No fue exactamente así
Cuatro días después, el bar Aragón ya no era un bar.
Habían tirado la barra, cubierto las paredes con paneles blancos y convertido el local en una tienda de telefonía. Donde yo recordaba una mesa metálica había una exposición de fundas.
Ríos empujó la puerta.
—Cinco minutos.
—Has dicho que estaba fuera.
—Lo estás.
El encargado levantó la cabeza desde el mostrador. Tendría treinta años.
—¿Puedo ayudarles?
Ríos mostró la placa.
—Necesitamos hablar con el propietario.
—Está en Huesca.
—Llámelo.
El hombre miró mi mano apoyada sobre una vitrina.
—No toquen los teléfonos.
Retiré los dedos. El cristal había quedado húmedo.
—¿Cuándo reformaron esto?
—Antes de que yo llegara.
—Una fecha aproximada.
—Ni idea.
Ríos sacó el móvil.
—Busca la licencia de obras.
—Pensaba que teníamos cinco minutos.
—Te quedan cuatro.
Crucé la puerta lateral que llevaba al almacén.
El encargado salió de detrás del mostrador.
—Oiga.
No había mesa. Tampoco terminal. Solo cajas de cargadores y una puerta de emergencia.
Toqué el muro del fondo. Sonó hueco en un tramo.
—Aquí había otra habitación.
—Aquí hay una escalera comunitaria —dijo el encargado.
Abrió la puerta de emergencia. Detrás apareció un rellano estrecho y una pared cubierta de azulejos.
Nada más.
Ríos me observó.
—¿Seguro?
—No.
La palabra me dejó peor sabor que una mentira.
El encargado cruzó los brazos.
—El dueño compró el local reformado.
—Nombre del anterior propietario —dijo Ríos.
—No lo sé.
—Pues busca el contrato.
—No puedo enseñarles documentos.
Ríos acercó la placa.
—Puedes llamar al propietario y dejar que sea él quien diga que no.
El muchacho cogió el teléfono.
Mientras hablaba, volví al muro. Apoyé la palma. Cerré los ojos.
Una luz amarilla. Un ventilador. La voz de Sergio detrás. Nada encajaba con la tienda.
Abrí los ojos.
Ríos estaba a mi lado.
—No conviertas una pared en una prueba.
—No lo hago.
—La estás interrogando.
El encargado colgó.
—El propietario viene en media hora.
—Tenemos tiempo —dije.
—Tú no —respondió Ríos.
Se apartó y llamó a Navarro.
No escuché lo que dijo. Solo mi apellido dos veces.
El propietario llegó cuarenta minutos después. Caminaba con una carpeta bajo el brazo y el enfado preparado.
—Ya hablé con la policía hace años.
Ríos le señaló una silla.
—¿Por qué?
—Por la reforma.
—¿Qué ocurrió?
El hombre dejó la carpeta sobre el mostrador.
—Nada.
—Entonces no hablaron con usted.
—Preguntaron por planos antiguos, entradas y salidas. Lo normal cuando alguien busca justificar horas.
Ríos abrió la libreta.
—¿Quién preguntó?
—No lo recuerdo.
—¿Policías?
—Eso dijeron.
—¿Cuántos?
El propietario se encogió de hombros.
—Uno. Dos. Quizá vinieron días distintos.
No me miraba. Mejor. Su memoria no intentaba agradarnos.
—¿Cuándo fue? —pregunté.
—Hace mucho.
—Después de la reforma.
—Antes. O durante.
Ríos cerró la libreta.
—Necesitamos algo verificable.
El hombre golpeó la carpeta.
—Eso sí lo tengo.
Sacó una copia de la licencia de obra. Fecha: seis meses después de la muerte de David.
Habían eliminado un tabique interior y cerrado una salida secundaria.
Ríos señaló el plano.
—Aquí aparece una habitación.
El propietario acercó la hoja.
—Un almacén.
—¿Tenía acceso desde el bar?
—Según esto, sí.
—¿Y desde la escalera?
—También.
El aire se me quedó debajo de la lengua.
—Dos entradas.
—Antes de la reforma —dijo él.
Ríos tocó la línea que representaba la puerta trasera.
—¿Por qué la cerraron?
—No cumplía normativa.
—¿Quién lo solicitó?
El propietario buscó otra hoja.
—La comunidad.
—Nombre.
—No aparece.
Yo le quité el plano.
La habitación no estaba donde la recordaba.
Estaba tres metros más a la izquierda.
Mi pared era la equivocada.
—Julio.
Ríos extendió la mano.
No devolví la hoja.
En el recuerdo, yo salía por una puerta estrecha. Giraba a la derecha. Bajaba dos escalones.
En el plano, no había escalones.
—No fue aquí —dije.
—¿Qué?
—La habitación que recuerdo.
El propietario señaló el papel.
—Solo había esa.
—Entonces mezclo dos lugares.
Ríos recuperó el plano.
—O inventas uno.
La frase me golpeó en la mandíbula.
—No necesito inventar nada.
—Necesitas demostrarlo.
El propietario empezó a guardar los documentos.
—Si han terminado...
—No —dije.
Puse la mano sobre la carpeta.
—Ha dicho que la policía vino antes.
—He dicho que creo que vino.
