Zaragoza: El último confidente La lista parcial
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La lista parcial

Dos días después, la policía entró en casa de Aldana y encontró el hueco antes que el contenido.

Un rectángulo limpio cortaba el polvo del armario. Cincuenta centímetros de ancho. Treinta de alto. Alguien había retirado una caja pesada.

Navarro golpeó la balda con los nudillos.

—¿Cuándo?

La científica levantó la cinta métrica.

—No puedo fechar el polvo.

—Entonces dime algo que sí puedas.

—La caja estaba aquí desde hacía años. La sacaron hace poco.

El dormitorio olía a alcanfor. Sobre la cama seguían dobladas tres camisas iguales a la que Aldana llevaba en Topas.

Ríos abrió el cajón inferior. Medicinas. Documentación bancaria. Una carpeta con los papeles de jubilación.

Nada más.

—Han limpiado —dije.

Navarro se volvió.

—O Aldana se llevó sus cosas.

—Sin ropa. Sin medicación. Sin pasaporte.

—Todavía no sabemos que lo secuestraran.

Toqué la marca del armario.

—Tampoco sabemos que saliera andando.

Una agente apareció en la puerta.

—Los vecinos no vieron nada.

—¿Todos? —preguntó Ríos.

—Los dos que han contestado.

Navarro miró el pasillo vacío.

—Seguid llamando.

La agente salió.

—Quiero ver la basura.

Navarro soltó la puerta del armario.

—Claro. Seguro que el asesino tiró una confesión al contenedor.

—Quien registró esto buscaba una cosa. Lo demás le molestaba.

Ríos se quitó los guantes.

—El cubo está en la cocina.

Dentro había sobres abiertos, restos de comida y varias tiras de papel triturado a mano.

No con máquina. Con dedos.

Ríos extendió una bolsa sobre la encimera.

—No las toques.

—No pensaba hacerlo.

—Eso dices justo antes.

Navarro cogió unas pinzas y separó los fragmentos. La mayoría eran facturas. Números de teléfono. Direcciones antiguas.

Una tira conservaba tres letras. PAR.

Otra, una fecha incompleta.

—Esto puede llevar horas —dijo.

—Entonces empieza.

Navarro dejó las pinzas.

—No trabajo para ti.

—Hoy parece que tampoco para Aldana.

Ríos puso otra bolsa junto a los papeles.

—Julio, sal de la cocina.

No me moví.

—Hay algo que falta.

—La caja —respondió Navarro.

—No. Ruido.

Ambos guardaron silencio.

El frigorífico vibraba. Una tubería golpeaba dentro de la pared. Nada más.

Fui al salón. No había televisión. Tampoco radio. Aldana había vivido solo, pero las pilas del mando estaban nuevas sobre la mesa.

Ríos me siguió.

—¿Qué buscas?

—Una costumbre.

—Eso no es una prueba.

Levanté el mando.

—Alguien quitó el televisor.

La marca en la pared seguía allí. Dos tornillos. Cable de antena cortado.

Navarro entró detrás.

—Puede haberlo vendido.

—Sin retirar el soporte.

—La gente hace cosas extrañas.

—La gente que huye no se lleva una televisión y deja dinero en un cajón.

Ríos miró el mueble bajo.

—¿Dinero?

Navarro abrió el primer compartimento. Había cuatrocientos euros dentro de un sobre.

Nadie habló.

La científica se acercó.

—Aquí falta más de una cosa.

Se agachó junto al rodapié. Había una raya oscura desde el mueble hasta la puerta.

—Arrastraron algo.

Navarro señaló el dormitorio.

—La caja.

—Y la televisión —dije.

Ríos siguió la marca. Terminaba en el pasillo, junto a una puerta cerrada.

La abrió.

Era un cuarto pequeño. Herramientas. Cajas. Una mesa plegable apoyada contra la pared.

En el suelo había un enchufe arrancado.

Navarro levantó el cable.

