Zaragoza: El último confidente Sergio miente otra vez
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Sergio miente otra vez

Catorce horas después, Sergio contestó desde un número desconocido.

Yo estaba en la habitación del hotel, sentado en el suelo, con la espalda contra la cama. Había apagado el aire acondicionado para escuchar mejor. El aparato seguía crujiendo por dentro.

—No digas mi nombre —dijo.

Me levanté.

—Ya lo has dicho tú.

—¿Estás solo?

Miré la puerta. La cadena estaba puesta. Sobre la mesa, el vaso que había colocado junto al teléfono seguía inmóvil.

—Sí.

Sergio guardó silencio.

Detrás de su respiración sonaba una voz metálica. Una mujer anunciaba algo. No entendí las palabras.

—Ayer te llamaron desde mi teléfono —dijo.

—Lo sé.

—Yo no hice esa llamada.

Me acerqué a la ventana y separé la cortina con un dedo. Un coche gris llevaba diez minutos estacionado frente al hotel. El conductor no había salido.

—Pero estabas allí.

—No.

—Entonces imitan bien tu miedo.

La línea quedó vacía.

Cogí el mando del televisor y lo dejé caer contra el suelo. El golpe sonó cerca del teléfono.

Sergio respiró más rápido.

—¿Qué ha sido eso?

—Una decisión. La siguiente depende de ti.

Colgó. No intenté devolver la llamada. Marqué el número de Navarro.

Respondió al segundo tono.

—¿Dónde estás?

—Pardo conocía a Sergio.

—Eso ya lo sabemos.

—No. Sabemos que Sergio escribió sobre él. Quiero saber cuándo dejaron de ser desconocidos.

Navarro apartó el teléfono. Oí una puerta y después su voz, más baja.

—La llamada duró treinta y nueve segundos.

Miré la pantalla.

—Cuarenta y dos.

—Llevabas otro teléfono abierto.

La cortina se movió contra mi mano.

—Estás escuchando mi habitación.

—Estoy intentando que no te maten dentro.

—El coche gris es demasiado visible.

—No es mío.

Solté la cortina.

Abajo, el conductor abrió la puerta.

Tomé una decisión. Guardé el teléfono y salí al pasillo sin ponerme la chaqueta.

El ascensor estaba detenido en la cuarta planta. Yo dormía en la quinta. Bajé por la escalera. El olor a lejía se pegaba a la barandilla.

En el tercer piso se abrió una puerta.

Una mujer sacó una bolsa de basura. No me miró. Al pasar junto a ella, vi la pantalla de un teléfono encendida dentro de su bolsillo.

Seguí bajando.

—Barral —dijo Navarro por el móvil—. Vuelve a la habitación.

—Manda a tu gente a cerrar la salida trasera.

—No tengo gente allí.

—Entonces date prisa.

Corté la llamada.

En recepción, el hombre del coche gris estaba hablando con el empleado. Camisa blanca. Gafas oscuras colgadas del cuello. Una mano apoyada sobre el mostrador.

La otra no se veía.

Me acerqué por detrás.

—¿Qué planta?

El hombre giró demasiado rápido.

Su mano salió del bolsillo con unas llaves.

—¿Perdón?

Le quité las gafas del cuello. Una patilla se rompió entre mis dedos.

—Llevas cuarenta minutos esperando. No has venido a dormir.

El recepcionista retrocedió.

—Señor, no puede…

El hombre recogió la patilla del suelo.

—Soy taxista.

—No hay licencia en el parabrisas.

—Es un vehículo privado.

—Entonces eres un taxista malo.

Intentó pasar junto a mí. Le cerré el camino.

—¿Quién te ha pagado?

Me empujó con el hombro. Lo agarré de la camisa. El tejido se abrió bajo el cuello y cayó un auricular pequeño.

El recepcionista levantó el teléfono.

—Voy a llamar a la policía.

—Ya viene —dije.

El hombre me golpeó la muñeca. Solté la camisa. No corrió hacia la salida principal. Se metió por la puerta que llevaba a las cocinas.

Fui detrás.

Una bandeja cayó al suelo. El estruendo llenó el pasillo. El hombre apartó a un camarero y abrió la salida de servicio.

Lo alcancé en el callejón.

Agarré su cinturón. Giró y me clavó el codo bajo las costillas. El aire se quedó dentro de mí. Aflojé los dedos.

Él aprovechó.

Saltó sobre una motocicleta aparcada junto a un contenedor. El motor arrancó antes de que pudiera tocarlo otra vez.

No llevaba matrícula.

Navarro apareció cuando el ruido ya se alejaba.

Ríos bajó del coche detrás de él.

—¿Lo has visto? —pregunté.

Navarro miró la calle vacía.

—He visto cómo vuelves a estropear una vigilancia.

Le enseñé el auricular que había quedado en el suelo.

—No era taxista.

Ríos se puso un guante y lo recogió.

—Tampoco era discreto.

—No me seguía a mí —dije.

Navarro señaló el hotel.

