Zaragoza: El último confidente El segundo cadáver
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El segundo cadáver

La ficha me quemó la palma.

La solté dentro de la bolsa. El metal golpeó los zapatos de Gabriel Luna y quedó atrapado entre los cordones.

—Acaba de dejarla —dije.

Ríos ya corría hacia la salida. Atravesó las puertas automáticas y levantó la placa ante dos vigilantes.

—Cerrad el hospital.

Uno de ellos miró hacia la calle.

—¿Por qué?

—Porque alguien acaba de sacar a un paciente de una planta vigilada.

El otro tocó la emisora. Yo agarré el brazo de Ríos.

—No ha salido.

—La ropa estaba en el ascensor.

—Para que bajáramos.

Las puertas se cerraron a nuestra espalda. El aire de la calle olía a asfalto caliente. Una ambulancia arrancó junto a urgencias y se perdió entre dos coches.

Ríos siguió mirándola.

Tomé una decisión.

—Volvemos con Molina.

Giramos al mismo tiempo.

El ascensor tardaba. Ríos golpeó el botón dos veces. Abrí la puerta de las escaleras y subí. En la segunda planta, el costado empezó a tirarme. No reduje.

La puerta de la habitación de Molina estaba abierta. La cama, vacía. El suero goteaba sobre el suelo. La sangre formaba una línea desde la sábana hasta el baño.

Ríos sacó el arma.

—Policía.

Empujó la puerta con el pie. Dentro no había nadie. Solo el vendaje de Molina hundido en el lavabo y una jeringa rota junto al desagüe.

Toqué la tela.

Estaba húmeda.

—No puede haber llegado lejos.

Ríos pulsó el timbre de emergencia. Sonó una alarma corta. Dos enfermeras aparecieron desde el control.

—¿Dónde está el paciente? —preguntó Ríos.

La mayor miró la cama.

—Con ustedes.

—Ya no.

La mujer tocó el teléfono del bolsillo.

—Nadie puede moverlo sin autorización.

—Acaban de hacerlo.

La otra enfermera señaló la mancha del suelo.

—Eso no va hacia el pasillo.

La sangre terminaba junto al armario.

Ríos abrió las puertas. Batas. Una manta doblada. Nada más.

Me agaché. El zócalo tenía una marca reciente. Metí los dedos por debajo y tiré. El panel cedió con un crujido.

Detrás había una puerta de mantenimiento.

—¿Esto adónde lleva? —pregunté.

La enfermera retrocedió.

—A las conducciones. Creo.

—Creer no abre puertas.

—Hay un pasillo técnico entre las habitaciones y los quirófanos antiguos.

Ríos cogió una linterna del carro de curas.

—Llama a Navarro. Que bloquee los accesos de servicio.

La enfermera marcó. Nadie contestó.

Ríos entró primero.

El conducto olía a polvo húmedo. Las tuberías vibraban sobre nuestras cabezas. Había espacio para caminar encorvados, pero no para cruzarse.

La sangre continuaba por el suelo.

—Molina no ha venido andando —dijo Ríos.

—Ni Gabriel se ha vestido solo.

Seguimos la línea hasta una bifurcación. A la derecha llegaba aire frío. A la izquierda, una puerta metálica oscilaba.

La empujé.

Un carro de lavandería bloqueaba el paso. Varias sábanas sobresalían por un lateral. En una había una huella de mano.

Ríos levantó la tela con el cañón.

Debajo estaba Molina.

Tenía los ojos abiertos. La bata cortada a la altura del abdomen. Su pecho subía con sacudidas pequeñas.

Me arrodillé.

—Molina.

Intentó mover la boca.

—No hables.

Sus dedos buscaron mi muñeca y apretaron. Poco. Lo suficiente.

Ríos habló por la emisora.

—Necesito asistencia en el corredor técnico de la segunda planta. Paciente herido. Posible agresor dentro del edificio.

Molina tiró de mí.

Acerqué el oído.

—No era... para él.

—¿Qué?

Sus uñas arañaron la venda de mi mano.

—La ropa.

Una puerta golpeó al fondo.

Ríos giró la linterna. La luz atrapó una sombra antes de que desapareciera.

—Quédate aquí.

Corrió.

Miré a Molina. Después el pasillo.

Tomé una decisión.

Le puse una sábana bajo la cabeza y fui detrás de Ríos.

La puerta desembocaba en una escalera estrecha. Oí pasos abajo. Bajé de tres en tres. Ríos apareció en el rellano inferior y señaló hacia un cartel de lavandería.

—Ha entrado ahí.

—¿Lo has visto?

—Una pierna.

—Gran identificación.

Empujó la puerta.

Las máquinas industriales seguían girando. El golpeteo de los tambores cubría cualquier movimiento. Vapor caliente se pegó a mi cara.

Una mujer con uniforme azul dejó caer un cesto.

—¿Qué hacen?

