Zaragoza: El último confidente Una fotografía rota
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Una fotografía rota

Dos horas después, Navarro dejó la fotografía sobre una mesa de luz.

La habían ampliado hasta que los bordes perdieron nitidez. Pardo seguía sentado en la silla del almacén. Yo aparecía detrás, con una mano sobre su hombro. La fecha ocupaba la esquina inferior.

Tres de noviembre.

—No mires tu cara —dijo Navarro—. Mira la foto.

Ríos apagó la luz principal. El cristal iluminó la sala desde abajo. Olía a polvo caliente y a pegamento fotográfico.

Me incliné.

—Ya la he visto.

—La has reconocido. No es lo mismo.

Navarro colocó una regla junto al borde izquierdo. Faltaba una parte de la imagen. El corte no era limpio. El papel había sido doblado primero y arrancado después.

—Había alguien más —dijo Ríos.

No respondí.

En la esquina rota quedaba medio zapato. Negro. Punta cuadrada. Una sombra subía por el lateral, demasiado estrecha para pertenecer a la silla.

Navarro tocó el cristal.

—¿Quién estaba ahí?

—No lo sé.

—Llevas diciendo eso desde ayer.

—Y tú sigues esperando que cambie porque preguntas más fuerte.

Ríos deslizó otra ampliación. Habían separado la imagen en franjas. En una aparecía mi mano sobre Pardo. En otra, la pared. En la última, el borde roto.

—Tu mano no lo sujeta —dijo.

La miré.

—Eso ya lo sé.

—Entonces, ¿qué haces?

Observé mis dedos.

No estaban cerrados. El pulgar descansaba junto al cuello de la camisa. Pardo tenía los hombros levantados, pero no intentaba apartarse.

La postura no era de amenaza. Eso no mejoraba nada.

—Lo estaba calmando.

Navarro soltó aire por la nariz.

—Después de retenerlo.

—Sí.

—Después de negarle salir.

—Sí.

—Eres muy generoso con los detalles cuando ya están escritos.

Aparté la fotografía.

—¿Qué quieres?

—Que dejes de esperar a que encontremos cada pedazo.

Cogió una carpeta y la abrió. Dentro había una copia del informe elaborado tras la muerte de David. Mi declaración empezaba a las 23:40 del cuatro de noviembre.

Navarro señaló una frase subrayada.

No mantuve contacto alguno con Francisco Pardo durante las semanas anteriores.

—La firmaste tú —dijo.

—Sí.

—Ahora tenemos una fotografía tomada la noche anterior.

—También.

Ríos se apoyó en la mesa.

—Eso no es un fallo de memoria.

La luz del cristal me marcaba las venas de las manos. Cerré los dedos.

—No.

Navarro esperó. No iba a regalarle la palabra.

—Mentiste —dijo al final.

—Sí.

La sala quedó en silencio. Un ventilador pequeño vibró junto al ordenador.

Ríos volvió a encender la luz.

—¿Por qué?

Cogí la declaración. La firma estaba inclinada hacia la derecha. La reconocí antes que el contenido.

—Porque Pardo no debía aparecer.

—¿En la investigación?

—En ninguna parte.

Navarro se acercó.

—¿Lo protegías?

Doblé el informe.

—Me protegía.

No añadió nada. Fue peor.

Ríos sacó una silla y se sentó frente a mí.

—Cuéntalo sin evasivas.

—No doy clases.

—Entonces dame hechos.

Dejé el informe sobre la mesa.

—Pardo pidió salir. Yo me negué. Lo llevamos al almacén. Estuvo allí menos de dos horas.

—¿Quiénes?

—Ferrer. Pardo. Yo.

Navarro señaló el borde roto.

—Y alguien más.

—No vi a nadie.

—La fotografía no se hizo sola.

Miré de nuevo la sombra.

En el almacén había una ventana pequeña. El flash había dejado una mancha blanca sobre la pared. La persona que tomó la foto estaba cerca. A menos de tres metros.

Yo debía haberla visto.

—La puerta estaba abierta —dije.

Ríos se inclinó.

—Antes dijiste que Pardo golpeaba una puerta cerrada.

—La cerramos después.

—¿Quién entró antes?

El zumbido del ventilador se mezcló con otro sonido.

Una moneda golpeando una tubería. Una vez. Después otra. Pardo sentado en la silla. Ferrer fumando.

Yo junto a la puerta. Y alguien en el pasillo. No una cara. Una voz.

—No lo marquéis todavía.

Abrí la mano sobre la mesa.

—Había un hombre fuera.

Navarro se acercó un paso.

—Nombre.

