El informe disciplinario
Unas horas después, Ríos dejó una carpeta vacía delante de mí.
—Este es tu expediente disciplinario.
Levanté la tapa. No había hojas. Solo dos marcas de grapas y una tira de papel arrancada junto al lomo.
La sala olía a tóner caliente. Al otro lado del cristal, Navarro discutía por teléfono sin mirarnos.
—Muy completo —dije.
Ríos puso una copia sobre la mesa.
—Esto es lo único que queda en el sistema.
Era una ficha de registro. Mi nombre. Mi número profesional. Una fecha de apertura y otra de cierre.
Tres de noviembre.
La punta del papel me cortó el pulgar.
—La misma fecha —dije.
—No necesito que me la leas.
Busqué el motivo.
INFRACCIÓN GRAVE.
Debajo, una resolución.
SUSPENSIÓN CAUTELAR DE FUNCIONES.
—¿A qué hora?
—No consta.
—Entonces Ortega no sabe si fue antes del almacén.
Ríos apoyó dos dedos sobre la ficha.
—Ortega sabe más que tú. No es una posición difícil.
Navarro colgó y entró. Cerró la puerta con el hombro. Llevaba una bolsa con tres cafés, pero solo dejó dos.
—Personal confirma la sanción —dijo.
—¿Quién la firmó?
—No aparece.
—Entonces no confirma nada.
Navarro bebió de pie.
—Confirma que no podías utilizar tu número profesional después de la suspensión.
—Eso ya lo sabíamos.
—No. Sabíamos que alguien lo utilizó cuando estabas detenido. Ahora sabemos que tampoco debías usarlo varias horas antes.
La garganta me raspó.
—¿Dónde estaba mi placa?
—Eso iba a preguntarte.
Tomé una decisión.
—Quiero hablar con quién tramitó la sanción.
Navarro negó.
—Murió hace seis años.
—Entonces con su sustituto.
—Jubilado. Alzheimer avanzado.
—Con quien notificó.
Ríos retiró la ficha antes de que la cogiera.
—No hubo notificación.
—Toda suspensión se notifica.
—Esta no.
—Entonces no fue efectiva.
Navarro dejó el vaso sobre la mesa.
—Fuiste apartado del servicio, entregaste el arma y saliste de comisaría acompañado.
La presión me subió desde el pecho hasta la mandíbula.
—No entregué el arma.
Ríos no parpadeó.
Navarro abrió otra carpeta.
—Aquí consta que sí.
Sacó un formulario. Reconocí mi firma al final.
El trazo se inclinaba hacia la derecha. El último apellido casi se salía del recuadro.
Lo toqué con la uña.
—No recuerdo firmarlo.
—Llevas mucho tiempo diciendo eso —respondió Navarro.
—No lo escribí así.
—Es tu firma.
—He dicho que no lo escribí así.
Ríos acercó la hoja a la luz. La tinta de la firma era más oscura que el resto.
—Se añadió después —dijo.
Navarro se inclinó.
—O utilizó otro bolígrafo.
—O alguien puso la hoja delante de él cuando ya estaba firmada parcialmente.
—O Barral está haciendo lo que mejor sabe.
Levanté la vista.
—Dilo.
Navarro recogió su café.
—Esperar a que encontremos una contradicción para elegir cuál te conviene.
La puerta se abrió. Una agente joven dejó una caja gris sobre la mesa.
—Material recuperado del archivo provincial.
Navarro apartó los vasos. La agente levantó la tapa.
Dentro había formularios mezclados, sobres sin numerar y partes de servicio de varios años. Nada estaba ordenado.
—¿Todo esto es de mi expediente?
—No —dijo la agente—. Es lo que apareció en la misma estantería.
—¿Cuánto tardaremos?
—Días.
Navarro cerró la caja.
—No tenemos días.
—Pues no tenemos expediente.
La agente salió.
Ríos se puso guantes y empezó a revisar papeles. Yo cogí el primer montón.
Navarro me lo quitó.
—Tú no tocas nada.
—Mi nombre está en esa caja.
—Ese es precisamente el problema.
—¿Ahora soy una prueba?
—Ahora eres alguien cuyo número aparece en una destrucción de expediente y cuya firma aparece en una entrega de arma que niega recordar.
Me levanté. La silla golpeó la pared.
Ríos no intervino.
Navarro señaló la puerta.
—Fuera.
—No.
—No es una invitación.
