Lo que hacíamos
La nave estaba vacía y Sergio seguía desaparecido. La fotografía había sido tomada cuatro días antes.
Ríos lo descubrió por una sombra.
—El tejado de enfrente —dijo.
Amplió la imagen en la tableta. La chapa proyectaba una línea sobre el suelo. La comparó con las fotografías de la entrada tomadas aquella mañana.
—El sol no cae así a esta hora.
Navarro golpeó la mesa de la sala de crisis.
—¿Cuánto?
—Entre tres y cinco días.
—La encontraron ayer.
—La encontraron donde alguien quiso.
Gabriel permanecía esposado a una silla. Le habían dado ropa del hospital y unas zapatillas demasiado grandes.
—Ferrer nunca sostuvo esa pistola —dijo.
Navarro se inclinó hacia él.
—Aparece en su mano.
—También aparecía Salcedo en Delicias.
—¿Quién hizo la fotografía?
Gabriel miró la ventana.
—El que estaba al otro lado.
—Quítale las esposas.
Navarro se volvió.
—Ha sedado a dos agentes.
—Joaquín los sedó.
—Él ayudó.
—Y ahora tenemos tres hombres desaparecidos.
Ríos guardó la tableta.
—Se las quitamos dentro. La puerta queda cerrada.
Navarro introdujo la llave en las esposas.
—Un movimiento raro y vuelves al hospital atado a la cama.
Gabriel se frotó las muñecas.
—Así empezabais siempre.
La sala olía a goma caliente. El aire acondicionado soltaba un golpeteo dentro de la rejilla.
—Empieza tú —dije.
Gabriel levantó la vista.
—¿Por dónde?
—Por lo que hacíamos.
—Tú estabas allí.
—Quiero oír tu versión.
—No. Quieres saber cuánto recuerdo.
Navarro arrastró una silla y se sentó frente a él.
—Recuerda rápido.
Gabriel tocó la mesa con la punta de un dedo.
—Nos daban un nombre.
—¿Quién? —preguntó Ríos.
—Dependía.
—Eso no sirve.
—Es lo único real.
Gabriel trazó una línea sobre la superficie.
—A veces un policía. A veces un funcionario. Otras, alguien que no enseñaba credencial porque no la necesitaba.
—El hombre del abrigo gris —dije.
—Había muchos abrigos.
—Reloj azul.
Su dedo se detuvo.
Navarro lo vio.
—Lo conocías.
—Conocía el reloj.
—Nombre.
Gabriel negó.
—Nunca se usaban nombres cuando él estaba.
Ríos abrió una libreta.
—¿Qué os pedían?
—Mirar. Escuchar. Entrar en sitios donde un agente llamaba demasiado la atención.
—Eso es trabajo de confidente —dijo Navarro.
Gabriel sonrió.
—Eso era al principio.
Se llevó una mano al costado. El movimiento le cortó el aire.
Esperamos.
—Después pedían otras cosas —continuó—. Dejar un paquete. Mover un coche. Convencer a alguien para que cambiara una declaración.
La cicatriz de su frente se oscureció bajo la luz.
—Y cuando la verdad no encajaba, teníamos que mejorarla.
Ríos dejó de escribir.
—Define “mejorarla”.
—Encontrar algo donde debía aparecer.
Navarro apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—¿Colocabais pruebas?
—A veces.
—¿Quién lo ordenaba?
Gabriel me miró.
La piel de mis manos se tensó.
—Contesta —dije.
—Tú no ordenabas colocar nada.
Navarro soltó aire.
—Qué alivio.
Gabriel no apartó los ojos de mí.
—Tú preguntabas dónde mirar.
La habitación amarilla volvió sin imagen completa.
Una caja metálica. Mi mano abriendo un cajón. La matrícula envuelta en un trapo. Pardo detrás. Mira debajo.
Clavé las uñas en la palma.
—Eso no es lo mismo.
—Para el detenido sí.
Navarro giró hacia mí.
—Déjalo hablar.
Gabriel colocó las manos abiertas sobre la mesa.
—A Barral le daban una dirección. Un nombre. Una frase. Él llegaba, apretaba y encontraba lo que le habían preparado.
—No sabía que estaba preparado —dije.
