El cuarto nombre
La taquilla número tres estaba vacía.
Navarro volvió a introducir la llave. La giró dos veces.
La puerta metálica golpeó el lateral con un sonido hueco.
—Nada.
El pasillo de consignas olía a polvo caliente. Un tren anunció su salida al otro lado del muro.
Ríos iluminó el interior con el teléfono.
—Hay marcas recientes.
—Eso significa que alguien guardó algo —dije.
—O una maleta rozó la pintura.
Navarro retiró la llave.
—Hemos llegado tarde otra vez.
Me agaché.
En la base había un círculo limpio entre la suciedad. Pequeño. Demasiado pequeño para una carpeta.
—Aquí había un frasco.
Ríos acercó la luz.
—O una botella.
—No con esa base.
Navarro cerró la taquilla.
—No vamos a reconstruir un asesinato con manchas de polvo.
Tomé una decisión.
—Buscad quién la alquilaba.
—Las consignas automáticas no piden nombre —dijo Ríos.
—Esta cerradura es antigua.
Señalé la llave.
—Alguien la conservó porque no funcionaba con código.
Navarro miró hacia la oficina de atención.
—Cinco minutos.
El empleado tardó doce.
Trajo una carpeta de mantenimiento y la dejó sobre el mostrador.
—Esas taquillas se anularon hace tres años.
Ríos abrió el registro.
—La número tres seguía cerrada.
—A veces la gente no devuelve las llaves.
—¿Quién fue el último usuario?
—No se anotaban nombres.
Navarro empujó la carpeta.
—Entonces, ¿qué anotaban?
El hombre señaló una columna.
Fechas. Importes. Incidencias.
La taquilla tres aparecía alquilada durante nueve días, cuatro meses atrás.
Pago en efectivo. Después, una observación.
USUARIO SOLICITA PRÓRROGA POR TRATAMIENTO.
—¿Qué tratamiento? —pregunté.
—No lo sé.
—¿Quién escribió esto?
El empleado buscó las iniciales.
—Una compañera.
—¿Está?
—De baja.
Navarro soltó aire.
—Perfecto.
Ríos siguió leyendo.
La prórroga se había renovado cada catorce días durante tres meses. Siempre los martes. Siempre entre las ocho y las nueve.
—No es un escondite —dijo.
—Es una rutina —respondí.
Navarro miró la fecha de la última renovación.
—Hace doce días.
—Volverá pasado mañana.
—Si sigue vivo.
El empleado cerró la carpeta.
—¿Pasa algo?
—No todavía —dijo Ríos.
Salimos al vestíbulo.
La gente arrastraba maletas sobre el suelo brillante. Cada rostro duraba un segundo.
—Montamos vigilancia —dijo Navarro.
—No vendrá.
—No sabe que hemos abierto la taquilla.
—Quien entró en casa de la hija de Joaquín sí.
Navarro se detuvo.
—No pueden ver a través de las paredes.
—No. Pero pueden seguir a la patrulla.
Ríos guardó la llave.
—Entonces la vigilancia será discreta.
—La policía discreta siempre acaba tomando café en el mismo sitio.
Navarro dio un paso hacia mí.
—Y tú siempre acabas creyendo que solo tú sabes mirar.
Ríos se interpuso.
—Basta.
Su teléfono sonó.
Escuchó sin apartar la vista de nosotros.
—¿Qué farmacia?
Cogió un bolígrafo.
—Mándame la dirección.
Colgó.
—La hija de Joaquín ha aparecido.
—¿Dónde? —preguntó Navarro.
—En una farmacia de Las Fuentes.
—¿Está herida?
—No.
—¿Y las llaves?
—Dice que se las entregó a una mujer antes de llamar a Julio.
La nuca se me endureció.
—¿Qué mujer?
—No ha dado nombre.
—Vamos.
La hija de Joaquín esperaba en la rebotica, sentada sobre una caja de pañales.
Tenía una bolsa de hielo contra la mejilla.
—No me han pegado —dijo antes de que preguntáramos—. Me caí.
Navarro cerró la puerta.
—¿Dónde está su padre?
—Si lo supiera, no estaría aquí.
Ríos se agachó frente a ella.
—¿Quién recogió las llaves?
La mujer apretó la bolsa.
—Una señora.
—Edad.
—Más de cincuenta.
—Cabello.
—Oscuro. Con canas.
—¿La conocía?
—No.
—Entonces le entregó unas llaves a una desconocida.
—Dijo la frase.
La nevera de medicamentos arrancó con un zumbido.
—¿Cuál? —pregunté.
Ella me miró.
—“Los hombres útiles no se jubilan.”
Navarro sacó el teléfono.
—Descríbala otra vez.
—Ya lo he hecho.
—Mejor.
—No puedo.
—¿Llevaba acreditación?
—No.
—¿Coche?
—No lo vi.
Ríos tocó la bolsa de hielo.
—¿Por qué vino a una farmacia?
La mujer bajó la mano.
—Mi padre me pidió una medicación.
—¿Para él?
—No.
Sacó una receta doblada del bolsillo. El nombre estaba cubierto con corrector.
Navarro se puso guantes.
—¿Quién lo borró?
—Mi padre.
—¿Qué medicamento?
Ríos leyó la caja anotada.
—Anticoagulante.
—¿Para quién? —pregunté.
—No lo sé.
—Sí lo sabe.
La mujer me sostuvo la mirada.
—Sé que mi padre llevaba años consiguiéndolo.
—¿A quién se lo entregaba?
—A una persona que no podía ir al médico.
Navarro acercó la receta a la luz.
