Zaragoza: El último confidente La tercera fotografía
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La tercera fotografía

La furgoneta apareció vacía junto a una acequia. No había sangre. Tampoco huellas útiles. Solo barro seco en los pedales y una brida cortada bajo el asiento del copiloto.

Navarro cerró la puerta lateral.

—Gabriel conducía.

Ríos miró las marcas de neumáticos.

—Julio vio un perfil durante dos segundos.

—Era él.

—También dijiste que Salcedo estaba en Delicias.

La chapa caliente me quemaba la palma. Retiré la mano.

—No era Salcedo.

—Eso sabemos ahora —dijo Navarro.

Un agente salió de la cuneta con una bolsa transparente.

Dentro había una gorra negra.

—Encontrada junto al agua.

Navarro la levantó hacia la luz.

—¿De Luna?

—No lo sé.

—Claro que no.

La lanzó al agente con más fuerza de la necesaria.

Llevábamos un día siguiendo cámaras, peajes y matrículas falsas. La furgoneta había cruzado dos polígonos y desaparecido durante cuarenta minutos.

Cuando volvió a una cámara, ya no llevaba pasajeros.

—Buscamos mal.

Ríos se volvió.

—Ilumínanos.

—Gabriel no se llevó a Joaquín para matarlo.

—¿Otra certeza?

—Si quisiera un cadáver, no necesitaría cambiar de vehículo.

Navarro señaló la acequia.

—Quizá no llegó hasta aquí vivo.

—Entonces habría sangre.

—O saben limpiar.

—Pardo apareció preparado. Cifuentes también. Esto es distinto.

Ríos se agachó junto a las marcas.

—¿Qué propones?

—Volver a la casa.

Navarro soltó una risa seca.

—Ya la desmontamos.

—Buscasteis a Joaquín.

—¿Y ahora qué buscamos?

—Qué necesitaban de él.

Navarro abrió el coche.

—Tú vuelves al hotel.

—No.

—No era una pregunta.

Ríos se incorporó.

—Las cintas de Aldana ya están digitalizadas.

Navarro dejó la puerta abierta.

—¿Y?

—Una tiene imagen.

La sala de audiovisuales olía a plástico caliente. En la pantalla, una pared gris temblaba bajo una lluvia de interferencias.

Ríos avanzó la grabación.

—La cinta estaba etiquetada como F. P.

—Francisco Pardo —dijo Navarro.

—Eso pensábamos.

La imagen saltó.

Durante varios segundos solo apareció un suelo de baldosas y la pata de una silla.

Después entraron cuatro hombres. Pardo. Cifuentes. Otro al que no reconocí.

Y yo.

Navarro pausó.

El ventilador del ordenador llenó la sala.

—Tres muertos —dijo.

Me acerqué a la pantalla.

Yo estaba de espaldas. Pardo fumaba junto a una ventana. Cifuentes sostenía una carpeta contra el pecho.

El cuarto hombre permanecía sentado.

Demasiado delgado. Cabeza rapada. Una cicatriz le cruzaba la frente.

—No lo conozco.

Navarro amplió la imagen.

—Eso dijiste de Cifuentes.

—Y sigo sin recordarlo.

—La memoria te trata peor que la justicia.

Ríos tocó el teclado.

—La cinta no tiene fecha grabada.

—Entonces no prueba cuándo estuvimos allí —dije.

—Prueba que estuviste.

—Eso tampoco explica quién mata ahora.

Navarro giró la silla.

—Siempre encuentras una forma de separar las cosas.

—Porque alguien quiere unirlas por nosotros.

—Dos confidentes aparecen muertos y luego vemos una imagen contigo y con ambos.

—Demasiado limpio.

—Por fin algo te parece demasiado limpio.

Ríos dejó correr la grabación.

No había sonido. Pardo hablaba. Cifuentes negaba con la cabeza. Yo señalaba la carpeta.