—¿Ha pasado alguien? —preguntó Ríos.

—Aquí no puede entrar nadie.

Una sábana cayó desde una cinta transportadora. Detrás se movió un hombre.

Corrí.

Apartó dos carros y lanzó uno contra mí. Lo recibí con el hombro. El metal me dobló contra una lavadora.

Ríos rodeó las máquinas.

—¡Alto!

El hombre alcanzó la salida de carga. Llevaba uniforme sanitario, gorro y mascarilla. No vi su cara.

Agarré una sábana del carro y tiré. Las ruedas giraron. El cesto chocó contra sus piernas.

Cayó de rodillas.

Ríos llegó antes. Le hundió una mano entre los hombros.

—No te muevas.

El hombre dejó de resistirse. Demasiado fácil.

Le arranqué la mascarilla. Tendría veinte años. La piel llena de granos. Los ojos desbordados.

—Yo no he hecho nada.

Ríos le esposó una muñeca.

—¿Quién te ha dado la ropa?

—Nadie.

Le apreté la mandíbula.

—Prueba otra vez.

—Un hombre. Me dio cincuenta euros.

—¿Para qué?

—Para correr cuando entraran ustedes.

Ríos aflojó la presión.

—¿Dónde?

El chico señaló una taquilla abierta. Dentro había un sobre y un teléfono barato.

Lo cogí con una sábana.

La pantalla mostraba una cuenta atrás.

Cuarenta y dos segundos.

—¿Qué ocurre cuando llegue a cero? —preguntó Ríos.

El chico negó demasiado rápido.

—No lo sé.

—Entonces hoy aprenderemos juntos.

Abrí los mensajes. Solo había uno enviado.

YA HAN BAJADO.

Ríos levantó la emisora.

—Que nadie abandone la segunda planta. Revisad la habitación de Molina. Ahora.

El contador marcó veintinueve.

El teléfono vibró. No explotó. Empezó a sonar. Una grabación.

Tres golpes. Una respiración. Después la voz de Sergio.

—Julio, no abras la puerta roja.

La grabación terminó.

Ríos me miró.

—¿Qué puerta?

El chico esposado señaló detrás de nosotros.

La salida de carga era gris. Las taquillas, blancas. Al fondo, medio oculta por una cortina de plástico, había una puerta roja.

El contador seguía bajando.

Diecisiete.

Ríos guardó el arma y llamó al equipo de explosivos.

—No llegaran —dije.

—No sabes qué hay detrás.

—Por eso.

Avancé.

Ella me cortó el paso.

—Sergio ha dicho que no la abras.

—Sergio también dijo que no fuera a buscarlo.

—Y quizá una vez tenga razón.

Once.

Aparté su brazo.

Ríos me empujó contra una máquina.

—No vas a convertir cada aviso en una orden.

—Ya lo han hecho.

Siete.

El teléfono volvió a vibrar. Apareció una fotografía.

Una puerta roja.

La misma.

Debajo, dos palabras.

DEMASIADO TARDE.

El contador llegó a cero. Las luces de la lavandería se apagaron.

Una máquina siguió girando en la oscuridad. El tambor golpeaba con un ritmo irregular.

Ríos encendió la linterna. La puerta roja estaba abierta. Ninguno de los dos la había tocado.

El aire frío salió desde el otro lado. Arrastraba un olor dulce, espeso. Sangre.

Entramos.

La sala era pequeña. Azulejos antiguos. Un desagüe en el centro. Junto a la pared había un hombre sentado en una silla de ruedas.

No era Gabriel.

Tenía unos sesenta años. Camisa abierta. Una cinta de plástico rodeándole el cuello.

Ríos buscó pulso.

Negó.

En el pecho le habían colocado una hoja arrancada de la libreta verde.

Reconocí las iniciales.

A. C.

Andrés Cifuentes.

Un hombre al que había pagado durante seis meses y al que llevaba diecisiete años creyendo muerto.

—El segundo —dijo Ríos.

Le quité la hoja del pecho.

Debajo había una fecha escrita con tinta negra. No era la de aquel día. Era la víspera de la muerte de Pardo.

Ríos la leyó dos veces.

—Lo mataron primero.

El teléfono del cadáver sonó dentro de su boca.

Di un paso atrás.

Ríos introdujo dos dedos enguantados y sacó el aparato. La pantalla estaba encendida.

Había un mensaje preparado para enviarse.

NAVARRO YA TIENE EL EXPEDIENTE.

Ríos levantó la vista.

Su emisora crujió. La voz de un agente llenó la sala.

—Inspectora, no encontramos al inspector Navarro.

Otro ruido atravesó la comunicación. Un cajón abriéndose. Papeles cayendo.

Después habló Navarro.

Muy bajo.

—Julio, no dejes que lean el nombre.

La transmisión se cortó.

Miré la hoja de Cifuentes.

En el reverso había una única anotación.

La letra era de Navarro.