—Llevas días utilizando lo que sé.
—Y cada día descubro que sabes menos o callas más.
Me acerqué hasta quedar frente a él.
—Sin mí seguirías mirando un cadáver en el canal.
—Sin ti quizá seguiría vivo el segundo.
El golpe no vino de su mano.
Se quedó bajo las costillas.
Ríos cerró la caja.
—Basta.
Navarro no apartó la vista.
—Desde ahora Barral queda fuera de las diligencias internas.
—No puedes apartarme de algo que no dirijo.
—Puedo impedirte entrar aquí, acceder a pruebas y hablar con testigos bajo investigación.
—Hazlo.
—Ya está hecho.
Sacó mi teléfono de un cajón y lo dejó sobre la mesa.
—También devuelvo esto. No vuelvas a utilizar mi nombre para conseguir información.
Cogí el móvil.
—Nunca lo he necesitado.
—Entonces te adaptarás rápido.
Salí antes de que la puerta terminara de abrirse.
En el pasillo, el aire acondicionado soplaba demasiado frío. Guardé el teléfono. La pantalla se encendió.
Siete llamadas perdidas.
Todas de Sergio.
Marqué.
No respondió.
Volví a llamar.
Esta vez alguien descolgó, pero no habló.
—Sergio.
Un roce. Después, una puerta cerrándose.
—No puedo ayudarte —dijo.
Su voz llegaba baja, como si tuviera la boca pegada al teléfono.
—No te he pedido ayuda.
—Todavía.
—¿Sabías que me suspendieron?
Golpeé el botón del ascensor.
—Sergio.
—No fue una suspensión.
Las puertas se abrieron.
Entré solo.
—Eso pone el registro.
—El registro pone lo que necesitaban después.
—¿Qué ocurrió?
Sergio respiró junto al auricular.
—Te mandaron a casa.
—Entregué el arma.
—No.
Apreté el teléfono.
—Hay una hoja firmada.
—Firmaste muchas cosas aquella tarde.
El ascensor empezó a bajar.
—¿Estabas allí?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque me llamaste.
La luz del techo parpadeó.
—No lo recuerdo.
—Eso ya lo sé.
—¿Qué te dije?
Sergio tardó demasiado.
—Que Pardo había mentido.
—¿Sobre qué?
—Sobre Cifuentes.
El ascensor se detuvo entre dos plantas.
La luz se apagó. Solo quedó encendida la pantalla del móvil.
—Sigue hablando.
—Dijiste que Cifuentes había inventado la denuncia para cubrirse.
—¿Y tú me creíste?
—Te acompañé al bar Aragón.
El ascensor dio un tirón.
Apoyé la mano contra la pared.
—¿Después de la suspensión?
—No estabas suspendido cuando salimos.
—Entonces Ortega mintió.
—Ortega siempre mezclaba las horas.
—¿Y cuándo firmé?
—Antes de entrar en el bar.
—¿Quién llevaba el documento?
Sergio dejó escapar aire.
—Un hombre al que no conocía.
—¿Reloj azul?
—No miré el reloj.
—Mientes.
—Esta vez no.
La línea se llenó de interferencias.
Golpeé el botón de alarma. No sonó.
—¿Qué pasó en el bar?
—Me fui antes.
—¿Por qué?
—Porque empezaste a hablar como si ya supieras quién había denunciado.
El ascensor volvió a moverse.
—Lo sabía.
—No.
Las puertas se abrieron en el garaje.
La luz regresó de golpe.
—¿Qué quieres decir?
Sergio bajó todavía más la voz.
—Que aquella tarde acusaste a Pardo.
Salí del ascensor.
—La denuncia era de Cifuentes.
—Eso dice ahora el registro.
—¿Y qué decía entonces?
Al otro lado sonaron tres golpes. Secos.
La misma señal que habían usado para hacer callar a Pardo.
Sergio dejó de respirar durante un segundo.
—Tengo que colgar.
—No.
—Julio, escucha.
Una voz masculina habló lejos del teléfono. No entendí las palabras.
Sergio susurró:
—Tú no llevaste a Pardo al almacén porque hubiera pedido salir.
La puerta del garaje empezó a cerrarse detrás de mí.
—Entonces, ¿por qué?
La llamada se cortó.
Miré la pantalla.
Había llegado un mensaje antes de que pudiera devolverla.
Una sola frase.
PORQUE CREÍAS QUE ÉL TE HABÍA DENUNCIADO.