Zaragoza: El último confidente El expediente desaparecido
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El expediente desaparecido

Treinta y seis horas después, el ordenador aseguró que Andrés Cifuentes nunca había existido.

Ríos pulsó otra vez la tecla. La pantalla repitió el mismo resultado.

SIN COINCIDENCIAS.

El ventilador del archivo golpeaba una rejilla suelta. Cada vuelta producía un chasquido seco.

—Prueba sin el segundo apellido —dije.

—Ya lo he hecho.

—Fecha de nacimiento.

—También.

La funcionaria sentada al otro lado del mostrador cerró la carpeta que estaba ordenando.

—El sistema no se equivoca.

Ríos giró el monitor hacia ella.

—Tenemos un cadáver que opina lo contrario.

La mujer no miró la fotografía de Cifuentes. Tocó el cordón de sus gafas y señaló una puerta de cristal.

—Los expedientes anteriores a 2008 pueden estar en el depósito.

—Cifuentes trabajó hasta 2009 —dije.

—Entonces debería aparecer.

—Eso estamos buscando.

Ríos me clavó el codo en el costado antes de que la funcionaria contestara. Llevaba treinta y seis horas sin quitarse la misma camisa. Yo había dormido cuarenta minutos en una silla del hospital.

Navarro seguía sin aparecer.

Tomé una decisión.

—Quiero ver el índice de transferencias.

La funcionaria negó.

—No está autorizado.

Ríos dejó su placa sobre el mostrador.

—Ahora sí.

—Necesito una solicitud.

—Tiene un homicidio.

—Y yo un protocolo.

Ríos recogió la placa. No discutió. Sacó el teléfono y llamó al juzgado.

La funcionaria volvió a abrir su carpeta, pero ya no ordenaba nada. Movía la misma hoja de un lado a otro.

Me acerqué al cristal.

—¿Conocía a Cifuentes?

Sus dedos se detuvieron.

—No.

—No le he enseñado la cara.

—Ha dicho el nombre.

—También he dicho que está muerto.

La mujer empujó la hoja dentro de la carpeta y se levantó.

—Voy a buscar al responsable.

Intentó pasar junto a mí. Le bloqueé el camino con una mano apoyada en el mostrador.

—¿Cuándo consultaron su expediente por última vez?

—No lo sé.

—Pero sabe cuál es.

—He dicho que voy a buscar al responsable.

Ríos terminó la llamada.

—Déjala.

Aparté la mano.

La funcionaria atravesó la puerta de cristal. No miró hacia atrás. Sus zapatos golpearon el suelo hasta desaparecer detrás de unas estanterías metálicas.

—Está mintiendo —dije.

—Eso no convierte el archivo en tuyo.

—La has visto.

—Te he visto a ti.

Ríos guardó el teléfono.

—El juzgado enviará la autorización.

—¿Cuándo?

—Cuando deje de tener otros veinte asuntos.

Golpeé el mostrador con dos dedos.

—Navarro no tiene ese tiempo.

—Navarro llevaba el expediente antes de desaparecer.

—Eso decía el teléfono de un muerto.

—Y la letra del reverso era suya.

—Parecía suya.

Ríos sacó del bolsillo una funda transparente. Dentro estaba la hoja encontrada sobre el pecho de Cifuentes.

No la había visto desde la lavandería.

—Grafística ha confirmado coincidencias —dijo.

—¿Cuántas?

—Suficientes.

—Eso no es un número.

—Tampoco una absolución.

La puerta se abrió. La funcionaria regresó acompañada por un hombre bajo, con corbata floja y manchas de sudor en las axilas.

No se presentó.

—No pueden acceder al depósito sin una orden.

Ríos mostró la pantalla de su teléfono.

—Acaba de llegar.

El hombre leyó el correo dos veces. Después miró a la funcionaria.

—Busca la serie de colaboradores.

Ella no se movió.

—No existe esa serie.

El responsable le quitó las llaves del cinturón.

—Precisamente por eso sabes dónde está.

La mujer bajó la vista.

La seguimos hasta el sótano. El aire olía a cartón húmedo. Las luces se encendían por tramos y dejaban oscuridad detrás de nosotros.

El responsable abrió una jaula metálica.

Dentro había cajas grises numeradas a mano.

—Esto no está integrado en el catálogo general —dijo—. Material auxiliar. Informantes, fuentes, pagos reservados.

—Los confidentes no existen —murmuré.

El hombre me oyó.

—Aquí tampoco. Son incidencias de colaboración.

Ríos pasó un dedo por las etiquetas.

—Buscamos Andrés Cifuentes.

La funcionaria señaló una estantería sin acercarse.

—Catorce-B.

El responsable giró hacia ella.

—Has dicho que no lo conocías.

—He dicho que no conocía al hombre.

Cogí la caja antes que Ríos. Pesaba poco.

Demasiado.

