El superviviente
Dos días después, Gabriel Luna arrancó el suero de su brazo y trató de escapar por la ventana del hospital.
La alarma del monitor chilló.
Ríos alcanzó la puerta antes que yo.
—Está en la quinta planta.
—Eso ya lo sabe.
Dentro, Gabriel tenía una pierna sobre el alféizar. La bata abierta dejaba ver un cuerpo estrecho, cubierto de cicatrices pequeñas.
Navarro cerró la ventana de un golpe.
—Si quieres morir, nos ahorras trabajo.
Gabriel bajó la pierna.
—No sería la primera vez que la policía se emociona al ver un cadáver.
La habitación olía a alcohol sanitario. En el pasillo, una camilla golpeó dos veces contra la pared.
Cogí el tubo del suero.
—Vuelve a ponértelo.
—Tú no das órdenes.
—Eso intento aprender.
Gabriel miró la sangre que descendía por su antebrazo.
—Aprendes tarde.
Ríos llamó a una enfermera.
Gabriel se sentó en la cama, pero dejó los pies apoyados en el suelo. Preparado para levantarse.
—Ferrer no estaba en su casa —dijo Navarro—. La patrulla encontró la puerta cerrada.
—Entonces sigue vivo.
—O se lo llevaron antes.
Gabriel soltó una risa sin aire.
—A Ferrer nadie se lo lleva.
Tomé una decisión.
—Déjanos solos.
Navarro se volvió.
—Ni hablar.
—Contigo no dirá nada.
—Contigo puede que mienta.
—Eso ya lo hace.
Ríos abrió la puerta.
—Cinco minutos. Nosotros fuera.
Navarro no se movió.
Ella le quitó la bolsa con la ropa de Gabriel de la mano.
—Fuera.
La puerta se cerró.
Gabriel presionó una gasa contra la herida.
—Sigues consiguiendo que otros hagan lo que quieres.
—Esta vez ha sido idea suya.
—Eso también te lo dices bien.
Me senté en la silla junto a la cama.
—¿Dónde está Joaquín?
—A salvo.
—No existe ese sitio.
—Para vosotros, no.
—Dos policías acabaron sedados.
Gabriel cambió la gasa de posición.
—Se despertaron.
—Podrían no haberlo hecho.
—Por eso calculamos la dosis.
El músculo de mi mandíbula se cerró.
—¿Los sedaste tú?
—Joaquín.
—¿Y la furgoneta?
—Prestada.
—Robada.
—No preguntamos.
—Veo que conserváis el método.
Gabriel dejó la gasa sobre la mesa.
—Nos lo enseñasteis bien.
La enfermera entró sin llamar. Le sujetó la muñeca y volvió a colocar la vía.
Gabriel no apartó la mirada de mí.
—Si se la quita otra vez, lo ato —dijo ella.
—A él le gusta —respondió Gabriel.
La mujer me miró.
—No sé qué significa.
—Yo sí.
Ella salió.
La puerta volvió a cerrarse.
—Ferrer os entregaba —dije.
Gabriel levantó el brazo para comprobar el tubo.
—Ferrer hacía muchas cosas.
—Pardo y Cifuentes están muertos.
—También Mateo.
—Mateo murió hace ocho años.
—Eso pone el informe.
—¿No fue una sobredosis?
Gabriel tiró del esparadrapo.
—Ahora quieres escuchar a los muertos.
—Quiero evitar otro.
—Entonces deja a Joaquín fuera.
—No puedo protegerlo si no sé dónde está.
—No sabes proteger a nadie.
La frase entró despacio.
No respondí.
Gabriel se inclinó.
—Pardo te pidió salir.
—Sí.
—Cifuentes te pidió que no utilizases el nombre de su hija.
—No lo recuerdo.
—Mateo te pidió que no lo devolvieras.
El aire se detuvo detrás de mis dientes.
—¿Adónde?
Gabriel sonrió. No había humor.
—Eso sí lo recuerdas.
La puerta se abrió.
Navarro entró con un teléfono en la mano.
—Ferrer ha sacado dinero.
Gabriel se recostó.
—¿Cuánto?