—¿Pidieron algo más?
—Facturas.
—¿De qué?
—Teléfono. Electricidad. No sé.
Ríos miró al propietario.
—¿Conserva copias?
—Solo las que venían con la compraventa.
Sacó un sobre amarillento. Dentro había recibos mezclados. La mayoría no servían.
Ríos revisó las fechas. Yo miré los consumos.
Un recibo telefónico del tres de noviembre mostraba una llamada desde la línea del bar a una extensión policial.
Duración: once segundos.
Hora: 20:42.
—Ese terminal existía —dije.
Ríos cogió el recibo.
—Existía una línea.
—Ortega habló de un terminal.
—Ortega habló demasiado.
Buscó la extensión en su teléfono.
Navarro respondió al tercer tono.
Ríos leyó el número.
Esperó.
—¿Seguro?
Colgó.
—La extensión pertenecía a Asuntos Internos.
El propietario dio un paso atrás.
—Yo no sabía nada de esto.
—Nadie sabe nada hasta que aparece su nombre —dije.
Ríos dobló el recibo dentro de una funda.
—Esto no prueba que estuvieras aquí.
—Prueba que alguien llamó.
—Once segundos.
—Suficientes para confirmar una cita.
—O para equivocarse de número.
Tomé una decisión.
—Quiero los registros de entrada de Asuntos Internos.
—Tú no quieres nada.
—Sabes que importa.
—Sé que estás apartado.
—Y aun así me has traído.
Ríos guardó la funda.
—Te he traído para comprobar tu versión.
—¿Y?
Señaló el local.
—No había una habitación como la recuerdas. No sabemos quién llamó. El propietario no reconoce a nadie. Eso es lo que hay.
El encargado nos abrió la puerta.
El propietario recogió la carpeta.
—Esperen.
Sacó una hoja suelta.
—Esto estaba grapado al plano.
Era un parte de incidencia de la comunidad. Una queja por ruidos en la escalera trasera.
Fecha: tres de noviembre.
Hora aproximada: entre las nueve y las diez.
No había nombres. Solo una frase.
DISCUSIÓN ENTRE VARIOS HOMbrES. UNO DE ELLOS SALIÓ HERIDO.
Ríos leyó dos veces.
—¿Quién presentó la queja?
—El piso de arriba.
—¿Sigue viviendo allí?
El propietario negó.
—Murió hace años.
No sentí decepción. Ya no quedaba espacio.
Ríos guardó la hoja.
—Otra vía cerrada.
Salimos.
El sol rebotaba contra los escaparates. Caminé dos pasos y me detuve.
—La hora.
Ríos siguió andando.
—¿Qué pasa con ella?
—La denuncia disciplinaria se abrió antes.
—Eso creemos.
—La llamada al terminal fue a las 20:42. La discusión, después de las nueve.
—Sigue.
—Yo recordaba haber llevado a Pardo al almacén antes de ir al bar.
Ríos se volvió.
—Lo has dicho varias veces.
—No pudo ser.
—¿Por qué?
—Porque el almacén estaba fuera de Zaragoza. Llegar, volver y estar aquí antes de la llamada era posible.
—Entonces sí pudo ser.
—No con Pardo.
—No te sigo.
Saqué el móvil y abrí la fotografía del almacén. La fecha seguía allí.
Tres de noviembre.
Pero no había hora. Nunca la había habido. Habíamos colocado la escena antes del bar porque yo la recordaba así.
Ríos miró la pantalla.
—¿Qué estás diciendo?
—Que no sé cuándo ocurrió.
—Eso ya lo sabíamos.
—No.
Amplié la imagen.
Pardo estaba sentado. Mi mano sobre su hombro. Ferrer al fondo. La sombra del cuarto hombre caía hacia la puerta.
—Yo creía que lo retuvimos y después fuimos al bar.
—¿Y ahora?
El teléfono vibró.
Navarro.
Ríos contestó.
No dijo nada durante varios segundos.
Después me miró.
—Han comprobado la extensión.
Esperé.
—La llamada de las 20:42 no entró desde el bar —dijo—. Salió de Asuntos Internos hacia aquí.
El ruido de la calle se apagó detrás de mis dientes.
—¿Quién llamó?
—No hay usuario asociado.
—Entonces no sabemos nada.
—Sabemos que alguien de Asuntos Internos llamó al bar antes de que tú llegaras.
Guardé el teléfono.
—Para decirles que iba.
—O para que te llevaran.
La fotografía volvió a mi mano.
Pardo sentado. Yo detrás. No sujetándolo. Apoyándome.
Ríos acercó la cara a la pantalla.
—Has dicho que lo calmabas.
—Eso creía.
—¿Y ahora?
La piel de mi hombro recordó un peso. No era mi mano sobre Pardo. Era Pardo sosteniéndome a mí.
Giré la fotografía.
La postura no había cambiado.
Solo quién necesitaba no caer.
—No lo llevé al almacén —dije.
Ríos guardó silencio.
—Pardo me sacó de allí.
Mi móvil volvió a vibrar.
Un mensaje de Sergio.
Esta vez no había fotografía.
Solo una línea.
NO FUISTE A INTERROGARLO, JULIO.
Llegó otra.
FUISTE TÚ EL QUE NO PODÍA SALIR.