—Nunca preguntabas.
—Preguntaba lo necesario.
—Exacto.
Ríos tocó el bolígrafo contra el papel.
—¿Y Ferrer?
Gabriel miró la puerta.
—Ferrer decidía qué versión podía sostenerse.
—¿Era vuestro responsable?
—No teníamos responsables.
—Alguien pagaba.
—Los pagos cambiaban de mano.
—Alguien borraba informes.
—También.
—¿Ferrer?
Gabriel se encogió de hombros.
—A veces.
Navarro golpeó la mesa con dos dedos.
—Pardo y Cifuentes están muertos. Sergio tiene una pistola en la cabeza. Se acabó el “a veces”.
Gabriel acercó la cara.
—La pistola de esa foto no estaba cargada.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque era de Joaquín.
El silencio se cerró alrededor de la mesa.
—Joaquín estaba en la nave —dijo Ríos.
—Sí.
—¿Voluntariamente?
—La nave era suya.
Navarro se levantó.
—Nos dijiste que no sabías dónde estaba.
—Dije que estaba a salvo.
—Nos llevaste hasta la nave.
—Vosotros leísteis un plano como os convenía.
Agarré a Gabriel por la camiseta. La silla raspó el suelo.
—¿Dónde está Sergio?
Gabriel no intentó soltarse.
—Si lo supiera, no estaría aquí.
—Has reconocido la pistola.
—Porque Joaquín la compró hace quince años.
—¿Por qué apuntaba a Sergio?
—No apuntaba.
—La foto dice otra cosa.
—La foto también decía que Ferrer estaba allí.
Aflojé los dedos.
—¿No estaba?
—Ferrer no puede sostener un arma con esa mano.
Navarro abrió la fotografía.
—La sostiene con la derecha.
—Tuvo un ictus hace seis años.
Ríos buscó en el historial médico.
Tardó menos de un minuto.
—Secuela motora en brazo derecho.
Navarro dejó caer el teléfono. La foto estaba manipulada. No digitalmente. Habían preparado la escena.
—¿Quién posó? —pregunté.
—Joaquín quería que alguien viera la nave —respondió Gabriel.
—¿Quién?
—No vosotros.
—¿Entonces quién?
Gabriel miró hacia la cámara de la esquina.
Ríos siguió su mirada y se levantó.
Apagó la grabación.
—Ahora.
Gabriel se frotó la marca de las esposas.
—Había una mujer que recogía copias.
El nombre de Irene no salió. Se quedó detrás de mis dientes.
—¿De Topas? —preguntó Ríos.
—Entraba y salía.
—¿Funcionaria?
—A veces llevaba acreditación.
—Eso no responde.
—Nunca la vimos trabajar.
Navarro rodeó la mesa.
—¿Era la mujer reflejada en la cinta?
—No vi la cinta.
—Descríbela.
—No.
—Pardo y Cifuentes confiaban en ella.
—Pardo no confiaba en nadie.
—Entonces, ¿por qué le entregaba copias?
Gabriel cogió el vaso de agua. No bebió.
—Porque guardaba lo que nosotros no podíamos guardar.
—¿Pruebas? —preguntó Ríos.
—Seguro.
—¿Contra quién?
—Contra todos.
Yo apoyé la fotografía de la nave delante de él.
—¿Sergio preparó esto?
—Sergio preparaba informes.
—No te he preguntado eso.
—También borraba nombres.
Navarro se acercó.
—¿De los confidentes?
—De las operaciones.
—¿Para protegerlos?
Gabriel levantó el vaso.
—Para que el caso aguantara.
El borde tocó sus labios. No bebió.
—Cuando una operación salía mal —continuó—, elegíais una versión que pudiera sobrevivir. Nosotros desaparecíamos de ella. Después borraban las llamadas, cambiaban las horas y convertían el favor en una investigación legal.
—¿Y Julio? —preguntó Ríos.
Gabriel me miró por encima del vaso.
—Firmaba.
La palabra raspó más que una acusación larga.
—No todos los informes —dije.
—Los importantes.
—No podía saber cada cosa que ocurría fuera.
—Por eso eras útil.
Navarro se apoyó en la pared.
—Explícalo.
Gabriel dejó el vaso.