El hombre sentado no participaba. Miraba hacia la puerta.

—¿Dónde es? —preguntó Ríos.

Observé la ventana.

Cristal armado. Reja exterior. Una señal roja cortada por el encuadre.

—Dependencias policiales.

—Muy preciso —dijo Navarro.

—No es el almacén.

—¿Topas?

—Tampoco.

Ríos amplió la señal.

Solo se veía una letra blanca.

M.

—Puede ser cualquier sitio —dije.

—O M-12 —respondió ella.

Navarro cogió la copia de la lista parcial.

Uno de los códigos cortados terminaba en M-12.

—El hombre de la silla.

Ríos negó.

—Eso estás suponiendo.

—¿Tienes algo mejor?

—Todavía no.

Tomé una decisión.

—Busca fallecidos con ese código.

Navarro me miró.

—Los códigos no constan oficialmente.

—Cruza nombres de la libreta con muertes antiguas.

—Eso son cientos de personas.

Ríos ya escribía en el ordenador.

—No si empezamos por las iniciales M y por quienes aparecen cerca de Pardo y Cifuentes.

Navarro se apoyó en la mesa.

—No sabemos que la M sea un nombre.

—Por eso comprobaremos antes de afirmarlo —dijo Ríos.

No me miró. No hacía falta.

Quince minutos después aparecieron seis candidatos. Tres seguían vivos. Dos habían muerto por enfermedad.

El último, Mateo Roldán, había fallecido ocho años atrás por una sobredosis en Valladolid.

La fotografía del archivo tardó en cargar.

Era el hombre de la silla. Más joven. Más lleno. La misma cicatriz.

Navarro golpeó la mesa con un dedo.

—Pardo. Cifuentes. Roldán.

Ríos imprimió las fichas.

—Tres hombres muertos en circunstancias distintas.

—Y Barral con los tres —añadió Navarro.

El papel salió caliente.

Lo cogí por una esquina.

—Roldán murió ocho años antes que los otros.

—Eso no lo vuelve irrelevante.

—Lo vuelve inútil para el asesino actual.

—O el primero de la lista.

Negué.

—Una sobredosis no es el canal ni una lavandería.

Navarro abrió el informe de Roldán.

—Lo encontraron en un coche. Sin jeringa. Sin teléfono. Con heroína en sangre.

—Consumía.

—Llevaba limpio tres años.

—Eso dijo su familia.

Ríos cogió la hoja.

—El caso se archivó en cuarenta y ocho horas.

—Eso ocurría demasiado —dije.

Navarro me sostuvo la mirada.

—Contigo cerca, parece que sí.

Volví a la pantalla. La escena continuaba.

Yo abría la carpeta. Pardo daba un paso atrás. Cifuentes intentaba quitármela.

Roldán seguía sentado. No parecía retenido. Parecía esperar.

—Rebobina.

Ríos lo hizo.

—Más despacio.

La imagen avanzó fotograma a fotograma.

Cifuentes tocaba mi brazo. Yo apartaba la carpeta. Pardo miraba a Roldán. Después todos girábamos hacia la puerta.

Alguien había entrado. Quedaba fuera del plano.

Navarro señaló la sombra que cruzaba el suelo.

—El hombre del abrigo.

—No lo sabemos —dijo Ríos.

—Mira la longitud.

—Una sombra no lleva credencial.

La grabación se cortó. Volvió cinco segundos después.

Roldán ya no estaba en la silla. Tampoco la carpeta. Yo sujetaba a Pardo por la chaqueta.

Cifuentes tenía sangre en la nariz.

Navarro pausó.

—¿Qué pasó?

La base del cuello me ardía.

Una habitación. Una voz detrás de mí. Pardo diciendo que aquello no era el trato. Cifuentes limpiándose con la manga.

Nada más.

—No lo recuerdo.

Navarro se levantó.

—Empieza a cansarme.

—Imagínate vivir dentro.

