La cafetería de las Delicias
Dos días después, el expolicía llegó cuarenta minutos tarde y se sentó sin pedir disculpas.
Dejó un periódico doblado sobre la mesa. La fotografía de Andrés Cifuentes ocupaba media página.
—No se parece —dijo.
Ríos apartó su café.
—¿A quién?
El hombre señaló la foto con una uña amarillenta.
—Al muerto.
La cafetería de Delicias olía a grasa caliente. Cada vez que una puerta automática se abría, entraba el golpe metálico de los trenes.
Yo no había tocado mi taza.
—Se llama Cifuentes —dije.
—Eso pone.
—¿Y tú cómo lo llamabas?
El hombre levantó la vista. Tenía un ojo más cerrado que el otro y una cicatriz pequeña en la barbilla.
—A mí me dijeron que venía a hablar de Barral.
Ríos empujó la fotografía hacia él.
—Ha venido a hablar de todo.
—Entonces me he equivocado de mesa.
Agarró el periódico.
Puse la mano encima.
—Siéntate, Ortega.
El apellido lo detuvo.
No figuraba en la nota que Ríos le había enviado.
—Hace años que nadie me llama así.
—Hace años que nadie te pregunta por el almacén.
Su mano perdió fuerza.
Ríos me miró de lado.
—No habías mencionado ningún Ortega.
—Él tampoco.
El hombre soltó el periódico y se recostó.
—Te han contado mal las cosas.
—Todavía no me han contado nada.
—Se nota.
La camarera dejó un vaso de agua frente a él. Ortega no lo había pedido. Esperó a que se alejara y giró el vaso sobre el posavasos.
—Cifuentes no trabajaba con nosotros.
—¿Quiénes erais vosotros? —preguntó Ríos.
—Los que firmábamos.
—Pardo no firmaba.
—Por eso he dicho nosotros.
Ríos abrió una libreta.
Ortega tocó la tapa.
—Eso se queda cerrado.
—No decide usted.
—Entonces no digo nada.
Ella sostuvo su mirada. Después dejó el bolígrafo sobre la mesa, pero no guardó la libreta.
—Mejor.
Ortega bebió. El hielo chocó contra sus dientes.
—Cifuentes recogía lo que sobraba.
—¿Personas? —pregunté.
—Problemas.
—Eso tampoco es una respuesta.
—Las buenas respuestas nunca se daban en cafeterías.
Señaló mi taza intacta.
—Ni con testigos.
Ríos se inclinó.
—Dos hombres han muerto.
—Dos que sepáis.
El ruido de un tren borró el resto de la sala.
Nadie se movió.
—¿Cuántos? —preguntó Ríos.
Ortega levantó el vaso y miró a través del agua.
—No he dicho que conociera otros.
—Has dicho exactamente eso.
—He dicho que la policía suele llegar tarde.
Yo agarré el borde de la mesa.
—¿Qué recogía Cifuentes?
Ortega dejó el vaso.
—Informes sin firma. Fotografías que no podían anexarse. Matrículas conseguidas antes de que un juez preguntara cómo. Lo que servía para abrir una puerta, pero no para cruzarla en un juicio.
—Basura operativa —dijo Ríos.
—Así lo llamaban los que querían dormir.
—¿Y quién le entregaba esa basura?
Ortega me miró.
—Los policías útiles.
La silla raspó bajo mis piernas.
Ríos puso una mano sobre mi antebrazo.
No para calmarme.
Para mantenerme sentado.
—¿Julio trabajó con Cifuentes? —preguntó.
Ortega giró el vaso otra vez.
—Julio trabajaba con resultados.
—Eso significa sí.
—Significa que no preguntaba quién limpiaba después.
Levanté la mano de Ríos.
—Dime una operación.
—No.
—Una.
—No eras bueno recordando cuando te convenía.
Me incliné hasta que el olor agrio de su aliento llegó por encima del café.
—Y tú eras bueno desapareciendo cuando había que firmar.
Ortega sonrió.
—Por eso sigo vivo.
Ríos cerró la libreta de golpe.
—Se acabó el juego.
—No ha empezado.
—Tenemos un registro destruido con el número profesional de Barral.
La sonrisa desapareció.
Ortega tocó el bolsillo interior de su chaqueta.
—Eso no demuestra nada.
—No le he pedido una valoración.
—Los números se prestaban.
—¿Cómo?
Ortega apartó la mano.
—No he dicho eso.
—Lo acabas de decir.
