Zaragoza: El último confidente Los hombres útiles
23%

Los hombres útiles

Nueve horas después, Molina arrancó la vía del brazo y puso los pies en el suelo.

La máquina situada junto a la cama empezó a pitar. Él aplastó el esparadrapo contra la sábana y trató de levantarse. La bata se abrió por la espalda.

Cerré la puerta de la habitación.

—Vuelve a la cama.

—Quítate de en medio.

Apoyó una mano en la mesilla. Los dedos le fallaron. El vaso de plástico cayó y rodó bajo la cama.

No fui a recogerlo.

—El médico dice que has tenido suerte.

—Los médicos dicen eso cuando no saben quién sujetaba el cuchillo.

Intentó dar otro paso. La herida le dobló el cuerpo. Lo agarré antes de que tocara el suelo y lo empujé contra el colchón.

Molina me golpeó el pecho.

—No me toques.

—Entonces deja de caerte.

La puerta se abrió. Ríos entró con una carpeta bajo el brazo. Cerró con el talón y miró la vía arrancada.

—El hospital ha llamado a seguridad.

—Que suban —dijo Molina.

Ríos dejó la carpeta sobre la cama.

—Subirán después de Homicidios.

Molina fijó la vista en la portada. No había ningún nombre escrito. Solo una etiqueta gris.

Tomé una decisión.

—Dile quién estaba en el ascensor.

Ríos no abrió la carpeta.

—No era Sergio.

La presión que llevaba horas golpeándome detrás de los ojos se detuvo.

Molina apoyó la espalda en la almohada.

—Llevaba su chaqueta.

—Y sus zapatos —dijo Ríos—. Una talla más grande.

Abrí la carpeta. Dentro había tres fotografías del hombre. Rostro hinchado. Barba corta. Una marca vieja junto a la ceja.

No lo conocía.

Eso no alivió nada.

—¿Causa de la muerte?

—No estaba muerto.

Levanté la mirada.

Ríos tocó la primera fotografía.

—Sobredosis de insulina. Sigue inconsciente. No lleva documentación y sus huellas no aparecen en la base nacional.

Molina cerró los dedos sobre la sábana.

—Lo han vaciado.

—¿Qué significa eso? —preguntó Ríos.

Él giró la cara hacia la ventana. Las persianas dejaban pasar una franja blanca que le cortaba el cuello.

—Nada.

Cogí una de las fotografías y se la puse sobre las piernas.

—Lo reconoces.

—Reconozco el método.

—No te he preguntado eso.

Molina apartó la imagen.

—Y yo no he venido al hospital para ayudarte.

Ríos abrió otra hoja.

—Alguien le quitó las etiquetas de la ropa, le limó parte de las uñas y le quemó las yemas de dos dedos. El resto se las dejó intactas.

Molina miró sus propias manos.

—Entonces querían retrasaros. No ocultarlo para siempre.

—¿Por qué? —pregunté.

—Porque todo hombre tiene un nombre en alguna parte.

Ríos sacó el móvil y lo dejó sobre la sábana. En la pantalla había una ampliación de la chaqueta encontrada en el ascensor.

—En el forro aparecieron restos de sangre.

—¿De Sergio?

—Todavía no lo sabemos.

Molina intentó devolverle el teléfono. Ríos no lo cogió.

—Mire mejor.

En el interior de la manga había una costura abierta. Nada más.

Molina pasó el pulgar por la imagen.

—Buscáis algo que ya han sacado.

—¿Qué llevaba ahí? —pregunté.

Su boca se endureció.

—Una identificación.

—Has dicho que los confidentes no tenían documentación.

—No he dicho que fuera suya.

La máquina volvió a pitar. Molina agarró el cable y tiró de él hasta silenciarla. El enchufe golpeó la pared.

Ríos pulsó el timbre de enfermería.

—Habla antes de que te seden.

—No pueden.

—Puedo pedir que te custodien.

—Eso no es lo mismo.

Me acerqué a la cama.

—S. M.

Molina no reaccionó.

—Las iniciales del billete —continué—. Dijiste que Pardo lo rompió delante de ti. Después afirmaste que había ido a comprobar si Sergio estaba muerto.

—No afirmé nada.

—Te estabas desangrando. Es cuando menos adornas las frases.

Ríos colocó una grabadora sobre la mesilla.

Molina la miró.

Yo la apagué.

—No quiere una declaración. Quiere saber cuánto sabemos.

Ríos mantuvo la mano sobre el aparato.

—Y tú quieres decidir qué contamos.

—Quiero que hable.

Molina dejó escapar aire por la nariz.

—Seguís trabajando igual.

—Tú también —dije—. Solo que ahora sangras más despacio.

La enfermera entró. Vio la vía en la sábana, el cable arrancado y el vaso en el suelo.

—Tienen que salir.

Ríos mostró la placa.

—Dos minutos.

—Uno.