Ríos volvió al inicio.

—La cinta no estaba grabada para vigilar la sala.

Señaló el encuadre torcido.

—La cámara estaba escondida.

—¿Dónde? —preguntó Navarro.

—En una bolsa o una chaqueta. Se mueve cuando alguien toca la mesa.

Hizo avanzar la imagen.

El plano se inclinó justo cuando Cifuentes dejó la carpeta.

—La cámara era de Cifuentes.

—No puedes saberlo —dije.

—No. Pero puedo comprobarlo.

Amplió un reflejo en la ventana.

Se distinguía una figura frente a nosotros. No era quien grababa. Era una mujer. Cabello oscuro. Chaqueta clara.

La cara quedaba deformada por el cristal.

Navarro acercó la silla.

—¿Quién es?

La saliva se me pegó al paladar.

—No lo sé.

Esta vez era verdad.

Ríos congeló el reflejo y ajustó el contraste.

—Lleva una acreditación.

—No se puede leer —dijo Navarro.

—Pero el color sí.

Azul oscuro. Personal penitenciario. Topas utilizaba ese color.

Navarro me miró.

—¿Irene?

—No.

La respuesta salió demasiado rápido.

—Ni siquiera vemos la cara.

—No es ella.

—¿Cómo lo sabes?

Toqué el borde de la mesa.

—La altura.

Ríos amplió la figura.

—Tiene una mano levantada.

No saludaba. Sostenía algo contra el cristal. Una hoja.

Sobre ella había cuatro códigos escritos con rotulador.

P-04.

C-09.

M-12.

Y otro que el reflejo invertía.

Ríos giró la imagen.

L-07.

Luna.

Navarro se puso en pie.

—Los cuatro de la lista.

—No —dije.

Señalé la pantalla.

—Falta Joaquín.

—Vera no era confidente —respondió Ríos—. Prestaba servicios.

La palabra de Aldana. Servicios.

Navarro abrió la lista parcial.

—Entonces esta imagen no muestra a tres muertos por casualidad. Muestra una reunión.

—¿De qué? —preguntó Ríos.

La memoria no respondió.

Mi cuerpo sí.

Los dedos se cerraron antes de que pudiera impedirlo.

—Una retirada.

Navarro se acercó.

—¿De quién?

Volví a mirar a Roldán sentado. Pardo junto a la ventana. Cifuentes abrazado a la carpeta.

Yo en medio. La mujer detrás del cristal. Los cuatro códigos.

—De Luna —dije.

Ríos negó.

—Luna aparece marcado como vigente años después.

—Entonces no aceptamos.

—¿Quiénes?

La imagen tembló.

Pardo golpeando la mesa. Cifuentes diciendo que no firmaría. Roldán mirando la puerta.

Y yo arrancando una hoja de la carpeta.

—Los tres muertos.

Navarro señaló mi figura.

—Tú también estabas allí.

—Yo no votaba.

Ríos dejó la mano sobre el teclado.

—¿Qué hacías?

La respuesta llegó con la voz de Pardo.

Tú solo ejecutas.

Aparté la silla.

—Cumplía la decisión.

El programa emitió un pitido.

Ríos había abierto las propiedades del archivo digital.

—La cinta se copió tres veces.

—¿Fechas? —preguntó Navarro.

—La última, hace cuatro meses.

—¿Por Aldana?

—No.

Giró la pantalla.

El equipo utilizado para copiarla pertenecía a una asociación de ayuda a antiguos presos.

Navarro leyó el nombre. Yo no necesité hacerlo. Fundación Puerta Abierta.

Irene había trabajado allí.

Ríos cogió su teléfono.

—Voy a llamarla.

—No responderá.

—¿Por qué?

Miré el reflejo de la mujer detrás del cristal.

La mano. La acreditación. La hoja con los códigos.

—Porque llevaba doce años esperando que encontráramos esta fotografía.