—Estaba frente a tu ventana.

—Esperaba que Sergio llamara.

Los dos dejaron de moverse.

El teléfono desconocido sonó otra vez en mi bolsillo.

Navarro extendió la mano.

—Altavoz.

Contesté sin entregárselo.

—Has tardado —dije.

—No vuelvas a hacer eso.

La voz de Sergio llegaba más limpia. Ya no había anuncios detrás. Solo un roce constante, como ruedas sobre una superficie rugosa.

—El hombre del hotel trabajaba para ti —dije.

—No.

—Te has acostumbrado demasiado a esa palabra.

Navarro acercó la cabeza al teléfono.

—Sergio, soy el inspector Navarro.

La llamada se cortó.

Navarro me quitó el móvil.

—Lo has asustado.

—Te ha reconocido.

—He dicho mi nombre.

—No tu voz.

Ríos miró el auricular dentro de la bolsa.

—Puede que oyera la conversación anterior.

Negué.

—Ha colgado antes de que terminaras de presentarte.

Navarro volvió a marcar. El número ya no existía.

Le quité el teléfono y abrí los mensajes. No había ninguno. Revisé el historial. Dos llamadas. La primera, cuarenta y dos segundos. La segunda, diecisiete.

Ríos tocó la pantalla.

—¿Qué sonaba detrás?

—Un anuncio.

—¿Estación?

—Puede ser.

Navarro miró el callejón por el que había huido el motorista.

—O quería que pareciera una estación.

Entramos en el hotel. El recepcionista seguía con el teléfono en la mano. Un camarero recogía los trozos de la bandeja. Cada pieza chocaba contra el cubo con un sonido seco.

—Las cámaras —dijo Navarro.

—No funcionan —respondió el empleado.

Navarro se detuvo.

—¿Desde cuándo?

El hombre miró hacia la puerta de las cocinas.

—Desde esta mañana.

Ríos apoyó ambas manos sobre el mostrador.

—¿Quién se lo comunicó?

—Un técnico.

—Nombre.

—No dejó ninguno.

Navarro me miró.

—Igual que en la pensión.

El teléfono vibró.

Esta vez llegó un mensaje de voz.

Navarro cerró la mano sobre mi muñeca antes de que lo reprodujera.

—En comisaría.

—No.

—Puede contener información de una investigación.

—También puede dejar de existir.

Pulsé la pantalla.

La voz de Sergio salió demasiado alta en el vestíbulo.

—Conocí a Pardo antes que tú.

Un golpe. Después, el arrastre de algo pesado.

—Él me dio la libreta. Yo se la entregué a Ferrer.

Navarro acercó el teléfono.

Sergio continuó:

—Cuando Pardo pidió salir, no estaba huyendo de Salcedo. Estaba huyendo de nosotros.

La grabación se interrumpió.

Esperamos.

Quedaban seis segundos.

Volvió la voz, más baja.

—La noche del almacén mentí para protegerte, Julio. Pero no sobre la fotografía.

El audio terminó.

Navarro soltó mi muñeca.

—¿Qué significa eso?

Marqué el número. Inexistente.

Lo intenté otra vez.

Nada.

Ríos cogió el teléfono y reprodujo el mensaje desde el principio. En el último fragmento subió el volumen.

Bajo la voz de Sergio sonaban ruedas. Un pitido. Después una frase apenas audible.

Próxima salida, estación de Delicias.

Navarro cogió las llaves del coche.

—Vamos.

No me moví.

—Sergio no está en Zaragoza.

—Acabamos de oírlo.

—Hemos oído un anuncio.

Ríos guardó el auricular dentro de su chaqueta.

—¿Entonces por qué lo ha enviado?

Miré la pantalla. El archivo de audio tenía una duración de veintitrés segundos. Pero la grabación original duraba un minuto y ocho. Alguien había recortado cuarenta y cinco segundos antes de mandarla.

Deslicé el dedo sobre la información del archivo. Había un nombre en los metadatos.

No era Sergio.

Pardo_última.

Navarro dejó de abrir la puerta.

—Francisco Pardo lleva muerto más de un día.

—Sí.

—Entonces Sergio no acaba de grabar eso.

Volví a reproducir el comienzo.

Conocí a Pardo antes que tú.

Esta vez reconocí el ruido que había antes de la primera palabra.

Tres golpes. Los mismos que habíamos oído durante la llamada desde Salamanca.

Ríos miró hacia la calle.

—Alguien está utilizando grabaciones antiguas.

—No —dije.

Toqué la fecha de creación del archivo. Era de tres días antes de que apareciera el cadáver en el canal.

—Pardo grabó a Sergio antes de morir.

Navarro tomó el teléfono.

—¿Y quién lo ha enviado ahora?

En la pantalla apareció un segundo mensaje.

No llevaba texto. Solo una ubicación compartida.

Estación Zaragoza-Delicias.

Debajo, el punto azul empezó a moverse. No se alejaba de la estación. Venía hacia nosotros.