—Barral no inventaba la operación. Tampoco cobraba. No elegía siempre al confidente.
—Estás siendo generoso —dije.
—Todavía no he terminado.
Se inclinó hacia mí.
—Tú hacías que pareciera policía.
Las tuberías golpearon dentro de la pared. Una vez. Dos.
—Entrabas —continuó—. Preguntabas. Amenazabas. Escribías. El resto podía presentarse ante un juez porque llevaba tu forma de hablar.
—Mi firma.
—Tu reputación.
Ríos cerró la libreta.
—¿Quién decidía cuándo retirar a un confidente?
Gabriel se humedeció los labios.
—Se votaba.
Navarro se apartó de la pared.
—¿Entre quiénes?
—Quien lo utilizaba. Quien lo pagaba. Quien corregía el informe.
—¿Y el propio confidente?
Gabriel sonrió.
—El acusado tampoco vota la sentencia.
La fotografía del almacén volvió.
Pardo en la silla. Cifuentes con la carpeta. Roldán esperando. Yo junto a ellos.
—La reunión de la cinta —dije.
Gabriel me observó.
—Aquello no era para retirar a Luna.
—Era para Pardo.
—No.
—Entonces, ¿para quién?
Su mano fue hacia la cicatriz de la frente.
—Para ti.
Navarro dejó de moverse.
—Barral no era confidente.
—No hacía falta serlo.
—¿Qué decidían?
Gabriel me señaló.
—Si podía seguir firmando.
El aire acondicionado se apagó. El silencio ocupó el hueco.
—¿Quién pidió retirarme? —pregunté.
—Pardo.
La respuesta llegó sin fuerza.
—Mientes.
—Habías empezado a preguntar por pagos.
—No recuerdo eso.
—También preguntaste por Topas.
—Doce años después.
—Antes.
Mi silla crujió cuando me incliné.
—¿Qué sabía yo?
—Lo suficiente para que Pardo tuviera miedo.
Navarro abrió la puerta.
—Vamos a localizar a Joaquín.
Gabriel se levantó.
—No lo encontraréis.
—Esta vez no te quedas aquí —dijo Ríos.
—No voy con vosotros.
—No es una invitación.
Tomé la fotografía y se la puse contra el pecho.
—Nos llevarás a la nave verdadera.
Gabriel miró la imagen.
—Esa era la verdadera.
—Estaba vacía.
—Porque llegasteis al día siguiente.
—La foto tenía cuatro días.
—La foto sí.
Giró el papel. En el reverso había una mancha marrón junto a una esquina.
—Eso no estaba cuando la hicimos.
Ríos cogió la fotografía con guantes.
—¿Qué es?
Gabriel olió el papel sin tocarlo.
—Yodo.
Navarro se sorprendió.
—¿De hospital?
—De prisión.
La base de mi lengua se volvió amarga.
—Topas.
Gabriel negó.
—Zuera.
Ríos sacó el teléfono.
—¿Qué hay en Zuera?
Gabriel me sostuvo la mirada.
—Un módulo cerrado donde practicábamos antes de hacerlo fuera.
—¿Practicabais qué?
La puerta se abrió. Un agente entró con el rostro tenso.
—Han encontrado a Ferrer.
Navarro guardó la fotografía.
—¿Vivo?
—Sí.
—¿Dónde?
El agente miró a Gabriel antes de responder.
—En el aparcamiento de la prisión de Zuera.
—¿Solo?
—No.
Dejó una fotografía sobre la mesa.
Ferrer estaba sentado dentro de un coche. A su lado, Sergio miraba hacia el parabrisas. Ninguno parecía retenido.
En el asiento trasero había un tercer hombre. Joaquín.
Navarro amplió la imagen.
—¿Quién conduce?
El cristal devolvía un reflejo.
No se veía la cara. Solo una mano sobre el volante. Y un reloj de esfera azul.
Gabriel retrocedió.
—No vayáis.
Cogí mi chaqueta.
—Esta vez vienes.
—No entiendes lo que es ese sitio.
Abrí la puerta.
—Entonces tendrás tiempo para explicarlo.
Gabriel no se movió.
—Julio.
Me giré. Tenía la cara sin color.
—Ahí fue donde amenazaste al hombre equivocado.