La mujer recogió el cable y salió sin cerrar del todo. Dejé el pie contra la puerta.

Tomé una decisión.

—No preguntaremos por Sergio.

Molina levantó la vista.

—Preguntaremos por el hombre del ascensor.

La piel junto a su ojo izquierdo se contrajo.

Ríos entendió.

—¿Qué trabajo hacía?

—Ninguno.

—Entonces no estaba allí por casualidad —dije.

Molina se humedeció los labios.

—Conseguía teléfonos. Coches. Habitaciones. Cosas que no debían quedar unidas a quien las usaba.

—Un intermediario.

—Una herramienta.

Ríos recuperó la grabadora, aunque seguía apagada.

—Nombre.

—No lo recuerdo.

Cogí la fotografía y la doblé por la mitad.

—Sí lo recuerdas.

—Hace años.

Doblé otra vez.

—También recuerdas a Pardo.

Molina extendió la mano.

—No rompas eso.

—¿Por qué? No existe.

Sus dedos quedaron suspendidos.

Abrí la fotografía.

—Nombre.

—Gabriel Luna.

Ríos escribió sin apartar los ojos de él.

—¿Policía?

—Nunca.

—¿Confidente?

Molina negó.

—Los confidentes daban información. Gabriel hacía posible que otros la consiguieran.

—¿Para quién trabajaba?

—Para quien lo necesitara.

—Eso no es una respuesta —dijo Ríos.

—Es la única que vais a tener.

Me incliné sobre la cama.

—¿También trabajó para mí?

Molina me miró las manos. Después la cara.

—No directamente.

—Otra respuesta cómoda.

—Las cómodas eran las tuyas. Siempre llegabas cuando todo estaba preparado.

La franja de luz le atravesaba los labios. Cada vez que respiraba, la tela sobre la herida se hundía.

—¿Qué preparaba?

—Una dirección. Un coche sin matrícula registrada. Un cuarto donde nadie preguntaba. Tú entrabas, apretabas y salías con un nombre.

Ríos dejó de escribir.

—¿Y quién pagaba?

Molina señaló la carpeta.

—El que necesitaba el resultado.

—Quiero nombres.

—Quieres muertos.

La puerta se movió contra mi zapato. La enfermera empujó desde fuera.

—Se acabó.

La mantuve cerrada.

—¿Por qué Pardo buscaba a Gabriel?

Molina miró el timbre.

—No lo buscaba.

—Entonces, ¿por qué estaba en Delicias?

—Porque Gabriel llevaba la chaqueta.

Ríos se inclinó.

—¿Antes de que apareciera en el ascensor?

—La llevaba cuando Pardo llegó.

El pasillo quedó en silencio al otro lado de la puerta. La enfermera había dejado de empujar.

No era buena señal.

Molina bajó la voz.

—Pardo vio a Gabriel vestido como Sergio. Pensó que iban a mostrarle un cadáver. Quería comprobar si era real.

—¿Quién se lo había dicho?

—El hombre que compró el billete.

—¿Salcedo?

Molina sonrió. La sangre empezó a extenderse bajo el vendaje.

—Seguís buscando jefes.

Ríos llamó a la enfermera. Nadie respondió.

Abrí la puerta.

El pasillo estaba vacío. Al fondo, las puertas del ascensor se cerraban.

Corrí. Ríos salió detrás. Alcancé a meter la mano entre las hojas metálicas. El sensor no reaccionó.

Las puertas siguieron apretando.

Tiré del brazo antes de que me atraparan los dedos. El ascensor bajó.

Ríos golpeó el botón.

—Escaleras.

Llegamos a la planta baja cuando las puertas se abrían. Dentro no había nadie. Solo una silla de ruedas vacía y una bolsa transparente colgada del respaldo.

La bolsa pertenecía al hospital.

Dentro estaba la ropa de Gabriel Luna.

Ríos se puso guantes y la bajó. El pantalón, la camisa y los zapatos estaban doblados con cuidado.

—Esto estaba bajo custodia.

Toqué la suela de uno de los zapatos.

Seguía húmeda.

—Lo han movido.

El teléfono de Ríos sonó. Respondió mientras corría hacia la salida.

—Ríos.

Escuchó tres segundos.

Se detuvo.

—Repítelo.

Su mano bajó despacio.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Me entregó el teléfono.

Una agente hablaba desde la unidad de cuidados intensivos. Detrás se oían alarmas y órdenes cortadas.

—El paciente desconocido ha desaparecido —dijo—. Han encontrado al policía que lo vigilaba inconsciente dentro del baño.

Miré la bolsa.

En el bolsillo de la camisa había algo duro.

Ríos introdujo dos dedos y sacó una ficha metálica. Pequeña. Sin número.

En una cara tenía grabadas dos palabras.

HOMbrE ÚTIL.

En la otra, un nombre.

JULIO BARRAL.

La ficha aún estaba caliente.