La estación Delicias
Dos días después, el punto azul seguía inmóvil en una taquilla de objetos perdidos.
Navarro dejó el teléfono sobre el mostrador.
—Aquí terminó la ubicación.
El empleado miró la pantalla y luego la fila de compartimentos metálicos detrás de él. Llevaba una llave colgada de la muñeca. La hacía girar sin darse cuenta.
—Aquí no guardamos teléfonos.
—Hoy sí —dijo Ríos.
El vestíbulo de Delicias olía a freno caliente. Cada anuncio por megafonía cortaba las frases antes de que pudieran asentarse.
El empleado señaló una puerta.
—Lo que llega sin identificar se registra dentro.
Tomé una decisión.
—Que abra solo él.
Navarro me miró.
—¿Ahora diriges registros?
—Ahora evito que toques lo que alguien espera que toques.
El empleado dejó de girar la llave.
Ríos se puso guantes.
—Abre tú. Nosotros miramos.
La puerta daba a un cuarto estrecho. Había maletas apiladas, paraguas doblados y tres cajas de cartón cerradas con cinta. El empleado encendió la luz.
Parpadeó dos veces.
—La ubicación marca el fondo —dijo Navarro.
Avanzamos entre los bultos. Una maleta azul cayó al rozarla con el hombro. El golpe hizo vibrar una estantería.
En la balda inferior había un teléfono. Encendido. Sin funda.
Navarro alargó la mano.
—No.
Se detuvo antes de tocarlo.
—Ya lo sé, Barral.
Ríos acercó una bolsa transparente y levantó el aparato con dos pinzas. La pantalla mostraba una fotografía de la estación tomada desde la planta superior.
En el centro aparecía Navarro.
A su lado, Ríos.
Yo caminaba dos pasos detrás.
—La hicieron ayer —dijo ella.
El empleado retrocedió.
—Yo no he visto a nadie.
—No te hemos preguntado —respondió Navarro.
El teléfono vibró dentro de la bolsa.
Ninguno se movió.
En la pantalla apareció una llamada entrante.
NÚMERO OCULTO.
Navarro activó el altavoz sin sacar el aparato.
—Habla.
Solo se oyó el murmullo de la estación. Después, una tos. Seca. Repetida.
—Francisco —dije.
Navarro giró la cabeza.
La tos terminó. Una voz anciana ocupó la línea.
—Pardo estuvo aquí.
Ríos acercó la grabadora.
—Identifíquese.
—Pregunten por Molina.
—¿Dónde?
—Andén ocho.
La llamada se cortó.
Navarro guardó el teléfono en otra bolsa.
—No salimos corriendo detrás de cada voz.
Me dirigí a la puerta.
—Entonces quédate.
Me agarró del brazo.
—El andén ocho lleva cerrado por obras desde hace seis meses.
—Mejor. Habrá menos gente para molestarnos.
Ríos pasó junto a los dos.
—Discutid andando.
El acceso estaba bloqueado por una cinta y una valla móvil. Detrás, las escaleras bajaban hacia una zona sin viajeros. Una lámpara de emergencia teñía el pasillo de rojo.
Navarro llamó a seguridad.
Yo aparté la valla.
—Espera.
—Ya hemos esperado dos días.
Bajé.
Ríos me siguió. Navarro soltó una maldición y vino detrás.
En el andén no había trenes. Solo polvo y herramientas cubiertas con lonas. Al final, un hombre estaba sentado en un banco.
Chaqueta marrón. Bastón entre las piernas. No levantó la cabeza cuando nos acercamos.
—Molina —dije.
El hombre golpeó el suelo con la punta del bastón.
—Barral.
Navarro mostró la placa.
—Nombre completo.
—Celso Molina García.
—Documento.
Molina sacó una cartera. La dejó sobre el banco, sin entregársela.
Ríos la abrió.
—Policía jubilado.
—Hace dieciséis años —dijo él.
Me fijé en sus manos. La derecha temblaba. La izquierda sujetaba el bastón con demasiada fuerza.
—¿Conocía a Pardo? —preguntó Navarro.
Molina miró las vías vacías.
—Conocía a muchos que no existían.
Navarro se sentó a su lado.
—Ya hemos escuchado esa frase.
—Entonces alguien sigue vivo.
Tomé una decisión.
—Déjanos solos.
Navarro ni siquiera me miró.
—No.
—Conmigo hablará.
Molina sonrió sin enseñar los dientes.
—Siempre creyó eso.
Ríos cerró la cartera.
—Habla delante de todos o te llevamos a comisaría.
El bastón golpeó otra vez el suelo.
—Pardo llegó el martes.
—¿A qué hora? —preguntó.
—Antes del último tren de Madrid.
—Eso no es una hora.
—Para quien espera, sí.
Navarro sacó una fotografía de Pardo y se la puso sobre las rodillas.
—¿Era este hombre?
Molina no bajó la vista.
—Más delgado.
La misma respuesta que había dado la recepcionista.
Me acerqué.
—¿Quién te dijo que dijeras eso?
Su mano izquierda apretó el bastón.
—Nadie.
—Entonces míralo.
Cogí la fotografía y la levanté frente a su cara.
Molina parpadeó.
Solo una vez.
—Era él —dijo.