—Tres mil euros. En una sucursal de Teruel.
—No era él.
Navarro acercó la pantalla.
La imagen de la cámara mostraba a un hombre con gorra y bastón frente al cajero.
La cara quedaba oculta.
—El código era correcto —dijo.
—Ferrer no usa cajeros —respondió Gabriel.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque no confía en las cámaras.
Ríos entró detrás.
—El bastón es suyo.
Gabriel tocó el borde de la sábana.
—También lo era el coche de Salcedo.
Navarro bloqueó la pantalla.
—¿Quién tiene acceso a su cuenta?
—Quien tenga la tarjeta.
—Respuesta brillante.
Gabriel miró hacia la ventana.
—Os han sacado de Zaragoza.
Ríos se acercó a la cama.
—Nosotros seguimos aquí.
—No todos.
Navarro comprobó el teléfono.
Una de las dos patrullas que vigilaban el hospital había salido hacia Teruel veinte minutos antes.
—¿Quién dio la orden? —pregunté.
Ríos ya marcaba.
—Central.
—¿Quién en central?
Esperó.
Su rostro cambió.
—La petición entró con la clave de Navarro.
Él le quitó el teléfono.
—Yo no he llamado.
Gabriel bajó los pies al suelo.
—Ya están dentro.
La luz de la habitación se apagó. No fue un corte total. El pasillo seguía iluminado. Solo nuestra habitación quedó a oscuras.
Navarro sacó el arma.
Ríos abrió la puerta.
Un celador estaba tendido junto al carro de ropa. Respiraba.
—Sedante —dijo.
Gabriel arrancó la vía otra vez. La sangre salpicó la sábana.
—Salimos por servicio.
—Tú no decides —respondió Navarro.
—Entonces quedaos.
Cogí a Gabriel por el brazo.
—Enséñanos.
Atravesamos el pasillo trasero.
Ríos iba delante. Navarro cubría la puerta de atrás.
Gabriel caminaba descalzo. Las plantas de sus pies golpeaban el suelo con un sonido húmedo.
—La escalera —dijo.
—El ascensor es más rápido —respondió Ríos.
—También se puede bloquear.
Empujó una puerta metálica. No se abrió.
—Han cerrado desde abajo.
Navarro tiró de Gabriel.
—Otra salida.
—Lavandería.
Retrocedimos.
Al doblar la esquina, un hombre con uniforme sanitario salió de una habitación. Llevaba una mascarilla. Empujaba una silla de ruedas vacía.
Ríos levantó el arma.
—Quieto.
El hombre soltó la silla. Corrió.
Navarro fue detrás.
—¡Policía!
El falso sanitario atravesó una puerta de emergencia. La alarma empezó a sonar.
Ríos miró a Gabriel.
—¿Lo conoces?
—No le he visto la cara.
—La voz.
—No ha hablado.
Yo miré la silla. En el respaldo había una correa abierta. No venían a matarlo allí. Venían a llevárselo.
Gabriel tocó la rueda.
—Joaquín tenía razón.
—¿Sobre qué? —pregunté.
—El primero que entra nunca es el que manda.
Navarro regresó.
Respiraba con fuerza.
—Se ha mezclado con la gente de urgencias.
—¿Cámaras? —preguntó Ríos.
—Las revisarán.
Gabriel rio.
—Entonces ya podéis olvidarlo.
Ríos llamó a seguridad.
—Cerrad todas las salidas. Nadie abandona el hospital sin identificación.
Gabriel negó.
—Ya se ha ido.
—¿Cómo?
Señaló el uniforme.
—No entró vestido así.
Navarro miró hacia las habitaciones.
—Se ha cambiado.
—Y dejó su ropa en algún sitio —dije.
Ríos llamó a dos agentes.
—Revisad baños, almacenes y habitaciones vacías. Buscad ropa abandonada.
Gabriel me observó.
—Ella piensa mejor que tú.
—No es difícil.
Volvimos a la habitación. La enfermera quería sedar a Gabriel. Ríos se negó.
Navarro cerró las persianas y colocó un agente dentro.
—Se acabaron las ventanas.
