Irene no responde
Cinco días después, el teléfono de Irene seguía apagado y su nombre ya no figuraba en la Fundación Puerta Abierta.
La mujer de recepción giró el monitor hacia Ríos.
—No aparece.
—Trabajó aquí —dije.
—Eso no significa que siga trabajando.
El vestíbulo olía a café soluble. Una impresora expulsaba hojas torcidas detrás del mostrador.
Navarro apoyó la fotografía de Irene junto al teclado.
—Compruébelo otra vez.
La recepcionista no miró la imagen.
—He buscado por nombre y apellidos.
—Busque voluntarios —dijo Ríos.
La mujer pulsó dos teclas.
—Tampoco.
—Proyectos cerrados.
—No tengo acceso.
Navarro sacó la placa.
—Ahora sí.
La recepcionista levantó la vista.
—La placa no modifica mi contraseña.
Yo marqué de nuevo a Irene.
Una voz automática respondió al segundo tono. El número no estaba disponible.
Colgué.
—Ha cambiado de teléfono.
—O no quiere contestarte —dijo Navarro.
Tomé una decisión.
—Quiero hablar con el director.
La recepcionista señaló una puerta.
—Está en una reunión.
—Ya no.
El director se llamaba Alberto Monreal. Cincuenta años. Camisa sin corbata. Nos recibió de pie y dejó claro que prefería seguir así.
Ríos colocó una captura de la cinta sobre su mesa.
—Este archivo fue copiado con un equipo registrado a nombre de la fundación.
Monreal acercó la imagen.
—¿Qué archivo?
—Una grabación antigua.
—Aquí digitalizamos expedientes de usuarios. No vídeos policiales.
—No he dicho que fuera policial —respondió Ríos.
El director soltó la hoja.
—Entonces empiecen por explicar qué buscan.
Navarro cerró la puerta.
—A Irene.
Monreal miró hacia mí.
La pausa fue pequeña. Suficiente.
—La conoce —dije.
—Conozco a mucha gente.
—Pero a ella la ha reconocido.
—No he dicho eso.
—Tampoco hacía falta.
Ríos me señaló una silla.
No me senté.
—¿Trabajó aquí? —preguntó.
Monreal cogió un bolígrafo y lo alineó con el borde de la mesa.
—Colaboró en un proyecto.
—¿Cuándo?
—Hace años.
—¿Cuántos?
—No llevo la cuenta.
Navarro empujó la fotografía.
—Empiece.
Monreal apretó el bolígrafo.
—Cuatro. Quizá cinco.
—¿Por qué no figura?
—No estaba contratada.
—Tampoco como voluntaria.
—El proyecto no lo gestionábamos nosotros.
—Pero usaba su sede —dijo Ríos.
El bolígrafo dejó de moverse.
—A veces.
—¿Qué proyecto?
Monreal abrió un cajón.
Yo puse la mano encima antes de que sacara nada.
—Despacio.
Me miró.
—Busco el convenio.
Ríos apartó mi mano.
—Déjalo.
Monreal sacó una carpeta fina. Dentro había contratos de colaboración con varias asociaciones penitenciarias.
Ninguno llevaba el nombre de Irene.
—¿Cuál? —preguntó Navarro.
—Reinserción y apoyo jurídico.
—Eso son seis.
—No recuerdo en cuál estaba ella.
Ríos tomó fotografías de las páginas.
—¿Irene tenía acceso al equipo de digitalización?
—Puede.
—¿Sí o no?
—Entraba gente.
—Otra respuesta y nos vamos —dije.
Navarro me miró de lado.
—No te emociones. No significa que te vayas libre.
Monreal cerró la carpeta.
—El equipo se retiró hace dos años.
Ríos levantó la cabeza.
—La cinta se copió hace cuatro meses.
—Entonces no fue aquí.
La habitación se quedó más fría.
—El identificador pertenece a esta fundación —dijo Navarro.
—Pertenecía.
—¿A quién se lo dieron?
Monreal se encogió de hombros.
—Se donó material.
—¿Dónde?
—No lo sé.
—Ha firmado el convenio —dije.
—Firmo muchos.
Golpeé el cajón con los nudillos.
—Busca.
Ríos no me frenó esta vez.
Monreal abrió el ordenador. Tardó cuatro minutos. Ninguno habló.
La pantalla reflejaba su frente húmeda.
—Aquí —dijo al fin.
Imprimió una hoja.
El equipo había sido cedido a una asociación de apoyo a familias de internos. Después pasó a un almacén del Ministerio.
No a Irene. No a Puerta Abierta. A Topas.
Navarro cogió el papel.
—La copia se hizo en prisión.
—O con una máquina que había pasado por prisión —dijo Ríos.
—Es lo mismo.
—No.
Ella señaló el número de inventario.
—El equipo fue dado de baja un año antes de la copia.
Navarro acercó la hoja.
—Entonces alguien lo siguió utilizando.
—O clonó el identificador.
Miré la fotografía del reflejo.
La acreditación azul. La mujer detrás del cristal.
Había empujado a Irene dentro de la imagen porque necesitaba una cara.
—No era ella —dije.
Navarro cruzó los brazos.
—Hace cinco minutos estabas seguro.
—Ahora no.
—Avanzamos.
Ríos guardó la documentación.
—¿Dónde vive Irene?
Monreal volvió a ordenar el bolígrafo.
—No lo sé.
—¿Tiene algún contacto?
—No.
—¿Cuándo la vio por última vez?