Navarro recuperó la imagen.
—¿Solo?
—Primero.
—¿Y después?
Un convoy pasó por una vía lejana. El aire empujó polvo contra nuestros zapatos.
Molina se cubrió la boca con un pañuelo. Tosió dentro. La misma tos de la llamada.
Ríos señaló su teléfono.
—La voz era suya.
—La garganta también.
—¿Quién hizo la llamada?
Molina dobló el pañuelo.
—Un hombre me dio el número.
—Nombre.
—No pregunté.
Navarro se inclinó hacia él.
—Usted fue policía. Preguntaba hasta cuando no debía.
—Por eso aprendí a no hacerlo.
Le quité el bastón de las manos.
Molina intentó recuperarlo.
—Devuélvemelo.
—Cuando termines.
—Sigues tocando lo que no es tuyo.
—Y tú sigues esperando que otro pague.
Su mano quedó suspendida entre los dos.
—Pardo vino con una bolsa negra —dijo.
Ríos se acercó.
—¿Una carpeta?
—Una bolsa. Pequeña. Deportiva.
—¿Qué llevaba dentro?
—No la abrió.
—¿Dónde fue?
Molina señaló la pared del fondo.
—Esperó junto al ascensor de servicio.
Navarro miró la zona cerrada.
—Ese ascensor no comunica con pasajeros.
—Por eso lo eligió.
Le devolví el bastón.
—¿A quién esperaba?
Molina lo apoyó contra el pecho.
—A mí no.
Tomé otra decisión.
—Subimos al ascensor.
Navarro se puso delante.
—Primero termina la declaración.
—Si alguien limpió el cuarto, cada minuto cuenta.
—Han pasado días.
—Entonces deja de regalarle otro.
Ríos levantó una mano.
—Yo me quedo con Molina. Vosotros miráis el ascensor.
Navarro no estuvo de acuerdo. Se le notó en la mandíbula. Aun así, caminó conmigo.
La puerta de servicio estaba cerrada con un candado reciente.
Navarro lo tocó.
—Nuevo.
—Demasiado.
Golpeé la chapa con los nudillos. Algo respondió desde dentro. Un sonido breve. Metálico.
Navarro sacó el arma.
—Atrás.
—No hay espacio.
—Créalo.
Disparó al candado.
El estruendo rebotó por el andén. La puerta se abrió tres centímetros.
Un olor a humedad salió del hueco.
Navarro empujó con el pie.
Dentro no había nadie.
Solo un carrito de limpieza atravesado frente al ascensor y una chaqueta de hombre colgada de una tubería.
La toqué. Aún estaba blanda.
—No lleva aquí dos días.
Navarro revisó los bolsillos.
Sacó un billete de tren usado. Salamanca-Zaragoza. Fecha del martes.
—Pardo —dijo.
Negué.
—Pardo llegó desde Madrid.
Navarro giró el billete.
En el reverso había un número escrito a bolígrafo.
Ríos nos llamó desde el andén.
—Venid.
Molina estaba de pie. Había perdido el bastón. Lo sostenía ella.
—Quiere irse —dijo.
—No me encuentro bien —respondió él.
Le enseñé el billete.
—¿Quién vino de Salamanca?
Molina miró el número del reverso.
La piel de su cara se aflojó.
—Ese no era el billete.
Navarro dio un paso.
—¿Había otro?
Molina bajó la voz.
—Pardo llevaba dos.
—¿De dónde?
—Uno de Madrid. Otro de Salamanca.
—¿A nombre de quién?
Molina buscó el bastón. Ríos no se lo devolvió.
—No vi el nombre.
—Mientes —dije.
Me sostuvo la mirada.
—Lo rompió delante de mí.
—Entonces viste algo.
Molina se pasó la lengua por el labio.
—Las iniciales.
Navarro sacó la libreta.
—¿Cuáles?
—S. M.
El ruido de una persiana metálica llegó desde el acceso superior.
Alguien había cerrado la salida.
Ríos levantó la cabeza.
Navarro guardó la libreta.
—Seguridad no haría eso con nosotros abajo.
Las luces del andén se apagaron.
Molina me agarró la manga.
Sus dedos estaban fríos.
—Pardo no vino a esconderse —susurró.
Una linterna apareció al otro extremo de la vía.
Alguien avanzaba hacia nosotros.
—¿A qué vino? —pregunté.
Molina tiró de mi brazo hasta acercarme.
—A comprobar si Sergio había muerto.
La linterna se detuvo.
Navarro apuntó hacia ella.
—¡Policía! ¡Identifíquese!
La luz cayó al suelo.
Se oyó una carrera.
Ríos soltó el bastón y fue hacia las escaleras. Navarro la siguió.
Yo agarré a Molina antes de que cayera.
—¿Por qué iba Pardo a pensar que Sergio estaba muerto?
Molina abrió la boca.
No salió voz.
Algo oscuro crecía en su camisa, bajo las costillas.
Levanté la chaqueta.
Tenía un corte limpio. Reciente.
Molina apretó mi muñeca.
—Porque yo vi el cuerpo.
La puerta del ascensor se abrió detrás de nosotros.
Dentro había un hombre sentado en el suelo, con la cabeza inclinada sobre el pecho.
Llevaba la chaqueta de Sergio.