Zaragoza: El último confidente El favor
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El favor

Seis días después, el hombre al que había ayudado a condenar me abrió la puerta con un martillo en la mano.

No lo levantó. Tampoco lo bajó.

—Te has equivocado de casa.

La escalera olía a pintura húmeda. Detrás de él, una radio emitía un partido a volumen bajo.

—Joaquín Vera.

—Ese murió.

—Cumplió siete años.

—Para algunos es lo mismo.

Ríos esperaba dos peldaños más abajo. No llevaba libreta. Aquello me inquietó más que verla escribir.

—Solo queremos hablar —dijo.

Joaquín miró su placa.

—Él ya habló bastante por todos.

Intentó cerrar. Puse el zapato entre la puerta y el marco.

El martillo subió unos centímetros.

—Quita el pie.

—Pardo te consiguió una matrícula.

La cabeza metálica se detuvo.

—No sé quién es.

—Está muerto.

—Entonces ya sois dos los que llegáis tarde.

Ríos tocó mi hombro.

—Julio.

Retiré el pie.

—Pregúntale tú.

Me apoyé en la barandilla y dejé que ella ocupara el hueco.

Ríos no enseñó ninguna fotografía.

—Queremos revisar una investigación por robo de vehículos de hace diecisiete años.

Joaquín soltó una risa corta.

—¿Revisar?

—Una parte.

—La parte en la que yo estaba dentro o la parte en la que ellos cobraron una medalla.

—La matrícula —dijo Ríos.

El martillo bajó hasta su muslo.

—No era mía.

—Eso dijo en el juicio.

—También dije que el policía me la enseñó antes de encontrarla.

La madera del pasamanos crujió bajo mi mano.

Ríos no se volvió.

—¿Qué policía?

Joaquín me señaló con el martillo.

—Ese.

No recordaba su cara. Recordaba una nave pequeña. Dos coches desguazados. Pardo junto a una ventana.

Y yo colocando una hoja sobre una mesa. Nada más.

—Entramos con una orden —dije.

—Entrasteis con prisa.

—La matrícula apareció dentro de una caja.

—La caja apareció después que vosotros.

Ríos dio un paso.

—¿Quién estaba presente?

—Dos agentes. Yo. Un vecino al que mandaron a casa.

—¿Pardo?

Joaquín apretó el mango.

—Ese nombre no salió nunca.

—Pero estaba allí.

—Había un hombre fumando en la calle. No entró.

—Descríbalo.

—Hace diecisiete años.

Ríos asintió.

—Entonces no lo describa.

Joaquín la miró por primera vez sin desprecio.

—Usted sí sabe preguntar.

El golpe entró limpio.

Me aparté de la barandilla.

—La matrícula era real.

—El número, sí.

—Pertenecía a un coche robado.

—También.

—Y apareció en tu nave.

—Después de que tu amigo me pidiera un favor.

El partido de la radio terminó en un silbido. Alguien cambió de emisora dentro de la casa.

Ríos levantó una mano.

—¿Qué favor?

Joaquín dejó el martillo en el suelo.

El sonido rebotó contra los azulejos.

—Entrad.

El salón tenía un sofá cubierto con una sábana y una mesa llena de piezas de madera. Joaquín apartó un destornillador y se sentó.

Yo permanecí de pie.

—Pardo vino dos días antes —dijo—. Quería una nave durante una noche.

—¿Para qué? —preguntó Ríos.

—No pregunté.

—¿Por qué aceptó?

—Porque debía dinero.

—¿A Pardo?

—A alguien que hablaba por él.

Me señaló una silla.

No me senté.

—¿Yo? —pregunté.

—Tú no pedías dinero.

—Entonces, ¿qué pedía?

Joaquín cogió una lija y la dobló entre los dedos.

—Información.

El roce áspero llenó la pausa.

—Sobre un desguace —continuó—. Un hombre que cambiaba bastidores. Yo le di el nombre.

—¿Y qué recibiste? —preguntó Ríos.

—Que una denuncia por receptación desapareciera.

La garganta se me cerró alrededor del aire.

—No podía hacer eso.

—Lo hiciste.

—No retiraba denuncias.

—No. Solo hablaste con quien podía.

Ríos se giró hacia mí.

—¿Con quién?

—No lo recuerdo.

Joaquín sonrió.

—Eso sí lo recuerdas.

Golpeó la lija contra la mesa.

—Ferrer.

La casa pareció encogerse.

—Ferrer no llevaba ese caso —dije.

—Por eso funcionó.

Ríos se sentó frente a Joaquín.

—Explíquelo sin adornos.

—Pardo necesitaba una nave. Yo necesitaba que una denuncia muriera. Barral necesitaba cerrar el robo de tres coches antes de fin de mes.

—No necesitaba cerrar nada —dije.

Joaquín señaló mi pecho.

—Tú siempre necesitabas cerrar algo.

Cogió una pieza de madera y la colocó sobre la mesa.

—El trato fue sencillo. Yo dejaba las llaves. Pardo usaba el local. Tú hablabas con Ferrer. Después aparecía una matrícula y todos ganabais.

—Tú acabaste condenado.

—Porque alguien tenía que perder.

Ríos apoyó los codos en las rodillas.

—¿Vio quién dejó la matrícula?

—No.

—¿Sabe si fue Pardo?

—No.

—¿Barral?

Joaquín me miró.

—Él la encontró demasiado rápido.

La imagen volvió.