Debajo del corrector quedaba una letra.
G.
—Gabriel Luna —dijo.
La mujer negó demasiado rápido.
—No conozco ese nombre.
—Su padre sí.
—Mi padre conocía a mucha gente que ustedes abandonaron.
Ríos guardó la receta.
—¿Dónde recogía la medicación?
—Distintas farmacias.
—¿Quién pagaba?
—Mi padre.
—¿Y cuándo debía recoger esta?
—Hoy.
Navarro miró el reloj.
—¿A qué hora?
—Antes de cerrar.
La farmacia bajaba la persiana a las dos.
Faltaban veintitrés minutos.
—No esperará aquí.
—¿Por qué? —preguntó Ríos.
—Joaquín no enviaría a su hija al lugar de entrega.
La mujer retiró la bolsa de hielo.
—Por fin.
Navarro se inclinó.
—¿Dónde?
—Me dijo que comprara la caja y la dejara en un banco.
—¿Qué banco?
—En el parque Bruil.
Navarro abrió la puerta.
—¿Número?
—El que está frente a la fuente rota.
Ríos llamó a dos unidades.
—Sin sirenas. Sin acercarse hasta que confirmemos.
—Llegamos tarde —dije.
—Todavía no.
El parque estaba casi vacío.
Un jardinero arrastraba una manguera. Dos ancianos jugaban a las cartas bajo un árbol.
La fuente no funcionaba. El banco estaba libre.
Sobre el asiento había una bolsa blanca de farmacia.
Navarro frenó a cincuenta metros.
—Nadie se mueve.
—La bolsa ya está allí —dije.
—Precisamente.
Ríos observó las salidas.
—Tres accesos. Una calle peatonal. Una parada de autobús.
—Y demasiadas ventanas.
Navarro cogió los prismáticos.
—Esperamos.
Pasaron seis minutos. Después diez. Nadie tocó la bolsa.
Un autobús se detuvo. Bajaron cuatro personas. Una mujer con un carro. Un adolescente. Un hombre cojeando. Y un anciano con gorra.
—El de la gorra —dijo Navarro.
—No —respondí.
—¿Por qué?
—Mira las manos.
Temblaban. No por miedo. Por edad.
El anciano pasó junto al banco sin mirarlo.
Cinco minutos más.
El jardinero cerró el agua.
Ríos señaló hacia la parada.
—El adolescente.
El chico había regresado. Fingía mirar el móvil.
—Demasiado joven —dijo Navarro.
—No para recoger una bolsa.
El adolescente se sentó. No tocó nada.
Llegó otro autobús. Cuando abrió las puertas, el chico cogió la bolsa y subió.
Navarro arrancó.
—Lo seguimos.
—No sabe lo que lleva —dije.
—Lo averiguará.
El autobús recorrió cuatro calles.
El adolescente bajó junto a un supermercado. Entró en el aparcamiento y dejó la bolsa dentro de un carrito.
Después se marchó.
Ríos abrió la puerta.
—Ahora.
La seguí.
Navarro pidió refuerzos.
Desde la rampa inferior llegó el chirrido de unas ruedas. Un hombre empujaba el carrito. Cincuenta años. Delgado. Gorra azul. La cara oculta por una mascarilla.
Cogió la bolsa y siguió andando.
—Gabriel —dije.
El hombre corrió.
Ríos salió detrás.
Yo corté entre dos filas de coches.
Gabriel empujó el carrito hacia nosotros. Golpeó un parachoques y volcó. Las cajas rodaron por el suelo.
Navarro apareció en la salida.
—¡Policía!
Gabriel giró hacia la rampa.
Lo alcancé antes del primer escalón. Agarré su chaqueta. La tela se rasgó.
Él se volvió con un destornillador. No atacó. Lo apoyó contra su propio cuello.
—Suéltame.
Ríos levantó las manos.
—Nadie va a tocarte.
—Eso decíais antes.
Su voz era áspera.
Lo había visto en la furgoneta. Pero no era el conductor. Era el hombre inclinado en el asiento del copiloto.
—¿Dónde está Joaquín? —pregunté.
Gabriel apretó el metal.
Una gota de sangre bajó bajo la mascarilla.
—Vivo.
—Llévanos.
—No.
—Lo están buscando.
—A vosotros también.
Navarro se acercó un paso.
—Baja eso.
Gabriel sonrió detrás de la tela.
—Siempre llegabais con órdenes.
—Esta vez hemos venido con medicación —dijo Ríos.
Señaló la bolsa.
Gabriel miró hacia ella. El destornillador tembló.
—¿Quién es el cuarto nombre? —pregunté.
Sus ojos volvieron a mí.
—Sigues pensando que la lista habla de nosotros.
—Pardo. Cifuentes. Roldán. Tú.
—Tres muertos y un hombre enfermo. Muy limpio.
—¿Quién falta?
Gabriel retiró un poco el destornillador.
—El cuarto nunca fue un confidente.
Navarro se detuvo.
—Entonces, ¿qué era?
Gabriel miró las escaleras.
Arriba sonaron pasos. Refuerzos. Demasiados.
—Era quien nos entregaba.
Ríos dio otro paso.
—Nombre.
Gabriel soltó la bolsa. Las cajas golpearon el suelo.
—Emilio Ferrer.
La sirena de un coche se oyó fuera.
Gabriel retrocedió hasta la pared.
—Si aún está en su casa, ya habéis llegado tarde.
Mi teléfono no sonó. No hizo falta.
Navarro llamó a la unidad que vigilaba a Ferrer. Nadie respondió.