—La televisión estaba aquí.

—No la veía —dije.

—Grababa algo.

Ríos abrió una caja de plástico.

Cintas antiguas. Todas etiquetadas con fechas. Ninguna reciente.

Navarro cogió una.

—¿Vigilancia?

—O partidos de fútbol —dijo Ríos.

Le dio la vuelta. En el lomo aparecían dos iniciales.

F. P.

Francisco Pardo.

La cinta se quedó entre sus dedos.

—No puede ser tan fácil —dije.

Navarro me miró.

—Por una vez estamos de acuerdo.

La científica encontró un reproductor viejo bajo la mesa. No tenía cable de alimentación.

Ríos llamó a comisaría.

—Quiero esto digitalizado hoy.

—Tardarán —dijo Navarro.

—Entonces que tarden trabajando.

La radio de un agente sonó desde el pasillo.

—Posible localización de Aldana.

Navarro cogió las llaves.

—¿Dónde?

—Un área de servicio en la A-2. Un conductor ha encontrado a un hombre dentro de un coche abierto.

Ríos cerró la caja.

—Vamos.

El vehículo estaba aparcado detrás de un restaurante cerrado. Aldana permanecía tumbado en el asiento trasero.

Vivo.

Tenía las muñecas marcadas y una herida seca en la sien.

El sanitario le levantó un párpado.

—Está sedado.

—¿Cuánto tardará en hablar? —preguntó Navarro.

—No trabajo con relojes.

—Pues empieza.

El hombre le dio la espalda.

Ríos abrió el maletero.

Vacío.

No había televisión. Tampoco caja.

Yo rodeé el coche.

Las puertas no estaban forzadas. La llave seguía puesta.

—Conocía a quien lo subió —dije.

Navarro examinó la cerradura.

—O estaba inconsciente.

—No se lo llevaron de casa inconsciente. No hay señales de lucha.

Ríos tocó el asiento del conductor.

—Está adelantado.

Aldana era más alto que yo.

Quien condujo necesitaba menos espacio.

—Dos personas —dije—. Una conducía. Otra lo vigilaba atrás.

Navarro abrió la puerta trasera.

—Eso no nos da nombres.

Aldana tosió.

El sanitario se inclinó sobre él.

Sus labios se movieron.

Me acerqué.

—¿Qué dice?

—Nada claro.

Aldana volvió a intentarlo.

—Caja.

Navarro se agachó.

—¿Dónde está?

Los ojos de Aldana se abrieron apenas.

—No era… mía.

—¿De quién?

El sanitario apartó a Navarro.

—Déjelo respirar.

Aldana buscó mi cara.

Su mano salió de la manta y me agarró dos dedos.

—Lista.

—¿Qué lista?

—No… nombres.

Su pulso golpeaba débil contra mi piel.

Ríos acercó el oído.

—¿Qué había en la caja?

Aldana cerró los ojos.

—Servicios.

La mano cayó.

El sanitario nos empujó hacia atrás.

—Se acabó.

Lo cargaron en la ambulancia.

Navarro observó cómo cerraban las puertas.

—“Servicios” puede significar cualquier cosa.

—Favores —dije.

—No ha dicho eso.

—No necesitaba hacerlo.

Ríos volvió al coche. Metió la mano bajo el asiento delantero y sacó una tira de cartón doblada.

No era una lista. Era el lateral de una carpeta archivadora.

La etiqueta estaba partida. Solo podían leerse tres bloques.

P-04.

C-09.

V-11.

Debajo quedaba media palabra.

RETIR…

Navarro sostuvo el cartón.

—Pardo. Cifuentes. Vera.

—O paranoia —dijo Ríos.

—Las fechas coinciden con años de operaciones —respondí.

—¿Y “retirado”?

—Estado del informador.

Navarro levantó la tira.

—Aldana ha dicho que no eran nombres.

—Porque eran códigos.

Ríos examinó la rotura.