La camarera pasó junto a la mesa con una bandeja. Ortega esperó a que se alejara.
—Las claves cambiaban cada tres meses. Los números profesionales, no.
—¿Quién podía usarlos? —pregunté.
—Cualquiera con acceso al terminal.
—Nombres.
—Todos.
Ríos sacó el teléfono.
—Entonces vamos a comprobar quién estaba de servicio.
Ortega le agarró la muñeca.
Lo hizo rápido. Demasiado para un jubilado cansado.
Ríos bajó la vista hacia sus dedos.
—Suéltame.
Él retiró la mano.
—Los turnos no os van a servir.
—¿Por qué?
—Porque aquella noche no se trabajó desde comisaría.
La puerta automática se abrió. Un altavoz anunció un tren con retraso. Ortega miró hacia el vestíbulo.
Tomé una decisión.
—No vas a levantarte hasta decir dónde.
—No puedes retenerme.
—Prueba.
Ríos no intervino.
Ortega pasó la lengua por el labio inferior.
—Había un terminal en el bar Aragón.
El nombre quedó entre los tres.
Yo había estado allí. No recordaba ningún ordenador.
—Mientes —dije.
—Eso dijiste también cuando te enseñaron la denuncia.
El frío del vaso se me pegó a los dedos.
—¿Qué denuncia?
Ortega miró a Ríos.
—Ahí está el problema con Barral. Siempre llega tarde a su propia historia.
Ríos abrió de nuevo la libreta.
Esta vez él no protestó.
—¿Quién instaló el terminal?
—Servicios técnicos.
—Nombre.
—No lo sé.
—¿Quién lo utilizaba?
—Quien tuviera autorización.
—Eso no acota nada.
—No estaba hecho para acotar.
Me levanté.
Ortega no retrocedió.
—¿Qué denuncia?
—Una interna.
—¿Contra mí?
—No exactamente.
—No vuelvas a responder así.
Golpeé la mesa. El café saltó sobre el plato.
Dos personas miraron desde la barra.
Ortega bajó la voz.
—La denuncia era por abuso de un informador durante una operación. Tú aparecías en el informe.
—Nunca me notificaron nada.
—Eso no significa que no existiera.
Ríos escribió dos palabras.
Informe disciplinario.
—¿Quién denunció? —preguntó.
Ortega apretó la mandíbula.
—No lo sé.
—Sí lo sabes —dije.
—Conocía las iniciales.
—Dilas.
—A. C.
Andrés Cifuentes.
El tren volvió a entrar en la estación. Los cristales vibraron.
Ortega recogió el periódico.
—Ya habéis tenido vuestra respuesta.
—Todavía no —dijo Ríos—. ¿Qué pasó con la denuncia?
Él se puso de pie.
—La archivaron.
—¿Quién?
—El mismo que archivaba todo.
—Salcedo.
Ortega soltó una risa corta.
—Seguís enamorados de ese nombre.
Se metió el periódico bajo el brazo.
—Salcedo no tenía rango para hacer desaparecer un expediente disciplinario.
—Entonces, ¿quién? —pregunté.
Ortega miró hacia las vías.
—Alguien que sí lo tenía.
Ríos le bloqueó el paso.
—Nombre.
—No lo vi.
—Pero lo sabes.
—Sé lo que llevaba.
—¿Qué?
Ortega señaló mi muñeca.
No llevaba reloj.
—Uno de esfera azul.
La mano del hombre cortado en la fotografía volvió de golpe.
La manga.
El humo.
El reloj.
Agarré a Ortega por la chaqueta.
—¿Quién era?
Me apartó con el antebrazo.
—Esa es la parte que borraste tú.
Ríos se interpuso.
—Julio.
Ortega dio dos pasos hacia la salida.
—Busca tu sanción.
—Has dicho que archivaron la denuncia.
Se volvió.
—Archivaron la denuncia.
La puerta automática se abrió detrás de él.
—La sanción, no.
Salió al vestíbulo.
Ríos cogió su teléfono.
—Voy a pedir tu expediente disciplinario completo.
Ortega se detuvo al otro lado del cristal.
Levantó el periódico. En la contraportada había escrito algo con bolígrafo. No era un nombre. Era una fecha.
Tres de noviembre.
La noche del almacén.
Debajo, una frase.
BARRAL FUE SUSPENDIDO ANTES DE QUE MURIERA DAVID.
La puerta se cerró.
Ortega ya había desaparecido entre los viajeros.