Gabriel se tumbó sin protestar.
—Ahora ya sabéis que no iban a por Ferrer.
—Querían apartarnos —dije.
—Querían que enviarais agentes fuera.
—¿Para llegar a ti?
—Para comprobar si estaba aquí.
Ríos apoyó la bolsa de medicación sobre la mesa.
—Ya lo sabían.
—Sabían que cogisteis a alguien. No quién.
Navarro cruzó los brazos.
—Entonces el ataque ha fracasado.
Gabriel miró la vía.
—No.
—Sigo viéndote respirar.
—Eso no era lo importante.
Metió la mano bajo la almohada.
Navarro apuntó.
Gabriel sacó una pequeña pieza de madera. La mitad que faltaba de la mesa de Joaquín.
—¿Cómo la has conseguido?
—La llevaba encima.
—Te registraron.
—Registraron mi ropa.
Giró la pieza. En el reverso había cuatro cifras grabadas. No formaban un código policial. Parecían una fecha.
Navarro se acercó.
—¿Qué significa?
Gabriel cerró los dedos.
—La dirección de Joaquín.
—Eso no es una dirección.
—Para mí sí.
—Dámela.
—No.
Ríos guardó el arma.
—Han intentado sacarte de aquí. Joaquín será el siguiente.
—Joaquín sabe esconderse.
—También confiaba en una patrulla —dije.
Gabriel apretó la madera.
—No confiaba. La necesitaba delante de su casa para que los otros creyeran que seguía dentro.
Navarro dio un paso.
—¿Organizasteis la desaparición?
—La salida.
—Sedasteis a policías.
—Ya lo has dicho.
—Puedo detenerte.
—Ya estoy en una cama con un agente en la puerta.
Navarro le arrancó la pieza de la mano.
Gabriel no forcejeó.
Ríos la examinó.
—Once, cero cuatro.
—Una fecha —dije.
Gabriel me miró.
—Para ti todo lo antiguo es una fecha.
Ríos pasó el pulgar por las cifras.
—No están grabadas igual. Once es un número. Cero cuatro son dos.
Navarro giró la madera.
—Once. Piso cero. Puerta cuatro.
Gabriel sonrió por primera vez.
—Casi.
La pieza tenía una veta más oscura en un extremo.
Ríos la alineó con la rotura visible en la fotografía de la mesa de Joaquín.
—Es parte de un plano.
Gabriel dejó de sonreír.
Navarro acercó la imagen en su teléfono. Las líneas de la madera continuaban en la otra mitad. Juntas formaban una calle. Y una marca en forma de cruz.
—¿Dónde está la otra pieza? —preguntó Ríos.
Gabriel se incorporó.
—Con Joaquín.
—Entonces no podemos leerla completa.
—No necesitáis hacerlo.
Señaló una de las vetas.
—Ese canal es la vía del tren.
Navarro amplió el mapa de Zaragoza.
Ríos colocó la pieza sobre la pantalla. La curva coincidía con un ramal abandonado al oeste de la ciudad.
Había tres naves. Dos demolidas. Una seguía en pie.
—Vamos —dije.
Gabriel agarró mi muñeca.
Su mano estaba fría.
—Tú no.
—Es Joaquín.
—Precisamente.
—¿Qué no me estás diciendo?
Sus dedos apretaron más.
—Que él no se esconde del asesino.
—¿Entonces de quién?
Gabriel miró a Navarro. Después a Ríos.
Por último, a mí.
—De ti.
La puerta se abrió.
Un agente sostenía una bolsa con ropa encontrada en un baño. Camisa gris. Pantalón oscuro. Y un reloj de esfera azul.
Gabriel soltó mi muñeca.
—Ese no vino a buscarme.
—¿A quién? —preguntó Ríos.
El agente dejó la bolsa sobre la cama. Dentro del bolsillo de la camisa había una fotografía doblada.
Navarro la abrió con guantes. Mostraba la nave junto al ramal.
En la puerta estaba Joaquín. No solo. Emilio Ferrer permanecía a su lado. Y Ferrer sostenía una pistola contra la cabeza de Sergio.