El hombre del abrigo gris
Dos semanas después, el funcionario de Topas negó haberme visto entrar con una carpeta negra.
Lo hizo sin consultar ningún registro.
—No estaba de servicio.
Ríos colocó la fotografía sobre la mesa.
—Aquí aparece usted en la garita.
El hombre no miró la imagen. Se ajustó la manga de la camisa hasta taparse el reloj.
La sala de visitas olía a desinfectante. Una puerta automática golpeaba al cerrarse en el pasillo.
—Las fotografías engañan —dijo.
—También los turnos —respondí.
Ríos me lanzó una mirada.
Yo seguía oficialmente fuera.
Oficiosamente, ella había conducido tres horas para sentarme allí.
El funcionario se llamaba Marcos Aldana. Sesenta y un años. Jubilación prevista en cuatro meses. Había trabajado en seguridad interior la noche anterior a la muerte de David.
—¿Quién le pidió que viniera? —preguntó.
—Nadie —dijo Ríos.
—Entonces Barral no debería estar aquí.
—Eso lo decido yo.
Aldana tocó el borde de la mesa.
—Antes lo decidían otros.
Deslicé la fotografía hasta rozarle los dedos.
—Mira la manga.
Solo se veía una mano. Abrigo oscuro. Reloj de esfera azul.
La misma figura cortada que aparecía en las imágenes del bar, del almacén y del hotel de Sevilla.
Aldana retiró la mano.
—No soy yo.
—No te he preguntado eso.
—Lo estaba pensando.
—Entonces piensa mejor.
Ríos apoyó el bolígrafo.
—¿Conocía a Francisco Pardo?
—No.
—¿Andrés Cifuentes?
—Tampoco.
—¿Tomás Salcedo?
La puerta automática golpeó fuera.
Aldana esperó al segundo ruido.
—Los nombres antiguos se mezclan.
—El suyo no —dije.
—Porque sigue buscándolo.
—Porque sigue mintiendo.
Ríos levantó una mano.
—Julio.
Me recosté.
Aldana sonrió sin enseñarme los dientes.
—No ha cambiado.
—Eso dicen quienes esperaban encontrarme roto.
—Lo encontraron culpable.
La mesa se movió bajo mis rodillas.
Ríos metió el pie contra la pata.
—Aquella noche —dijo— recibió una llamada del bar Aragón a las 22:17.
—Eso pone algún papel.
—La llamada está registrada.
—Las extensiones se compartían.
—¿Quién contestó?
—No lo recuerdo.
Ríos abrió otra carpeta.
—Su firma aparece en la entrada de Barral a Topas a las 23:06.
Aldana miró el techo.
—Entonces estaba de servicio.
—Acaba de decir lo contrario.
—He dicho que no lo recuerdo.
—No. Ha dicho que no estaba.
El hombre se frotó la muñeca bajo la manga.
Yo miré el bulto del reloj.
—Enséñamelo.
—¿Qué?
—El reloj.
Ríos no intervino.
Aldana sacó la mano. Llevaba uno digital, negro y gastado.
—¿Satisfecho?
—No.
—Eso tampoco ha cambiado.
La puerta se abrió. Un funcionario dejó tres vasos de agua y salió.
Aldana no tocó el suyo.
—¿Qué llevaba Barral? —preguntó Ríos.
—Documentación.
—¿En qué?
—Una carpeta.
—Color.
—No sé.
—Negra —dije.
Aldana giró hacia mí.
El gesto duró poco. Bastó.
—La recuerdas —dije.
—Usted la recuerda.
—Yo recuerdo el peso.
—Qué poético.
Cogí el vaso y lo dejé delante de él.
—Pesaba demasiado para llevar papeles.
Aldana lo apartó.
—Entonces sabrá qué había dentro.
—No.
—Conveniente.
La palabra ya no pertenecía a Navarro.
Ahora la usaban todos.
Ríos pasó una página.
—La entrada no especifica autorización judicial.
—No era necesaria.
—¿Por qué?
—Barral era policía.
—Estaba suspendido.
Aldana miró por fin el registro.
—No aquella noche.
—¿Cómo lo sabe?
El silencio llegó antes que su error.
Ríos cerró la carpeta.
—Acaba de afirmar que no lo recuerda.
Aldana se levantó.
—He terminado.
Me puse entre él y la puerta.
—¿Quién llevaba el abrigo gris?
—Apártese.
—Entró conmigo.
—No.
—Entonces lo recuerdas.
Aldana apretó el botón de apertura. La puerta no reaccionó.
Ríos tenía el mando remoto bajo la palma.
—Siéntese —dijo.
Él la miró.
—No puede retenerme.
—No. Pero puedo pedir que revisen su pensión, sus partes de servicio y cada acceso que firmó durante veinte años.
Aldana regresó a la silla.
—Eso son amenazas.
—Barral las llamaba favores.
La frase me cortó antes de tocarlo.
Ríos no se disculpó.
—¿Quién entró con él?
Aldana golpeó el vaso con una uña.
—Un hombre.
—Nombre.
—No lo dio.
—Descripción.
—Abrigo oscuro.
—¿Gris?
—Podía ser.
—Reloj azul.
—No miro relojes.
Yo señalé su manga.
—Llevas toda la entrevista mirando el mío.
Aldana dejó de golpear el vaso.
—No lleva reloj.
—Precisamente.
Ríos acercó la fotografía.
