trasladaban?
—A Mateo.
—Roldán.
Gabriel asintió.
—Lo sacaron de Topas y lo trajeron aquí.
—¿Por orden judicial?
—No.
—¿Quién conducía?
—Orduña.
—¿Y yo qué hice?
Gabriel me miró.
—Conseguir que olvidara la matrícula.
La dirección de Vicente Orduña seguía vinculada a una empresa de transportes de Utebo.
La nave tenía la persiana medio bajada. Dentro sonaba una radial.
Ríos llamó dos veces.
La máquina se apagó. Nadie abrió.
Navarro levantó la persiana unos centímetros.
—Policía.
Un objeto metálico chocó al fondo.
Me agaché y pasé antes de que pudieran detenerme.
—¡Julio! —gritó Ríos.
La nave olía a hierro quemado. Una furgoneta sin ruedas ocupaba el centro.
Vi a un hombre correr hacia una puerta trasera.
—¡Orduña!
No se volvió.
Saltó una caja de herramientas y tiró una estantería detrás de él. Los tubos cayeron sobre el suelo.
Navarro entró insultando.
Ríos rodeó la furgoneta.
Yo aparté un tubo con el pie y seguí.
Orduña alcanzó la salida.
La puerta no abrió. Tiró dos veces.
Ríos apareció a su derecha con el arma baja.
—Quieto.
El hombre se giró.
Tendría sesenta y cinco años. Brazos gruesos. Una cicatriz blanca junto a la boca.
Me vio.
La sangre abandonó su cara. No miró el arma de Ríos. Me miró a mí.
Cogió una llave inglesa del banco.
—No te acerques.
Me detuve.
—Vicente.
—No digas mi nombre.
Navarro se colocó a su espalda.
—Suelte eso.
—Él primero.
—Barral no va a tocarle.
Orduña rio. El sonido le salió roto.
—Eso también lo dijo la otra vez.
La llave inglesa tembló entre sus manos.
—¿Qué te hice? —pregunté.
—No.
—Necesito saberlo.
—Tú siempre necesitabas algo.
Ríos bajó el arma unos centímetros.
—Señor Orduña, venimos por Emilio Ferrer y Sergio Muriel.
—No los conozco.
—Han estado en Zuera.
—Media provincia ha estado en Zuera.
Navarro avanzó.
Orduña levantó la llave.
—Un paso más y le abro la cabeza.
—Entonces no saldrá de aquí.
—Hace años que no salgo.
Sus ojos volvieron a mí. No había sorpresa. Solo una cuenta antigua.
Di un paso.
Ríos me agarró del brazo.
—No.
Me solté.
Orduña retrocedió hasta tocar la puerta.
—Te dije que no te acercaras.
—Y yo no escuchaba.
—Nunca.
—¿Qué viste?
La llave dejó de temblar.
—Un hombre bajando de mi furgoneta.
—Mateo Roldán.
—No sabíamos su nombre.
—¿Quiénes?
—Mi compañero y yo.
—¿Dónde lo llevasteis?
Orduña apretó la mandíbula.
—Aquí.
—¿A este módulo?
—A Zuera.
—¿Quién lo recibió?
—Tú.
La palabra me golpeó en el estómago.
Navarro miró hacia mí.
—Julio dijo que no recordaba a Orduña.
—Claro que no —respondió él—. Yo no estaba en la versión buena.
Ríos soltó mi brazo.
—¿Qué ocurrió después?
Orduña bajó la llave hasta el pecho.
—El hombre iba golpeado. No podía caminar bien. Pregunté si necesitaba un médico.
—¿Qué respondió Barral?
Orduña no apartó los ojos de mí.
—Que ya había hablado demasiado.
El ruido de la radial seguía dentro de mis oídos, aunque estaba apagada.
Una furgoneta blanca. Lluvia contra el parabrisas. Un hombre respirando detrás. Mi mano cerrando una puerta.
—¿Te amenacé? —pregunté.
Orduña tragó saliva.
—A mí no.
—Gabriel ha dicho que sí.
—Gabriel no estaba en el despacho.
—¿Quién estaba?
—Mi compañero.
Ríos cogió su libreta.
—Nombre.
—Raúl Castaño.
—¿Dónde vive?
—Murió.
—¿Cuándo?
—Seis meses después.
Navarro tocó el bolsillo de su chaqueta.
—¿Cómo?
—Accidente de tráfico.
—¿Lo investigaron?
Orduña sonrió.
—Lo firmó Barral.
La piel de mi espalda se tensó.
—Yo no llevaba tráfico.
—Llevabas todo cuando querías.
El recuerdo llegó en fragmentos.
Una oficina pequeña. Orduña sentado. Otro hombre junto a la ventana. Yo dejando dos fotografías sobre la mesa.
Un coche aparcado frente a un colegio. Una niña bajando de él.
—Tenías una hija —dije.
Orduña apretó la llave inglesa.
—No la nombres.
—Yo la nombré entonces.
—Cállate.
—¿Qué te dije?
—Ya lo sabes.
—No.
—Siempre decías que no.
Golpeó el banco con la llave.
—No sabía que estaba allí. No sabía quién había puesto la fotografía. No sabía quién había llamado. No sabías nada.
Navarro se acercó despacio.
—¿Qué fotografía?
Orduña señaló mi pecho con la herramienta.