—No lo vi.

—Pero lo oíste.

—Sí.

—¿Qué dijo?

La palabra volvió con el mismo tono.

Todavía.

—Dijo que no lo marcáramos.

Ríos se sorprendió.

—¿Marcar a Pardo como qué?

Navarro me miró antes de que respondiera.

—Navarro.

Asentí.

Ríos se levantó.

—La palabra escrita en su espalda.

—Sí.

—Entonces no era una orden inventada por el asesino.

—No.

Navarro cogió la fotografía y la giró hacia mí.

—Era una decisión pendiente.

—Sí.

—Y tú estabas allí cuando se tomó.

—No he dicho eso.

—Has dicho que alguien pidió que esperaran.

—No es lo mismo.

—Para Pardo, quizá sí.

La frase me golpeó más de lo que debía.

Aparté la vista.

Navarro abrió otra carpeta. No contenía pruebas nuevas. Solo una lista de llamadas de aquella noche.

—He pedido los registros de tu teléfono de servicio —dijo.

—Después de doce años.

—Las compañías borran. La policía archiva.

—No siempre.

—Esta vez sí.

Señaló tres llamadas realizadas desde mi número entre las nueve y las once. Dos iban a Sergio. La tercera, a una extensión interna de Topas.

Ríos pasó el dedo por la hora.

22:17.

—¿A quién llamaste?

—No lo recuerdo.

Navarro me tendió la hoja.

—La extensión pertenecía a seguridad interior.

—Eso no significa que contestara alguien concreto.

—Lo sé.

Recogió las carpetas.

—Por eso voy a averiguarlo sin ti.

La decisión ya estaba tomada. Se le notaba en la forma de cerrar las tapas.

—¿Adónde vas?

—A trabajar.

—Eso no es una respuesta.

—Ahora sabes cómo se siente.

Se dirigió a la puerta.

Ríos no lo siguió.

—Navarro.

Él se volvió.

—La fotografía.

—Se queda aquí.

—No. El original.

Navarro la miró.

Ríos señaló el borde roto.

—Si arrancaron una parte, puede haber fibras distintas. Pegamento. Otra emulsión.

—Ya lo ha revisado científica.

—Revisaron la superficie. No el desgarro.

Navarro dejó la carpeta sobre la mesa.

Ríos cogió una lupa y acercó el borde a la lámpara. Pasó la uña enguantada junto a la rotura.

Algo blanco se desprendió. No era papel. Era una capa más fina.

—Hay dos fotografías pegadas —dijo.

Navarro volvió a la mesa.

Ríos introdujo una espátula bajo el reverso. El adhesivo cedió con un chasquido húmedo. Separó las capas despacio.

Debajo apareció otra imagen. Más pequeña.

No tenía fecha.

Mostraba el mismo almacén, vacío. La silla seguía atornillada al suelo. Sobre ella había una carpeta negra.

Navarro me miró.

—¿La reconoces?

No contesté.

La carpeta era la misma que aparecía en el negativo encontrado bajo la lengua de Pardo. La que yo llevaba al entrar en Topas.

Ríos acercó la fotografía a la luz.

En la pared del fondo alguien había escrito una frase con rotulador. No se veía completa. La mitad quedaba fuera del encuadre.

Solo podían leerse cuatro palabras.

BARRAL NO SABE PARA QUIÉN.

Navarro sostuvo la imagen por una esquina.

—La frase está cortada.

Ríos observó el desgarro.

—Porque la otra mitad estaba en el pedazo arrancado.

Me puse de pie.

—Busca la fotografía original de Pardo.

—La tenemos delante —dijo Navarro.

—No.

Señalé el medio zapato junto al borde.

—Busca la foto donde aparecemos los cuatro en la mesa.

Navarro abrió la carpeta del caso y sacó la imagen encontrada en el bolsillo del cadáver.

Cuatro hombres. Vasos. Humo. Yo junto a Pardo. El cuarto cuerpo cortado por el encuadre.

Solo una manga. Una mano. Un reloj de esfera azul.

Coloqué ambas fotografías juntas. El desgarro coincidía. No eran dos imágenes distintas. Formaban parte de la misma copia.

Ríos alineó los bordes. La parte arrancada completó la frase del almacén.

BARRAL NO SABE PARA QUIÉN TRABAJA.

Debajo aparecía una fecha. No la noche anterior a la muerte de David. Tres años antes.

Navarro leyó el reverso.

Había un nombre escrito a lápiz.

No era Salcedo. No era Ferrer. Tampoco Sergio. Era el mío. Junto a él, una sola palabra.

ÚTIL.