—¿Era el hombre de la imagen?
Aldana observó solo la mano cortada.
—Podría.
—Eso no sirve.
—Es lo que hay.
—¿Entró también a seguridad interior?
—No.
—¿A dónde fue?
—Administración.
—A medianoche.
—Topas no dormía.
—¿Quién lo recibió?
Aldana negó.
—No lo vi.
—¿Qué hizo Barral?
El hombre me miró.
—Esperó.
La palabra arrastró algo detrás.
Un banco de plástico. La carpeta entre mis pies. El zumbido de un fluorescente.
Pardo a mi lado, no dentro.
No una pistola en su mano. Una llave.
Me agarré al borde de la mesa.
—Pardo estaba allí.
Aldana bajó los ojos.
Ríos se inclinó.
—¿Entró con ellos?
—No.
—¿Dónde estaba?
—Fuera.
—¿Fuera de Topas?
—Fuera de la garita.
—Eso no es posible sin autorización.
—Muchas cosas no lo eran.
Ríos escribió por primera vez.
—¿Quién lo dejó pasar?
Aldana señaló la fotografía.
—El hombre del abrigo.
—¿Cómo?
—Mostró una credencial.
—¿Policía?
—No.
—¿Prisiones?
—Tampoco.
—¿Entonces?
Aldana apretó los labios.
—Interior.
La palabra quedó sobre la mesa.
No policía. No funcionario de prisiones. Ministerio.
Ríos dejó de escribir.
—¿Nombre?
—No lo vi.
—Mentira —dije.
—Usted tampoco.
—Yo no estaba de servicio en la garita.
—No. Usted estaba demasiado ocupado obedeciendo.
Me levanté.
La silla se arrastró hacia atrás.
Ríos pulsó el mando. La puerta se abrió.
—Fuera, Julio.
No me moví.
—Él sabe quién era.
—Y contigo aquí no va a decirlo.
Aldana cogió el vaso. Bebió por fin.
Me aparté. La puerta se cerró entre nosotros.
Esperé en el pasillo. El golpe automático se repitió seis veces. A la séptima, Ríos salió sola.
—¿Y él?
—Otra puerta.
—¿Ha hablado?
—Más que contigo.
—Nombre.
Ríos caminó hacia la salida.
—No tiene uno.
—Todo el mundo tiene uno.
—No para Aldana.
La seguí.
—¿Qué ha dicho?
—Que el hombre llevaba credencial de enlace ministerial. Sin fotografía visible.
—Eso no existía.
—Existía lo suficiente para abrir Topas.
—¿Y la carpeta?
Ríos empujó la puerta exterior.
La luz golpeó el suelo blanco.
—La entregaste en administración.
—¿A quién?
—A nadie.
—No me hagas perder tiempo.
Ríos se detuvo.
—La dejaste dentro de una taquilla.
—Número.
—No lo recuerda.
Solté aire.
Otra vía incompleta.
—¿Y Pardo?
—Esperó fuera.
—Entonces el mensaje de Sergio era cierto.
—Una parte.
—¿Cuál?
—Tú no podías salir.
El sol calentaba el metal de la valla.
—Eso no tiene sentido.
—Aldana dice que, después de dejar la carpeta, intentaste volver a la garita. La puerta de seguridad no se abrió.
—¿Quién la bloqueó?
—El hombre del abrigo.
—¿Por qué?
—Aldana no lo sabe.
—Claro.
Ríos metió la mano en el bolso.
Sacó mi teléfono.
—Te lo van a intervenir.
—¿Por orden de quién?
—Navarro.
—No tiene base.
—Tiene dos homicidios y mensajes enviados directamente a ti.
Le quité el móvil.
—Pues que venga a buscarlo.
—Está viniendo.
Tomé una decisión. Encendí el teléfono antes de que pudiera impedirlo. No había cobertura.
Caminé hasta el aparcamiento.
Ríos me siguió.
—No hagas ninguna estupidez.
—Eso depende de quién la escriba después.
La señal apareció junto al coche.
Entraron nueve mensajes a la vez.
Todos de un número desconocido. Ocho estaban vacíos. El noveno contenía una hora.
23:11.
Ríos miró la pantalla.
—¿Qué significa?
—Cinco minutos después de entrar en Topas.
Llegó otro mensaje.
Una ubicación. No Zaragoza. No Salamanca. El aparcamiento abandonado de Valladolid donde apareció el coche de Salcedo veintidós años atrás.
Ríos me quitó el teléfono.
—No vas.
—Claro que voy.
—Es una trampa.
—También lo era Topas.
El móvil vibró en su mano.
Apareció una fotografía tomada desde lejos.
Aldana salía por una puerta lateral del centro penitenciario. Un hombre lo esperaba junto a un coche. Abrigo gris. Cabello blanco.
La cara no se veía.
Ríos llamó a seguridad.
Nadie respondió.
La fotografía se actualizó.
Ahora Aldana estaba dentro del vehículo.
Y el hombre del abrigo miraba hacia la cámara.
El rostro seguía cubierto por el reflejo del parabrisas. Pero el reloj descansaba sobre el volante. Esfera azul.
Debajo apareció una frase.
YA HA RECORDADO DEMASIADO.
El coche arrancó en la imagen.
A nuestras espaldas, sonó una alarma.
Ríos corrió hacia la puerta. Yo miré el aparcamiento. El vehículo de Aldana ya no estaba.