Una caja de herramientas. Mi mano abriendo el cajón inferior. La placa metálica envuelta en un trapo. Pardo fuera. Ferrer al teléfono.

Y una frase que había confundido con intuición.

Mira debajo.

Apoyé la palma en la mesa.

—Pardo me dijo dónde estaba.

—Claro —respondió Joaquín—. Para eso servía.

—No sabía que la habían colocado.

—Eso te contaste.

Ríos se levantó.

—¿Hubo juicio?

—Sí.

—¿Denunció la manipulación?

—Mi abogado lo intentó.

—¿Qué ocurrió?

Joaquín alargó la mano hacia un cajón, pero se detuvo antes de abrirlo.

—El vecino cambió su declaración.

—¿Por qué?

—Pregúntaselo a Barral.

—No hablé con ningún vecino.

—No personalmente.

El aire rozó seco detrás de mis dientes.

—¿Qué hice?

Joaquín empujó el cajón hasta cerrarlo.

—Pediste otro favor.

Ríos no me miró.

—¿A quién?

—A Pardo.

Me senté por fin.

La silla se inclinó bajo mi peso.

—¿Qué clase de favor?

Joaquín acercó la pieza de madera al borde de la mesa.

—El vecino tenía un hijo detenido por drogas. Pardo le dijo que podía ayudar.

—¿Y retiró su declaración?

—Dijo que no había visto entrar a nadie.

—¿Ayudaron al hijo?

Joaquín soltó la pieza.

Cayó al suelo.

—No.

El silencio tuvo un peso distinto.

Ríos se agachó y recogió la madera.

—Entonces Pardo mintió.

—Pardo prometió.

—¿Por orden de Barral?

Joaquín se frotó las manos.

—No estaba presente.

Ríos dejó la pieza sobre la mesa.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

Me levanté.

—Yo pedí que hablara con el vecino.

Joaquín alzó la cabeza.

—Ahí está.

—No le pedí que amenazara a nadie.

—No hacía falta.

—Tampoco prometí sacar al hijo.

—No hacía falta.

Repetía mis palabras como si fueran viejas.

Ríos cruzó los brazos.

—¿Qué pidió exactamente?

La pregunta se clavó donde no podía esquivarla.

La nave. Pardo apoyado en el coche. Yo señalando la casa del vecino.

—Haz que entienda lo que pierde si sigue hablando.

Las palabras volvieron con mi voz.

No con la suya.

Me agarré al respaldo.

—Le dije que lo convenciera.

Joaquín negó.

—Le dijiste que lo arreglara.

—No es lo mismo.

—Para Pardo sí.

Ríos bajó la mirada un instante.

Cuando volvió a levantarla, ya no había nada blando.

—¿Cuántas veces?

—¿Qué?

—¿Cuántas veces pidió favores así?

—No lo sé.

—Una aproximación.

—No llevaba una cuenta.

Joaquín abrió el cajón.

Sacó un sobre doblado y lo dejó frente a Ríos.

—Él sí.

No era una nueva libreta.

Era una copia de una denuncia.

La firma de Joaquín aparecía al final. Había sido presentada desde prisión dos años después del juicio.

Ríos leyó la primera página.

—Esto fue archivado.

—Todo lo era.

—Aquí menciona a Pardo, Ferrer y Barral.

—Por eso lo guardé.

Yo toqué el borde del sobre.

Joaquín lo retiró.

—No es para ti.

—¿Qué dijiste?

—La verdad.

—¿Cuál?

—Que utilizabais a la gente para corregir vuestros errores.

Ríos pasó a la segunda hoja.

—La denuncia no acusa a Barral de colocar la matrícula.

—No.

—Dice que ordenó presionar al testigo.

Joaquín me miró.

—Eso sí lo hizo.

La piel de mis manos empezó a arder.

—No sabía lo del hijo.

—Nunca sabías la parte que te permitía dormir.

Ríos guardó las hojas en el sobre.

—Necesito llevármelo.

—Es una copia.

—¿Dónde está el original?

—Archivado.

—¿En qué juzgado?

Joaquín dio un número.

Ríos lo anotó en el teléfono.

—Comprobaremos la fecha y la tramitación.

—Comprobad también quién pidió que se archivara.

—¿Lo sabe?

—No.

Ríos guardó el sobre en su chaqueta.

—Entonces no lo convierta en una respuesta.

Joaquín sonrió.

—Usted aprende rápido.

Nos dirigimos hacia la puerta.

Me detuve en el pasillo.

—¿Por qué no dijiste antes que Pardo había utilizado tu nave?

Joaquín recogió el martillo.

—Lo dije.

—No consta.

—Eso no significa que no lo dijera.

Ríos abrió la puerta.

La radio volvió al partido. Un locutor gritaba un gol anulado.

Joaquín me llamó antes de que saliera.

—Barral.

Me giré.

Sostenía el martillo junto a la pierna.

—Aquel caso no fue el favor.

—¿Qué fue entonces?

—El ensayo.

Ríos se quedó inmóvil.

—¿Ensayo para qué?

Joaquín miró el sobre que ella llevaba en la chaqueta.

—Para ver cuánto tardabas en pedir otro.

—¿A quién?

—A Pardo.

—¿Y qué quería él a cambio?

Joaquín cerró la puerta hasta dejar solo una rendija.

—Que llevaras una carpeta negra a Topas.

La madera se detuvo a centímetros de mi cara.

—Y tú aceptaste.