—Esto se arrancó de una carpeta.

—La caja contenía varias —dije.

—No sabemos cuántas.

—Por eso se la llevaron.

La ambulancia arrancó.

—Hay que localizar a Vera.

Navarro guardó la tira en una bolsa.

—Ya hablamos con él.

—Precisamente.

—No aparece en ninguna investigación actual.

—Pardo tampoco aparecía.

Ríos llamó a la patrulla de la zona.

Esperó.

—No contesta.

Volvió a marcar. Nada.

Navarro fue hacia el coche.

—Una patrulla no desaparece.

—Dos confidentes tampoco debían morir —dije.

Llegamos a casa de Joaquín Vera cuarenta minutos después. El coche policial estaba frente al edificio. Motor encendido. Una puerta abierta.

El agente del conductor respiraba sobre el volante. El segundo estaba en el portal. Sin arma.

Navarro comprobó el pulso.

—Vivos.

Ríos señaló dos marcas en el cuello del primero.

—Sedante.

Subimos.

La puerta de Joaquín había sido forzada.

El martillo estaba en el suelo del pasillo.

La radio seguía encendida. No había sangre.

—Joaquín —llamó Ríos.

Nadie contestó.

Navarro revisó las habitaciones. Yo entré en el salón.

Las herramientas seguían sobre la mesa. La pieza de madera que había lijado durante nuestra visita estaba partida en dos.

Una mitad estaba en el suelo. La otra faltaba.

Debajo de la mesa había una hoja arrancada.

No contenía nombres. Solo una cuadrícula con códigos.

P-04.

C-09.

V-11.

Otros cuatro aparecían cortados por el borde.

Uno terminaba en L-07.

Otro en M-12.

Los dos últimos eran ilegibles.

Ríos se puso guantes.

—Esta es la lista parcial.

—No —dije—. Es una copia.

—¿Cómo lo sabes?

Señalé las manchas de tinta.

—Joaquín la calcó.

Navarro abrió un cajón. Vacío.

—¿Para qué?

—Porque sabía que podían venir.

—¿Quiénes?

Miré el martillo en el pasillo.

—Los mismos que se llevaron a Aldana.

Ríos levantó la hoja hacia la ventana.

En el reverso había una frase escrita a lápiz.

No era una amenaza. Era una instrucción.

SI ME RETIRAN, BUSCAD AL VIGENTE.

Navarro señaló el código L-07.

—Luna.

Gabriel Luna.

El hombre que había desaparecido del hospital.

—Puede estar muerto —dijo Ríos.

—O trabajando —respondí.

Navarro bajó la hoja.

—¿Para quién?

La radio cambió sola de emisora. Una voz masculina llenó el salón.

No hablaba con nosotros. Era una grabación. Joaquín.

—Si estáis oyendo esto, la lista ya no sirve.

Ríos corrió hacia el aparato. No encontró ningún dispositivo conectado.

La voz continuó.

—Los códigos cambian cuando cambia el dueño.

Navarro arrancó el cable de la radio.

La grabación siguió sonando.

Venía de debajo de la mesa.

Me agaché y encontré un reproductor pequeño sujeto con cinta.

Joaquín respiró al otro lado del altavoz.

—Pardo era retirado. Cifuentes también.

Una pausa.

—Luna seguía vigente.

Ríos cogió el aparato.

La grabación terminó con un golpe. Después, una última frase.

—Y no trabajaba para vosotros.

La puerta del rellano se cerró.

Salí corriendo.

La escalera estaba vacía. Abajo, el coche patrulla seguía abierto. Pero el segundo agente ya no estaba en el portal.

Navarro llegó detrás.

—¿Dónde está?

Ríos miró hacia la calle.

Una furgoneta giraba al final de la avenida. Sin matrícula trasera.

En el asiento del copiloto distinguí una cabeza inclinada.

Joaquín.

Y al volante, durante un segundo, el perfil de Gabriel Luna.