—Hace más de un año.
—¿Aquí?
Él miró la puerta.
—En un funeral.
—¿De quién?
—Una trabajadora social.
—Nombre.
—Clara Valdés.
El apellido me rozó sin engancharse a ningún recuerdo.
Ríos lo anotó.
—¿Dónde trabajaba?
—Topas.
Navarro cerró la carpeta.
—Otra vez Topas.
—Todo acaba allí si preguntáis suficiente —dije.
Ríos me miró.
—Eso dijiste antes de empezar a encontrarlo en todas partes.
Salimos sin una dirección. Sin número. Sin Irene.
En el coche, Navarro golpeó el volante.
—Dos horas para descubrir que el equipo no estaba aquí.
—Eso también es investigar —dijo Ríos.
—Eso es perder el día.
—No. Perderlo habría sido detener a Irene por una identificación técnica mal interpretada.
Navarro arrancó.
Yo observé el edificio por la ventanilla.
—Monreal mentía.
—Varias veces —respondió Ríos.
—Sobre el funeral.
—¿Por qué?
—No sabía el nombre de Irene, pero recordaba dónde la vio.
—Eso no demuestra nada.
—La protegía.
Navarro frenó en un semáforo.
—O estaba protegiendo a la fundación de ti.
La frase se quedó entre los asientos.
Mi teléfono vibró. No era un mensaje. Era una llamada de un número conocido. La hija de Joaquín Vera.
Respondí.
—¿Dónde está?
—Eso iba a preguntárselo.
Su voz sonaba firme. Detrás golpeaban platos.
—La policía dice que se lo llevaron.
—Eso parece.
—Pues la policía no conoce a mi padre.
Ríos activó el altavoz sin pedirme permiso.
—Soy la inspectora Ríos. ¿Qué quiere decir?
—Que no se sube a una furgoneta si no quiere.
—Los agentes estaban sedados.
—Mi padre también sabe sedar a alguien.
Navarro giró el coche hacia el arcén.
—¿Está diciendo que atacó a dos policías?
—Estoy diciendo que lleva veinte años esperando a un hombre.
La sangre me golpeó detrás de los ojos.
—Gabriel Luna.
La mujer tardó en contestar.
—No conozco ese nombre.
—Pero su padre sí.
—Conocía muchos.
—¿Qué le dijo?
Un plato chocó contra otro.
—Hace tres semanas me dejó unas llaves.
—¿De qué?
—No lo sé. No las he usado.
—¿Dónde están?
—En mi casa.
Navarro hizo un gesto a Ríos. Ella ya estaba pidiendo una patrulla.
—No las toque —dijo.
La mujer soltó una risa seca.
—Mi padre dijo que vendrían policías a decirme eso.
—¿Qué más dijo? —pregunté.
—Que no confiara en el primero que llegara.
Navarro me miró.
—¿Y en quién debía confiar?
—En una mujer.
Los dedos se me cerraron sobre el teléfono.
—¿Irene?
—No me dio nombre.
—Descríbala.
—No la he visto nunca.
Ríos se inclinó hacia el altavoz.
—¿Cómo sabría reconocerla?
—Por una frase.
—¿Cuál?
La mujer guardó silencio.
—Señora Vera.
—No pienso decirla por teléfono.
Navarro golpeó el intermitente.
—Vamos a su casa.
—No —dijo ella.
La palabra salió cortante.
—Mi padre dijo que, si desaparecía, no debía dejar entrar a nadie.
—Su padre puede estar en peligro.
—Mi padre lleva años en peligro. La diferencia es que ahora ustedes se han enterado.
La llamada se cortó.
Navarro aceleró.
—Mandamos la patrulla.
—La espantarás —dije.
—No voy a pedirte consejo familiar.
Ríos levantó una mano.
—Esperad.
Había vuelto a abrir la fotografía de la cinta en su tableta.
Amplió la hoja que sostenía la mujer tras el cristal.
—Los códigos.
—Ya los vimos —dijo Navarro.
—No el reverso.
Aumentó el reflejo.
La luz atravesaba el papel. Detrás de P-04, C-09, M-12 y L-07 aparecía una quinta marca, casi borrada.
No era otro código completo. Solo dos caracteres.
I-03.
Navarro señaló la pantalla.
—Irene.
—No —dije.
—Empieza por I.
—También Isabel. Ignacio. Iván.
—Y tres puede ser un año.
Ríos negó.
—No es el mismo formato. Los demás identifican personas. Este está escrito en otro color.
—¿Qué significa? —preguntó Navarro.
Ella giró la imagen.
Junto a I-03 había una palabra minúscula.
No “vigente”. No “retirado”. ENLACE.
El teléfono de Ríos sonó.
La patrulla enviada a casa de la hija de Joaquín ya había llegado.
Ríos respondió. Escuchó.
—¿Forzada?
Navarro redujo la velocidad.
—¿Qué pasa?
Ríos apartó el móvil.
—La puerta estaba abierta.
—¿La mujer?
—No está.
—¿Las llaves?
Ríos volvió a escuchar.
Su rostro cambió.
—No eran llaves de una vivienda.
—¿De qué? —pregunté.
Colgó.
—De una taquilla de la estación de Delicias.
Navarro giró el coche.
—Número.
Ríos miró la nota del agente.
—Cero tres.
Volví a observar el código.
I-03.
No era una persona. Era una instrucción. Irene. Taquilla tres.
Y alguien había llegado a casa de la hija de Joaquín antes que nosotros.