—Su hija saliendo del colegio.
Ríos dejó de escribir.
—¿Barral amenazó con hacerle daño?
—No.
Orduña soltó una risa áspera.
—Eso habría sido denunciable.
La frase me atravesó.
—¿Qué dije?
El hombre cerró los ojos un segundo.
—Que un padre responsable no debería conducir para una empresa investigada por tráfico de drogas.
—¿La empresa estaba investigada?
—No.
—¿Y tu hija?
—Vivía conmigo.
La oficina volvió. Mi voz.
Si declaras que Roldán llegó golpeado, mañana registramos la empresa. Pasado mañana servicios sociales pregunta por la niña.
Me agarré al borde del banco.
El metal estaba frío.
—Te dije que perderías su custodia.
Orduña abrió los ojos.
—Me dijiste que sería culpa mía.
Nadie habló.
Ríos fue la primera.
—¿Cambió su declaración?
—No había declaración.
—¿Qué hizo?
—Firmé que el traslado había llegado sin incidencias.
Navarro miró hacia mí.
—¿Y Roldán?
—Lo sacaron esa noche.
—¿Quién?
—No lo vi.
—¿Ferrer?
—No.
—¿Sergio?
Orduña negó.
—Había un hombre con un reloj azul.
La respuesta no sorprendió a nadie.
Eso la volvió peor.
—¿Dónde está el registro del traslado? —preguntó Ríos.
—Lo destruyeron.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque lo busqué después de que Castaño muriera.
—¿Y qué encontró?
—Mi firma.
—Ha dicho que lo destruyeron.
—El original.
Orduña señaló hacia una oficina elevada al fondo de la nave.
—Yo conservé una copia.
Navarro empezó a caminar.
—No —dijo Orduña.
—Es una prueba.
—Es lo único que me mantiene vivo.
—Dos hombres ya han muerto.
—Por eso.
Ríos bloqueó el paso de Navarro.
—¿Qué quiere a cambio?
—Nada.
—Entonces entréguela.
Orduña miró hacia mí.
—Que él salga.
—No voy a irme.
Levantó de nuevo la llave.
—Entonces no hay copia.
Me dirigí hacia la persiana.
Navarro me agarró por el hombro.
—No sales de mi vista.
—Esta vez no se trata de ti.
—Nunca se trata de mí. Ese es el problema.
Me solté.
Ríos abrió la persiana. La luz cortó el suelo de la nave.
Antes de pasar, miré a Orduña.
—No voy a pedirte que me perdones.
—Ya lo hiciste.
Me detuve.
—¿Cuándo?
—Antes de entrar aquí.
La llave inglesa cayó sobre el banco.
—Le dijiste a la inspectora que necesitabas saberlo. No que quisieras arreglarlo.
Salí.
La persiana bajó detrás de mí. Esperé junto al coche. Cinco minutos. Diez.
Cuando Ríos salió, no llevaba ninguna carpeta.
Navarro apareció detrás. Tenía la mandíbula cerrada.
—No existe la copia —dijo.
—Sí existe —respondió Ríos.
—¿La habéis visto?
—No.
—Entonces no existe.
Ríos se acercó.
—Orduña no la guardó para denunciar. La guardó para proteger a su hija.
—¿Dónde?
—No lo ha dicho.
—¿Y ahora qué?
Ella miró hacia la persiana.
—Ahora esperamos a que confíe.
Navarro abrió el coche.
—Mientras tanto Ferrer, Sergio y Joaquín siguen desaparecidos.
Gabriel estaba sentado dentro de la patrulla. El agente le había dejado la ventanilla abierta.
Me acerqué.
—Me mentiste.
—¿Sobre qué?
—Orduña no era el hombre equivocado.
Gabriel inclinó la cabeza.
—Claro que lo era.
—Yo amenacé al conductor.
—No.
—Acaba de contarlo.
—Amenazaste al hombre que todavía podía hablar.
—¿A quién debía amenazar?
Gabriel miró la nave.
—A quien había ordenado el traslado.
—¿Quién?
—Nunca preguntaste.
—Dame el nombre.
—Eso no cambia lo que hiciste.
—Dámelo.
Gabriel se acercó a la ventanilla.
—El traslado de Mateo llevaba una autorización falsa.
—¿Firmada por quién?
—Por un juez.
—Nombre.
—Ortega.
El apellido me golpeó por dentro.
El juez muerto en Sevilla.
Gabriel apoyó la frente contra el cristal.
—Tú protegiste su firma amenazando a Orduña.
—No sabía que era falsa.
—No quisiste saberlo.
La puerta trasera se abrió.
Ríos había regresado. Llevaba un sobre pequeño.
—Orduña ha cambiado de opinión.
Navarro se acercó.
—¿La copia?
—No.
Ríos sacó una fotografía del sobre. Mostraba la oficina de Zuera doce años atrás.
Orduña estaba sentado. Yo permanecía de pie frente a él. A mi lado había una niña de unos diez años. La hija de Orduña.
Me vi sujetándole el hombro. No con fuerza. No hacía falta.
Ríos giró la imagen.
En el reverso, Castaño había escrito una frase antes de morir.
BARRAL NO AMENAZÓ A SU PADRE.
Debajo había otra.
LA TRAJO PARA QUE ENTENDIERA.
Gabriel me miró desde el coche.
—Ahora dime que no eras diferente.