La apoyé sobre una mesa y levanté la tapa. Dentro había separadores con apellidos escritos a máquina.

Caballero. Calvo. Carrasco.

Después, directamente, Domínguez.

—Falta Cifuentes —dijo Ríos.

—Puede estar mal archivado —respondió el responsable.

—Claro.

Vaciamos la caja. Ninguna ficha. Ninguna fotografía. Ningún informe.

Solo polvo y dos grapas oxidadas.

El responsable abrió las cajas contiguas. La funcionaria permanecía junto a la puerta, con los brazos apretados contra el cuerpo.

—Cerrad la salida.

Ríos me miró.

—No mandas aquí.

—La caja no se ha vaciado sola.

El responsable levantó las manos.

—Entran seis personas.

—Hoy eran siete.

La funcionaria retrocedió un paso.

Ríos cerró la puerta de la jaula y guardó la llave.

—Nadie se va hasta que sepamos quién consultó esta serie.

—Eso puede tardar horas —dijo el responsable.

—Entonces siéntese.

La funcionaria tocó el bolsillo de su chaqueta.

Me acerqué.

—Saca la mano.

—No llevo nada.

—No he preguntado eso.

Ríos se interpuso.

—Julio.

La mujer sacó un pañuelo. Se limpió la comisura de la boca y lo guardó otra vez.

—El expediente no estaba aquí esta mañana —dijo.

Nadie habló.

El ventilador del techo chirrió sobre nuestras cabezas.

Ríos dio un paso.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque revisé la caja.

—¿Por qué?

La mujer miró al responsable.

Él negó despacio.

—A mí no me meta.

—Me llamaron ayer —dijo ella—. Preguntaron por Cifuentes.

—¿Quién?

—Un policía.

—Nombre.

—Navarro.

El apellido se quedó pegado al metal de las estanterías.

Ríos sacó el teléfono.

—¿A qué hora?

—A las once y diez.

—Navarro ya estaba desaparecido.

—Yo no controlo sus horarios.

—¿Reconoció la voz?

La mujer dobló el pañuelo dentro del bolsillo.

—Dijo su número profesional.

Ríos marcó una llamada.

—Comprueba si Navarro contactó con el archivo ayer a las once y diez.

Escuchó. Su mandíbula se tensó.

—Repítelo.

Colgó.

—La llamada salió de su teléfono.

—Entonces estuvo aquí —dijo el responsable.

—No —respondí—. Su teléfono estuvo cerca de alguien que sabía qué pedir.

La funcionaria agarró la puerta de la jaula.

—¿Puedo irme?

—Todavía no —dijo Ríos.

El responsable sacó una carpeta azul de un armario pequeño.

—Las retiradas antiguas se anotaban aquí.

La dejó sobre la mesa. No era una nueva prueba escondida. Era un registro gastado, lleno de correcciones y páginas arrancadas.

Ríos buscó la letra C.

No había ninguna retirada reciente.

Cifuentes aparecía una sola vez.

Doce años atrás.

El responsable acercó la lámpara.

—Aquí consta la baja definitiva.

—¿Destrucción? —preguntó Ríos.

—Sí.

—¿Motivo?

El hombre leyó la abreviatura.

—Duplicidad documental.

Solté una risa sin aire.

—Un confidente duplicado.

Ríos recorrió la línea con el dedo.

—Falta la firma de autorización.

—Puede estar en la página anterior.

La página anterior había sido arrancada.

El responsable examinó el lomo.

—No es reciente.

—Eso no ayuda —dijo Ríos.

—No pretendía ayudar.

Cogí la carpeta y miré la numeración. La hoja arrancada contenía también las bajas de otros cinco expedientes.

No sabíamos cuáles.

Ríos llamó de nuevo. Esta vez pidió copias de seguridad del registro.

El responsable negó antes de que terminara.

—No existen.

—Todo existe en alguna parte.

—No en esta.

La puerta del sótano se abrió de golpe. Un agente bajó con una tableta bajo el brazo.

—Inspectora.

Ríos le hizo una seña.

El agente dejó la pantalla sobre la mesa.

—Informática ha recuperado el historial de movimientos de Cifuentes. No el contenido. Solo los metadatos.

Ríos abrió el archivo.

La primera línea mostraba la creación. La segunda, varias consultas. La última estaba marcada en rojo.

ELIMINACIÓN DEFINITIVA.

—Fecha —dije.

El agente amplió la pantalla.

Cuatro de noviembre.

La noche en que murió David Mena.

El cartón de la caja se hundió bajo mis dedos.

Ríos buscó el usuario responsable.

Tardó en aparecer.

Cuando lo hizo, el agente dejó de respirar por la nariz.

La funcionaria cerró los ojos.

Ríos giró la pantalla hacia mí.

La orden de destruir el expediente de Andrés Cifuentes había sido emitida con mi número profesional.

A las 23:58.

Yo ya estaba detenido.